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l debate sobre los horarios de
trabajo viene sonando con fuerza en los últimos
meses. Estamos cobrando conciencia de que el “hecho
diferencial” de divergencia de horarios de España
con el resto de los países europeos puede repercutir
en nuestra calidad de vida e incluso en el
crecimiento de la economía.
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La
actual estructura de horarios es una de
las principales causas de insatisfacción
laboral |
Mas allá de debates sobre la
hora en la que debemos de salir del trabajo o de
cómo conciliamos la vida laboral y personal —que no
sólo la familiar—, nos encontramos ante un problema
de racionalidad de horarios vitales. No existe
coordinación entre los horarios laborales, los
escolares, los comerciales y los de los servicios
públicos. Cierto es que esta falta de coordinación
se debe, en buena parte, a las extensas jornadas de
trabajo. Salir a las ocho de la tarde dificulta
hacer compras, hacer gestiones con la
Administración, recoger a nuestros hijos del
colegio, así como planificar nuestro ocio. Además,
el hecho de que muchos servicios y comercios
funcionen con la misma rigidez horaria, tampoco
facilita las cosas.
Tenemos varios datos que indican que sería razonable
ir hacia un escenario de mayor racionalidad horaria
en España. Los efectos adversos de la rigidez
horaria pueden encontrarse en aspectos
socio-laborales (baja productividad por hora
trabajada, accidentes laborales provocados por
exceso de tiempo en el puesto de trabajo), aspectos
educativos (distanciamiento entre niños y padres,
bajo consumo de bienes y servicios culturales,…),
energéticos (congestión en vías de comunicación) y
psico-sanitarios (exceso de uso de sistemas
sanitarios, menos horas de sueño, accidentes de
tráfico y en suma, seria reducción de la calidad de
vida) y, fundamentalmente, la escasa participación
de las mujeres en el mercado de trabajo, no en vano
la tasa de actividad femenina en España estámuy
alejada de la media europea. Además, la actual
estructura de horarios laborales es una de las
principales causas de insatisfacción laboral y
personal, y ésta a su vez influye notablemente en la
productividad.
La flexibilidad horaria bien organizada beneficiaría
tanto al trabajador como al empleador. Con ella el
trabajador podría conciliar su vida laboral con la
personal, es decir, podríamos ajustar nuestro
horario para disfrutar de nuestros hijos, para no
sufrir el gran atasco diario al ir a trabajar, para
ir al cine entre semana o simplemente para poder
arreglar la lavadora o acudir al dentista. Los
beneficios para el trabajador son más que evidentes,
sólo el 6% de los asalariados están satisfechos con
su horario laboral según el Instituto Nacional de
Estadística. Ahora bien, ¿qué gana el empleador con
esto?
La flexibilidad horaria es un elemento generador de
satisfacción para el trabajador que no requiere de
compensación monetaria. Un trabajador satisfecho es
un trabajador más productivo, según demuestran
numerosos estudios. Otro elemento, no menos
importante, desde el punto de vista empresarial es
que las verdaderas fuentes de crecimiento no deben
buscarse en la asignación de recursos escasos a usos
alternativos (propios de la economía marshalliana),
sino en el cambio organizativo. Introducir la
racionalidad horaria exige forzosamente una
innovación organizativa a las empresas que genera
utilidades emocionales y sociales capaces de mejorar
su margen económico. Los trabajadores conocen en
muchos casos las claves para aumentar su
productividad y cuando se les da capacidad de
participación en la ordenación de su tiempo de
trabajo (es decir responsabilidad), la empresa puede
emprender mejoras organizativas con garantía de
éxito.
Reino Unido, Australia y los países nórdicos
constituyen la avanzadilla de países que han
empezado a aplicar este tipo de políticas,
resultando especialmente interesante la experiencia
anglosajona tras la aprobación en 2003 de su norma
Flexible Working Law. En dicha ley se define la
flexibilidad como cualquier patrón laboral distinto
del estándar, incluyendo cambios horarios o
permanencia en el puesto de trabajo.
Aunque esta posibilidad está restringida únicamente
a padres de familia con hijos hasta una determinada
edad, los resultados registrados son esperanzadores:
el 40% de los trabajadores se acogieron al acuerdo
de jornada flexible en el Reino Unido, la congestión
del tráfico en Londres se redujo en un 20%, la
productividad aumentó y mejoró el clima laboral en
los centros de trabajo.
Sin embargo, la flexibilidad horaria por sí sola no
puede solucionar el problema de la irracionalidad de
nuestros horarios, que es de gran magnitud. Se hacen
necesarias medidas complementarias, tales como la
incorporación de las nuevas tecnologías al ámbito
laboral (teletrabajo) y al de la Administración
Pública (Administración electrónica), la
racionalización de los horarios escolares (con
períodos vacacionales mejor repartidos y con un
tiempo de apertura más dilatado para realizar otras
actividades), o incluso un mayor uso del contrato a
tiempo parcial.
Son muchos los elementos a integrar en este debate
necesario. Es el momento de reflexionar sobre cómo
gestionamos nuestro tiempo, porque si aceptamos que
es oro, ¿por qué no lo valoramos mejor? |