STEs Castilla y LeónOpinión
 

Pupitres de colores


10-12-2004

Opinión

Rosa Cullel

"¿A vosotros os preocupa la pérdida de la excelencia?". Me contestaron con una lluvia de mendrugos de pan; uno de ellos me golpeó en una ceja, y no me la partió porque estaba tierno. Sucedió durante un almuerzo con varios profesores de institutos públicos catalanes. La pregunta sonó a provocación y, en ese momento, no tenían tizas a mano. A estos maestros, la búsqueda de la "excelencia", que tanto preocupa a la OCDE, les trae sin cuidado. Ellos están demasiado ocupados en enseñar a leer a adolescentes y en intentar que alguno de sus alumnos acabe la formación profesional. Pasan las horas intentando que los jefes de las pandillas vayan a clase y que los alumnos dejen de fumar en el aula. Educan sin ayuda de las familias y buscan clases de refuerzo para los inmigrantes recién llegados. En el recreo rellenan formularios, implorando más recursos. Joan, que aún no está quemado y hace más de lo que puede en un centro barcelonés de Ciutat Vella, aporta un dato para la "excelencia": "El año pasado, de mi instituto sólo una niña fue a la universidad".

La OCDE, uno de esos organismos globales con cientos de comités y miles de funcionarios dedicados a hacer estadísticas y editar publicaciones, acaba de sentenciar que, en lo que respecta a educación primaria y secundaria, España está en el pelotón de los torpes, muy por debajo de la media de los 30 países miembros. Nuestros jóvenes no entienden lo que leen, son flojos en ciencia y malos en matemáticas. Los chicos más "excelentes" son los de Finlandia, un país pequeño con mucho hielo, pocos estudiantes, profesores respetados y un sistema de educación que prima la igualdad. También es la nación con menos inmigrantes de Europa.

Pere, que enseña matemáticas, propone cambiar las estadísticas mejorando la base, ampliando los conocimientos mínimos. Advierte contra la tentación de subir la media por arriba, por los que más tienen y saben: "Se trata de conseguir que todos aprendan, de no excluir a nadie. Con políticas como aquella de los itinerarios del PP, sólo los mejores mejoran, y los de abajo se quedan fuera del sistema". Para demostrármelo, me presenta a Ahmed, paquistaní. Tiene 14 años, habla urdu y chapurrea un catalán recién aprendido. Le pone dos o tres ecuaciones. El niño saca un lápiz y las resuelve en un periquete. "Es listísimo. En su país estaba escolarizado, pero aquí, como le cuesta entender, se pasa la mayoría de las clases molestando. Necesitaría el doble de horas de refuerzo". Fuera del bar, a Ahmed le esperan tres amigos de distintos colores. En su instituto, la mayoría de los estudiantes nacieron en algún país que no pertenece a la OCDE y, por lo tanto, ni siquiera tiene media. Lo mismo que el 12% de los habitantes de Barcelona. "Lo raro es encontrar niños catalanes. Las familias que pueden pagar algo, los llevan a colegios religiosos concertados. Los emigrantes bien instalados aprenden rápido; algunos, antes de sacar a los chicos, me vienen a pedir excusas y me cuentan que quieren que tengan las mismas oportunidades que los nuestros". Y en ese momento, como si quisieran darle la razón, un grupo de niñas chinas, vistiendo uniforme de cuadros escoceses y lazos azules en las coletas, cruza la calle en fila india, camino de las monjas.

Muchos de esos estudiantes, hijos de las nuevas clases bajas, no aspiran a nada. No creen que ellos también pueden. Se parecen a las niñas de antes, de cuando sólo los chicos hacían ciencias y a ninguna mujer se le suponían capacidades matemáticas o científicas. "Te esfuerzas por convencerles, por conseguir que estudien, y ellos te sueltan: '¡Venga profa!, ¿para qué nos van a servir todos esos cuentos de los antiguos?". Manuela lleva dos bajas por depresión y enseña historia en un barrio difícil de Lleida, en un instituto donde el principal objetivo es que los estudiantes vayan a clase, que ocupen sus pupitres. La abstención es de las más altas de Cataluña. Cada seis meses, harta de aguantar bromas pesadas, cansada de explicar a los padres que la educación es obligatoria, se propone pedir el traslado, pero entonces aparece un niño o una niña que le mira atentamente, que le escucha. Y se queda un curso más. De las últimas cifras, Manuela se queda con un dato que contradice siglos de pensamiento: las chicas islandesas sacan una media en matemáticas más alta que la de sus compañeros. "Quizá estos chicos también cambien y consigan burlar la estadística, pero hay que dedicar mucho dinero; éstos vienen de muy abajo". En la enseñanza secundaria España gasta 5.385 dólares por estudiante, mientras que la media de la OCDE se eleva a 6.821 dólares.

Se levantan voces que alertan de la necesidad de subir el listón para no quedarnos atrás. Las voces, cuyos hijos suelen ir a colegios privados o concertados, apostillan: "Vamos a perder la carrera de la competitividad". En los institutos de algunos barrios de Cataluña, me dicen los lanzadores de tiza, ya hace tiempo que la perdieron y están intentando recuperarla. Pero resulta que se les hace difícil, que necesitan más recursos que nadie, porque en esos institutos se concentran las desigualdades. Allí se reúnen los hijos de los recién llegados y los de las familias con menos posibles y más problemas; los marginados de la globalización. De ellos, sólo el 20% proseguirán sus estudios; la mayoría en centros de formación profesional y unos pocos en la universidad. En el otro lado de la realidad están los institutos de los barrios altos y los colegios concertados o privados. Casi el 80% de sus niños seguirán estudios y contribuirán a mantener el perfil del universitario catalán: blanco, de clase media y con padres que han cursado estudios superiores. Y estudiará gratis, en universidades públicas.
 

 

 

 
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