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La educación tecnológica  - Las humanidades

25 y 27-06-2005

Opinión

La educación tecnológica Las humanidades
Joan Maria Miró y Jordi Font-Agustí Miguel León-Portilla


La difusión del anteproyecto de Ley Orgánica de Educación (LOE) está provocando un revuelo considerable, señal inequívoca de que la sociedad es sensible a los problemas de la educación y consciente de que esta ley debe satisfacer las necesidades formativas de la ciudadanía para los próximos años. Si algo concita un amplio acuerdo es que el sistema educativo debe gozar de una cierta estabilidad y no estar al albur de cambios políticos coyunturales.

Vaya por delante que, a nuestro juicio, el anteproyecto subsana graves errores que contenía la LOCE, promulgada por el anterior Gobierno. A pesar de ello, nos preocupa el retroceso que supone para la formación tecnológica, al menos por lo que a la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) se refiere. No se trata aquí de formular propuestas concretas de cambio, algo que, con mejor conocimiento de causa, ya vienen haciendo los agentes sociales implicados y que, en última instancia, es responsabilidad de los legisladores. Nuestra intención es advertir del riesgo que para la sociedad supone este retroceso con una argumentación en la que no hay atisbo alguno de contraposición de la cultura científica y tecnológica con la humanística, si es que esta distinción tiene todavía hoy algún sentido. Creemos que la enseñanza de la tecnología, al contribuir en gran manera a la formación de las personas, es una necesidad social; también lo es educativa al ser su metodología aplicable a una gran diversidad de situaciones, y universitaria al favorecer la opción de los por los estudios técnicos.

- Una necesidad social. Desde una perspectiva histórica, el alejamiento de la cultura tecnológica explica el retraso que algunos países, entre ellos el nuestro, han sufrido en su proceso de modernización. Herencia de ello es la despreocupación con la que se luce la ignorancia en los temas científicos y tecnológicos, sólo comparable a los esfuerzos por encubrir cualquier error en el campo de las humanidades. Confundir a Saramago con una supuesta pintora llamada Sara Mago es motivo de jocosos e implacables comentarios, mientras que hablar de potencias de 400 KV no genera escándalo alguno.

Pero, volviendo al presente, está fuera de toda duda el importante papel de la tecnología en el mundo actual. Los problemas que preocupan a la ciudadanía presentan aspectos tecnológicos muy relevantes. Siendo así, el peligro radica en que el analfabetismo tecnológico abra la puerta a fundamentalismos que se traduzcan en una oposición a todo lo innovador o, en el otro extremo, en un soporte a que se haga todo lo que se puede y se sabe hacer, sin ninguna consideración a sus implicaciones. También en este caso, la ignorancia es mala compañera de la libertad.

- Una necesidad educativa. En los últimos decenios la tecnología ha consolidado su presencia en los sistemas educativos de nuestro entorno, y también en el español, como una materia con unos objetivos propios y una metodología específica. El proceso tecnológico, que implica la detección de una necesidad que satisfacer y la evaluación de las posibles soluciones, y concluye con la elaboración y desarrollo de un proyecto, ayuda a despertar el espíritu innovador, a tomar conciencia de las limitaciones de los recursos disponibles y a infundir unos valores distintos y complementarios a los que son propios de otros espacios curriculares. Imaginar, diseñar y construir es una buena forma de iniciarse en la creatividad, lo que facilita que surjan emprendedores, técnicos altamente innovadores y personas capaces de entender, criticar y usar de forma inteligente la tecnología. En conclusión, nada que ver con los "trabajos manuales", nombre con el que se ha querido desprestigiar, muchas veces por desconocimiento, la enseñanza de la tecnología.

Por otra parte, la superación de insuficiencias formativas en algunas áreas no requiere tanto la reiteración como aplicar conocimientos adquiridos en otras materias como la tecnología, en la que el estímulo de "aprender a hacer" ofrece buenas oportunidades para la práctica del cálculo y la expresión oral, escrita y gráfica. Así lo han entendido las administraciones educativas, que han dedicado a esta área importantes recursos que, con la ordenación de los estudios que el anteproyecto de LOE establece, pueden quedar infrautilizados sin un análisis de su interés educativo.
- Una necesidad universitaria. La formación tecnológica en la enseñanza secundaria y en el bachillerato contribuye a despertar en la juventud el interés por los estudios de este ámbito, ayudando así a superar el déficit de estudiantes de formación profesional y universitaria en el campo de la ingeniería. Prueba de ello es el apoyo que en algunos países de nuestro entorno, y de forma incipiente en el nuestro, prestan las empresas a la enseñanza de la tecnología en forma de cesión de equipos, organización de concursos de jóvenes inventores y concesión de becas.
 
