STEs Castilla y León Opinión

Enseñanza e informes Pisa

30 de septiembre de 2006

Opinión

Manuel Menor Currás

 

D

sde el año 2000, en que se hicieron públicos los datos del primer Informe PISA, existe cierta fiebre por conocerlos, no siempre con la sabia intención de corregir problemas y mejorar las prestaciones del sistema educativo. No es infrecuente que se presenten de manera simplista o que sean instrumentados para argumentar cualquier tipo de política educativa.

Sería improcedente tomarlos como referencia exclusiva de la situación de nuestra enseñanza, pues su diseño específico sólo trata de evaluar competencias de nuestros escolares de 15 años, casi al final del tramo de la Enseñanza Obligatoria. No obstante, al pretender diagnosticar el grado de consecución de capacidades consideradas básicas para afrontar la vida adulta, justo en el momento en que se inicia la transición a la misma, la información de los PISA es muy relevante y sintomática. A la postre, versa sobre la eficiencia de la escolaridad generalizada. Observando la capacidad de aplicar lo aprendido, en aspectos tan importantes como la lectura o la resolución de problemas, indaga sobre la calidad de la etapa políticamente más significativa del sistema para la enseñanza-aprendizaje.

Este instrumento informativo, estrecho, aunque muy útil para las políticas macro, tiene todavía muy poca incidencia en lo micro de la enseñanza cotidiana de cada comunidad y cada centro. Pero más inquietante todavía es que, sea cual fuere la progresión de los resultados reales hacia lo mejor o hacia lo peor, esta información no ha logrado conmover ni comprometer a la sociedad para que se tome en serio este asunto. La enseñanza es, en la práctica, poco más que uno de nuestros asuntos privados. El alejado lugar que ocupa entre las preocupaciones de los españoles -según las encuestas del CIS- es bien significativo.

En todo caso, es hipócrita escandalizarse de algunos datos del PISA, sin tener en cuenta ni los avances logrados en nuestro sistema educativo en los últimos treinta años -menospreciándolos o ignorándolos-, ni las deficiencias crónicas de que partíamos entonces. ¿En la adolescencia de muchos opinantes con cinco o seis décadas a sus espaldas, la situación general era infinitamente mejor? ¿Se nos ha perdido en este trayecto una época «gloriosa» de la educación o la lectura?

Además de que esta información deba leerse contextualizada, para que nuestra cualificación supere la mediocridad en todos los aspectos que se evalúan habrá que ponerse de acuerdo en aspectos básicos del valor estratégico de la educación, tanto en su perspectiva económica como en la de difusora de los valores democráticos. ¿Acaso ha habido algún asunto susceptible de ley orgánica, que haya propiciado más desencuentros parlamentarios que el referente a educación?

Los informes PISA son limitados, pero no dejan de suscitar preguntas y apuntar líneas de reconocida eficacia para cambios sustantivos de la enseñanza, absolutamente necesarios ante los retos del aprendizaje ahora mismo. Descubren, por ejemplo, la falacia de algunas políticas que ignoran la gran correlación que muestran entre resultados y entorno familiar y concentran -sin compensaciones- en las escuelas públicas la parte más necesitada del sistema: ¿por qué no imitan a Finlandia?

http://www.diariodeleon.es/hemeroteca/noticia.jsp?CAT=108&TEXTO=5149122&txtDia=29&txtMes=9&txtAnho=2006

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