STEs Castilla y León Opinión

Invasión de  Gaza

diciembre 2008
enero 2009

18.01.2009 JOSEP RAMONEDA

El sentido de las palabras

http://www.elpais.com/articulo/panorama/sentido/palabras/elpepusocdgm/20090118elpdmgpan_2/Tes   

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Estos días se ha tomado demasiadas veces la palabra genocidio en vano. A raíz de la ocupación militar de Gaza por Israel el término genocidio se ha visto en repetidas ocasiones tanto en artículos de opinión como en las pancartas de las manifestaciones de protesta. Desde que un conocido escritor en visita a Palestina tuvo la irresponsable ocurrencia de comparar lo que allí ocurría con Auschwitz, parece que hay licencia para el disparate. A menudo, los escritores olvidan que su principal compromiso es con la palabra. Y hay que ser cuidadoso con ellas. Genocidio es una palabra demasiado fuerte como para devaluarla alegremente. Un genocidio, conforme al diccionario, es "el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de religión o de política". Ni la estrategia de humillación sistemática que Israel practica con los palestinos, ni la intervención militar de estos días en Gaza, se corresponden con la palabra genocidio.

No por ello la invasión deja de ser censurable. Y hay una opinión muy extendida de que Israel ha cruzado todas las líneas rojas en esta operación. El oportunismo del ataque lo hace especialmente detestable. Una parte del Gobierno -los ministros de defensa, Barak, y de asuntos exteriores, Livni- la ven como una oportunidad para ganar votos ante las inminentes elecciones. El primer ministro Olmert, que se retira, quiere lavar la imagen de derrota con que saldó su intervención en el Líbano. Y unos y otros aprovechan el vacío de poder americano, no fuera que Obama optara por una mayor neutralidad en el conflicto. El balance de este vergonzoso tacticismo es, de momento, de mil muertos. Todo muy deplorable. Pero no es genocidio.

La reducción de la política a la lucha entre el bien y el mal de la que la Administración de Bush ha hecho su ideología, ha ido regando como lluvia fina todo el planeta. Cuando todo se reduce a un conflicto entre buenos muy buenos y malos muy malos, el saqueo al vocabulario es inmediato. Desbordado el sentido de las palabras, el paso siguiente es la coacción. Algunos intelectuales catalanes han sido amenazados y estigmatizados como sionistas. Es perfectamente posible protestar contra los abusos de poder y los crímenes que Israel pueda cometer, sin necesidad de forzar las palabras. Y es perfectamente posible comprometerse con los palestinos (o con los judíos) sin que ello signifique que toda la razón cae de un solo lado. No hay solución si no hay reconocimiento mutuo real. El problema está enquistado: Israel no reconoce Hamás y Hamás no reconoce a Israel. Que Hamás es un estorbo no hay ninguna duda. Pero está allí y es un actor central del problema.

"Quiero forzar las fronteras humanas para ir más allá de las divisiones de raza y región, género y religión, que nos impiden ver lo mejor de cada uno", ha escrito el presidente Obama, en vigilia de su toma de posesión, en una carta dirigida a sus hijas. Adiós al choque de civilizaciones, adiós a conceptos que nos encasillan en identidades aparentemente irreconciliables. Es un indicio esperanzador de que la guerra vuelva a ser realmente el último recurso y no un instrumento más de la acción política.

Naturalmente, la propaganda es en sí misma un ejercicio de banalización de las palabras. Ocurre con la propaganda israelí, por ejemplo, en el rechazo a la palabra desproporción, es decir, en la negación a considerar la justa relación entre medios y fines, o en el intento de presentarse como víctima al mismo tiempo que desata una operación militar sin piedad alguna. Ocurre en la negación permanente de la realidad -el mito de la Gran Palestina- con que Hamás somete a su población, exponiéndola a riesgos que sabe que no puede evitar. Y ocurre en el lamentable espectáculo de la comunidad internacional. Ahora toca hablar de tregua. Por mucho que cesen las hostilidades, no podemos tragar este sapo. Simplemente, Israel dará por terminada la operación militar porque ya ha conseguido sus objetivos -principalmente atemorizar a la población palestina, dar carnaza a la suya y no entrar en una fase más arriesgada de operaciones que podrían arruinar la credibilidad del Gobierno-. Que nadie quiera apuntarse un éxito diplomático que no existe.

¿Será Obama capaz de imponer a Israel el abandono completo de los territorios ocupados y de conseguir que Palestina construya un Estado viable? Éste es el único guión posible para acabar con las bombas y con los terroristas suicidas y para devolver el pleno sentido a las palabras. -

18.01.2009 Gustavo Martín Garzo es escritor.

Los niños muertos

Los gobernantes de Israel están traicionando la delicada y honda cultura judía

En los noticieros de Israel no existen los niños y las mujeres muertos en Gaza

http://www.elpais.com/articulo/opinion/ninos/muertos/elpepiopi/20090118elpepiopi_4/Tes  

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No deberíamos olvidar nunca las imágenes de los niños palestinos heridos y muertos difundidas estos días por los medios de comunicación. Un padre mostraba el cuerpecito de su hijo como si fuera un cesto vacío; tres hermanos, tirados entre la ropa vieja, recordaban los corderos que se llevan las inundaciones; varios pequeños miraban en un hospital a los adultos como esos animales domésticos que no entienden al hombre. Son imágenes que nos acusan, pues somos responsables de ellas. Somos responsables por nuestra indiferencia, y por elegir en las urnas a gobiernos incapaces de reaccionar con dignidad ante horrores así.

Porque estos niños heridos y muertos recuerdan al rey Herodes y la matanza de los inocentes. No es una exageración. Los militares y políticos israelíes que han iniciado esta guerra no son mejores que el cruel rey que ordenó la muerte de los niños. Aún más, Herodes no rehuía la responsabilidad de sus actos. Es la diferencia entre los nuevos señores de la guerra y los villanos que poblaban nuestras fantasías infantiles.

Los antiguos villanos se sabían egoístas y malvados, lo que, paradójicamente, les volvía humanos; pero hoy día, ningún poderoso acepta actuar en nombre de sus propias pasiones. Los políticos de Israel se lamentan de que estén muriendo civiles en los bombardeos, pero son ellos los que lo ordenan. La culpa, nos dicen, es de Hamás y de los propios palestinos, que apoyan a grupos terroristas. Los niños mueren, pero nadie se hace responsable de ello, porque el mundo moderno ha apartado de sí la idea de la culpa, como responsabilidad personal.

Nuestros gobiernos lamentan, por ejemplo, los horrores de la guerra, pero a la vez venden las armas que se utilizan en los campos de minas en los países del Tercer Mundo, como denunció el fotógrafo Gervasio Sánchez en su valiente discurso en los Premios Ortega y Gasset. El mundo, la moral que hemos creado, absuelve a los poderosos de la responsabilidad y la culpa: les basta con alegar dudosas razones de Estado. Pero la muerte o la mutilación de un niño es uno de esos límites que no se pueden cruzar sin que todo lo que hemos construido, nuestro mundo y nuestros valores, se derrumbe como un castillo de naipes.

La razón de esta indiferencia es muy simple: no reaccionamos de la misma forma ante el sufrimiento de los otros como ante el propio. La convicción de que la víctima no es de los nuestros hace que el daño que se le pueda causar no sea visto igual que si fuera uno de nuestro grupo, raza o nación el afectado. Israel se comporta así con los palestinos. No se trata de una guerra de religiones, ni del enfrentamiento de culturas distintas (las culturas árabes, judías y cristianas tienen un tronco común), sino de un simple problema de racismo.

En el fondo, una parte importante del pueblo israelí no considera que los palestinos sean sus iguales. Sus gobiernos llevan años deshumanizándolos, y han hecho de Gaza un campo de concentración donde un millón y medio de seres humanos malviven como el ganado. Un sentimiento básico como la compasión desaparece cuando somos incapaces de ponernos en lugar del otro; por eso, los políticos israelíes pueden esgrimir fríamente la existencia de los atentados de Hamás para justificar sus crímenes. Pero Hamás es un grupo terrorista y no tiene sentido hacer responsable a la población civil de sus actos. Aún más,Hamás no existiría si los palestinos no vivieran humillados. Es una organización que instrumentaliza el sufrimiento de su pueblo, y que sin duda saldrá fortalecida de esta guerra. ¿Es tan torpe el Gobierno de Israel para no saber esto o es justo lo que busca para justificar en el futuro el uso arbitrario de la fuerza? Los palestinos de Gaza proceden de Israel, de donde fueron expulsados.

Israel y Egipto sellan sus fronteras impidiendo la libre circulación de los bienes y las personas. Los jóvenes no tienen futuro, viven en condiciones de extrema pobreza, y esta ausencia de perspectivas alimenta sus sentimientos de odio, pues la falta de libertad es más exasperante que la pobreza. En sus hospitales no hay medicinas, sus escuelas son pobres, no hay un Estado que les proteja. Debido a ello se vuelcan en grupos islamistas, que dan de comer a sus ancianos y enfermos, protegen a sus mujeres y llevan a la escuela a sus hijos.

Sorprende que algo así se mantenga desde hace años ante la indiferencia de todos. Refiriéndose a la situación de los palestinos en Gaza, un periodista escribió: "Aquí la vida y la muerte son lo mismo". Pero, paradójicamente, es el Gobierno de Israel el que se hace la víctima. Para ello apela al miedo, que deshumaniza al otro, pues nos hace verle como una amenaza. Los políticos y militares de Israel causan la muerte de centenares de personas, y dicen estar librando una lucha de supervivencia. Pero son ellos los que tienen el poder, el dinero, la fuerza, frente a los palestinos que no tienen nada. Piensan que haber sido los perseguidos en otro tiempo les da una autoridad moral infinita para hacer lo que quieran. Pero "ser una víctima, ha escrito Elisa Martín Ortega, no implica bondad ni rectitud. No es un valor, sino una condición, una desgracia". Los políticos de Israel hablan de terrorismo, pero qué decir de la guerra que ellos han iniciado, de los bombardeos de las escuelas y los mercados, de los niños que matan. ¿Cómo llamarán a eso?

Pero en Israel, esos niños no existen. Sus soldados no hacen daño a los enfermos, ni a las mujeres ni a los ancianos; sus bombas no destruyen las escuelas, los mercados o los hospitales. Hay un control absoluto de la información, y ni en la televisión ni en los periódicos se habla de lo que ocurre en Gaza de verdad. Aún más, ante cualquier crítica se invoca el antisemitismo como argumento defensivo principal, aunque sean sus gobernantes los que estén traicionando los principios de la delicada y honda cultura judía que dicen representar. Es una conducta que exaspera a los palestinos, a los que sólo queda la salida del fanatismo. El fanatismo se alimenta de la debilidad. El principio de que todo hombre debe reconocer al otro como un semejante, lejos de ser evidente, es una conquista de la voluntad. Que la inteligencia venga a socorrer al amor, escribió Antoine de Saint-Exupéry. Sólo los más fuertes, desde un punto de vista moral, son capaces de evitar responder con violencia a los violentos y de escuchar las palabras de la dulce y amigable razón.

Emmanuel Lévinas, en una de sus lecciones talmúdicas, habló de las ciudades refugio. Eran lugares en que podían cobijarse quienes habían matado a alguien sin quererlo. Su acción había sido involuntaria, por lo que no podían ser condenados, pero necesitaban protegerse de los amigos o familiares del muerto. Eso era una ciudad refugio, un lugar donde se recibía a los que, no siendo culpables, tampoco eran enteramente inocentes. Lévinas pensaba que Occidente podía verse como una de esas ciudades refugio. Puede que no seamos culpables de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, pero tampoco somos inocentes de ellas. No deberíamos olvidar esto, a riesgo de caer en lo más terrible: la indiferencia ante el dolor de nuestros semejantes.

16.01.2009 Pedro Martínez Montávez es arabista y catedrático jubilado de la Universidad Autónoma de Madrid.

Palestina: una cuestión de existencia

http://www.elmundo.es/opinion/tribuna-libre/2009/01/2578799.html 

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En Oriente Próximo queda muy poco margen para la sorpresa, y la mayoría de los acontecimientos que allí tienen lugar son previsibles.No se trata de ningún determinismo ancestral insuperable ni de ninguna turbia supeditación congénita, pretenciosamente religiosa y antropológica, a un destino cruel e inevitable, como muchos individuos simples y acomodaticios preferirían pensar. No, se trata de algo mucho más terrestre, material y estrictamente imputable a la condición y responsabilidad humanas: la actuación de la lógica misma inherente a las circunstancias y a los hechos que allí se acumulan, a partir de sus propios principios, bases y desarrollos. Es cuestión de ambiciones y miserias humanas y no de hipotéticos mensajes y dictados divinos, aunque con frecuencia se trate odiosamente de mezclar ambos aspectos y hasta de justificar aquéllas con éstos.

Lo que está pasando ahora en Gaza en esa franja atrozmente ensangrentada y ultrajada de la Palestina irredenta y ocupada desde hace tanto tiempo, es una nueva prueba, singularmente cruel y representativa a la vez, de ello. Como en cualquier otro hecho, coinciden y se entrecruzan en el actual planos y ámbitos diversos; entrecruzados, como afirmo, pero diferenciados y diferenciables. Me referiré aquí seguidamente, y con la concisión inevitable, a los que considero en este caso primordiales. En Oriente Próximo, el único margen de sorpresa existente es la dimensión y magnitud que en cada caso alcanzan los acontecimientos, pero no que éstos se produzcan.Ahora vuelve a cumplirse esta norma no fijada ni escrita, pero sí siempre actuante.

Seguramente el mejor ejemplo de esa diferencia existente entre el hecho en sí y la dimensión que alcanza entre el qué y el cómo, es la ofensiva israelí. No constituye sorpresa ni novedad alguna que el Gobierno y el Ejército de Israel actúen nuevamente con impunidad absoluta ni al margen por completo del Derecho Internacional como han vuelto a denunciar prestigiosos especialistas en la materia, pero sí está sorprendiendo a muchos la magnitud y la dimensión de esa ofensiva. Quiero dejar muy claro desde un principio, sin embargo, que a mí no me ha sorprendido en absoluto.

El Gobierno y el Ejército de Israel han vuelto a actuar con impudicia, con brutalidad, con soberbia y con cobardía. Nadie puede discutirle ni negarle a Israel el qué: es decir, el hecho de que se defienda, pero sí el cómo: es decir, cómo lo hace, y ese cómo le despoja de razón en cualquier tentativa de explicación, de defensa o de justificación de sus actos.

Hagamos no obstante varias precisiones al respecto. No cabe hablar, por ejemplo, en lo que sería deseable correspondencia, de Ejército palestino, ni siquiera de Gobierno palestino soberano. Palestina, además, no sólo tendría pleno derecho a defenderse de un lanzamiento de cohetes (¡qué más quisieran los palestinos que así fuera!), sino que tiene derecho a hacerlo de las realidades mucho más aplastantes, dañinas e ilegítimas, que la agobian, que son además cotidianas y no circunstanciales: la ocupación permanente, el bloqueo inhumano, la proliferación planificada e interminable de asentamientos de colonos judíos, el mantenimiento de millares de presos en situación de desamparo jurídico absoluto, el muro de separación humillante... Ese muro que no les ha quitado definitivamente la vida, pero que no les deja vivir. Vuelvo a preguntar: ¿no tiene derecho Palestina a defenderse de tantas provocaciones y agresiones, que son además inhumanas, diarias, permanentes y, al parecer, interminables? ¿No tiene derecho Palestina a seguir resistiendo?

Los responsables israelíes -y los numerosísimos amigos, palmeros y seguidores entusiastas que tiene el Israel sionista, y que son muchísimo más poderosos que los que tiene Palestina- se irritan siempre al máximo cuando sus ofensivas son calificadas de «desproporcionadas» o «desmesuradas». Ahora vuelven a reaccionar de la misma manera.Dejémonos de emplear algo tan lábil, variable, intencionado con frecuencia y finalmente subjetivo, como es la terminología, vayamos al lenguaje de las cifras, que resulta enormemente más claro, realista, contundente y preciso, y hagamos un simple y siniestro ejercicio necrológico comparando los resultados ocasionados: las personas muertas por parte israelí, durante los meses de la pasada tregua, fueron una quincena, y bastantes más de 300 por parte palestina; añádanse a ellos los provocados por la actual ofensiva israelí: 13 entre los israelíes, más de 1.000 entre los palestinos -más de la mitad, víctimas civiles, entre los que hay más de 300 niños-.

ESTOS SON DATOS, cifras, además de palabras. ¿No está absolutamente justificado, por consiguiente, calificar la actuación de Israel, al menos y como poco, de «desproporcionada» y de «desmesurada»? ¿Es ésta una auténtica ley del talión, la del ojo por ojo y diente por diente? ¿Hasta qué número y en qué proporción una sola de las partes puede permitirse multiplicar a su antojo y en beneficio propio las cantidades? Insisto: los responsables israelíes y todos sus fervorosos seguidores deberían alegrarse de que la mayoría de las veces, y como máximo, su acción merezca sólo los calificativos de «desmesurada» y «desproporcionada». En realidad, se les está haciendo un favor, teniendo con ellos una consideración y prudencia de la que no son dignos. Su acción, como digo, merece que se emplee un vocabulario mucho más realista, preciso y de denuncia.

