STEs Castilla y León Opinión

La oposición a la reforma educativa en Venezuela y en el Estado español

Rebelión
18-12-05

Opinión

Belén Gopegui

Intervención en el Ateneo de Madrid en el marco de las jornadas sobre "El papel de los movimientos sociales en la transformación de la sociedad"

 

 

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En el Estado español sucede una cosa extraña. El partido en el gobierno y el periódico que le apoya y en cierto modo lo dirige, son en teoría de izquierdas. No obstante resulta innegable el hecho de que el gobierno del PSOE y el periódico El País están promoviendo y llevando a cabo una política de derechas, también en educación.

Un ejemplo elocuente es el editorial de El País del 27 de Noviembre de este año donde, con extraordinaria desfachatez, se dice que llevadas las propuestas de la derecha a sus últimas consecuencias “el sector concertado tendría garantizada la homogeneidad social del alumnado, y también ideológica, por la obligación de aceptar el ideario educativo, y se consolidaría un sistema clasista, con un grave riesgo de que se formaran guetos escolares”.

Digo que la desfachatez es extraordinaria porque, en los últimos treinta años en España ni el PSOE ni el PP, que en materia educativa se ha limitado a profundizar en el camino del PSOE, han hecho nada por romper cuanto de clasista hay en el sistema educativo.

Lo que ese editorial anuncia como un futuro amenazante es el presente que tenemos, es el presente que construyó el PSOE y reafirmó el PP.

No hay justicia por lo que respecta a la educación en España, como sí pudo llegar a haberla en cambio en sanidad, si bien hoy esa posibilidad se está arrojando a la basura. Con un cinismo que roza el ridículo los editorialistas de El País se escandalizan de que los fondos públicos pudieran servir para financiar la exclusión social, cuando resulta evidente que las aportaciones públicas a los colegios concertados que conocemos han sido y son exactamente eso, exclusión social financiada con fondos públicos.

Para que la educación dejara de ser clasista en el Estado español se necesitaría una revolución, escrita con minúsculas, si se quiere, pero una verdadera revolución capaz de afrontar la absoluta falta de expectativas de un altísimo porcentaje de la población infantil y juvenil.

No era esta la intención del borrador de la LOE socialista, y lo que es más grave, cuatro días después de aquel editorial que nos amenazaba con el presente que estamos viviendo, un nuevo editorial anunciaba: “El diálogo funciona”, es decir, la oposición de derechas, bajo el engañoso manto del consenso, había conseguido sus demandas, y digo engañoso porque cuando lo que hay en juego son dos proyectos políticos diferentes no hay consenso posible, es más, no debe haberlo.

En 2003, el dirigente venezolano de derechas Leonardo Carvajal criticaba la ingenuidad de “presentar la propia impaciencia como argumento teórico”. Lo hacía citando a Lenin, porque también suele ocurrir que la derecha no ha tenido empacho en aprender de Marx y Lenin mientras que a cierta izquierda española, confusa y amedrentada, jamás la veremos no ya nombrar sino siquiera leer a Lenin, sentiría vergüenza y pánico. Carvajal citaba esa frase por experiencia propia, ya que tras haber sido nombrado ministro de educación durante el golpe de Estado, la realidad le mostró que su nombramiento además de obedecer a la barbarie, había sido un espejismo impaciente. Pues bien, después de la cita Carvajal añadía: “Debemos estar todos vigilantes para no abandonar nuestro campo, nuestra estrategia, constitucional, pacífica, democrática y electoral”. Pero sus palabras cayeron en saco roto hasta tal punto que hace diez días se ha visto impelido a criticar públicamente “la lógica de aquellos partidos políticos que, una vez logradas once condiciones de las doce que le solicitaron al árbitro electoral, decidieron intempestivamente retirarse de la contienda”.

