STEs Castilla y León Opinión  Comunicados

Educación, inmigración y dinero


23-09-2005

Opinión

José María Calleja

S

e estima que si en un centro de enseñanza hay más de un veinte por ciento de alumnos procedentes de otros países, esa escuela pasa a convertirse en un gueto. En España hemos experimentado un proceso de inmigración espectacular y concentrado en los últimos años, a un ritmo que no se da hado en países europeos de referencia, como Francia o Alemania, en los que existen altos índices de inmigración pero llegados en un proceso menos abrupto. Aquí, afortunadamente, un niño que llegue a España procedente de Rumanía o de Ucrania puede empezar a asistir a clase al día siguiente, en un centro público; es decir, gratuito. Esta innegable virtud del sistema español tiene algunos inconvenientes. Lógicamente, ese chaval no sabe español y, aunque tienden a ser muy espabilados, hay que pensar que tardará un tiempo en hacerse con el idioma y en adaptarse al ritmo del resto de la clase que, en ese sentido, se verá resentido. Qué solución tiene este evidente problema: aumentar el número de profesores. Es decir, invertir -nunca mejor dicho- más dinero para que los alumnos de esas características puedan integrase de forma adecuada, pero sin retardar el ritmo del resto. La inmensa mayoría de los hijos de inmigrantes se integran en los centros públicos y, en menor medida, en los privados concertados.

La enseñanza pública española, uno de los logros de los que podemos sentirnos más orgullosos, corre así el peligro de convertirse en un gueto, en un lugar que para algunos padres provocará rechazo y al que al medio plazo solo asistan aquellos que no tienen otra opción. Esta sería una malísima noticia, porque no hay otro asunto que iguale más, que aporte mayor valor añadido, que siembre un mejor futuro, que una buena enseñanza desde la escuela primaria.

La enseñanza en España es hoy obligatoria y este es otro enorme logro. También entraña sus problemas: alumnos que no tienen el menor interés en estudiar se ven obligados a permanecer en la escuela en contra de su voluntad. Son una especie de insumisos de la enseñanza, que también suponen un lastre para el nivel medio de una clase y constituyen una fuente de angustia para los profesores. En este caso, también el aumento de la plantilla de profesores ayudaría a paliar uno de los problemas más peliagudos, pues ha derivado en una merma de la necesaria autoridad de los docentes y en un factor de agotamiento psicológico e, incluso, que provoca un miedo cerval por parte de algunos profesores a sus alumnos. Hay otros muchos problemas, pero casi todos ellos se pueden empezar a arreglar de la misma forma: con más profesores, con más personal especializados, con menos alumnos por aula¿, con más dinero. Ah!, no vendría nada mal oír hablar más a menudo a los representantes políticos de estos temas, en vez de embobarse con las comas que hay que cambiar al estatuto de turno.

José María Calleja.- Periodista y columnista de varios medios

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