El otro protagonista del conflicto es Hamas. No seré yo quien exima al grupo islamista palestino de la parte de responsabilidad que le corresponde en el desarrollo del conflicto, y no sólo en su fase actual. He considerado siempre el mensaje de Hamas, y sigo considerándolo así, particularmente anacrónico y reaccionario, y sumamente perjudicial para la sociedad palestina y, por extensión, para todas las sociedades árabes, y en especial y ante todo la dimensión social y cultural de ese mensaje. Pero atribuirle a Hamas la responsabilidad única y la culpabilidad total de lo sucedido es no sólo un falseamiento unilateral e interesado de la realidad sino también una muestra patente de fariseismo político y de mezquina deformación moral. ¿Qué tregua ha roto Hamas, si la tregua ya había llegado a su final? ¿Es, además, Hamas el único responsable de que la tregua no se renovara? ¿Es que existía algún proyecto claro y concreto de nueva tregua que aliviara a los palestinos, al menos en parte, de algunas de esas muchas penalidades aplastantes y permanentes?

El hecho más grave que se ha producido últimamente en el campo palestino es su profunda escisión interna, y de ello si es en buena parte responsable y culpable Hamas, pero no el único. La Autoridad Nacional Palestina, y el principal grupo que la mantiene, Fath, son también responsables y culpables no menos directos y principales de este hecho. Lo cierto es que el movimiento nacional palestino está prácticamente liquidado, y que se ha ido procediendo a su liquidación pretextando que había que construir el Estado.Pero este Estado no era nada más que una promesa inconcreta e insegura, una solución ficticia y estrictamente hipotética por carecer en realidad de los apoyos sólidos y firmes necesarios para su consecución, una entelequia. Liquidar el movimiento nacional palestino con la excusa de construir el Estado palestino ha sido un error político monumental cuyas nefastas consecuencias se están pagando durante esta última fase y se seguirán pagando durante mucho tiempo todavía. Los grandes errores políticos son muy difícilmente subsanables y, si llegan a subsanarse, es a costa de más esfuerzos, tragedias y dolores. De toda esta nueva catástrofe palestina sí es en parte responsable y culpable Hamas, pero repito que no ha sido el único. La ruptura de la unidad palestina solamente puede ser remediada mediante la reconstrucción de la unidad. Y esta es una tarea que incumbe ante todo a los palestinos, aunque no es menos cierto que las ayudas que reciben desde fuera para la recomposición de esa unidad totalmente necesaria, y para la construcción de un Estado que merezca tal consideración, siguen siendo mínimas, totalmente insuficientes, y en gran parte hipotecadas y engañosas. Nada de esto tampoco es nuevo, sino nueva repetición de lo practicado tantas otras veces con anterioridad.

Estos son los protagonistas internos en la actual fase de desarrollo.Junto a ellos están los externos, a los que no me queda margen para referirme con un mínimo detalle. Uno de esos protagonistas, seguramente el principal es la Administración estadounidense, pero ésta es en realidad cómplice de Israel y su papel y su credibilidad, por consiguiente, están invalidados. La Unión Europea y el bloque árabe llamado moderado con Egipto a la cabeza, tienen razón al afirmar que no existe una solución militar al conflicto, y siguen insistiendo, por consiguiente, en la vía política y diplomática.Nada habría que objetar al respecto en teoría, pero sí totalmente en la práctica, porque la vía política y diplomática no ha sido hasta ahora sino una sarta inagotable de iniciativas ineficaces y evasivas, carentes además de una auténtica equidad en el tratamiento de las partes del conflicto, y finalmente han favorecido siempre mayoritariamente a Israel.

un IMPORTANTE escritor palestino contemporáneo excelente conocedor y exponente además de su pueblo, Rashad Abu-Sháwir, ha afirmado con sumo acierto que «la cuestión palestina no es preferentemente una cuestión de fronteras sino una cuestión de existencia». Aquí está el quid fundamental del problema: Palestina también tiene derecho a seguir existiendo. Se ha puesto de moda últimamente distinguir entre «palestinos buenos» y «palestinos malos». Esta abominable distinción les resulta sumamente grata a los dirigentes sionistas de Israel -lo que ya es de por sí enormemente significativo- y a muchos de los alineados en el bando de los falsamente equidistantes.Hay sólo palestinos y palestinas, hay sólo Palestina. Y hay que dejarles vivir. Con honra, definitivamente, con soberanía plena en el trozo de tierra y de patria que les han prometido durante tanto tiempo sin que se haya cumplido hasta ahora esa promesa.

15.01.2009 ZOOM|CARMEN RIGALT

Causas justas, amores cínicos

http://www.elmundo.es/opinion/columnas/carmen-rigalt/2009/01/2578102.html  

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EL ARTICULISTA es un creador de opinión. Coge el toro de la actualidad por los cuernos de la doctrina política y lo somete primero a estudio y luego a juicio. Entre las habilidades del articulista está la de aproximar las grandes cuestiones internacionales a la sensibilidad nacional. Todos los temas son susceptibles de aproximación. Coges Gaza, le das vuelta y vuelta en el folio, metes unas declaraciones de Pepiño Blanco o Aznar, y ya está el artículo listo para servirse.

Yo les debo mucho a los analistas políticos. Para entendernos, me lo ponen a huevo. Leyéndoles a ellos ya se cómo tengo que pensar yo. No siempre es fácil pensar por cuenta de una. Vayamos al grano. Aquí nunca ha estado bien visto defender a Israel.Y no sólo porque profesamos hacia los judíos un desdén histórico sino porque, ante la duda, es más noble defender al débil. A eso se suma que el Estado de Israel hace muchos méritos para despertar ojeriza.

Lo de Gaza, por ejemplo, no tiene justificación, ni como maniobra militar ni como estrategia política. La fuerza bruta es posible que beneficie electoralmente a los laboristas judíos, pero el Estado israelí caerá en la sinrazón internacional. Con los problemas de Oriente Próximo no matiza nadie. O se está con Israel o se está con los palestinos. Pero si la defensa de Israel suele pedir argumentos prestados a la derecha dura, la defensa de los palestinos está favorecida por una suerte de ingenuidad simplista y maniquea.

Recuerdo la victoria electoral de Hamas. Las calles de Gaza, con el aire ocupado por un mar de banderas, parecían un anuncio de Amena. Era la hora del cambio. «A ver si aprenden» pensé yo, que me pongo tremenda en los momentos más inoportunos. Fueron días tristes para la ANP, que pagaba así los desmanes de la corrupción y el encastillamiento histórico. Aquella victoria mosqueó a la comunidad internacional, pero ya era tarde para todos, también para Israel, que tenía puestas sus esperanzas en los enfrentamientos entre Fatah y Hamas.

Guatepeor se impuso entonces a Guatemala. Comparados con los islamistas de Hamas, los milicianos de Fatah eran hermanitas de la caridad. El fundamentalismo religioso se ha instalado ahora en Gaza, y en las alcantarillas y túneles hacen nido las células de Al Qaeda. Los palestinos reclaman una causa justa, pero sus vecinos árabes templan gaitas con amores cínicos y Europa lava su conciencia sacando a la calle una solidaridad de boquilla.Perro mundo.

14.01.2009 Bernard-Henri Lévy es filósofo y escritor francés

Los dudosos 'amigos' del pueblo palestino

http://www.elmundo.es/opinion/tribuna-libre/2009/01/2577394.html  

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Dejemos de lado los gritos de «Muerte a los judíos», perfectamente legibles en las pancartas de los manifestantes de Bruselas, París o Madrid. Pasemos por alto a ese sindicato italiano, el Flaica-Uniti-Cub que, según La Repubblica del 9 de enero, y «como signo de protesta» contra la operación israelí en Gaza, llama a «no comprar en los comercios pertenecientes a miembros de la comunidad judía», algo sin precedentes en Europa desde hace tres cuartos de siglo.

Tampoco seré tan cruel como para insistir en el eje, cuando menos nauseabundo, que se forma cuando a la señora Buffet (secretaria general del Partido Comunista Francés- y al señor Besancenot (Líder de la Liga Comunista Revolucionaria) se les une, en la cabeza de la manifestación, el anarquizante Dieudonné (humorista y actor) o, cuando el compadre de éste, Jean-Marie Le Pen (líder de la ultraderecha francesa) une su voz a la suya, para comparar la franja de Gaza con un «campo de concentración».

Es precisamente en Ramala, capital de la Autoridad palestina, y en Sderot, ciudad israelí en la frontera con Gaza sometida al fuego de los misiles Qassam, donde descubro las imágenes de estas manifestaciones de apoyo a la «causa palestina». Y al ver esas multitudes de europeos chillando y vociferando, al observarlas cuando me encuentro en compañía de personas de ambos bandos cuya máxima preocupación sigue siendo -a pesar de las bombas y a pesar de los sufrimientos y de los muertos- no cortar por nada del mundo el hilo de la convivencia y del diálogo, quiero añadir unas cuantas puntualizaciones a las que ya avanzaba la semana pasada y que me valieron, por parte de los internautas de Point, numerosos correos.

¡Qué alivio ver a los palestinos reales, en vez de a esos palestinos imaginarios, que creen estar haciendo resistencia, atacando sinagogas en Francia! Los primeros, repito, se obligan a la moderación y, con una admirable sangre fría, intentan preservar las oportunidades de cohabitación del mañana; los segundos arden de odio, son más radicales que los radicales y están dispuestos a vengar, sobre el asfalto de las ciudades de Europa, hasta la última gota de sangre del último palestino. Los primeros hacen distinciones.Saben que, en este asunto, ni todo es blanco ni todo es negro.Saben, sobre todo, que Hamas tiene una parte aplastante de culpa en el desastre en el que se ha visto sumido su pueblo. Los segundos, como si la confusión no fuese ya suficiente, utilizan con delectación las tonterías más enormes de la propaganda antiisraelí. Y se convierten en teóricos y prácticos del atentado suicida y del escudo humano de los nuevos Che Guevara, cuyas insignias y emblemas enarbolan. En vez de calmar el asunto, juegan a la política del cuanto peor, mejor y arrojan fuego a las almas.

¡Qué regresión, qué grado cero del pensamiento y de la acción entre estas gentes que, a distancia, ignorantes de los datos del drama, llaman al odio, cuando tendrían que estar propiciando la reconciliación y la paz! Una paz que supone dos estados que acepten vivir juntos y proceder al reparto de la tierra. Una paz que supone, por parte de ambos lados, la renuncia al extremismo, a ir hasta el final, a las ideas preconcebidas e, incluso, a los sueños. Una paz que implica, por ejemplo, un Israel que se retire de Cisjordania, como se retiró de Líbano y, después, de Gaza. Pero también implica que el bando palestino no aproveche las retiradas para transformar el territorio evacuado en base de lanzamiento de misiles contra los civiles. Una paz que pasa por un alto el fuego. Pasa por parar los combates que están ocasionando un número de víctimas, especialmente entre los niños, evidentemente insostenible. Pero también pasa por la eliminación política de un Hamas al que le importan un comino las víctimas y la paz y que, por no haber podido imponer la sharia a su pueblo, lo arrastra a la vía del martirio y del infierno.

Estoy, pues, en Ramala. En Sderot y en Ramala. Y viendo, desde Sderot y desde Ramala, esta movilización contra un «holocausto» que, en el momento en el que escribo, ocasionó 888 muertos, planteo unas simples preguntas. ¿Dónde estaban estos manifestantes, cuando se trataba de salvar, no ya a 888, sino a los 300.000 muertos de las matanzas programadas de Darfur? ¿Por qué nunca salieron a la calle cuando Putin arrasaba Grozni y transformaba a decenas de miles de chechenos en gavillas humanas y en carne de cañón? ¿Por qué se callaron, cuando, un poco antes, durante años interminables y, esta vez en el propio corazón de Europa, se exterminó a 200.000 bosnios, cuyo único crimen era haber nacido musulmanes? Parece que hay gente para la que el buen musulmán sólo es el que está en guerra contra Israel. Más aún, he aquí a los nuevos adeptos del viejo «dos pesos, dos medidas», que sólo se preocupan del sufrimiento musulmán cuando se creen autorizados a imputárselo a los judíos. El autor de estas líneas encabezó la movilización en pro de los habitantes de Darfur, de los de Chechenia y de los de Bosnia. Además, apuesta, desde hace cuarenta años, por un Estado palestino viable, al lado del Estado de Israel. Aunque sólo sea por eso, se le permitirá que considere este tipo de actitudes como algo repugnante y frívolo a la vez.

Opinión.- José María Ridao

Gaza en España

http://www.elpais.com/articulo/espana/Gaza/Espana/elpepunac/20090112elpepinac_9/Tes

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España no es el único país en el que el ataque israelí contra Gaza ha suscitado emociones encontradas, pero sí de los pocos en los que esas emociones se han utilizado para alimentar la mezquina y sempiterna querella doméstica. Salvo raras excepciones, dos semanas de muerte y destrucción no han permitido leer comentarios favorables a la estrategia de Israel que no insistieran, de paso, en cebar la caricatura del progresista contra la que desahogan sus pasiones quienes se sitúan en el ámbito conservador. Si hasta ahora el progresista era para ellos un ser taimado, dispuesto a traicionar la libertad y la democracia, tras el estallido del conflicto de Gaza se ha convertido en una criatura angelical, incapaz de entender, según se le reprocha, realidades elementales como que todo país tiene derecho a defenderse o que la guerra no distingue entre combatientes y civiles. Pero taimado o angelical, ese progresista, esa caricatura del progresista que ha vuelto al primer plano durante estas dos semanas, siempre cumple la misma función: demostrar que también las posiciones de cada cual ante este terrible conflicto pueden explicarse por la división entre derecha e izquierda.

"Lo que está en juego no es el derecho de Israel a defenderse, sino a hacerlo como lo ha hecho"

Si fuera así, habría sólidas razones para recelar del futuro, no sólo en Oriente Próximo. Porque ese supuesto automatismo, esa ilusoria posibilidad de reducir a la querella doméstica cualquier opinión sobre los asuntos más graves, como es la vida o la muerte de inocentes, sólo significaría que, en España, derecha e izquierda carecen de una base moral compartida, por encima de las legítimas diferencias políticas. La responsabilidad a la que, como españoles, como ciudadanos de un país en el que las opiniones se pueden expresar en libertad, nos convoca el conflicto de Gaza no consiste en aplaudir a uno u otro contendiente, como si fuera un torneo deportivo, sino en otra cosa: en reforzar, no destruir, esa base moral para que la razón no se confunda con las razones de las partes y en extraer lecciones universales, no coartadas ni excepciones, para que el recurso a la ocupación, al asedio, a la humillación o a la fuerza contra poblaciones indefensas sea una tentación de la que tengan que responder quienes hayan cedido, y en la proporción exacta en que hayan cedido.

Lo que está en juego en Gaza no es el derecho de Israel a defenderse, sino a hacerlo como lo ha hecho. Frente a los más de 800 muertos y más de tres mil heridos que han provocado hasta ahora sus acciones no cabe responder que ha demostrado contención durante años; si la demostró, la perdió por completo a partir del 27 de diciembre, cuando en una primera pasada por las ciudades de la franja dejó dos centenares de muertos, muchos de ellos civiles, una cifra que se ha multiplicado por cuatro tras dos semanas de ataque. Y, menos aún, cabe explicar el horror que muchos españoles han experimentado ante las imágenes de cadáveres despedazados a una reacción ingenua provocada por una supuesta campaña de propaganda palestina, puesto que esos cadáveres están ahí, esos cadáveres pertenecen a víctimas de los ataques israelíes. Aun en la hipótesis de que Hamás hubiera ideado un plan maquiavélico para capitalizar esas imágenes, la responsabilidad de Israel en la muerte de los civiles que aparecen en ellas seguiría siendo la misma. Y tampoco vale con que se diga que Hamás ha utilizado a los civiles como escudos humanos; si lo hubiera hecho se habría colocado al margen del derecho internacional humanitario tanto como si Israel, sabiendo que eran escudos humanos, no hubiera dudado en abatirlos en pos de su objetivo, convirtiéndolos en víctimas por partida doble.

Nada tiene de extraño que, como se ha dicho en España siguiendo a Glucksman, se niegue que el ataque israelí sea desproporcionado y, al mismo tiempo, se afirme que ésta no es una guerra para hacer que las reglas se respeten, sino para establecerlas. Lo que Gluscksman y quienes le han seguido en este razonamiento sugieren es que, en las nuevas reglas que se pretende establecer mediante el ataque masivo contra Gaza, la proporcionalidad no sería una condición de la legítima defensa. En ese caso, mejor que se diga abiertamente en lugar de librarse al ejercicio de alterar el significado de las palabras. Porque si no sólo se prescinde de una base moral compartida, sino también de un lenguaje compartido, de un lenguaje en el que hasta ahora se expresaban las reglas que eran muestra y orgullo de civilización, entonces habremos sembrado la semilla del desastre. En Gaza, en España, en todas partes.