Algún día algún cargo público relevante se atreverá en Europa a denunciar maniobra de la oposición venezolana, maniobra que si a alguien debiera haber resultado especialmente infame es precisamente a los países que propugnan la democracia formal. Aquí el PSOE ha guardado silencio mientras su observadora electoral hacía comentarios contradictorios. Preso en su jaula de oro compuesta por empresarios, banqueros y grandes medios de comunicación, el partido socialista obrero español calla porque el periódico que le apoya aplaudió el golpe de Estado en Venezuela. Calla porque su ley de educación se parece mucho más a ley que querrían las oposiciones venezolanas y españolas que tanto se parecen, que a la ley que él reclamaba en la calle cuando no estaba en el gobierno, y esto por no hablar de cómo, con la excusa de la Convergencia Europea, prepara la venta al capital privado de la realidad y el sentido de la enseñanza universitaria.

El PSOE lleva años intentando convencer a la sociedad de que es el partido de todos los grupos sociales aunque esos grupos tengan aspiraciones antagónicas. Años jugando a que ellos son los de salir de la OTAN y los de entrar, los de a favor del aborto y los de en contra, los de la educación pública y los de la concertada, los monárquicos y los republicanos. Por eso no llamó a movilizarse a todas las personas que estuvieron con él contra la ley educativa del PP, porque es un partido capitalista que sigue rentabilizando el malentendido de su nombre, de tal modo que una buena parte de sus votantes aún piense que vota a un partido de izquierdas. Algo parecido a lo ocurrido con el sector institucional de Izquierda Unida, que se ha abstenido en el Parlamento, esto es, que no ha sabido decir ni sí ni no a la ante ley que decide cómo va a ser la educación en este país.

Si no fuera por la capacidad que tiene el PSOE de hacernos daño con sus leyes educativas, sus reformas laborales, sus medidas presupuestarias, si no fuera por eso sentiríamos compasión de ese partido encerrado en su jaula de oro. Compasión de ese partido que cada vez puede contar menos con los votantes de derechas y que no sabe qué decirles a los votantes de izquierdas. Confía en el malentendido. Lleva años confiando en el malentendido pero quizá un día no le permitan seguir haciéndolo.

Acaso un día la impaciencia del PP sea tan alta que rompa la baraja como la ha roto la oposición venezolana ante el silencio culpable del PSOE. Entonces puede que el PSOE pida ayuda a los suyos. Y puede que no sepa quiénes son. Porque en Venezuela existen quienes participan en las Misiones Educativas y ven cómo la democracia en medio de las presiones procura extenderse por los barrios, las comunidades, las empresas de producción social. Existen quienes comprueban cómo los fondos públicos están dejando de servir para financiar la exclusión. Existen quienes creen, al contrario que Lilian Hernández, que la limitación económica no se puede permitir y, con todas las incertidumbres y dificultades luchan junto al gobierno y trabajan y avanzan para que así sea.

Pero en el Estado español quién apoyará al PSOE cuando la derecha le deje solo, cuando el periódico El País le abandone a cambio del mejor postor, cuando los privilegiados prefieran a una oposición de derechas dispuesta a garantizar sin el menor disimulo que “con los privilegios de sus hijos no se metan”, y los empresarios quieran que les vendan las universidades y la formación y la mano de obra de los estudiantes más baratas todavía, pues aunque el PSOE parece haberlo olvidado, para el capital los privilegios nunca son suficientes.

Puede llegar a ocurrir que cuando el PSOE grite: ¡el lobo, el lobo!, no encuentre a los países de izquierdas a los que ha menospreciado o traicionado, ni a los países de derechas que le habrán traicionado a él, ni a las personas de izquierdas, que ya no podrán creerle; puede que encuentre sólo el fruto de tantos años de legislatura: una sociedad sin proyecto, individuos dispuestos a despedazarse por no perder los propios privilegios en algunos casos, los propios derechos en otros, y a veces por mero instinto de supervivencia.
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Belén Gopegui es escritora

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