Si bien es cierto que una sólida preparación en ciencias básicas es muy importante para seguir con éxito estudios técnicos, la formación tecnológica permite una adecuada elección entre las distintas especialidades de la ingeniería y, más importante, acceder a estos estudios con un conocimiento de su metodología que permite asimilar sus contenidos con mayor eficacia. Todo ello sin olvidar que la presencia de la tecnología en la enseñanza obligatoria implica que las jóvenes se inicien en este ámbito de conocimiento tan falto de una presencia femenina significativa.
 
- A modo de conclusión. Probablemente podrían darse argumentos similares para justificar incrementos de la presencia de otras áreas en el currículo. No es problema fácil incluir en los desarrollos curriculares lo que hoy se debe enseñar y hacerlo en su justa proporción. Pero hay que evitar que un inconsciente desprecio por el saber y el saber hacer nos aleje de la incipiente sociedad del conocimiento, de la misma forma que ya hace muchos años nos apartó de la revolución industrial. Algunos trenes
 


¿Qué son las humanidades? No es fácil responder a esta pregunta. A riesgo de equivocarme, me atreveré a decir que las humanidades están integradas por aquellas ramas del conocimiento, incluyendo el sensible, que más íntimamente se relacionan con los seres humanos. Las humanidades comprenden el saber acerca de lo que hemos sido, o sea, la historia y en cierto modo también la arqueología y la prehistoria. La trayectoria íntegra de los seres humanos sobre la Tierra es el gran marco espacio-temporal de las humanidades. Por eso, ellas, en cuanto ramas del saber, no conocen otros límites. Abarcan asimismo lo que los grandes ingenios han concebido o fantaseado sobre una inmensa gama de comportamientos humanos, es decir, la creación literaria, desde las grandes epopeyas clásicas y la poesía en todas sus formas, hasta la novela y otros géneros narrativos. Pertenece también a las humanidades cuanto se refiere a las concepciones del mundo, los mitos y leyendas, así como las elucubraciones de los filósofos que se han planteado las grandes cuestiones en torno a la posibilidad de decir palabras verdaderas sobre los enigmas de nuestro ser, la divinidad y el más allá.

No son ajenas a las humanidades las disquisiones acerca del lenguaje, ni tampoco las que han llevado al establecimiento de ordenamientos jurídicos dirigidos a hacer posible la coexistencia de las personas y las naciones. Y, por supuesto, que se sitúa en el universo de las humanidades el gran conjunto de las artes, creaciones, muchas de ellas sublimes, en las que el espíritu humano se manifiesta plásticamente en la pintura, la escultura y a través de la arquitectura, la música y el baile.

Aunque las humanidades se distinguen de los conocimientos científicos -las ciencias fisíco-matemáticas y naturales- no por esto dejan de tener relación con ellas. Obvio es que en las humanidades no se busca establecer leyes universales, pero, al entrar en relación con las ciencias, pueden, por así decirlo, humanizarlas. El conocimiento acerca de plantas y animales, y en general de la naturaleza, enriquece a los seres humanos no sólo en un sentido utilitario, sino también cultural y aun espiritual. Recordaré aquí lo expresado por Immanuel Kant a propósito de las realidades inanimadas que son las estrellas. Decía él que nada le producía mayor contento que la paz de la conciencia y la contemplación del cielo cuajado de estrellas.
Las humanidades, no siendo rentables, revelan el sentido humano de cuanto concierne a hombres y mujeres en sus vidas. Pondré un ejemplo tomado de un antiguo texto escrito originalmente en náhuatl, la lengua de los aztecas o mexicas. Conlleva él una apreciación de algo que existe en la naturaleza. Describe lo que puede significar para los humanos la contemplación de grandes árboles, frondosos y lozanos, digamos que cedros, robles o encinos. El texto en lengua indígena expresa: "Los cedros son muy bellos, relucen y dan sombra. A su lado hay frescor, bajo ellos hay vida y descanso. Son para nosotros como una madre y un padre" (Códice florentino, libro 11, folio 112).