Opinión

Gaza: crimen y vergüenza

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=78386

Prestigiosos autores y autoras de la talla y el compromiso de Teresa Aranguren , Pedro Martínez Montávez , Rosa Regás , José Saramago , Pilar del Río , Cármen Ruiz Bravo , Belén Gopegui , Constantino Bértolo y Santiago Alba publican en el madrileño diario "Público" un demoledor análisis sobre la agresión del ejército del Estado de Israel contra Gaza.

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No es una guerra, no hay ejércitos enfrentados. Es una matanza.

No es una represalia, no son los cohetes artesanales que han vuelto a caer sobre territorio israelí sino la proximidad de la campaña electoral lo que desencadena el ataque.

No es la respuesta al fin de la tregua, porque durante el tiempo en el que la tregua estuvo vigente el ejército israelí ha endurecido aún más el bloqueo sobre Gaza y no ha cesado de llevar a cabo mortíferas operaciones con la cínica justificación de que su objetivo eran miembros de Hamas. ¿Acaso ser miembro de Hamás despoja de condición humana al cuerpo desmembrado por el impacto del misil y al supuesto asesinato selectivo de su condición de asesinato sin más?.

No es un estallido de violencia. Es una ofensiva planificada y anunciada hace tiempo por la potencia ocupante. Un paso más en la estrategia de aniquilación de la voluntad de resistencia de la población palestina sometida al infierno cotidiano de la ocupación en Cisjordania y en Gaza a un asedio por hambre cuyo último episodio es la carnicería que en estos días asoma en las pantallas de nuestros televisores en medio de amables y festivos mensajes navideños.

No es un fracaso de la diplomacia internacional. Es una prueba más de complicidad con el ocupante. Y no se trata sólo de Estados Unidos que no es referencia moral ni política sino parte, la parte israelí, en el conflicto; se trata de Europa, de la decepcionante debilidad, ambigüidad, hipocresía, de la diplomacia europea.

Lo más escandaloso de lo que está pasando en Gaza es que puede pasar sin que pase nada. La impunidad de Israel no se cuestiona. La violación continuada de la legalidad internacional, los términos de la Convención de Ginebra y las mínimas normas de humanidad, no tiene consecuencias. Más bien, al contrario, parece que se premia con acuerdos comerciales preferentes o propuestas para el ingreso de Israel en la OCSE. Y qué obscenas resultan las frases de algunos políticos repartiendo responsabilidades a partes iguales entre el ocupante y el ocupado, entre el que asedia y el asediado, entre el verdugo y la víctima. Qué indecente la pretendida equidistancia que equipara al oprimido con su opresor. El lenguaje no es inocente. Las palabras no matan pero ayudan a justificar el crimen. Y a perpetuarlo.

En Gaza se está perpetrando un crimen. Lleva tiempo perpetrándose ante los ojos del mundo. Y nadie podrá decir, como en otro tiempo se dijo en Europa, que no sabíamos.

Teresa Aranguren
Pedro Martínez Montávez
Rosa Regás
José Saramago
Pilar del Río
Cármen Ruiz Bravo
Belén Gopegui
Constantino Bértolo
Santiago Alba Rico

Opinión.- Isaac Rosa

Gila en Palestina

http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2009/01/05/gila-en-palestina/

S

“El ejército israelí no actúa sin antes avisar (…) Telefonea casa por casa a sus habitantes para que evacuen” -Comunicado de la Embajada de Israel- 

Si no hubiera cientos de muertos, sería de risa. Como de chiste de Gila: “Oiga, ¿es el enemigo? Mire, es que vamos a bombardear su barrio, que por favor se alejen un poco, no sea que se hagan daño”.

Suponemos que el ejército israelí tiene un listín telefónico donde distingue a los terroristas del resto de la población. Coge un bloque de viviendas y va llamando piso por piso, hasta que llega a uno marcado en negrita: “Al del 3ºD no lo avisen, que es de Hamás.” Así, los muertos en los bombardeos no serían culpa de los atacantes: o son considerados terroristas –y no los avisan-, o son vecinos cabezotas que se empeñan en quedarse en casa, o despistados que no atendieron la llamada, o estaban hablando y comunicaba.

Perdonen la broma, pero es que lo de la alerta telefónica parece un chiste macabro cuando hay cientos de muertos. Por lo visto avisaban cuando iban a tirar la casa de un suicida o de un dirigente de Hamás, hasta que los palestinos decidieron desobedecer y subirse al tejado para impedirlo. Vale, es menos bestia que bombardear sin avisar, pero no por ello dejan de ser ejecuciones extrajudiciales y bombardeos sobre población civil. Y la responsabilidad por los muertos es del atacante, no del atacado. No vale culpar a los “escudos humanos”.

Pero además, el macabro aviso telefónico es una prueba más de la desproporción y asimetría: la prepotencia de un ejército que puede anunciar por adelantado sus objetivos, en la seguridad de que no habrá defensa posible que lo evite, ni riesgo alguno para el atacante. Y ahora que han puesto pie en tierra, serán menos cuidadosos. 

Opinión.- Consuelo SÁNCHEZ-VICENTE

La muerte asimétrica

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M


Miramos las matanzas de Gaza y de Israel con tristeza e impotencia, sin saber que se podría hacer para ponerle el punto final a esta terrible sangría de pueblos y gentes inocentes, qué más habría que hacer... La impresión de que cada vez que uno de los planes de paz y hojas de ruta ensayados entre los palestinos y los judíos desde la fundación del Estado de Israel - de Madrid a Camps Davis, Oslo, Egipto, los demás - parecía a punto de caramelo para la paz, `alguien´ lo ha reventado estrepitosamente, como un destino fatal. Casi siempre `alguien´ de Israel, el más fuerte y con mejores padrinos: con occidente, siempre, como anfitrión de las voladuras del diálogo, por acción u omisión

Los Estados Unidos, hasta ahora, por acción: ya veremos si esto cambia con Obama. Estados Unidos por permitir -o mejor dicho: imponer- que, desde 1948, en toda su existencia, el Estado de Israel no haya cumplido ni una sola de las resoluciones de las Naciones Unidas para que salga de los territorios palestinos ocupados, siempre con su propio derecho a la seguridad como excusa, que no como razón; y, lo que es peor, siempre protegido por el paraguas del veto de los Estados Unidos de las sanciones -a veces las guerras- que la comunidad internacional impone con tanta alegría a los países que se saltan sus mandatos... cuando conviene a los intereses del gran baile mundial de máscaras, claro. O cuanto el `saltarín´ carece de padrinos poderosos, o cae en desgracia, recuerden el Iraq de Sadam. Para los Palestinos, solo, como mucho, y solo a veces, Estados Unidos tiene... buenas palabras

Los demás, con la Unión Europea al frente y Liga Árabe como comparsa, por consentir. Por omisión. En el caso de la Unión Europea, que es el que nos toca más de cerca, por la omisión del deber de denuncia con la fuerza precisa, aunque sea moral, de esta injusta asimetría que ha permitido a Israel levantar ante nuestras propias narices el muro de la vergüenza de Gaza, la mayor prisión de cielo abierto de la historia de la humanidad, en realidad de la inhumanidad, para nuestra vergüenza. Algunos expertos empiezan a decir que el objetivo oculto pero firme de tanta muerte asimétrica es borrar a Palestina del mapa y dar paso al `Gran Israel´ de los sionistas, y que las matanzas no pararán hasta que esa fantasía totalitaria sea realidad.

Me parece de locos pero es verdad que el castillo de la paz se derrumba cada vez que parece a punto de cubrir aguas. En cualquier caso, mientras tanto, ¡cuanta hipocresía! Mucho pañuelo palestino al cuello de los gobiernos progres, fashion total, pero mientras aquí basta un solo muerto en atentado terrorista para que clamen de horror, el terrorismo de Estado israelí mata a casi 300 civiles palestinos de una vez y... silencio institucional.

Opinión.- Gonzalo Parente

Guerra asimétrica

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E


En los círculos estratégicos del mundo se habla de la guerra asimétrica como algo nuevo. Anteriormente se enfrentaban dos ejércitos con posibilidades y capacidades similares. Lo que sucede hoy con la asimetría de fuerzas, como ocurre con Hamás e Israel, un grupo que practica el terror contra un Estado con un poderoso ejército, no es más que la repetición de la historia bíblica de David contra Goliat. Esta situación se ha repetido con las intifadas palestinas y de los libaneses de Hezbolá hace dos veranos, en la que Israel no salió muy bien parado.

¿Qué está pasando ahora en Gaza? El hecho concreto es que Hamás rompió la tregua bombardeando poblaciones hebreas con cohetes y morteros. Sabían que provocarían a Israel en un momento muy delicado de cambio político, no solo judío sino también en EE.?UU., su apoyo principal. ¿Qué podrían pretender con esta reacción? Pienso que no quieren quedarse al margen de los acuerdos a que están llegando los palestinos de Cisjordania. Pero se equivocan, porque cuando Israel siente la inseguridad en sus fronteras, reacciona con todas sus fuerzas, para defenderse, y Hamás les ha dado el motivo que alegan de «legítima defensa». Por eso la comunidad internacional, representada por los Cuatro (ONU, UE, EE.?UU. y Rusia) está pidiendo un alto el fuego humanitario. Hamás ha perdido esta guerra asimétrica porque Israel no va a cometer los errores de hace dos años, ni el mundo está ahora para un martirio de los palestinos de Gaza. A ver qué hace la ONU.

Opinión

¿Para qué sirve la ONU?

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=426617

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No descubro nada nuevo, pero hay tiempos en los que resulta más evidente que el mundo organizado, sus instituciones internacionales, todos los foros, uniones, parlamentos etc. no son sino la puesta en escena de una formidable injusticia que se mantiene, gracias a las trampas aceptadas, con una pátina hipócrita de sutil legalidad. Se está viendo ahora en la respuesta israelí a las provocaciones de Hamás, pero lo cierto es que nunca ha dejado de estar presente desde la Segunda Guerra Mundial. Entonces, cuando los bloques, el llamado mundo occidental, libre y democrático, no levantó un dedo para frenar el terrorífico avance de los carros de combate rusos en Hungría y más tarde en la primavera de Praga. Nadie hizo nada por frenar la Guerra de los Seis Días cuando Israel decidió unilateralmente ampliar sus fronteras por la fuerza. Sólo durante «la crisis de los misiles» en Cuba se debió descolgar el teléfono rojo y es posible que el mundo entonces estuviera cerca de un nuevo conflicto global. Pero Rusia reculó a tiempo y todos nos salvamos del desastre.

Cuando los Balcanes, pareció que se había entrado en una nueva concepción del Derecho Internacional donde el principio, hasta entonces sagrado de soberanía, cedía ante el clamor internacional; y así fue, pero sólo en ciertos casos, sólo cuando los mas poderosos se ponen de acuerdo en esa intervención y siempre por extraños intereses. Esa nueva interpretación del Derecho Internacional legitimó, por ejemplo, la primera guerra del Golfo, no así la segunda, pero sí la de Afganistán. El lenguaje sirve para muchas cosas, incluso para bautizar como «misión de paz» lo que es un guerra o consentir vergüenzas tan infames como lo de Guantánamo sin que la ONU, la todopoderosa y secuestrada ONU, pueda hacer nada para evitar un atropello tan evidente y total a la mismísima Declaración de los Derecho Humanos. A nadie pues le puede extrañar que, una vez más, EEUU utilice su derecho (?) a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y evite la condena de la actuación de las tropas de Israel en Gaza. Es lo que ha venido haciendo desde años. Es lícito que ante la historia misma de las Naciones Unidas, uno se pregunte para qué sirve semejante organización y hasta que punto se ha utilizado para legitimar o silenciar acciones claramente injustas. Pero también es verdad que si hay que elegir, mejor que exista y si no existiera, lo mejor sería inventarla. Pero admitida esta premisa, que nos dejen al menos lamentarnos de su funcionamiento, de su injusticia, de su inutilidad cuando uno de los poderosos con derecho (¿) a veto se implicado directa o indirectamente en el asunto. Israel hará lo que quiera y hasta cuándo y dónde quiera y Hamás seguirá practicando el extremismo y/o terrorismo digan lo que digan los europeos, la ONU y hasta Sarko, que, una vez más, va por libre.

 Tribuna :Abel Veiga Copo Profesor de Derecho en ICADE

Israel y la burbuja

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La tragedia de la guerra sigue su curso. Decenas y decenas de civiles son asesinados en Gaza, mientras el Gobierno israelí sigue en su burbuja política, jurídica y social. La ceguera y la brutalidad es despiadada. Es la ley del Talión. El ojo por ojo, diente por diente, pero multiplicado esta vez por cien. El grado de cinismo del Gobierno israelí raya cotas increíbles. Toda esta orgía de sangre y destrucción llevaba meses planificándose. Negar el futuro al pueblo palestino no solo es una tragedia para estos, también para una sociedad israelí embriagada por unos políticos que hace tiempo han dejado de pensar en su pueblo y en el futuro. La paz es posible si realmente se quiere, pero hace mucho que no la desean.

Se niega todo y una y otra vez se abrazan al perenne victimismo, eso sí, despreciando la vida, la suerte de los palestinos. No todo es Hamás, grupo terrorista, execrable y fanático. Como tampoco todo se puede camuflar en el derecho a la seguridad y a la defensa. Masacrar Gaza con miles de toneladas de bombas por tierra, mar y aire, atacar a población civil, destruir todo tipo de infraestructuras y negar todo acceso humanitario es atroz, perverso, cruel y jurídicamente condenable. Por mucho que no crean y desprecien el derecho y la legalidad internacional. Como también hace su valedor el que veta toda condena en una ya inoperante y absurda Naciones Unidas. Los líderes y el mundo callan, mientras Israel busca su tregua por la fuerzas de los hechos, toda vez que deje asolada la franja. Llevaba año y medio totalmente embargada, bloqueada, declarada enclave hostil por el laborista Barack y hacedor ahora de esta guerra asimétrica, vil y deplorable. No se puede ir contra Hamás y situar en medio del fuego cruzado a los civiles. Para el recuerdo Deir Yassin en 1948, Qybia en 1953, Sabra y Chatila en 1982 y Yenín en el 2002. La misma estrategia, la misma guerra de tierra quemada. Todo se repite.

Israel no quiere un proceso de paz, tampoco un Estado palestino. Lleva cuarenta años ocupando los territorios pero claudicando de sus obligaciones internacionales como potencia ocupante. Ha levantado un muro vergonzoso armado de odio, ira y usurpación con la excusa de detener los atentados suicidas. Ha traspasado la línea verde, ha ignorado todas las resoluciones de Naciones Unidas, se ha pertrechado y armado hasta el infinito, incluso reconociendo poseer ojivas nucleares.

Sembradores de odio, ausencia total de conciencia. Malditos los políticos que solo creen en las guerras, que desprecian la vida ajena, que juegan con el futuro de sus pueblos. No importa la nacionalidad, la etnia ni la religión, siempre los ha habido en todas partes. Malditos los corifeos mediáticos que niegan la realidad y justifican lo injustificable. Malditos los ignorantes que solo miran hacia otro lado en un espléndido ejercicio de hipocresía. Malditos los miserables del embuste, del terror y la locura. El camino del odio y la violencia se abre a zancadas.

Opinión.- Fernando Onega.- 6/01/09

Lírica para una guerra

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 La guerra de Gaza es una fabulosa oportunidad para dirigentes políticos occidentales. El sueño de cualquier gobernante es encontrar una fórmula, una frase, un algo que detenga el avance de los carros de combate. Eso sería su consagración a los ojos del mundo. Y los políticos españoles no se libran de la ensoñación. Ahí tenéis a María Teresa Fernández de la Vega, que habló en la India y dijo esas frases tan bonitas: «Que cese el ruido de las armas» y «que los tanques y las bombas callen». ¡Qué lírico! ¡Qué bucólico! ¡Qué pena que las armas, los tanques y las bombas no estén dispuestos a escuchar! La señora vicepresidenta habló tanto con obispos y cardenales, que a veces sus palabras parecen exorcismos o sermones de domingo desde la ventana del Vaticano.

Y Zapatero. Ayer, cuando todos lo imaginábamos afanado solo en convencer a presidentes de autonomías de lo ricos que van a ser y lo pobre que van a dejar al Estado, resulta que también tenía su corazón puesto en la franja de Gaza. Solo el corazón; no el resto del cuerpo, porque su proyecto de viaje a Oriente Próximo desapareció entre los madroños de los jardines de la Moncloa. ¡Que viaje Sarkozy!, se habrá dicho. Y se ha quedado entre nosotros, organizando la orgía de la financiación y el déficit; pero tampoco ha querido privarnos de bellísimas palabras, que parecen villancicos rezagados: «Hay que abrir un camino para la democracia».

