STEs Castilla y León Opinión

A golpes con las palabras

20 de noviembre de 2007

TRIBUNA .-

ARMANDO MAGALLANES PERNAS

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Pocos días después de ser requerido por el presidente del Gobierno para hacerse cargo de la cartera de Cultura, el nuevo ministro, César Antonio Molina pronunciaba una frase que sirvió de titular a una entrevista que le hizo un diario de tirada nacional. La frase en cuestión fue la siguiente: «tengo la mala costumbre de hacer las cosas bien» . Puede tratarse de una expresión de carácter retórico, aunque también puede interpretarse como un acto de vanidad o, simplemente, pudo ser fruto de un entusiasmo intemperante por haber contado pocos días atrás con la confianza del jefe del Ejecutivo. Trátese de lo que se trate, quede la interpretación del citado adagio al albur del criterio del lector.

Ahora bien, si atendemos al sentido literal de la sentencia, habría que deducir, de manera natural, que si hacer las cosas bien es una mala costumbre, la buena, lógicamente, es hacerlas mal. De esto tenemos abundantes ejemplos en esta legislatura.

Una de las cosas que produce más sonrojo y más tristeza es la banalización de la enseñanza y de la cultura que estamos viviendo en los últimos años. Recientemente ha sido aprobada por el Consejo de Ministros la ocurrencia de que los alumnos de primer curso de Bachillerato que suspendan tres o cuatro asignaturas al final del curso puedan, si así lo desean ellos o sus padres, matricularse de estas materias pendientes más algunas otras de segundo de bachillerato el curso siguiente. Se pretende con ello frenar el abandono escolar y facilitar a los jóvenes la conclusión de esta etapa de su formación, ocultando con ello la realidad de que nuestro sistema educativo es uno de los peores del mundo desarrollado y minimizando las elevadas tasas de fracaso escolar que padece nuestro país. Dudo que haya algo más reaccionario y demagógico que este igualitarismo que no conduce a otra cosa que no sea una mayor desigualdad en la preparación de los jóvenes españoles, por más que algunos califiquen estas medidas y otras tanto o más grotescas como progresistas. Si por progresista se entiende todo aquello que contribuya a la mejora y al desarrollo de la sociedad, ¿cómo pueden tildarse de progresistas políticas que sólo conducen al adormecimiento intelectual de nuestros jóvenes?. He dedicado casi la mitad de mi vida a la enseñanza secundaria y, año a año compruebo cómo son mis propios alumnos de Bachillerato los que reconocen, con una sensatez que ya quisieran para sí nuestras autoridades educativas, que no han tenido que esforzarse casi nada para concluir la Enseñanza Secundaria Obligatoria. De ello se sigue el hecho de que, al no estar entrenados en el esfuerzo personal y en la superación de las dificultades, muchos no son capaces de adaptarse al Bachillerato ni tampoco tienen desarrolladas las habilidades necesarias para superar los obstáculos que se les presentan en esta nueva etapa de su formación académica. Por ello abandonan, víctimas de un sistema educativo que no es capaz de sacar de ellos las potencialidades que tienen.

Está bastante generalizada la idea de que vivimos en un país con una democracia madura y consolidada. Dudo mucho que esto sea así, al menos de momento. La generación que nos gobierna actualmente (y no me refiero únicamente al actual gobierno, sino también a los anteriores), adolece de un mal que ha retrasado históricamente el desarrollo político de España y que resta calidad a la recién estrenada democracia española. Me refiero a los prejuicios políticos heredados del pasado y a este maniqueísmo tan arraigado en el alma española, que nos ha llevado varias veces a enfrentarnos unos contra otros y que no hemos sido capaces de superar. Un maniqueísmo que hace que se identifique rival político con enemigo. No pongo ejemplos recientes de esto porque estoy seguro de que el lector los encontrará sin dificultad.

¿A qué se debe si no es a este maniqueísmo y a los viejos prejuicios heredados y no superados el que los partidos políticos que dicen representarnos no hayan sido capaces hasta ahora de llegar a un acuerdo nacional para diseñar un sistema educativo de calidad, duradero y aceptado por todos?. Recuérdese que el gobierno del Partido Popular abrogó la LOGSE, la sustituyó por la LOCE, que a su vez fue derogada al llegar al gobierno el PSOE, que promulgó la LOE. Y todo esto desde 1996 hasta hoy, al socaire de la insensatez de la clase política española. El corolario a esta banalización a la que me referí anteriormente lo ha puesto hace unos días el presidente del Gobierno, del que, siguiendo la expresión que la eurodiputada socialista francesa Marie-Noëlle Lienemann dedicó a Ségolene Royal recientemente, dudo que esté «intelectualmente estructurado» . En efecto, con motivo de un solemne acto en el que participaban importantes personalidades de la cultura, el consejero delegado de un importante grupo de comunicación y Académico de número de la Real Academia Española, reprochó amablemente al jefe del Gobierno la agresión a la ortografía que hay detrás del eslogan «con Z de Zapatero» (igualdad con Z de Zapatero, etcétera). La respuesta del presidente fue que prefiere jugar con las palabras que golpear con ellas. De lo que no se da cuenta el señor Zapatero es que no es el presidente del Consejo de Administración de una empresa privada que lanza un eslogan más o menos afortunado con el propósito de competir en términos ventajosos con el resto de las empresas del sector. No, es el jefe del Gobierno de todos y, por ello tiene más responsabilidad que ningún otro de cuidar exquisitamente la buena utilización de una de las lenguas más habladas del mundo.

Para intentar ganar las elecciones puede encontrar otro eslogan que no atente contra el buen uso de nuestra lengua, es decir, un eslogan que no golpee con las palabras.

ARMANDO MAGALLANES PERNAS

 

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