STEs Castilla y LeónOpinión
 

Estereotipos, horror y coeducación

27-02-2004

 Alfonso Díez Prieto
 

8 de marzo, “Día Internacional de la Mujer”
 

     Hasta el lenguaje amoroso está lleno de expresiones posesivas y claudicantes: “te quiero”, “eres mí@, “soy tuy@, “eres mi dueñ@, “soy esclav@ de tu amor”, “me has conquistado”, “no soy nada sin ti”, “te pertenezco”, “me perteneces”, etc. Como si en las relaciones sentimentales o de pareja, inevitablemente, un@ de los dos haya de ganar o perder, reafirmándose o diluyéndose –hacerse invisible- en el/la otr@, según toque.

      Lo malo viene después, cuando esa simbología sentimental, que conforma todo el ritual del amor, y, sin duda, puede ser la expresión de los más sublimes y sinceros sentimientos, se reduce a un ridículo estereotipo -y cómico si no fuera por las trágicas consecuencias que acarrea-, a una desigual relación de poder-sumisión, en la que, generalmente, el hombre desempeña el papel de dominador y la mujer el de dominada, aunque luego se afirme con machista complacencia que son ellas las que verdaderamente mandan y eligen. ¿Eligen también a sus maltratadores? ¿Mandan sobre ellos? ¿Dónde están las causas del “terrorismo doméstico” que, sólo en España, mata a muchas decenas -casi un centenar- de mujeres cada año, ante la impotencia o la tolerancia de la sociedad?

      La escuela, como la familia y demás agentes socializadores, puede hacer mucho en la educación afectivo-emocional de los niños y de las niñas, de los jóvenes. De ahí la necesidad de una educación conjunta, de una escuela plenamente coeducadora. Es obligación suya analizar y explicar en clase la realidad de los acontecimientos, de los continuos casos de discriminación sexual o de género, de la dura batalla que cada día libran millones de mujeres por demostrar su valía, por ser respetadas, por alcanzar la dignidad que les corresponde como personas, por escapar del horror y por denunciar las vejaciones físicas y psicológicas a las que están sometidas, sin la ayuda ni la comprensión necesarias de los jueces, de los políticos, de las instituciones,  de su entorno más próximo; en suma, de la sociedad.

      Ayudar a conocer lo que ocurre y a pensar sobre ello, armándose de buenas razones con las que formar una sólida opinión que critique, denuncie y combata, por ejemplo, los prejuicios, el lenguaje y los mensajes interesadamente sexistas de la cultura dominante, que, desde los medios de comunicación, dirigen el pensamiento de los ciudadanos y ciudadanas, estimulando sus obsesiones y necesidades primarias, hurgando en sus sueños y frustraciones, mediante informaciones, programas, películas e imágenes publicitarias que muestran y fomentan los estereotipos culturales más burdos, así como unos valores basados en la consecución del dinero fácil, en el ansia de poseer mediante el consumo desaforado y en la búsqueda insaciable del placer, utilizando para ello a las mujeres –también a los hombres- como meros objetos de erótica persuasión con los que se reclama e incentiva la satisfacción del poder de poseerlos o de tenerlos al alcance de la mano. En suma, el escaparate de ilusorios paraísos, donde perderse y escapar del descontento de una vida insatisfecha, sin la alternativa de otros valores más edificantes.

      Detrás o debajo de la violencia de género, de los maltratos en la intimidad del hogar, de la incomprensión de muchos hombres hacia la igualdad, la libertad y la autonomía e independencia de las mujeres, de la ciega brutalidad de los maltratadores, que no es sino la patética manifestación de su inseguridad y cobardía, de quien necesita de una víctima para sentirse superior, abusando de su fuerza o posición –pura esclavitud-,   a menudo está, digo, la machacona reproducción de esos tópicos y roles culturales del machismo más primitivo (fuerza física, poder, mando, posesión, dominación, agresividad, iniciativa, competitividad, éxito, reconocimiento social,… de los hombres, frente a la tópica atribución de actividades de escasa o inferior relevancia, secundarias, dependientes y subordinadas al hombre; o, bien, dedicadas exclusivamente a las tareas domésticas, cuando no tristes protagonistas de la “prensa rosa”,  de las mujeres) que se alimenta y mantiene en base a un conservadurismo estúpido y vulgar, justificado por anacrónicas y convencionales costumbres o creencias religiosas, contrarias a la igualdad de las personas, sin discriminación alguna. Pero, sobre todo, está también el miedo de esos hombres a enfrentarse consigo mismos y a su propia pequeñez; a perder su identidad y los apoyos de una mala educación profundamente interiorizada a lo largo de siglos y generaciones.  ¡Cuánto queda por cambiar!

 

 Alfonso Díez Prieto
Marzo, 2004
 

 
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