Gran momento para pacifistas. Y mejor, si son un poco de izquierdas. Israel, con su ofensiva, les ayuda a construir discursos emocionantes y sonoros, y les permite condenar al rico poderoso y arrogante que aplasta al pobre débil. Casi parece una guerra de clases. Al ver la matanza de tantos civiles, encuentran argumentos para invocar la desproporción de su respuesta. A lo mejor, quién sabe, los judíos no serían tan condenables si tuviesen bombas inteligentes que supieran discriminar y solo mataran a los malos y dejaran con vida a los buenos. Según Zapatero, al fin y al cabo creador del mito de la Alianza de Civilizaciones, ese sería «el camino» que los llevaría a la paz.

El poeta diría que nos queda la palabra, que no cuesta mucho y tranquiliza las conciencias. Pero la más esperada, que es la de Obama, está en un conveniente silencio, entretenida en su mudanza. Y los hechos, o no existen o son estériles. El Consejo de Seguridad, por imposición de EE.?UU. no condena la invasión. Europa hace lo que puede, que es muy poco. Y el Gobierno de Israel, aplaudido por su opinión pública, me temo que tampoco escuchará el consejo de Zapatero: «Este no es el camino que os llevará a la paz». Los tanques no entienden de lirismo. Pobre Gaza: los tanques solo atienden la orden de atacar

Opinión

Encerrados con sus juguetes

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Salen los presidentes autonómicos de Moncloa, de uno en uno, o de tres en tres, contando con los dedos el porcentaje de presupuesto que van a administrar, como si la crisis económica más grave tras la II Guerra Mundial no existiese; como si el imperdible que sujeta el frágil equilibrio entre Pakistán y la India, fuera una viga de hormigón; como si la guerra de Gaza fuera un asunto de la CNN, y como si China no estuviese en vísperas de sacudidas que no van a ser un asunto interno.

Con esa contundencia con la que los impotentes hacen gala de su fortaleza, golpeando el puño sobre la mesa de la taberna, los llamados líderes europeos, llaman al orden a Israel, como antes les dijeron a los terroristas profesionales de Hamas, que fueran buenos chicos y no tiraran cohetes que podrían hacer pupa, y con el mismo y eficaz resultado.

Las condenas de los grandes líderes europeos y de las grandes líneas de ferrocarriles causan el mismo efecto en el ejército israelí que la pronunciación de una jaculatoria ante un infarto de miocardio. Mejor dicho, menos, porque la fe puede mover montañas ignoradas, pero las firmes condenas llevan consigo tal falta de confianza en sus efectos, que todavía no me explico como no les entra la risa, puede que por esos cadáveres de niños, por esos corderos inocentes que son inmolados entre la palabrería occidental, la tradicional corrupción palestina, el terrorismo aupado por las urnas, y la misma hipocresía internacional que permite los genocidios en Africa.

Menos mal que nuestros líderes autonómicos, más o menos radicales, más o menos nacionalistas, más o menos pequeños burgueses, cuentan los garbanzos de los que dispondrán en su virreinato, ajenos al mundo. Si hubieran vivido en Bizancio, no les hubiera pillado la invasión discutiendo del sexo de los ángeles, sino de la sacrosanta, enaltecida, y balsámica financiación autonómica.

Opinión.- Yashmina Shawki

La paz que nadie parece querer

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Siempre decimos que la violencia no es la solución; sin embargo, acudimos a ella de manera recurrente para resolver casi todos los conflictos. El uso de la fuerza está tan arraigado en nuestro yo colectivo que casi se ve como inevitable que, de forma cíclica, los pueblos acudan a ella. Pero la violencia solo engendra dolor, enquista la rabia y perpetúa la enemistad.

El conflicto entre Israel y Palestina, que se ha prolongado a lo largo de seis décadas, más de seis guerras y numerosos levantamientos, no se ha solucionado porque la lenta sangría de víctimas solo ha servido para reforzar posturas y enconar odios.

¿Cómo es posible que un conflicto que tantos desean que se solucione, al menos, en apariencia; al que tanto esfuerzo y tanta negociación se ha dedicado, empeore cada vez más? Obviamente, porque ni a las partes implicadas ni a los actores secundarios les interesa realmente que se resuelva, ya que, caso contrario, no solo tendrían que ceder en sus posturas sino que, además, tendrían que eliminar las provocaciones.

Israel, un pueblo bíblicamente belicoso y expansionista, desea expulsar a los árabes del territorio que considera históricamente suyo. Su oferta de dos Estados vecinos es solo una pantalla que oculta la visión sionista sobre cuyas bases los judíos lograron recuperar parte de la tierra de la que han sido expulsados una y otra vez. Se sienten acorralados y amenazados por millones de árabes a los que solo pueden frenar mostrando su poderío militar. El que la agresión a los palestinos suponga aumentar la intención del voto es buena muestra de ello.

Los palestinos tampoco quieren convivir con un pueblo que los ha castigado tan duramente y que durante los siglos de dominio otomano fue su subordinado. Más aún, sus líderes actuales, sobre todo de los grupos terroristas como Hamás, Hezbolá y afines, no tendrían cabida en un Estado pacífico y democrático ya que la ayuda internacional tendría que invertirse en infraestructuras y no en el mantenimiento de un ejército de milicias.

¿Y qué decir de los fundamentalistas que utilizan el martirio palestino como justificación de su existencia y punta de lanza para sus ataques a Occidente?

En Tierra Santa, la paz se ahoga en sangre en nombre de Dios.

Opinión

Lo demás es silencio

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En lo que va quedando de Gaza todo es ruido y furia, pero el resto del mundo sigue en silencio. Apenas el bisbiseo de unas palabras de reprobación o el rosmar de unos rezos. Es difícil elegir entre dos males, cuando se sospecha que ambos son el peor. Las principales potencias del mundo prefieren contemplar muertos y contarlos, en los ratos libres. ¿Cómo ayudar a Hamás?, ¿cómo apoyar a Israel? Lo del Líbano fue un ensayo general con casi todo. Así que las Naciones Unidas aguardan un desenlace que no admite elucubraciones. Las tropas de élite israelitas han partido la Franja en dos, pero del lado palestino no hay víctimas de élite.

Una de las peculiaridades de las guerras modernas es que mueren más civiles que militares, lo que prueba sin duda nuestro grado de civilización. ¿Qué quedará de ese fragmento de planeta, castigado por la Geografía, por la Historia y, sobre todo por sus habitantes? El doctor Thebussem, mejor dicho el escritor que ocultaba su nombre bajo ese pseudónimo, dijo que la colección más difícil que puede emprender cualquier paciente maniático, es la de mendrugos de ciudades sitiadas. No queda ninguno. El cerco sólo permite que viva el hambre, que también tiene los días contados. El asedio va a seguir mientras en los despachos se discute si se trata de una «respuesta desproporcionada» o de un justo castigo a los tercos lanzamientos de proyectiles de los fanáticos de Hamas. Salvar al sargento Shalit puede acarrear la muerte de miles de personas y los difuntos tienen todos la misma nacionalidad: eran seres humanos que pasaron una temporada en este planeta belicoso, dividido en parcelas muy desiguales. Un lugar lleno de dioses, de banderas y de armas.

Opinión.- Almudena Grandes.

Humanidad

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Es lícito preguntarse por qué el Gobierno israelí no ha intentado agotar las vías negociadoras
La violencia es simple, pero no proporcionará seguridad a ese país

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La ministra de Exteriores de Israel dijo, horas antes de la invasión, que en Gaza no había crisis humanitaria y por tanto no era necesaria una tregua humanitaria.

Hasta si su gobierno no fuera responsable ya de quinientos cadáveres, y de la indeterminada cifra de víctimas que se proyecta en el horizonte, sus palabras serían escalofríantes. En Gaza se hacinan, como en un campo de concentración, un millón y medio de personas cuya subsistencia depende de la voluntad de sus carceleros. Israel consintió que Hamás se presentara a las elecciones de 2006 para decretar, tras su victoria, un bloqueo económico tan brutal que, aplicado casi a cualquier otro lugar, constituiría en sí mismo toda una crisis humanitaría.

Cabría preguntarse qué es un ser humano para la señora Livni, porque no se trata de conceptos como seguridad, bienestar o garantías. Antes de que el ejército israelí arrasara Gaza por la fuerza, sus habitantes no tenían comida, ni agua ni luz eléctrica, ni medicinas ni combustibles, a veces durante horas, a veces durante días enteros. Cabría responderse por tanto, y ciñéndose escrupulosamente a sus palabras, que para la señora Livni, los palestinos no son seres humanos. Que una ministra de Israel, representante de un estado surgido del horror que estremeció al mundo al constatar que el pueblo judío había sido tratado como no humano por el III Reich, diga cosas así, es tan desolador que se comenta solo.

¿Y los demás? El problema es Hamás, dicen. ¿Y cuándo no existía Hamás? Entonces, el problema era Arafat. ¿Y de dónde salió Arafat? La violencia no sólo engendra violencia en Oriente Próximo, pero sólo allí se priva a las víctimas hasta del pobre consuelo de la palabra "desproporción". Cabría pensar que la culpa es de los propios palestinos, de esa terca insistencia suya en seguir siendo, pese a todo, seres humanos.

Tribuna.- Emilio Menéndez del Valle es embajador de España y eurodiputado socialista.

¿No será que Israel no quiere la paz?

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Es lícito preguntarse por qué el Gobierno israelí no ha intentado agotar las vías negociadoras
La violencia es simple, pero no proporcionará seguridad a ese país

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La violencia es simple, pero no proporcionará seguridad a Israel. La fuerza militar bruta, desproporcionada, generadora de odio, frustración, humillación, acabará por colocar a Israel -y a buena parte de la comunidad internacional- en situación de máxima inseguridad.

Edward Said -el más prestigioso intelectual palestino- escribió en 2002 que "la seguridad israelí es un animal de fábula, una especie de unicornio. Se la persigue sin alcanzarla jamás, pero constituye el objetivo eterno de cualquier acción futura".

De ética y de sentido común y político conviene hablar. ¿Qué persigue Israel con acciones que arrasan una ciudad, masacran a civiles y a policías encargados de mantener la seguridad (aunque no sea la del unicornio) y, de paso, liquidan a dirigentes y militantes de Hamás? ¿Por qué se arriesga a un recrudecimiento de la ira que, probablemente, impulsará a palestinos -incluidos el millón largo de "ciudadanos" de ese origen que viven dentro de Israel-,poblaciones árabes e islámicas y desde luego a Al Qaeda, a tomarse la justicia por su mano, esto es, a atentar contra intereses judíos y occidentales? Antes de proseguir, manifiesto que condeno que Hamás (un movimiento en cuya creación colaboró el Gobierno israelí con la intención de que dificultara los crecientes éxitos de la OLP de Arafat) lance cohetes artesanales contra las poblaciones limítrofes de Israel. Sin embargo, la muerte y destrucción sembradas en Gaza en estos días son infinitamente superiores a los daños causados en años por dichos proyectiles.

La respuesta del Goliat judío, en palabras de Gideon Levy, antiguo asesor de Simon Peres, "excede toda proporción y traspasa todas las líneas de lo humano, de la ética, del derecho internacional y de la sabiduría". Es lícito preguntarse por qué el Gobierno israelí, que monopoliza la fuerza, no ha intentado agotar las vías negociadoras y diplomáticas antes de desencadenar lo contemplado en todas las televisiones. Sólo si hubiera fracasado ese camino, la opinión pública habría entendido una iniciativa militar gradual, proporcional, contra Hamás.

Livni, ministra de Exteriores y candidata electoral por Kadima, afirmaba el 27 de diciembre que "Israel no atenderá llamadas a la tregua con Hamás porque es un grupo terrorista". ¿Acaso el Gobierno de Tel Aviv no desea el proceso de paz? Los hechos son tozudos. Ehud Olmert, sucesor de Ariel Sharon, ha proseguido, con otras formas, la misma política que su antecesor: implacable extensión de las colonias judías en los territorios ocupados (contra las resoluciones de Naciones Unidas, la Hoja de Ruta del famoso Cuarteto y contra el plan de Bush lanzado en Annapolis hace un año), ampliación del muro de la vergüenza que confisca más territorio en Cisjordania, y oposi-ción a la devolución de Jerusalén Este. Se diría que Israel no quiere Estado palestino alguno, viable o no.

Los sucesores de Sharon han continuado, por un lado, su peculiar "vía diplomática", esto es, no sentarse a una genuina mesa negociadora, exigir condiciones previas imposibles y no manifestar voluntad política alguna. Y por otro, con la matanza ocasionada en Gaza, se han adherido a la descarnada filosofía que Sharon expresó ante el Parlamento el 4-3-02: "Los palestinos deben sufrir mucho más hasta que sepan que no obtendrán nada mediante el terrorismo. Si no sienten que han sido vencidos, no podremos regresar a la mesa de negociaciones".

"No obtendrán nada mediante el terrorismo". ¿Y qué hemos obtenido por otras vías? se preguntarán muchos palestinos, ahítos de comulgar con ruedas de molino, hartos de no divisar -porque no se les ofrece- ningún genuino horizonte político. Bien se encargó de remacharlo Dov Weisglass, hombre de confianza de Sharon y negociador con la Administración de Bush: "El significado de lo que hemos acordado con los americanos es la congelación del proceso político. Y cuando se congela ese proceso, se impide el establecimiento de un Estado palestino y la discusión sobre los refugiados, las fronteras y Jerusalén. Todo el paquete conocido como Estado palestino ha sido eliminado de nuestra agenda indefinidamente". (Entrevistado por Haaretz, 8-10-04).

¿Qué cestos se pueden fabricar con tales mimbres? Nada indica que el acuerdo Weisglass haya sido cancelado por la improductiva conferencia de Annapolis y todo señala que la devastada Gaza de estos días es una nueva, cruel y terrible operación de la marca Sharon: "Los palestinos deben sufrir mucho más".

Si la estrategia Sharon/Weisglass constituye la columna vertebral de la política del Estado judío, la lógica lleva a establecer que no persigue el fin de la ocupación ni la devolución de los territorios conquistados, sino que -como editorializaba EL PAÍS el 29 de diciembre- "quiere paz más territorios", cuando, como preconizan las resoluciones de Naciones Unidas (que Israel ignora), únicamente puede haber paz si se devuelven los territorios a sus legítimos dueños.

De ser así, Goliat quedaría atrapado en una peligrosa e inconsecuente paradoja. La confirmación de la ocupación y la negativa a un Estado palestino implicarían, por una parte, la continuidad ad infinitum de la condición de ocupante y, por otra, el elevado crecimiento demográfico palestino acabaría amenazando el exclusivo carácter judío -tan querido por muchos- del Estado de Israel. Cierto es que hasta la fecha Tel Aviv ha despreciado e ignorado, como tantas otras cosas, el estatuto de ocupante contemplado por el derecho internacional, lo que ha hecho -como resalta el jurista israelí David Kretzmer- que lleve viviendo en una burbuja jurídica durante cuatro décadas de ocupación.

Porque, de un lado, el Gobierno de los territorios ha estado basado en la fuerza y en los poderes de un comandante militar. Y, de otro, las autoridades ignoraban las restricciones que la Convención de Ginebra impone, en especial la prohibición de trasladar parte de la población ocupante (400.000 colonos al día de hoy) a los territorios ocupados, así como la ilegalidad que supone la confiscación de propiedad privada y la obligación de mantener la pública en calidad de fideicomiso.

Que la línea Sharon/Weisglass fracase y el sentido común y político se imponga algún día depende en gran medida de la estrategia que adopte el nuevo presidente Obama. Un historiador judío, Avi Shlaim, clasifica a los presidentes norteamericanos en dos escuelas: la del "Israel, primero" y la que denomina escuela equilibrada. Dice que la mayoría han pertenecido a la primera, constituyendo Carter y Bush padre dos notables excepciones y siendo Bush hijo el más pro-israelí. Refiriéndose a Oriente Próximo, Shlaim sostiene que, de cara a un acuerdo viable, "un presidente norteamericano ha de ser equilibrado y no sólo lograr seguridad para Israel, sino también justicia para los palestinos". En esto consiste el reto de Obama. Esperemos que prestigie la escuela equilibrada.

En el siglo X antes de Cristo, el gran rey Salomón, hijo del rey David, contribuyó a una de las primeras formulaciones de una paz internacional que la Biblia recoge: "Yavé dictará sus leyes a numerosos pueblos, que de sus espadas harán rejas de arado y de sus lanzas, hoces. No alzarán la espada gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra". (Isaías, 2-4). A pesar de la loa y la fanfarria con que se le obsequia en Israel, no parece que hasta ahora Salomón haya gozado de excesivo predicamento a este respecto.

Editorial.- El País.- 04-01-2009

La suerte está echada

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Israel entra en Gaza desoyendo las peticiones internacionales de tregua

D

Después de ocho días de intensos bombardeos desde el aire, los blindados del Ejército israelí penetraron anoche en la franja de Gaza. De nada han servido los llamamientos internacionales en favor de una tregua, y ahora la suerte está echada por decisión del Gobierno de Olmert.

