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UN CUENTO DE NAVIDAD

LA NIÑA QUE QUISO SER ESTRELLA

Desde el firmamento, Nadia descubrió cómo en la Tierra se celebraba la Navidad. Vio al Ejército de EEUU prepararse para la guerra y a gentes solidarias luchar contra la marea negra en Galicia

Llegó a Saji con el sol de la mañana. Sola. Apenas podía caminar. La niña no aparentaba más de 7 años. Tenía el cuerpo flaco y sus brazos y piernas estaban llenos de arañazos. Su vientre abultaba mucho. El hambre y la sed de tantos días de andar perdida por el desierto desfiguraron su cuerpecito.

Su madre había muerto cuando una mina explotó a su paso. La chiquilla no sabía hablar, profería balbuceos incomprensibles. Sólo de vez en cuando articulaba su propio nombre, Nadia. Alguien, al verla en aquel estado tan lamentable, le dio un cuenco de agua que la infeliz bebió con gran ansiedad.

Aquel día, los pocos refugiados que aún quedaban en Saji se levantaron muy temprano. Les habían anunciado la llegada de un camión con alimentos. Los voluntarios repartirían grano y tal vez un poco de arroz. Saji era un campo de acogida, situado al norte de Afganistán en el que, durante la guerra, vivieron confinadas más de 3.000 familias.

Los ojitos de la pequeña Nadia contemplaron los restos de un poblado abandonado repleto de casitas de adobe de las que salían algunos niños descalzos y casi desnudos. Al fondo, como en un inmenso ciclorama, un desierto polvoriento sin ningún árbol se fundía con el cielo. Próximo a la mezquita había un dispensario. Junto a su puerta se iba formando una pequeña cola de personas que iban a recoger los alimentos.

Cada familia poseía una cartilla de racionamiento para controlar cada entrega. Pero Nadia no la tenía. Optó por arrastrarse hasta la mesa donde repartían aquel maná para recoger desde el suelo los pocos granitos de arroz que iban cayendo. Después buscó entre los escombros con la esperanza de encontrar una estrella caída que la llevara hasta el cielo, porque sabía --de ello estaba muy segura-- que cada amanecer las estrellas se escondían en la tierra.

Una buena mujer muy vieja y arrugada se apiadó de Nadia. El resto de la gente ni tan siquiera la veía. Era tan chiquita que pasaba desapercibida entre aquellos campesinos hambrientos. La anciana se llamaba Aixa. Cogió su ración de comida y agua, y se llevó a la pequeña a su casa. Tenía mucha fiebre. Aixa acomodó a la niña en su camastro y le dió un poco de arroz hervido.

Pero Nadia no quería comer. Se esforzaba por llorar para arrojar lejos de ella la angustia que le comprimía el alma pero no pudo conseguirlo porque no le quedaban lágrimas. Eran tantas sus ganas de morir que, sin darse apenas cuenta, se durmió como duermen los niños de todo el mundo cuando un ángel los protege de la infamia y les arropa entre sus alas blancas.

Nadia tuvo un sueño prodigioso: recuperó a su madre muerta. Su mamá la contemplaba con sus ojos verdes desde el fondo del estanque de un oasis. Veía el rostro de su madre tan bello que quiso besarlo sin lograrlo. La tarde iba decayendo y un manto de azul intenso cubría el infinito. Nadia observó que aquellos luceros comenzaron a volar y con ellos su madre ascendía hacía el cielo. Se había convertido en una estrella. La niña, para no quedarse sola, se agarró con todas sus fuerzas a una estrellita que rezagada parecía esperarla y con ella siguió a su madre.

Desde el firmamento Nadia descubrió cómo en la Tierra se celebraba la Navidad. Contempló en Kuwait, cómo el Ejército americano se preparaba para la guerra. Vio ciudades destruidas por las bombas y escucho los llantos de miles de niños mutilados. Contempló a gentes solidarias que, en Galicia, luchaban contra la marea negra. También observó a otras que aunque compartían la misma Tierra, se mataban entre sí. Descubrió que medio mundo pasaba hambre y la otra mitad desperdiciaba la comida. Comprendió que las guerras se hacían para que los ricos conservaran sus privilegios manteniendo a los pobres en sus mazmorras de miseria. Pero no pudo ver más, porque su estrella se perdió en el infinito.

Al día siguiente Aixa descubrió el cadáver de la pequeña Nadia. Milagrosamente su barriga no estaba hinchada y sus ojos parecían sonreír. La enterró, junto a otros niños que habían perdido la vida mientras buscaban leña en una zona minada cercana al campo, en la tumba de los parias de la Tierra.

Al abrirla, miles de estrellas se esparcieron por el cielo.

JOSEP MARIA Loperena
Jurista
TRIBUNA
Publicado en la página 10 de la edición de Miércoles, 25 de diciembre de 2002 de El Periódico

 
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