En abierto contraste con esta forma de concebir a los cedros, se halla la actitud de quien los contempla desde una perspectiva rentable. Es ella la del maderero que, al verlos, piensa en su valor económico y calcula cuántos metros cúbicos de madera puede obtener de los mismos con la correspondiente ganancia económica. ¿Es esta comparación una simpleza? O es enunciar de algún modo la diferencia que hay entre pensar y sentir la realidad confiriéndole un significado humano o fijarse en ella para detectar lo que tiene de rentable.

Reflexionemos un poco siquiera sobre lo que pueden significar las humanidades en nuestras vidas. ¿Es igual viajar conociendo al menos un poco de la historia del lugar que se visita, que acercarse a él sin tener noticias de lo que se contempla? Y, para los que gobiernan, ¿importa o no que estén enterados de lo que ha sido el pasado de las gentes a las que rigen? ¿Qué es la historia del arte sino una serie de acercamientos a las mejores creaciones logradas por la humanidad a través de los tiempos? Gustar de la literatura, por ejemplo, es dar vida en nosotros mismos a lo que otros pensaron, vivieron y confiaron a la escritura. Incontables son los caminos de acercamiento a lo más hondo de la sabiduría, abiertos a través de las obras de filósofos, historiadores, antropólogos, literatos y juristas.

Los más grandes ideales que han concebido hombres y mujeres a lo largo de los siglos hunden sus raíces en el pensamiento humanista. Así las que llamamos obras clásicas, por su perdurable significado, hablan de la libertad como supremo valor. Y otro tanto puede afirmarse respecto de cuanto da cimiento a la dignidad humana: el respeto a los derechos ajenos; la concepción del poder como emanada del pueblo y, en consecuencia, los principios en que se fundan la democracia y el orden jurídico. Todo esto, sin lo cual la vida social, política y económica, se convertiría en un caos, deriva en última instancia del gran conjunto de creaciones que integran las humanidades.

Pero ahora bien, o mejor dicho, ahora mal, hay en nuestro presente quienes se empeñan en cerrar caminos que llevan nada menos que a disfrutar en plenitud cuanto puede enriquecer lo más noble del ser humano. Quienes así actúan nos dicen que las humanidades son ya obsoletas y acercarse a ellas es pérdida de tiempo. No siendo rentables, el tiempo que se dedica a ellas es inútil despilfarro. Lo que en verdad importa, nos dicen, es capacitarse para obtener un trabajo productivo, de esos que te permitan medrar, bien sea en los negocios y hasta, ¿por qué no?, en la política.
Esta actitud no es del todo nueva. Ya se ha manifestado antes como nos lo muestra precisamente una rama de las humanidades, la historia. Sólo que ahora, como una consecuencia de los rampantes procesos de una agobiante globalización cultural y económica, que se tornan omnipresentes a través de los medios de comunicación, se nos induce a todos a alejarnos de pamplinas, que así se califica a veces a las humanidades. Habrá que dedicarse, en cambio, a esa capacitación que redundará en provecho económico y será puerta abierta para entrar de lleno en la sociedad del consumo. En su propio tiempo San Agustín describió una parecida atracción como fascinatio nugacitatis, fascinación de una nuez vana.

La acometida en contra delas humanidades, como consecuencia también de la globalización cultural, además de tender a clonar en la mediocridad a los humanos, que serán así más fácilmente manejables, aparece en múltiples lugares del mundo. Para dar dos ejemplos, recordaré que ha resurgido recientemente en España y en México. Si en la primera se busca eliminar en la educación superior ramas del saber como la historia del arte, la filología y la filosofía, en el caso de México el golpe trata de asestarse desde antes, en el ciclo de enseñanza media. Entre otras cosas se pretende la supresión o disminución del estudio de la historia. Y podrían aducirse los casos de otros países en los que algo parecido está ocurriendo.

¿Qué se busca con ello? ¿Decapitar culturalmente a la juventud? ¿No interesa ya formar realmente a los seres humanos? Pienso que el tema es de tal magnitud que debe preocupar a cuantos, gracias precisamente a las humanidades, nos sentimos y queremos ser de verdad humanos.
 
EL PAÍS - Opinión - 27-06-2005 EL PAÍS - Opinión - 25-06-2005
Joan Maria Miró es vicerrector de la UPC y Jordi Font-Agustí es inspector de Educación. Miguel León-Portilla es antropólogo e historiador mexicano, y autor, entre otros libros, de América Latina, múltiples culturas, pluralidad de lenguas, y de Bernardino de Sahagún, pionero de la antropología.

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