Está echada, sin duda, para los palestinos, que han padecido y pueden seguir padeciendo un escalofriante número de víctimas civiles, sin que la comunidad internacional haya hecho otra cosa que conformarse con las someras explicaciones de la ministra de Asuntos Exteriores, y candidata electoral de Kadima, Tzipi Livni, hora tras hora desmentidas por las acciones del Ejército israelí. En contra de lo que ha explicado la ministra a lo largo de los últimos días, la situación de la población de Gaza es desesperada, con grave carencia de medicinas y alimentos para atender a los dos millares de heridos contabilizados antes de la invasión terrestre. Desde el momento en que Israel ocupe la franja, la obligación inexcusable que contrae es garantizar la llegada de esos suministros.

Pero la suerte está también echada para Israel. Al igual que ocurrió en Líbano en el verano de 2006, la estrategia que ha seguido le obliga a obtener en Gaza una victoria absoluta, una victoria definitiva. El problema reside en que nadie ha logrado jamás ese género de victoria sin renunciar a su puesto entre las naciones civilizadas. Basta comprobar la disparidad de fuerzas en combate para saber cuál será el desenlace militar de un conflicto que sólo puede recibir el nombre de guerra de manera aproximada. Pero si ese previsible desenlace se obtiene al precio de una masacre entre la población civil palestina, entonces el Israel que salga de este conflicto no será el mismo que entró en él. Y cabe la posibilidad, además, de que su victoria no sea absoluta, no sea definitiva, y en ese caso será Hamás quien haya ganado la guerra tan sólo porque no la ha perdido como Israel necesitaba que la perdiese. Lo mismo que le ocurrió en Líbano con Hezbolá.

La explosiva escena regional se verá afectada por esta represalia militar, cuya desproporción queda patente en la muerte y la destrucción que está provocando. Cualquier aproximación que intente Israel a los restos de la Autoridad Palestina en Cisjordania será como un abrazo de oso para Abbas y una nueva baza para Hamás. Las posibilidades de avanzar en el arreglo negociado con Siria, facilitado por Turquía, permanecerán bloqueadas durante mucho tiempo. Y el mecanismo infernal que atenaza a la mayor parte de los regímenes árabes se habrá puesto de nuevo en marcha: su propia estabilidad interior dependerá de cuánto endurezcan el tono y de cómo modulen su respuesta contra Israel.

Al final, los responsables de esta acción militar desproporcionada tendrán que preguntarse si ha valido la pena. Israel habrá vuelto a demostrar que es el más fuerte al inmenso coste de quedar más solo y más inseguro.

Anhelo
del
pasado

Maria
Velasco
Ramos

Carta al Señor Cónsul. desde Gaza

....NOSOTROS LOS ESPANOLES ATRAPADOS EN GAZA TENEMOS LOS MISMOS DERECHOS DE SALIR DE AQUI SOMOS TAN HUMANOS como los israelies. Esta guerra que ellos han empezado es su guerra no la NUESTRA.
ESPANA, NO NOS ABANDONEN. Un cordial saludo desde Gaza. Maria Velasco

JAVIER ESPINOSA desde Beirut.-3 de enero de 2009.

El pánico de Nizar, un niño español atrapado en Gaza

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El presente texto debería estar firmado por María Velasco, una sevillana residente en Jan Yunis (Gaza), que el día 30 remitió esta carta al consulado español en Jerusalén. Una misiva tan dramática como explícita, que resume sin exagerar la tragedia que se está registrando en la franja palestina.

Casada con un palestino, Velasco se instaló en Gaza en 1996. Madre de tres hijos, uno de ellos, Maruán Velasco, llegó a ser uno de los portavoces de la policía controlada por Hamas, hasta que abandonó la franja el pasado mes de noviembre. Su madre y sus dos hermanos, Nizar (2 años) y Halima (23) están intentando escapar del mismo territorio desde hace semanas.

A continuación se reproducen varios extractos del escrito. Ver noticia completa

 *Foto Nizar, el niño español atrapado en Gaza. (Foto: M. V.)

Ver: http://www.elmundo.es/elmundo/blogs/orienteproximo/index.html

LÁPICES PARA LA PAZ: Fracaso humanitario.-Alicia Mora

Fracaso humanitario.

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L

La incursión terrestre ha comenzado en Gaza justo cuando caía la noche. Contemplamos impávidos, cómo el Ejército Israelí entra en Gaza como Pedro por su casa. La muerte en directo, desde tierra, mar y aire. Sinfonía de destrucción bajo el beneplácito de la política internacional.

Políticos de sillón estiran sus piernas y contemplan las imágenes mientras acarician la cabeza de sus hijos. Ellos están seguros. La Presidencia de la UE ha informado en un comunicado que considera que la operación terrestre del Ejército israelí en la Franja de Gaza es "defensiva, no ofensiva".

Niños, niñas, ancianos, mujeres y hombres, aquellos que no han podido ser evacuados por no ser extranjeros, y algunos que son incluso españoles y se han tenido que quedar en Gaza, son seres humanos de segunda.

Este es el nuevo diálogo por la Paz del siglo XXI. Aquí está la política internacional, aderezada por un escandaloso fracaso humanitario global.
El ruido de este fracaso llega a todas las partes del mundo, no hace falta cambiar de canal de la televisión para no oírlas, son más estridentes que las bombas que ahora están tirando en la Franja de Gaza. La licencia de actuación, la impunidad de Israel frente al mundo está normalizada, estandarizada.
La sangre vertida cada día de esta infame guerra mancha cada artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y efectivamente, dentro de unos años alguien se atreva a decir, como en otro tiempo se dijo en Europa, que no sabíamos.

"Nuestras vidas empiezan a terminar el día que silenciamos las cosas que importan" Martin Luther King

Opinión.- César Casal

Palestina 420-Israel 4

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N

 Nos da igual.
Que Israel masacre la franja de Gaza suena a noticia repetida. No llama la atención. Ni siquiera los ocho niños de ayer envueltos en las banderas de Palestina para su entierro. Más de lo mismo. Es lo que llevan haciendo toda la vida. Que haya guerra en Oriente Medio es como que haya pescado en las plazas o que nos encienda el coche por las mañanas. El planteamiento es tan horrible como cierto. Nos pilla lejos. Solo unos pocos locos, divinos cooperantes, se van hasta allí y ayudan. Al resto, qué más no da que ya hayan muerto 420 palestinos y solo cuatro judíos.

Algunos piden una tregua. Tregua de qué, pero si ya en la Biblia se mataban. La costumbre es un dardo envenenado. Los clásicos decían que había que enseñarles a los niños a no repetirse. Que, cuando algo se repite mil veces, dejamos de pensar: ciegos del hastío. Misiles de Israel contra Gaza es como borrasca sobre Galicia. Cohetes caseros palestinos como provocación y respuesta sobre el sur de Israel es tan normal como que la Liga vuelve hoy tras el parón de Navidad. Sabemos que Hamás no es una pandilla de niños cantores de Viena. Pero los soldados de Israel tampoco son los niños de San Ildefonso. Bombardean un campo de concentración y levantan un muro en el siglo XXI, cuando en el 89 habíamos celebrado que por fin tirábamos otro. Estos días en Gaza matan los misiles de los aviones y el desprendimiento de rutina del mundo.

Opinión.- José Ramón Amor Pan

Guerras justas e injustas

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M

Miles de páginas se han escrito a lo largo de la historia para tratar de hacer luz sobre uno de los fenómenos sociales más frecuentes: la guerra. Ahí están, por ejemplo, las obras de Maimónides, Santo Tomás de Aquino, Vitoria, Suárez, Hugo Grocio y, más recientemente, Michael Walzer. Sesudos argumentos se han vertido para razonar que no todas las contiendas eran iguales, que hay algunas que son justas y otras que no lo son. Normalmente, cada una de las partes involucradas en un conflicto considera que la suya es la posición correcta, no sé por qué será? La violencia tiene mucho que ver con la idea de justicia; y lo que nos encontramos, a pesar de los esfuerzos realizados para tratar de definir la justicia, es que hay demasiadas concepciones de ella y, sobre todo, muy pocas ganas de ser justo (porque, curiosamente, el egoísmo presente en el ser humano parece mucho más potente que el apetito por la justicia). Hoy el mundo no es menos violento que en los tiempos prehistóricos, del Imperio romano o de la Segunda Guerra Mundial. Las nuevas guerras son un reflejo de las antiguas, cosa que siempre ha ocurrido, por otra parte.

Cuando parecía que la humanidad ya tenía un horizonte bastante negro para el 2009 con la recesión económica y con los conflictos armados de Irak, Afganistán y el Congo, por citar algunas de las amapolas que tiñen de rojo el escenario mundial, el Gobierno de Israel decidió lanzar en pleno período navideño una brutal y desproporcionada ofensiva armada contra los palestinos en Gaza. Yo sé muy poco de este terrible conflicto entre judíos y palestinos; solo sé que no se matan mosquitos a cañonazos y que esa decisión israelí consiguió amargarme los turrones y quitarme las ganas de escribir, hasta hoy: porque creo que aquellos que soñamos la visión del león que reposa junto al cordero debemos alzar, una vez más, nuestra voz para proclamar que la única opción moral es la guerra sin armas. Dentro de pocos días, Obama tomará posesión como presidente de Estados Unidos, tradicional aliado de Israel. Ojalá que pueda imponer algo de cordura a su socio, si es que antes no se ha desencadenado ya un conflicto armado de alto nivel con la intervención de terceros países. La violencia solo engendra violencia, eso está claro. Aunque existen en el mundo, por desgracia, demasiados iluminados fundamentalistas y etnocentristas (incluidos los miembros de ETA y adláteres).

Opinión

La cultura de la compasión

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A

Aún reconociendo la heteróclita procedencia de los habitantes del actual Estado de Israel, y con ello las grandes diferencias culturales, étnicas, educativas y económicas que existen entre ellos, no se puede negar que, en su conjunto, la sociedad israelí es una sociedad culta y desarrollada.

La diáspora judía inicial que en la segunda mitad de la década de los años 40 desembarcó en el territorio, apropiándoselo y estableciéndose en él, contenía sujetos de gran calidad y formación, y en años sucesivos, en los de la consolidación del Estado a sangre y fuego -”el aparato «militar» del mismo se había curtido en el ejercicio del terrorismo contra Inglaterra-”, fueron llegando oleadas de científicos, escritores, arquitectos, músicos, ingenieros, pintores y médicos que habían brillado en los países de procedencia y llevaban esa luz de cultura al nuevo Estado de Israel.

Pero, siendo esto así, siendo Israel un país culto, ¿cómo se explica su ferocidad, la crueldad extrema con sus enemigos, sus actos despiadados? Sólo se me ocurre que pueda sucederle lo mismo, aunque por otros motivos, que a la Alemania de las dos guerras mundiales, de las atrocidades nunca vistas, de la destrucción sistemática y de los campos de exterminio: siendo aquella Alemania una nación refinada y cultísima, le falta absolutamente, en cambio, la cultura de la compasión.

Que ciudadanos probos e instruidos justifiquen el bombardeo de hospitales infantiles, la tortura como práctica legal con los detenidos, el tormento a la población civil o la voladura de las casas, en bastantes ocasiones con personas dentro, de los familiares de sospechosos palestinos, sólo puede entenderse como una anestesia profunda, abismal, de la sensibilidad, como una carencia total de la cultura de la compasión, que es la del sentimiento, la de la empatía y, en fin, la de la humanidad.

Tribuna.- Luz Gómez García es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

La soledad de Gaza

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C

Cuando para acceder a Gaza por el paso de Erez, el visitante autorizado se ve obligado a introducirse en las diabólicas máquinas israelíes inquisidoras del cuerpo humano, unas máquinas no vistas antes en ningún otro sitio, que le zarandean y escudriñan sus entrañas, comprende que se dispone a entrar en uno de los lugares más solitarios del planeta. Atravesados puertas y corredores, un inquietante kilómetro, largo, a pie, de tierra de nadie, de cascotes y escombros, hace que el extranjero mude la impresión de la artificiosa frontera física en la certeza psicológica de hallarse ante un nuevo capítulo, uno de los más insólitos, de las aberraciones de la historia reciente.

Un muro de hormigón armado, de nueve metros de alto, separa la franja de Gaza de Israel. Es un muro hermano del de Cisjordania, aunque primogénito, pero que no ha tenido la misma repercusión jurídica y mediática. Un muro que encierra la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado del mundo. Gaza, que ha sido descrita en ocasiones como una gran prisión al aire libre, está condenada a la soledad de todas las prisiones.

Esta dramática realidad responde a una deliberada y planificada política israelí. Nada es casual en Gaza. Detrás de lo que ven los ojos hay una firme voluntad israelí de acoso militar, institucional y jurídico. ¿Qué fue antes: Hamás o la gallina? La gallina. Veamos por qué.

En octubre de 2004, el Parlamento de Israel aprobó "el plan de desconexión de Gaza", que en agosto del año siguiente llevó a cabo unilateralmente. Pretendía poner fin a un problema demográfico insoslayable para la empresa israelí de colonización del territorio: la imposibilidad militar y económica de sostener a una población de 9.000 colonos en un enclave con un millón y medio de palestinos. Faltaban todavía varios meses para el triunfo de Hamás en las elecciones legislativas palestinas de enero de 2006, pero el pronóstico era meridiano y allanaba el camino a la estigmatización colectiva. Cuando en junio de 2007 los islamistas dieron un golpe de mano en Gaza y truncaron el Gobierno de ficticia unidad nacional de la Autoridad Nacional Palestina, la comunidad internacional se aprestó a endurecer su actitud hacia Hamás como organización terrorista. Poco importa que su triunfo en las urnas hubiera contado con la escrupulosa supervisión de observadores internacionales, incluidos algunos diputados españoles. La condena hallaba refrendo y con ella se consumaba la desconexión. Gaza quedaba aislada del mundo: del Israel ocupante, de la madre Palestina y del socorro y la benevolencia internacionales.

El paso siguiente por parte de Israel fue la declaración de Gaza como "entidad hostil" el 19 de septiembre de 2007, que le ha servido para desentenderse interna-cionalmente de las obligaciones que, como potencia ocupante, tiene. La población sufre con ello la paradoja jurídica de estar a la vez bajo ocupación y bajo bloqueo. Las operaciones militares israelíes, que el Gobierno de Israel tan pronto llama de castigo como ofensivas, se han sucedido desde entonces, trufadas de treguas que en absoluto han aliviado el imparable deterioro de la situación de la población. El bloqueo al tránsito de personas y bienes de primera necesidad por tierra, mar y aire, castiga en primera instancia al 62% de la población, que depende directamente del reparto de alimentos y de los servicios básicos a cargo de la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados palestinos. La Organización Internacional del Trabajo, en su memoria de 2007, habla de una "economía de estado de sitio", y en la de 2008 constata que el aislamiento casi total de Gaza la ha llevado al borde de la crisis humanitaria. El resultado es lo que Issam Younis, de Al Mezan Center for Human Rights, denomina la "subdesarrollización de Gaza": descalabro de los índices de empleo y del PIB, descomposición del sector público, desaparición de la economía productiva, regresión en los derechos de los trabajadores, debilitamiento institucional y deterioro del tejido social. La mera supervivencia se impone a otras prioridades individuales y colectivas a costa de logros históricos de la sociedad palestina, como el pluralismo, la participación de las mujeres en la vida pública, la vitalidad de la cultura de base o los elevados índices de educación universitaria.

A Hamás le dieron su triunfo electoral la parálisis política y el derrumbe económico que culminaron en la Segunda Intifada (2000-2005). Pero sus réditos en Gaza los alimenta a diario la política israelí, con la aquiescencia de Estados Unidos y la estolidez de la Unión Europea, involucrada en inmensas inversiones económicas en los Territorios Ocupados pero sin compromiso político equiparable. Este múltiple concurso ha convertido a Hamás en el protagonista de la historia actual de Palestina. Y lo ha hecho hasta el punto de que la principal crítica de algunos líderes históricos de la OLP a su triunfo haya sido su afán por reescribir la historia de la resistencia palestina, como si ésta hubiera empezado en 1987, cuando coincidiendo con la Primera Intifada se fundó Hamás. Porque los partidos y actores no islamistas minimizan la importancia de la religiosización del espacio público, mientras crece su temor a que, una vez más, los hechos consumados adquieran naturaleza jurídica y Gaza se vea amputada del devenir de los Territorios Ocupados, que en el discurso israelí han quedado reducidos a la demediada Cisjordania.

La interiorización del aislamiento y la rutinización del bloqueo no hacen sino asentar la frustración entre los gazauíes. El clientelismo, conocido popularmente en Palestina como "cultura de la jaima", se alimenta de este ambiente falto de expectativas y experiencias nuevas. Las iniciativas ciudadanas peligran (son modélicos los Comités de Salud Mental, pioneros en el tratamiento de la violencia de género y que han desarrollado una categoría propia de empoderamiento civil) y flaquea la actuación de las ONGs y las agencias de ayuda humanitaria, que se sienten impelidas a tomar partido entre los actores políticos, con el consiguiente deterioro de su actividad y de la imagen general de la cooperación.

