STEs Castilla y León Opinión

Sísifo o la escuela enferma


28-11/05

Antoni Puigverd

 

  • En el dramático marco educativo actual, las palabras "libertad" e "igualdad" suenan a política de cartón piedra, están vacías.

L

o sabe todo el mundo: la enseñanza está enferma, en nuestro país, como en buena parte de Europa, y el combate político de estos días no servirá para sanarla. Diversas son las causas de la crisis de la enseñanza. Un factor clave es la irresponsabilidad de las familias. Muchos padres no saben decir no y conceden, sin cesar, a sus hijos todo tipo de chucherías y caprichos. La infancia y la juventud están siendo amaestradas desde las pantallas por cualquier bufón simpático, extravagante o peligroso.

Mientras los padres, a causa de la desestructuración familiar o de las obligaciones laborales, dimiten de su función educativa, los niños y los jóvenes son títeres en manos de los omnipresentes y adictivos medios audiovisuales o cibernéticos. Son el segmento publicitario más rentable. Cinco minutos de sugestivo parpadeo televisivo pueden infinitamente más, en las mentes de un niño o de un joven, que una mañana de escuela junto a un profesor cuyas técnicas pedagógicas no se distinguen mucho de las que se usaban en la escuela medieval (aunque se sirva del ordenador y el power point).

La crisis de la escuela responde a los cambios del presente. A la revolución audiovisual, por ejemplo. A pesar de que los jóvenes que han nacido con la televisión bajo el brazo tienen muy desarrollado el pensamiento simultáneo (pueden seguir tres películas a la vez mediante el zapping), la enseñanza sigue empeñada en el pensamiento secuencial: una línea, una página, una idea detrás de otra. La crisis de la escuela también responde, naturalmente, a los formidables cambios que está viviendo nuestro paisaje humano con la masiva llegada de inmigrantes. Y a la profunda erosión que la sociedad del ocio y del consumo ha causado en los diversos sistemas de valores que se disputaban hasta ahora la supremacía en Europa.

Pretenden los bienintencionados que la escuela inculque valores cívicos o religiosos. ¿Ignoran que los valores humanistas, los burgueses, los progresistas y los católicos están socialmente en bancarrota? Se pide a los profesores que actúen como el formidable maestro de Corazón. Cuando en 1886 se publicó esta novela, la escuela se estaba generalizando en Europa. Energía como el factor principal del progreso, funcionaba como mecanismo corrector de las desigualdades y se convertía en la principal fuente del patriotismo cultural y de solidaridad social. En Corazón, los valores cívicos y patrióticos que encarna el maestro (severo, justo, sabio, ameno y bondadoso) se suman a los de la familia (protectora, pero exigente; afectuosa, pero coactiva; cariñosa, pero constrictora). Así, familia y escuela conformaban los dos lados educativos de un triángulo que culminaba, en teoría, el Estado liberal: arraigado en una democracia de ciudadanos libres y responsables.

En el incierto, complejísimo, gaseoso, contradictorio y estridente mundo contemporáneo, todo esto está en crisis. Al maestro le encargamos lo que la sociedad abandona. Si los padres no inculcan a sus hijos las pautas sociales básicas, debe inculcarlas el maestro. Si la televisión entroniza a los vagos y a los agresivos, el maestro debe promover el esfuerzo y el respeto. Las audiencias televisivas aumentan con el griterío, el mal gusto, la violencia y el lenguaje soez; pero el maestro debe difundir el lenguaje preciso, el buen gusto artístico, el diálogo y los buenos modales. Si la sociedad idealiza la ganancia rápida y fácil, el maestro debe cultivar la disciplina y el esfuerzo. En el mejor de los casos, el maestro es un Sísifo: intenta conducir durante el día hacia el corazón y la cabeza de los niños el pesado fardo de unos valores que las familias abandonan durante la cena junto al televisor.

Produce estupor que, en este dramático contexto, los políticos conviertan la escuela en una trinchera más. En Alemania, horrorizados ante el panorama que describía el informe PISA, los partidos pactaron rápidamente una reforma. Entre nosotros, en cambio, a pesar de que el mencionado informe revelaba que nuestros jóvenes están a la altura del betún, la respuesta sigue siendo la demagogia. Unos agitan pancartas, otros abusan del ideologismo. Dice defender el Gobierno, en la LOU, una enseñanza de calidad para todos; y prescribe la receta de la igualdad para luchar contra la exclusión. Y responde la oposición en la calle que la libertad de enseñanza es la única receta verdaderamente útil para promover la calidad. En el dramático contexto educativo presente, sin embargo, las palabras libertad e igualdad suenan a cartón piedra. Están vacías.

El PP levanta la pancarta de la libertad, pero está defendiendo, estrictamente, la libertad educativa de las clases medias. Los sectores más frágiles de nuestra sociedad nunca estarán en situación de escoger. ¿Ofrece, acaso, el PSOE una respuesta a los más débiles? Sobre el papel, sólo sobre el papel. Afirmar, como afirma el Gobierno, que esta nueva LOE (en el sendero de la Logse) favorecerá una educación igual para todos es un engaño. Seguramente un autoengaño. Cada vez está más claro que las escuelas e institutos situados en los barrios humildes funcionan como guardería y parachoques social, pero perjudican notoriamente a sus alumnos más listos y esforzados. He ahí una visible, irrefutable, paradoja: el igualitarismo que la izquierda defiende a machamartillo impide la verdadera igualdad de oportunidades. Bloquea el ascensor social.
 

ANTONI PUIGVERD.- Articulista

http://www.lavanguardia.eshttp://51199778152.html

STEs Castilla y León Opinión