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La cabra de la legión en Irak


30-1-2004

TRIBUNA

Ricardo Magaz.

HE de ser sincero de antemano. En mi polvorienta cartilla de la mili figura a bolígrafo la siguiente acotación: «Comportamiento, aceptable. Valor, se le supone. Espíritu militar, insuficiente». A finales de los años 70, la conducta del escalafón castrense con los reclutas que, desorientados nos incorporábamos forzosos a filas, era lamentable, salvo excepciones. Primaba el trato paternalista-arbitrario y las órdenes absurdas, rayando el vasallaje doméstico.

En la Legión, por las noticias que nos llegaban de África, era aún peor; volvías tocado o lleno de «vicios», o las dos cosas. Reflexionar, tener iniciativa o plantearse mínimas dudas sobre un tema insustancial conducía a la sospecha. Sólo era posible obedecer ciegamente en arriesgadas misiones de limpieza del Seat 850 con faros antiniebla del jefe de la unidad u otros servicios por el estilo. Cualquier tibieza en la ejecución exacta de semejantes operaciones significaba carecer del necesario y edificante «espíritu militar», tan necesario para defender la patria de la época, incluso ya enterrado el colono del Valle de los Caídos.

Quien no sabe mandar es siempre un usurpador. Aquella milicia rebosaba de aficionados, circunscritos y pluriempleados que para llegar a final de mes se «apoyaban» en la rendida y desmotivada tropa. Hoy el Ejército ha cambiado considerablemente. Las Fuerzas Armadas son profesionales y están mejor formadas, pagadas y equipadas. Las conductas desdeñosas y los excesos habrán pasado, supongo, al desván de la historia. El espectro del golpismo se ha desvanecido también hace largo tiempo. Esa es, al menos, la imagen que ofrece el Ministerio de Defensa en sus proclamas publicitarias y que a mí particularmente me gustaría que así fuera. Después de casi tres décadas, uno da por buenas las desventuras cuarteleras de cómic y reemplazo y las echa al hombro a beneficio de inventario. Quizá en aquel período de insuficiencias y fluctuaciones políticas poco más era de esperar. El veterano concepto de que sólo con botas y espuelas se podía gobernar al pueblo desbocado de libertad, estaba incrustado hasta la médula en las salas de banderas de los regimientos y en los organismos de seguridad.

En la actualidad el Ejército presta misiones de ayuda humanitaria en varios puntos del planeta, pugnando incluso con las ONG. Saludable labor de la que cualquiera se sentiría realmente satisfecho. Las imágenes emitidas por las televisiones donde se distingue a un oficial español, quizá un Guardia Civil, auxiliando a un anciano enfermo en los Balcanes nos inunda de alegría. Ver a la cabra de la Legión desfilando beoda y vacilante con el gorrito sobre la mollera detrás de un legía descamisado hasta el ombligo y tatuado de hombro a hombro en Diwaniya, a 180 kilómetros al sur de Bagdad, nos retrotrae por el contrario a esa mili rancia a la que muchos entregamos gratis un año y pico de vida, con la secreta esperanza de que alumbraran mejores cosechas corporativas.

Que el Gobierno haya enviado mayoritariamente como fuerzas de ocupación en Irak al viejo reducto africanista del Tercio, incluido el caprino decrépito, suena anómalo e intempestivo.

Convendría especular sobre la posibilidad de que quizá otro tipo de destacamento ya hubiera alzado la voz ante una intervención armada que elude a hurtadillas el derecho internacional. ¿Es lícito y admisible que un militar se niegue a ir a una guerra que vulnera la legalidad o deserte una vez allí? La ausencia de derechos representativos en el estamento castrense hace difícil saberlo. En la Policía sí sería posible; sus agentes no estarían obligados a cumplir una orden que transgrediera la ley.

Con el engaño marrullero de las armas de destrucción masiva, EE.UU. tuvo la excusa perfecta para invadir Irak y sacar del poder al tirano sanguinario Sadam Huseín. Creo que fue un poeta latino el que dijo que la guerra hay que emprenderla de modo que parezca que lo que se busca es la paz. No debe extrañarnos el método. Es frecuente que la mentira se acentúe en precampaña electoral, antes de la batalla y después de la cacería fanfarrona.

Los soldados españoles se han convertido por decisión de La Moncloa en comparsas de los marines de Bush y sus intereses inconfesables. Por desgracia la sangre ha corrido abundantemente. Las tropas siguen expuestas a los ataques de la resistencia y a los atentados terroristas, que son cuestiones muy diferentes, aunque las autoridades no quieran reconocerlo en público. Hay que parar esta hemorragia baldía e infundada. Nuestros chicos y mayores tienen que regresar cuanto antes sanos y salvos. La única sangre que puede volver a derramarse es, como mucho, la del patético cornúpeta cabrío, arquetipo de la vetusta mili de Gila. La modernidad y la imagen del Ejército lo agradecerían. En todo caso, la legalidad de la intervención bélica ocupacional está en entredicho. La verdad será producto del tiempo y no de la fuerza, como se pretende imponer. Sólo hay que esperar al dictamen inexorable del calendario. Cedant arma togae.

 

Ricardo Magaz.- Presidente de la Fundación de Policía.- Escritor

 
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