Pese a todo, la sociedad de Gaza ha desarrollado fórmulas de relación con el exterior, procederes abiertos y descentralizados que se sirven de las redes de intercambio que propicia la globalización tecnológica. Sorprende en Gaza la vitalista actividad de organizaciones independientes en materia de derechos humanos, salud o cultura, con modélicos sistemas de toma de decisiones colegiada, elaboración de un discurso crítico y autocrítico, financiación y sustentos locales y colaboración en red con otros centros palestinos e internacionales. Estos gazauíes, una mayoría, insisten en la importancia simbólica y psicológica de romper el aislamiento, en el valor de los gestos e intercambios que desde Europa abren una grieta en el cerco. Son iniciativas que no deben morir, porque garantizan, entre otras cosas, un futuro lejos de Hamás, si es esto lo que Europa desea.

Gaza materializa el proyecto israelí para Palestina: dividir y fragmentar el territorio, dividir y fragmentar a su población, y crear nuevos guetos identitarios que propicien la disolución de la unidad histórica, social, cultural y política de Palestina. La estrategia es vieja y conocida, pues proviene de la Nakba misma. Según el historiador israelí Amnon Raz-Krakotzkin, dos son sus armas principales: negar toda responsabilidad histórica e inculpar a las víctimas de su suerte.

Opinión.- DANIEL BARENBOIM

Gaza y el Año Nuevo

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Carta abierta del director de orquesta hispanoargentino Daniel Barenboim ante los bombardeos de Israel en Gaza

S

Sólo tengo tres deseos para el próximo año. El primero de ellos es que el Gobierno israelí se dé cuenta de una vez por todas de que el conflicto en Oriente Próximo no puede ser resuelto por la vía militar. El segundo es para que Hamás tenga presente que sus intereses no se imponen con la violencia, y que Israel está aquí para quedarse. El tercero es para que el mundo reconozca que este conflicto no tiene parangón en la Historia. Es complejo y delicado; es un conflicto humano entre dos personas profundamente convencidas de su derecho a vivir en el mismo y minúsculo pedazo de tierra. Es por esto que ninguna diplomacia o acción militar puede resolver este conflicto.

Los hechos de los días pasados me preocupan en exceso por muchos motivos humanos y políticos. Es evidente que Israel tiene el derecho a defenderse, que no puede y no debe tolerar los continuos ataques con misil en contra de sus ciudadanos, pero el incesante y brutal bombardeo del Ejército israelí en Gaza me ha despertado algunas interrogantes.

La primera pregunta es ¿tiene derecho el Gobierno israelí a culpar a todos los palestinos por las acciones de Hamás? ¿Debe ser culpable toda la población de Gaza por los pecados de un grupo terrorista? Nosotros los judíos, debemos saber y sentir más agudamente que otras poblaciones lo inaceptable e inhumano del asesinato de civiles inocentes. El Ejército israelí ha argumentado pobremente que la franja de Gaza está tan superpoblada que es imposible evitar la muerte de civiles durante los ataques.

Nuevas preguntas

La debilidad del argumento me lleva a formular nuevas preguntas: ¿Si la muerte de civiles es inevitable, cuál es el propósito del bombardeo? ¿Cuál es -si la hay- la lógica de la violencia y qué espera lograr Israel a través de ella? Si el objetivo de la ofensiva es destruir a Hamás, la pregunta más importante es si esto es una meta alcanzable. Si no, los bombardeos no son sólo crueles, bárbaros y reprensibles, sino también absurdos.

Si, por otro lado, es realmente posible destruir a Hamás con operaciones militares, ¿cómo imagina Israel la reacción en Gaza después de ello? Un millón y medio de residentes de la Franja no se arrodillarán reverencialmente ante el poderío del Ejército israelí. No debemos olvidar que antes de que los palestinos eligieran a Hamás, Israel los apoyaba en una táctica para debilitar a Arafat. La historia reciente de Israel me lleva a creer que si Hamás es bombardeado hasta su desaparición, otro grupo ocupará su sitio, una formación más radical, más violenta y más llena de odio hacia Israel.

Israel no puede permitirse una derrota militar por miedo a desaparecer del mapa, pero la Historia ha probado que toda victoria militar ha debilitado políticamente a Israel por la aparición de grupos radicales. No subestimo la dificultad de las decisiones que debe de tomar el Gobierno israelí a diario, ni subestimo la importancia de la seguridad de Israel. No obstante, me aferro a mi convicción de que el único plan viable para la seguridad de Israel es ganarse la aceptación de todos sus vecinos. Deseo que en 2009 regrese la inteligencia siempre atribuida a los judíos. Deseo el regreso de la sabiduría del rey Salomón para que aquellos que toman decisiones en Israel la usen para entender que los palestinos e israelíes tienen los mismos derechos humanos.

La violencia palestina atormenta a Israel y no sirve a la causa; la venganza militar de Israel es inhumana, inmoral y no garantiza la seguridad. Como he dicho anteriormente, los destinos de dos personas cuyos destinos están relacionados inextricablemente, lo que les obliga a vivir lado a lado. Son ellos los que deciden si quieren hacer de esto una bendición o una maldición.

Gaza and the New Year

 I have just three wishes for the coming year. The first is for the Israeli government to realize once and for all that the Middle Eastern conflict cannot be solved by military means. The second is for Hamas to realize that its interests are not served by violence, and that Israel is here to stay; and the third is for the world to acknowledge the fact that this conflict is unlike any other in history. It is uniquely intricate and sensitive; it is a human conflict between two peoples who are both deeply convinced of their right to live on the same very small piece of land. This is why neither diplomacy nor military action can resolve this conflict.

 The developments of the past few days are extremely worrisome to me for several reasons of both humane and political natures. While it is self-evident that Israel has the right to defend itself, that it cannot and should not tolerate continuing missile attacks on its citizens, the Israeli army’s relentless and brutal bombardment of Gaza has raised a few important questions in my mind.

 The first question is whether the Israeli government has the right to make all Palestinians culpable for the actions of Hamas. Is the entire population of Gaza to be held responsible for the sins of a terrorist organization? We, the Jewish people, should know and feel even more acutely than other populations that the murder of innocent civilians is inhumane and unacceptable. The Israeli military has very weakly argued that the Gaza strip is so overpopulated that it is impossible to avoid civilian deaths during their operations.

 The weakness of this argument leads me to my next set of questions: if civilian deaths are unavoidable, what is the purpose of the bombardment? What, if any, is the logic behind the violence, and what does Israel hope to achieve through it? If the aim of the operation is to destroy Hamas, then the most important question to ask is whether this is an attainable goal. If not, then the whole attack is not only cruel, barbaric, and reprehensible, it is also senseless.

 If on the other hand it really is possible to destroy Hamas through military operations, how does Israel envision the reaction in Gaza once this has been accomplished? One and a half million Gaza residents will not suddenly go down on their knees in reverence of the power of the Israeli army. We must not forget that before Hamas was elected by the Palestinians, it was encouraged by Israel as a tactic to weaken Arafat. Israel’s recent history leads me to believe that if Hamas is bombarded out of existence, another group will most certainly take its place, a group that would be more radical, more violent, and more full of hatred toward Israel than Hamas.

 Israel cannot afford a military defeat for fear of disappearing from the map, yet history has proven that every military victory has always left Israel in a weaker political position than before because of the emergence of radical groups. I do not underestimate the difficulty of the decisions the Israeli government must make every day, nor do I underestimate the importance of Israel’s security. Nevertheless, I stand behind my conviction that the only truly viable plan for long-term security in Israel is to gain the acceptance of all of our neighbors. I wish for a return in the year 2009 of the famous intelligence always ascribed to the Jews. I wish for a return of King Solomon’s wisdom to the decision-makers in Israel that they might use it to understand that Palestinians and Israelis have equal human rights.

 Palestinian violence torments Israelis and does not serve the Palestinian cause; Israeli military retaliation is inhuman, immoral, and does not guarantee Israel’s security. As I have said before, the destinies of the two peoples are inextricably linked, obliging them to live side by side. They have to decide whether they want to make of this a blessing or a curse.

 Daniel Barenboim, December 31, 2008

Opinión.- Mercedes Lezcano

 ¿Por qué se permite?

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A

Ayer aterricé en Madrid, venía de Cisjordania, en un viaje organizado por la Plataforma de Mujeres Artistas. Siento mi corazón como si una mano lo estrujara y mi cabeza es un torbellino de emociones y de rabia que apenas puedo contener. Gaza está siendo masacrada, de forma indiscriminada. Siento impotencia y dolor al ver cómo se distorsiona la realidad. Decir que el detonante han sido los cohetes lanzados por Hamás es una hipocresía más de la imagen que se da del conflicto.

Gaza lleva muchos años siendo un campo de concentración asediado por tierra, mar y aire, por Israel. Y los ataques de Hamás un grito de desesperación ante tanta humillación y tanto doble rasero por parte de la Comunidad Internacional.

Hubo unas elecciones democráticas y libres que ganó Hamás por goleada. Pero parece ser que los resultados electorales sólo se aceptan si el que las gana es de nuestro agrado. ¿Esta es la democracia que Occidente quiere exportar? ¿Por qué se habla de Hamás como un grupo terrorista? ¿Acaso no nos gusta por ser musulmán?

Israel es un Estado confesional, y está invadiendo territorios que no son suyos, está violando, sistemáticamente, los Derechos Humanos; está comportándose como un Estado terrorista, ¿por qué tenemos acuerdos preferenciales con él? ¿Por qué le permitimos a Israel la ocupación?

Este año se celebra el 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¡Cuánta hipocresía! Cada año se recuerda el horror del Holocausto judío cometido por los nazis durante la Segunda Guerra mundial, pero no hacemos nada por el genocidio que Israel está cometiendo con el pueblo palestino. ¿Cuántos años más vamos a esperar para denunciarlo y llorarlo? ¿Por qué las Naciones Unidas no manda fuerzas de interposición para acabar con esa situación? ¿Por qué se les paró los pies a los serbios y no se hace lo mismo con Israel?

Israel firma acuerdos que no cumple, no acata las resoluciones de la ONU, y sigue con la ocupación. En estos días los medios de comunicación hablan de Gaza, pero diariamente se está deteniendo, hiriendo y matando por toda Cisjordania.

Estamos sembrando odio, y siento vergüenza como ciudadana del mundo por lo que estamos permitiendo. Las mujeres y hombres palestinos nos agradecían que fuéramos a visitarlos y conociéramos su realidad para que la denunciáramos. También hablamos con asociaciones de mujeres israelíes que nos pedían ayuda para que desenmascaremos a su Gobierno porque desean construir un país decente, acabar con la ocupación y convivir junto a sus vecinos palestinos.

Quiero acabar poniendo un poco de belleza en esta reflexión, con un poema del poeta palestino fallecido hace unos meses Mahmud Darwix:

"Al asesino: si hubieras visto el rostro de la víctima te lo habrías pensado, te habrías acordado de tu madre en la cámara de gas, te habrías liberado de la razón del fusil y habrías cambiado de idea: ¡así se recobra la identidad!".

Opinión

Desamor y pedagogía

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E

En Gaza han caído treinta misiles simultáneamente contra edificios palestinos. Hay cientos de muertes, a ojo de buen sepulturero. Se dice que ha sido ésta la jornada más sangrienta desde la Guerra de los Seis Días, pero es curioso que coincida con los días que la Cristiandad destina a celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret. Muchas muertes en las fechas en las que suenan villancicos festejando que «venida es, venida al mundo la Vida». Los historiadores más neutrales dan por fracasado el sublime experimento de intentar que todos los hombres fueran hermanos. Veinte siglos no lo han conseguido.

Vemos fotografías con niños muertos. Los corresponsales de guerra se han jugado el pellejo viajero para satisfacer rápidamente nuestra curiosidad, que a pesar de todo lo que se diga, es saciable. Hemos visto ya muchas imágenes de niños muertos y algunos -”yo por ejemplo-” los hemos visto matar en otra guerra más íntima, que no somos capaces de olvidar. Por cada ataúd pequeño podía haberse fabricado un pupitre. La matanza de Israel deja desierta para el futuro un aula palestina.

El bombardeo de Gaza responde a los ataques de Hamas. Una mala escuela la de la venganza. Mala y larga, porque ese libro tiene muchos capítulos aunque su único argumento sea el desamor. En las naciones que viven en paz no mueren los alumnos. Se limitan a acosar o agredir a los profesores, para irse entrenando para cuando cumplan la mayoría de edad. Lo cierto es que el sueño kantiano de la paz perpetua está lejos. Quizá llevan razón los que creen que los pacifistas somos como ovejas que creemos que el lobo es vegetariano. O que está desganado.

Opinión.- Javier Ortiz

Todos somos cómplices de Israel

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A

Israel no es una gran potencia; es tan sólo una potencia por delegación. Si no recibiera la constante ayuda financiera, militar y política de EEUU, no tendría base suficiente en la que sustentar su arrogancia. Pero el caso es que la recibe.
Gracias al respaldo de Washington, el Estado sionista cuenta con un armamento que jamás habría podido producir por sus propios medios. Gracias a ese mismo respaldo, puede despreciar las leyes internacionales, empezando por la Convención de Ginebra, y las muchas resoluciones de las Naciones Unidas que le instan a dejar de actuar como lo hace: la capacidad de veto que tiene el Gobierno norteamericano en el Consejo de Seguridad de la ONU protege todas sus agresiones. Gracias al chorro de millones de dólares que le llega de Estados Unidos año tras año, puede también sostener una economía que por sí misma sería insostenible.
Pero resultaría muy cómodo responsabilizar de todo el desastre a Washington y al poderoso lobby judío estadounidense. La Unión Europea tiene también buena parte de culpa en la criminal arrogancia con la que el Gobierno de Israel se permite actuaciones como la horrorosa que está perpetrando ahora mismo en Gaza. ¿Qué hace la UE ante eso? “Deplora”, “muestra su honda preocupación”, “reclama”… O sea, nada. Europa tiene formidables mecanismos para obligar a Israel a entrar en razón. Sin el comercio que tiene con la UE, el Estado sionista se vería en enormes dificultades económicas. ¡Sanciónenlo de una vez y déjense de cháchara huera!
Los dirigentes europeos, incluidos los españoles, se fingen muy apenados a la vista de la masacre y a continuación se cruzan de brazos. Y nosotros, todos nosotros, les dejamos que obren así.

Editorial.- El País

 Socorrer Gaza

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El fin de la tregua entre Hamás e Israel vuelve a exponer la franja palestina a la inanición

A

Aunque resulte sorprendente incluso para el lector atento, hasta el 19 de diciembre pasado y desde hacía seis meses, reinaba una tregua en Gaza entre el movimiento terrorista palestino de Hamás e Israel, a la que el primero puso fin a su expiración, ese mismo día. La sorpresa habría sido comprensible porque jamás se había interrumpido el fuego de cohetería artesanal desde la franja, en la que gobierna Hamás, sobre localidades israelíes limítrofes, ni mucho menos habían cesado las represalias del Estado sionista, con grave derramamiento de sangre entre palestinos no combatientes.

El fin de la tregua ha sido, por añadidura, la ocasión para que los dos grandes candidatos a formar Gobierno en Israel, la ministra de Exteriores de Kadima, Tzipi Livni, y el líder del ultraderechista Likud, Benjamín Netanyahu, se pronunciaran, con similar contundencia, sobre la necesidad de destruir el movimiento integrista, de inmediato, o tras las elecciones del próximo 10 de febrero. Y ha tenido que ser el primer ministro saliente, Ehud Olmert, también de Kadima, el que ha hecho un llamamiento a la contención, para preservar las posibilidades de que se reanuden las negociaciones de paz, sobre todo, si su formación gana las elecciones, pero también porque, dimitido a todos los efectos aunque siga atendiendo a los asuntos del día, y acosado por una larga serie de escándalos financieros, encuentra hoy los acentos de paz que reprimía sin aparente problema cuando se hallaba en el poder.

Y mientras Israel amenaza con una muerte próxima a la franja mediterránea, ésta, sin tanta dilación, ya muere lentamente asfixiada día a día por el implacable cerco económico y político de su enemigo; tanto que Hamás, que domina enteramente el territorio desde diciembre de 2007, cuando sus hombres derrotaron a las milicias de la AP de Mahmud Abbas, se vio obligada a declarar el domingo una tregua de 24 horas, para que pudiera pasar un convoy egipcio con toneladas de harina y arroz para una población de más de millón y medio de palestinos, a los que vuelve a faltarles de todo.

Urge que Israel permita el avituallamiento de inmediato, pero tanto o más es prioritario que se prorrogue la tregua, a lo que Hamás ya se ha declarado favorable si Jerusalén levanta el asedio que mantiene desde hace año y medio sobre la franja. Según fuentes de la ONU, un 75% de la población padece una situación de hambre extrema. Por ello, el Gobierno israelí, sea el que fuere el que salga de las urnas, debería ser capaz, aunque no tratara directamente con Hamás si esto se considera hoy todavía inviable, de explorar las posibilidades de una verdadera tregua, de carácter indefinido.

