STEs Castilla y LeónOpinión
 

"La patata caliente de los hijos"


30 enero 2004

  • Las horas que pasan los niños ante la televisión escandaliza, pero nadie asume su responsabilidad de educar: "los padres la descargan en los maestros, los maestros culpan a la TV, y ésta, a los padres".

Francesc Escribano, nuevo director de TV-3

Los niños pasan más horas frente al televisor que en la escuela. Es la conclusión, fría y contundente, que revela el libro blanco sobre la educación en el entorno audiovisual elaborado por el Consell de l'Audiovisual de Catalunya (CAC). Ante esta evidencia cabe hacerse dos preguntas: ¿qué tiene esto de extraño? y, luego, ¿qué tiene de malo?

En primer lugar, no deberíamos ser ingenuos y poner cara de sorpresa ante esta noticia que ha acaparado muchas páginas de periódicos y muchos minutos de tertulias televisivas y radiofónicas en los últimos días. Los niños ven muchas horas la televisión, pero los adultos aún la ven más. Según los datos del año 2003, el consumo televisivo en Catalunya y España es similar y está fijado en tres horas y media al día por persona.

Pero esto es el promedio. Para ser más precisos y para dar una idea bien gráfica podemos afirmar que uno de cada cuatro catalanes dedica más horas a ver la televisión que el tiempo establecido para la jornada laboral. Uno de cada cuatro catalanes pasa más de siete horas al día frente al televisor. Siete horas al día los siete días de la semana. ¿Qué fuerza moral, si es que quieren hacerlo, tienen estas personas para pedir a sus hijos que cambien su comportamiento?

Una vez visto que no debemos extrañarnos de que los niños vean demasiada televisión, hay que cuestionarse la conveniencia o no de condenarlo. De entrada, parece que todo el mundo da por sentado que ver mucha televisión es algo intrínsecamente malo.

La verdad es que estamos ante un dilema moral difícil de resolver porque, como todo lo referente a la televisión, presenta una dualidad que pone en conflicto los valores que defendemos en público frente a nuestro comportamiento más íntimo. A menudo lo que decimos en público tiene poco que ver con lo que hacemos en privado.

Hace pocos días hemos tenido otro ejemplo de ello, el Consell de l'Audiovisual de Catalunya elaboró un informe cualitativo sobre la programación televisiva en el que el público encuestado se declaraba consumidor de programas culturales, informativos y documentales, y en cambio rechazaba la telebasura y los programas del corazón. Una opinión que nada tiene que ver con los resultados que cada día están arrojando los audímetros que miden la audiencia real de este medio de comunicación.

En público, todo el mundo coincidirá con que es un escándalo terrible e intolerable que los niños estén más tiempo frente a la tele que en la escuela. Mientras, en privado, muchos se encogerán de hombros y seguirán actuando exactamente del mismo modo que han actuado hasta ahora sin cambiar lo más mínimo, porque el consumo de televisión es un asunto que entra en el terreno de la intimidad más estricta y sólo hay que justificarse ante la propia conciencia.

Sin embargo, la reacción pública y mediática que ha generado el informe del Consell de l'Audiovisual de Catalunya nos ofrece una extraordinaria oportunidad de afrontar el problema real que la noticia plantea: la responsabilidad de la educación.

En el mundo actual, muchos padres tienen poco tiempo para estar con sus hijos, muchos maestros se ven solos y con pocas complicidades ante la labor pedagógica y, en lo referente a los profesionales de la televisión, lo cierto es que no acabamos de ser plenamente conscientes de nuestra responsabilidad educadora.

Porque de esto se trata, de buscar responsabilidades más que de definir culpabilidades. No tenemos que pasarnos de mano en mano la patata caliente de la educación de nuestros hijos, en una cadena en la que los padres culpen a los maestros, los maestros a la televisión, y ésta la devuelva a los padres. El informe del CAC es un toque de atención para todos, todos debemos sentirnos implicados y responsabilizados y tenemos que saber exigir a cada cual lo que realmente le toca hacer.

 
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