STEs Castilla y León Opinión

Alarmemos, que algo queda

25 de septiembre de 2006

PANORAMA

Inma Monsó

  • LA ESCUELA NO ES ni debe ser el reducto donde los niños son preservados en una burbuja intocable

O

tro estudio alarmista ha sido noticia esta semana, esta vez sobre el bullying o acoso en la escuela: uno de cada cuatro escolares lo padece.

No he leído el estudio, pero escuché la noticia mientras desayunaba con unos colegas. De inmediato, una cuarta parte de los padres que allí estábamos procedimos a alarmarnos. Como éramos ocho, dos debíamos alarmarnos, pero ¿quiénes? No lo sabíamos a ciencia cierta, así que nos alarmamos todos, incluso los que no eran padres, bien por solidaridad, bien porque eran tíos o abuelos. "¿Le llamarán badulaque a mi hijo, tal vez gaznápiro o sansirolé?", pensé para mis adentros.

"Eso sin duda no", me dije a continuación, dado que el vocabulario de nuestros escolares se empobrece de año en año. Lo que sí les llaman, según la información, es "cuatro ojos" y sin duda cosas peores. También son a veces ignorados por sus compañeros y objeto de risa cuando se equivocan.

Que estas actitudes groseras y desconsideradas son intolerables es evidente, y no quiero minimizar el sufrimiento de los niños que las padecen. Ahora bien, ¿no deberíamos reservar la palabra acoso para casos más graves? ¿No contribuye este alarmismo a fomentar una actitud victimista en nuestros sobreprotegidos hijos, actualmente bastante propensos a los excesos de susceptibilidad? ¿O es que acaso hemos olvidado qué es la escuela?

La escuela no es ni debe ser el reducto donde los niños son preservados en una burbuja intocable. La escuela es, y ha de ser, el espacio público por excelencia, el primero que vive el niño y que no abandonará durante mucho tiempo. El niño se encontrará en la escuela un modelo de cada uno de los tipos de personas que más tarde hallará en la sociedad como adulto. Es su primer contacto con lo colectivo y ha de aprender, entre otras cosas, a moverse en este espacio distinto, a encontrar su lugar en él y a relacionarse con los otros que lo ocupan, con titubeos, disgustos y a solas (fuera de la particular atención familiar). Esta tarea no es fácil, como tampoco lo es la de los educadores.

Para algunos será más dura que para otros. Pero es bueno que el niño sepa en qué selva se va a mover en el futuro. De no ser así, ¿qué le habrá enseñado la escuela a nuestro hijo en cuanto a relaciones sociales o laborales? ¿Se derrumbará su autoestima cuando de mayor, pongámosle parlamentario, un colega maleducado le lance el primer improperio desde un escaño? ¿Se desmayará si el jefe le propina un grito incontinente o simplemente una frase algo irónica? ¿Dónde están los límites?

Quizá sería bueno que, en lugar de manejar tantas cifras alarmantes, empezáramos a usar las palabras para preocupar al personal por otras cosas. Por ejemplo, para concienciar a la sociedad de que nuestro principal deber como padres es no fabricar acosadores.

Una vez tengamos eso bien claro, preocupémonos de que nuestros hijos puedan ser acosados, pero sin dar excesiva importancia a los pequeños rasguños que en su autoestima puedan aparecer. Eso es vivir en colectividad. Lo demás es Disneylandia.
 

Inma Monsó

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