Con una pacificación efectiva, sin cohetes ni expediciones punitivas del Ejército israelí, habría que ver entonces qué posibilidades habría de auténticas negociaciones de paz. Pero hoy conformémonos con que pase el convoy por Navidad.

Editorial.- Norte de Castilla

Frenar la guerra

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L

La ruptura por Hamas de la tregua en Gaza y la brutal represalia lanzada por Israel obligan a fijar de nuevo como objetivo prioritario en Oriente Medio el fin de las hostilidades que amenazan con desencadenar un enfrentamiento bélico que incendiaría la región. Remitirse en estos críticos momentos al restablecimiento de las condiciones para un proceso de paz que ha quedado arruinado constituye una pretensión tan bienintencionada como baldía, dado el creciente agravamiento de la situación y la determinación del Gobierno israelí de proseguir en tierra con una ofensiva para la que va a movilizar a 6.500 reservistas. La continuidad del asedio militar sobre la hacinada población de la Franja, que podría desbordar en su huida las fronteras con Egipto, dejaron en evidencia el medido acuerdo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por el que exige tanto a Hamas como a Israel el «cese inmediato» de la violencia y que faciliten la entrada en Gaza de ayuda humanitaria. La asistencia a la población civil se ha convertido en una exigencia irrenunciable ante la constatación de que las autoridades hebreas no van a ceder en la operación de castigo contra Hamas.

La comunidad internacional se enfrenta a un conflicto de impredecibles consecuencias, especialmente si la intención última de Israel es aniquilar el poder de los fundamentalistas en su área de influencia. Un objetivo que abocaría a la guerra, porque si algo ha demostrado el enfrentamiento entre Hamas y el Estado hebreo desde que el primero se alzó con el triunfo en las elecciones legislativas y se hizo fuerte en Gaza es que ni la presión militar, ni la depauperación de las condiciones de vida en la Franja minan el control del movimiento terrorista sobre la misma. La reducción del conflicto a Israel y Hamas obstaculiza los intentos para avanzar en la reconciliación de las facciones árabes, al tiempo que diluye la relevancia como contrapeso de la Autoridad Palestina, cuyo líder, Mahmud Abbas, acusó ayer a los extremistas de provocar la crisis al negarse a prorrogar el alto el fuego. Los llamamientos internacionales a una tregua que Israel ya ha descartado quedarán reducidos a apelaciones retóricas sin una reacción concertada que fuerce la vuelta a la diplomacia. La interinidad del Gobierno de EE. UU. no ayuda, como bien saben los protagonistas del conflicto, a procurar esa respuesta.

Editorial.- El País

 ¿Qué hacer en Gaza?

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La comunidad internacional es impotente para imponer la paz en Oriente Próximo

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Casi trescientos palestinos muertos; docenas de edificios presuntamente vinculados al movimiento terrorista Hamás, reducidos a escombros; el puerto y, según Israel, túneles secretos que sirven para el contrabando de armas entre Egipto y Gaza, pulverizados por la aviación como represalia por el lanzamiento de cohetes -de casi nula efectividad- sobre territorio israelí, es lo que ha cosechado la que ya es la operación más luctuosa desde la guerra de 1967, y que amenaza con proseguir con raids terrestres sobre la franja.
¿Qué hace y qué puede hacer la comunidad internacional ante la locura suicida de Hamás y la respuesta que parte de la opinión, y con ella España, considera desproporcionada del Estado sionista?

Lo que hace ya lo sabemos. Condenar la violencia de ambas partes, en unos casos, cargando el acento contra el agresor de mayor capacidad mortal, Israel, y en otros, buscando una remota equivalencia entre los actos de ambos contendientes. Y hoy ya resuena todo ello con el eco de la inutilidad más absoluta. El Consejo de Seguridad, por su parte, se preocupa, exhorta al fin de la violencia, y en ocasiones condena, pero sin ignorar que de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Sólo una acción directa de la comunidad internacional tiene posibilidades de influir en los actores de este espeso e incesante drama. El mundo árabe, primero, debería presionar a Hamás, cegando recursos, aislando a sus dirigentes, para que dejaran la violencia. Y los Estados Unidos de Barack Obama, a tres semanas de su inauguración presidencial, y la UE, en lugar de contemplar los toros desde la barrera y, en el caso de Washington, asentir a todo lo que haga Israel, podrían restringir el comercio normal -político y económico- entre potencias democráticas en sus tratos con el Estado judío, hasta que muestre una seria voluntad negociadora. Bush padre negó a Israel el aval de un fuerte crédito e Israel se avino a participar en la conferencia de Madrid en 1991.

Pero lo cierto es que sólo las partes pueden llegar a un acuerdo de paz pasablemente justo. Israel, por ejemplo, puede responder con algo más que un comentario de pasada, y encima como de quien no sabía nada del asunto, a la oferta del mundo árabe formulada en la cumbre de Beirut de 2002 y reiterada recientemente, por la que todos los miembros de la Liga Árabe reconocerían sin limitaciones a Israel a cambio de la retirada de todos los territorios conquistados en aquella guerra que duró seis días. Y el mundo árabe debe garantizar la viabilidad de la oferta haciéndosela tragar a todos los terrorismos que se alcen contra ella, así como invitar a los países que mayor confianza le inspiren a Israel, Estados Unidos, quizá Holanda, a mandar fuerzas de vigilancia, control e interposición entre dos entidades políticas, Palestina e Israel, con las fronteras de 1967.

Pero nadie espera que eso ocurra. Israel quiere paz más territorios, y Hamás, con o sin paz, la revancha.

Opinión.- Shlomo Ben-Ami, antiguo ministro de Exteriores de Israel

La agonía de Gaza y la trampa de Israel

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Aunque Israel esté dispuesto a arrostrar las condenas por la muerte de civiles palestinos, no está claro cómo puede triunfar en un conflicto como el actual. ¿Es realista pensar en derrocar a Hamás?

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 Con todos los cohetes que se lanzan a diario contra las ciudades israelíes desde la franja de Gaza, más la rivalidad entre los políticos israelíes para ver quién ofrece la respuesta más dura a las bravatas de Hamás y dado que la capacidad del Gobierno egipcio para mediar en un nuevo alto el fuego más sólido que el anterior se ha visto gravemente perjudicada por sus propias tensiones con los islamistas de Gaza, una operación militar masiva de Israel era sólo una cuestión de tiempo.
La falta de cauces políticos es lo que ha convertido este conflicto en tal tragedia humana y ha hecho que la acción militar sea el único lenguaje de comunicación entre las dos partes. Hamás e Israel se obstinan en negarse mutuamente, la comunidad internacional ha boicoteado a Hamás por su negativa a incorporarse al proceso de paz encabezado por el Cuarteto, y la Unión Europea ha seguido los pasos de la obcecada política de Estados Unidos de permitir que se desmorone el acuerdo de La Meca. Dicho acuerdo ofrecía la oportunidad, por endeble que fuera, de que un movimiento palestino unido pudiera alcanzar un acuerdo negociado con Israel. Ahora, para Israel, se trata de decidir si invadir Gaza u optar por una táctica diferente. Pero Hamás tampoco está libre de contradicciones. Tanto Israel como Hamás están atrapados en un dilema aparentemente irresoluble.

Hamás, como autoridad, debe ser juzgado por su capacidad de proporcionar seguridad y un gobierno decente a la población de Gaza, pero, como movimiento, es incapaz de traicionar su empeño implacable de combatir al ocupante israelí hasta la muerte. Al fin y al cabo, no ganó las elecciones para lograr la paz con Israel ni mejorar las relaciones con Estados Unidos. Por muy prometedoras que resulten algunas señales esporádicas de que se aproxima al campo del realismo político, entre sus prioridades inmediatas no está el traicionar su propia raison d'etre mostrando su apoyo al proceso de Annápolis de los estadounidenses.

La ofensiva de cohetes Kassam de Hamás, que ha convertido todo el Neguev occidental en rehén de los caprichos de los escuadrones islamistas, no es un intento de arrastrar a Israel a una costosa invasión que podría sacudir su régimen, sino una medida destinada a establecer un equilibrio de amenazas basado en mantener vivas las llamas de un conflicto de baja intensidad aunque se acuerde una nueva tregua.

Un Hamás cada vez más arrogante y extremadamente bien armado confiaba en que se acordara dicha tregua sólo a cambio de nuevas concesiones de Israel y Egipto: la apertura de los pasos de Gaza, entre ellos el paso de Rafah, controlado por los egipcios (inflexibles en su postura de que debe permanecer cerrado), la liberación de presos de Hamás en Egipto, la suspensión de las operaciones de Israel contra activistas de Hamás en Cisjordania y el derecho a responder a cualquier supuesta violación del alto el fuego por parte de Israel.

Sin embargo, la actitud de Hamás ha demostrado ser un peligroso ejercicio de política suicida, porque un conflicto de baja intensidad puede degenerar fácilmente en una auténtica llamarada si, como ha ocurrido ahora, la contención exhibida hasta el momento por los israelíes se vuelve políticamente insostenible. A diferencia del ataque de Israel contra Hezbolá en el verano de 2006, la operación actual no es una reacción impulsiva desencadenada por un inesperado casus belli; es una decisión que pretende cambiar la ecuación estratégica entre Israel y el régimen de Hamás en Gaza.

Hamás también ha estado jugando con fuego en el frente egipcio. Mostró su rechazo con su altanera interrupción del proceso de reconciliación con la OLP de Mahmud Abbas encabezado por Egipto y al comprometerse a desbaratar la iniciativa egipcia y saudí para ampliar el mandato presidencial de Abbas hasta 2010. Hamás ha dejado claro que, cuando termine oficialmente la presidencia de Abbas, el 9 de enero, preferiría nombrar en su lugar al presidente del Parlamento palestino, un miembro del movimiento que se encuentra en una prisión israelí.

El radicalismo de Hamás no carece de propósito político. Lo que está llevando a cabo es un intento de enterrar definitivamente lo poco que queda de la solución de los dos Estados. Los pobres resultados del proceso de Oslo hasta ahora son, para Hamás, nada más que la confirmación de su opinión de siempre, que Oslo estaba condenado al fracaso y que Israel y Estados Unidos nunca tuvieron intención de respetar los requisitos mínimos del nacionalismo palestino. Hamás nunca ha sido indiferente a los cálculos políticos cotidianos, pero tampoco se limita exclusivamente a ellos. Es un movimiento fundamentalmente religioso que opina que el futuro pertenece al islam y que se ve, en el futuro, envuelto en una lucha armada a largo plazo por la liberación de toda Palestina.

Tampoco fue completamente irracional el ejercicio de política suicida, porque el legado del intento frustrado de Israel de destruir Hezbolá en 2006 es que el aparato militar israelí se ha dedicado, por primera vez en la historia del país, a propugnar la contención y oponerse a las acciones más duras propuestas en las reuniones del consejo de ministros. El ejército no quería esta guerra; estaba resignado a que era inevitable. La resistencia de Israel a lanzar un ataque masivo contra el régimen de Hamás en Gaza nace de un análisis detallado de los límites de lo que se puede lograr por la fuerza, hasta el punto de que el ministro Barak estaba dispuesto a pagar un alto precio político, en plena temporada de elecciones, al aceptar una nueva tregua incluso aunque Hamás la violase de forma intermitente.

Un ataque militar contra una franja de tierra tan pequeña y tan densamente poblada, en la que Hamás ha utilizado de forma sistemática a los civiles como escudos humanos, no tiene más remedio que someter al ejército israelí a acusaciones de crímenes de guerra. Por muy justificada que esté la actuación de Israel, y por mucho que la comunidad internacional critique el régimen represivo y oscurantista de Hamás en Gaza, tardaremos poco en ver que la cobertura de las bajas civiles en los medios de comunicación pone a Israel, y no Hamás, en la picota de la opinión internacional. Israel preferiría evitar a toda costa una invasión masiva, aunque sólo sea porque la reocupación de Gaza significaría tener que volver a asumir la responsabilidad exclusiva del millón y medio de palestinos que hoy viven bajo control de Hamás.

Pero, aunque Israel esté dispuesto a absorber el precio de las duras condenas internacionales, no está nada claro qué significa verdaderamente un triunfo en una guerra así. ¿Es una opción realista pensar en derrocar el régimen de Hamás? Tal vez caiga el Gobierno de Ismail Hanyieh, pero Hamás seguiría siendo un poderoso producto natural de Palestina que agruparía a su alrededor a la población. E, incluso bajo una nueva ocupación israelí, el ocupante podría sufrir la humillación suprema si se siguen lanzando misiles Kassam mientras las divisiones acorazadas israelíes se despliegan en la franja.

Y, por último, después de que se haya asestado un golpe mortal a lo que quedaba del proceso de paz y los cementerios de Israel y una Gaza devastada vuelvan a llenarse de víctimas, Israel querría salir de esa trampa y volver a negociar otro alto el fuego... con el mismo Hamás.

Shlomo Ben-Ami, antiguo ministro de Exteriores de Israel, es en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz. Su último libro es Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Project Syndicate, 2008.

Opinión.- JOSÉ MARÍA RIDAO

La represalia del 'Sabath'

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El aplastante poderío israelí no consigue traducirse en mayor seguridad, al contrario; acciones de represalia como la de Gaza minan la única seguridad posible, la de un Israel en paz y reconocido por sus vecinos.

I

 Israel no es más fuerte después del ataque masivo contra Gaza, como tampoco lo fue después de la incursión contra Hezbolá en 2006. Ni entonces ni ahora era su fuerza, la mayor de toda la región y una de las más poderosas del mundo, lo que estaba en juego; era otra cosa: la cada vez más irresoluble contradicción por la que toda la fuerza de Israel, todo su aplastante poderío, ha dejado de traducirse en seguridad. Los tres centenares de muertos palestinos que provocaron los ataques desde el 27 de diciembre, día de Sabath, no han hecho más que acentuar esa contradicción, y ahora Israel tendrá que hacer frente a las consecuencias. No en el terreno de la fuerza, en el que siempre saldrá ganando en el futuro previsible, sino en el terreno de la seguridad, que es el que está minando con acciones como ésta. Porque, como bien saben los más veteranos estrategas del conflicto, la seguridad de Israel no consiste sólo en impedir que los milicianos de Hamás u otra organización lancen misiles contra su territorio, sino también en mantener viva la esperanza de que sea alguna vez un Estado en paz con sus vecinos. Es esa esperanza la que ha recibido un nuevo golpe, que puede ser mortal en función de cómo actúe el próximo Gobierno de Tel Aviv y de cómo reaccionen otras potencias regionales, con Irán a la cabeza.

Lejos del escenario de la tragedia, no tardará en desencadenarse la controversia acerca de quién empezó este nuevo arrebato de locura, alentada por quienes la contemplamos, desde el sosiego de un escritorio y una página en blanco, o desde el ponderado susurro de las cancillerías. Los partidarios de un contendiente señalarán acusadoramente al contrario, y los de éste no se privarán de hacer el gesto opuesto, sólo para regresar sin fin al punto de partida mientras crece la cosecha de cadáveres. Pero una controversia así es exactamente la que nadie que desee la paz, que se resista a justificar un espectáculo de muerte como un mal merecido, debería alentar. Israel y Palestina no son un aséptico laboratorio donde se ponen a prueba nuestras preferencias intelectuales o nuestros juegos políticos, sino un territorio anegado de sangre que clama desde hace más de medio siglo por la reafirmación de nuestros principios y por la adopción de políticas que no los ignoren ni los contradigan, reduciéndonos a cínicos proveedores de excepciones o de excusas.

Hace días trascendió la noticia de que el Gobierno israelí había emprendido una ofensiva diplomática dirigida a recabar apoyos internacionales para el ataque que ha llevado a cabo. Como Estado soberano que es, Israel estaba en condiciones de tomar a solas la decisión. Y es de esperar que, en efecto, haya sido a solas como la ha tomado, sin una luz verde expresa ni tampoco una indiferencia garantizada por los Gobiernos con los que haya entrado en conversaciones. La legítima defensa no ampara los actos de represalia, que es lo que Israel ha perpetrado en Gaza. No sólo con este ataque, el más mortífero en varias décadas, sino también con el bloqueo al que ha sometido a la población civil palestina durante interminables meses de colapso económico y hambruna, levantado por razones tácticas en vísperas de la incursión. La persistencia del bloqueo es la prueba de que la desconexión de Gaza, según la expresión acuñada por Sharon, no era lo mismo que el final de la ocupación, que dura desde 1967 aunque haya cambiado la manera de gestionarla. Si lo que Israel pretendía con el embargo era mermar el respaldo a Hamás, lo que ha conseguido es, por el contrario, proyectar sobre el futuro una sombra que tarde o temprano le pasará factura y nos la pasará a todos: ha entregado una causa justa a una organización de ideología totalitaria. Y la represalia del Sabath no ha hecho más que corroborar esa entrega, no ha hecho más que confirmar el argumento de fondo que invoca Hamás: Israel no busca su seguridad desde la justicia y, por tanto, ha convertido su seguridad y la justicia en objetivos incompatibles. El resto del mundo, sigue diciendo Hamás, tendrá ahora que elegir.

Los expertos han repetido durante años que no habría paz en Oriente Próximo mientras no se alcanzase un arreglo en el conflicto entre palestinos e israelíes. La invasión de Irak y la carrera nuclear que ha desencadenado, y que es el nuevo escenario donde se jugarán la paz y la seguridad mundiales, han convertido esa opinión en una frase vacía. Por desgracia, la región alcanzará la paz o se sumirá en el conflicto con independencia de la suerte que corran los palestinos. Los actuales dirigentes israelíes parecen suponer que esta coyuntura les concede carta blanca para actuar en los territorios, particularmente en Gaza, y de ahí que las primeras escaramuzas electorales entre Tzipi Livni y Benjamín Netanyahu, los candidatos con más posibilidades en febrero, se hayan limitado a rivalizar en dureza, por no decir en brutalidad. Ni ellos ni Ehud Barak, superviviente de un Partido Laborista irrelevante, han sido capaces de intuir las posibilidades que una situación como la actual ofrecía para un Israel comprometido con la paz. Un acuerdo con los palestinos hubiera privado de un campo de operaciones a Irán, que sigue asentando su liderazgo en la explotación a su favor de los numerosos focos de tensión regionales. Tal vez sea una estrategia demasiado sutil para una clase política que, como la israelí de estos días, no rechaza convertir en simple baza electoral el envío de cazabombarderos contra una población exhausta.

Por descontado, la pregunta más relevante sigue siendo la de siempre: cómo salir de aquí, cómo detener esta nueva escalada en la que, violando el mismo principio que obliga al respeto de los civiles, Israel ha provocado en apenas unas horas más de doscientos muertos y de ochocientos heridos, y Hamás, por su parte, cinco víctimas, una de ellas mortal. Pero nadie ignora a estas alturas lo que exige la solución. Nadie ignora que no la habrá mientras persista la ocupación ni mientras la legalidad internacional, desde las Resoluciones de Naciones Unidas a las Convenciones de Ginebra, no sea respetada por todos los contendientes, sea cual sea su potencia de fuego. Nadie ignora que será inviable mientras Israel y la comunidad internacional sigan ahondando con sus políticas la segunda partición de Palestina, que ha dejado Cisjordania en manos de Fatah y Gaza en las de Hamás. Nadie ignora que se retrasará tanto como los actores internacionales del conflicto que permanecen entre bambalinas, enredados en sus cálculos geoestratégicos, no tuerzan definitivamente el gesto ante quienes ocupan el primer plano del terrorífico escenario. Entonces, ¿para qué repetirlo? Cada vez que ha fracasado uno de los innumerables planes de paz, Israel se ha aproximado un paso más a la disyuntiva radical que, hasta la Guerra de los Seis Días, sus gobernantes trataron de mantener a distancia. ¿Cómo cuenta compatibilizar su ambición por los territorios que ocupó y su rechazo hacia los palestinos que los habitan? Cualquier arreglo hubiera detenido la cuenta atrás hacia la sima que encarna este interrogante, de la que Israel sólo podrá salir, bien renunciando a ser un Estado honorable que concede el mismo valor a cualquier vida humana, incluidas las de sus enemigos, bien aceptando que el núcleo de su utopía, la construcción de un Estado sólo para judíos en una tierra previamente habitada, se ha revelado inviable.

No se trata de un dilema nuevo, sino de un dilema que, tras permanecer varias décadas ignorado, está emergiendo de manera imparable a la superficie. De la Guerra de los Seis Días, tras la que Israel ocupó Cisjordania y Gaza, se conocen sobre todo los nombres de los generales que propiciaron la victoria. Paradójicamente, el del primer ministro laborista que decidió y dirigió las operaciones cayó en un relativo olvido. Pero fue él, precisamente él, Levi Eskhol, quien trató de atemperar el entusiasmo de un eufórico Ariel Sharon diciendo "esta victoria militar no arregla nada, los árabes seguirán estando ahí". Y ahí siguen estando cuarenta y un años después, con más frustración y más muertos, a la espera de que Israel decida, no sobre su suerte colectiva, sino sobre el tipo de Estado que quiere ser. Eskhol parecía tener clara la respuesta cuando, nada más iniciarse la guerra, anotó: "Aunque conquistemos la Ciudad Vieja y Cisjordania, al final tendremos que abandonarlas". Tal vez por eso sean pocos quienes, dentro y fuera de Israel, todavía lo recuerdan.

Entrevista.- Barenboim

"La ola de violencia desatada en Gaza es inaceptable"

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El director de orquesta pide una "inteligencia mayor" a Israel para evitar responder a los misiles enemigos "matando gente"

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El músico argentino-israelí-español Daniel Barenboim calificó hoy en Viena de "inaceptable" la actual ola de violencia desatada entre Israel y Palestina, y dijo esperar de Israel una "inteligencia mayor" para dar una respuesta a los misiles enemigos que no sea sólo la de "mandar tirar bombas y matar gente". El prestigioso pianista y director de orquesta hizo esas declaraones al margen de una rueda de prensa sobre el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena que dirigirá por primera vez el próximo 1 de enero, y donde insistió en su punto de vista de que el conflicto entre Israel y Palestina no tiene una solución militar.
Para Barenboim resulta trágico el hecho de que no se reconozca la verdadera naturaleza del conflicto, pues como consecuencia de ese hecho las soluciones que se buscan son comparables al intento de "curar un pie enfermo con un tratamiento para el oído". El maestro dice estar convencido de que no se trata de un conflicto político, sino esencialmente humano, de "dos pueblos que están profundamente convencidos de tener el derecho de vivir en ese pequeño trozo de tierra", y sólo después de reconocer esa naturaleza del conflicto, y "de comprender la lógica de la posición del otro", será posible superarlo.

"O sea, es una decisión de principios: aceptas que no hay solución militar, o no. Porque si sigues pensando que puede haber una solución militar, eso ya trae otras consecuencias", precisó Barenboim en declaraciones. "Estoy profundamente convencido que el destino del pueblo israelí y del pueblo palestino están inextricablemente unidos. O sea que no puede haber una solución que sea buena para uno y mala para el otro. Y eso significa que no puede haber una solución militar, y que tampoco se puede tratar este conflicto tratando de negociar un compromiso diplomático", insistió.

"Humanamente inaceptable"

En su opinión, primero hay que definir el problema "como es (..) Y luego ya se decidirá cómo se organiza". "Pero se está hablando ahora de la organización. Es como ir a comprar cuchillos y tenedores para poder comer bien, y no tener comida. No sirve para nada. Y eso lo demuestra la violencia de ahora", dijo el músico. "Naturalmente que Israel no puede aceptar que se tiren misiles hacia Israel desde Palestina, pero este baño de sangre que se está viendo es absolutamente inaceptable, es humanamente inaceptable", sentenció el maestro, de 66 años. "No digo que haya que aceptar lo que los otros digan, pero no acepto el argumento de que tenemos que defender esto y entonces vamos a hacer lo que sea necesario. O sea, espero de los líderes de Israel una inteligencia mayor y más sutil que simplemente mandar tirar bombas y matar a gente", concluyó.

Por otro lado, en la rueda de prensa recordó que fue precisamente de su convicción de que israelíes y palestinos pueden desarrollar una convivencia fructífera que en 1999 nació su proyecto de crear la orquesta del Diván, integrada hoy por músicos jóvenes israelíes, árabes de distintas nacionalidades y españoles. Dado que no se trata de un proyecto político, Barenboim dijo confiar en que la orquesta no sufra presiones políticas en su próxima gira, durante la cual actuará en Qatar, Moscú, Viena y Milán, mientras que en 2010 planea ir a México, Cuba, Chile, Argentina y Brasil.

Opinión.-IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO

Gaza y las elecciones israelíes

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La tregua mantenida durante los últimos seis meses entre Israel y Hamas no ha podido romperse de una manera más abrupta. Las fuerzas aéreas israelíes han lanzado un ataque fulminante contra varios edificios oficiales en la franja de Gaza acabando con la vida de más de 300 personas, en lo que se considera tan sólo el primer paso de una operación destinada a desalojar del poder a Hamas. Esta acción militar ha producido el episodio más violento vivido en la franja desde que fuera ocupada hace ya más de cuatro décadas.

Aunque las autoridades israelíes han tratado de justificar el ataque describiéndolo como una respuesta legítima a los recientes lanzamientos de misiles contra las poblaciones cercanas a la frontera (más de 200 en una sola semana), las razones parecen ser distintas.

Debe tenerse en cuenta que estos misiles de fabricación casera apenas tienen un radio de acción de veinte kilómetros y difícilmente pueden considerarse una amenaza vital para la existencia del Estado hebreo (de hecho, no habían provocado una sola víctima).

La ofensiva militar pone fin a la relativa calma vivida en los últimos meses y abre la puerta a una escalada bélica de impredecibles consecuencias, ya que los dirigentes islamistas palestinos han llamado a una nueva intifada contra la ocupación israelí.

La decisión del ministro de Defensa, el laborista Ehud Barak, de lanzar un mortífero ataque contra las posiciones de Hamas en Gaza guarda una estrecha relación con la celebración de las elecciones legislativas israelíes el próximo 10 de febrero.

Según diversas encuestas, el líder del Likud, Benjamín Netanyahu, tiene todas las papeletas para convertirse en el próximo primer ministro. En las últimas semanas, Netanyahu ha venido calentando el ambiente al recriminar a Kadima y al Partido Laborista el mantenimiento de una línea de contacto con Hamas a través de Egipto.

El líder populista había prometido que, de imponerse en las urnas, lanzaría una campaña militar para poner fin al control islamista de la franja de Gaza y acabar de una vez por todas con Hamas.Para no quedarse atrás en las encuestas, Tzipi Livni, la ministra de Asuntos Exteriores y candidata de Kadima, también se mostró a favor de una ofensiva en Gaza.

Livni es partidaria de una paz parcial con los palestinos siempre que estos acepten los planteamientos maximalistas israelíes, lo que le ha convertido en frecuente blanco de ataque de los sectores extremistas que reclaman el completo control judío de la Tierra de Israel, situada entre el Mediterráneo y el Jordán. Al quedar atrapado entre el fuego cruzado de Netanyahu y Livni, Ehud Barak, líder del Partido Laborista, dio luz verde a la intervención.

Las encuestas electorales predicen una auténtica debacle de los laboristas que, de confirmarse, cosecharían el peor resultado electoral de toda su historia convirtiéndose en la quinta fuerza política israelí.

Ante esta difícil coyuntura, Barak, un político sin carisma que es cuestionado por doquier -el influyente escritor israelí Amos Oz ha manifestado recientemente que "el Partido Laborista ya ha cumplido su misión histórica"-, parece poner a su servicio la supremacía militar para mejorar sus expectativas de voto y tratar de convertirse en una fuerza bisagra en el futuro Gobierno, dado que ni el Likud, ni Kadima lograrán el respaldo necesario para gobernar en solitario. Al golpear con dureza a Hamas, Barak, el militar más laureado en la historia israelí, pretende presentarse como el más halcón de los halcones y, al mismo tiempo, hacer olvidar sus ofertas de paz a los palestinos en Camp David y a los sirios en Shepherdstown en 2000.

La maniobra de Barak no carece de riesgos, puesto que podría volverse en su contra. Algo parecido le ocurrió a Simón Peres en 1996, cuando provocó la masacre de Qana, una ciudad del sur libanés, sin que le reportara el respaldo electoral deseado, ni le permitiera superar a su rival, Netanyahu.

Difícilmente los sectores ultranacionalistas y ultraortodoxos apostarán el 10 de febrero por la fórmula laborista y tampoco parece que la ofensiva le pueda dar votos entre los sectores progresistas, cada vez más inclinados hacia el izquierdista Meretz, que podría resucitar de sus cenizas como consecuencia de la deriva laborista.

Si en las décadas de los setenta y ochenta, los diferentes Gobiernos israelíes, independientemente de su signo, tacharon a la OLP de organización terrorista para evitar negociar la devolución de los Territorios Ocupados, en la actualidad los dirigentes sionistas hacen lo propio negándose a reconocer a Hamas.

Lo sorprendente es que los países occidentales, incluida España, respaldan este posicionamiento y no aceptan a Hamas como interlocutor válido mientras no renuncie a la violencia y muestre su apoyo al nefasto Proceso de Oslo, que ha convertido el territorio palestino en guetos aislados.

La incógnita es por qué Washington y Bruselas aceptan un Gobierno libanés en el que toma parte activa Hezbolá, pero rechazan un Gobierno palestino con la presencia de Hamas.

Curiosamente, ni Estados Unidos, ni la UE exigen a Israel que cumpla el derecho internacional y respete los derechos humanos de los palestinos, poniendo fin a su ocupación e interrumpiendo su política de castigos colectivos.

Es más: la Unión Europea da un trato de favor a Israel que, a pesar de su reiterado afán colonizador, es premiado con la intensificación de las relaciones.

De hecho, el Acuerdo de Asociación que entró en vigor en 2000 fue reforzado por el Plan de Acción de 2004; a comienzos de este mismo año se frenó, gracias a la movilización de la sociedad civil europea, un nuevo intento del Parlamento Europeo de mejorar dichas relaciones bilaterales. Al castigar al ocupado y premiar al ocupante, la comunidad internacional está lanzando un mensaje erróneo que fortalece a los sectores extremistas y debilita a quienes defienden un compromiso con los palestinos.

Opinión.- Andrés Aberasturi

El conflicto global entre Israel y Palestina

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Pasa el tiempo y la posible paz entre Israel y Palestina nunca termina de acercarse. Desde "la guerra de los 6 días" hasta hoy el conflicto no ha hecho más que recrudecerse, enturbiarse y ha sido sin duda el detonante, aunque no el único responsable, del nuevo terrorismo internacional. Y lo peor es que no hay visos de posibles soluciones; al contrario: la nueva escalada de Israel tras las provocaciones de Hamas, pone al mundo árabe -y al resto- en una delicada situación.

Ya se ha visto que la ONU es absolutamente incapaz de hacerse oír por el gobierno israelí que ha hecho caso omiso de decenas de mandatos del organismo internacional bajo el paraguas siempre protector de los EEUU. Y el problema se agrava aun más con la situación de los integristas interiores; cuando algún dirigente israelí ha tratado de establecer cauces de diálogo con Palestina, ha terminado por abandonar el Gobierno o, lo que es peor, directamente asesinado por los suyos. Y en Palestina otro tanto: el grupo Hamas se ha convertido -o siempre ha sido- un grupo terrorista cuya único objetivo es la derrota, absolutamente imposible, de Israel. Hamas no tiene más aliados que los extremistas y ni la autoridad palestina ha sido capaz de controlar sus actuaciones, pero está respaldado por un pueblo desesperado que le da incluso el poder legal en unas elecciones.

¿Y qué hacer desde la UE? Pues contemplar la situación y repetir tópicos que no dejan de ser verdad para repartir las culpas y no quedar mal con nadie: respuesta desproporcionada de Israel a las provocaciones de Hamas. Y es cierto. Pero habrá que reconocer que las provocaciones de Israel llegaron antes y antes que antes y así lleva toreando la legalidad internacional ni se sabe cuántos años. Pero el pasado ya no existe y no parece fácil recuperarse de los errores de entonces.

Ahora estamos asistiendo a algo que puede ser aun peor que la famosa "guerra de los 6 días" y alguien debería plantar cara al problema. "Lo peor está por llegar", ha advertido el vicejefe del Estado Mayor israelí, Dan Harel. "Apenas estamos en los inicios de la lucha. Esto no se puede resolver con un solo golpe. Lo peor aún no ha ocurrido. Está por llegar y tenemos que prepararnos ante ello". Y cuando aun no ha llegado lo peor, ya van 300 muertos y miles de heridos. ¿Qué va a hacer la UE? ¿Qué se espera que diga o haga el ya casi presidente Obama? ¿En qué situación queda Egipto que tanto ha hecho por una paz que nunca llega? ¿Cuál va a ser la respuesta no ya del Gobierno iraní -que ya ha dicho lo esperado- sino de los extremistas que de alguna forma inspira o controla?

Cada día estoy más convencido de que la paz empieza nunca en Oriente Medio. Demasiados intereses en un zona caliente para el mundo. El conflicto ha trascendido todas las fronteras y ya es global o ha servido como coartada para ello. Sólo una coherencia que no existe en los países árabes limítrofes, en la ONU, en la UE y en los EEUU frenarían lo que aun no ha sucedido pero esta a punto de suceder: retroceder una vez más a un tiempo que no ha llegado a superarse nunca y que nuevas muerte tiñas de odio rojo a una nueva generación.

STEs Castilla y León Opinión