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¿Es musical la sociedad española?


enero de 2004

CULTURA

 PRENSA ASTURIANA

Luis G. Iberni

Ahora que se acercan las elecciones a las Cortes Españolas está bien preguntarse por cuál es el lugar que la música ocupa en la sensibilidad política que, en alguna medida, establece un vínculo estrecho con la sensibilidad social hacia un determinado tema. España todavía está lejos de organizar sus infraestructuras culturales, por lo que la música, como arte mucho más costoso que los demás, soporta peor las deficiencias de tantos años -los del franquismo y otros muchos anteriores- de mirar hacia otro lado. Si se compara la realidad actual con la de hace 20 años, se ha producido un cambio importante, aunque todavía estemos lejos de los parámetros europeos.

La música -y no digamos la danza, a la que dedicaremos otro espacio en breve- no ha recibido apoyo público más que en dos etapas de nuestra historia: la II República y los años de la democracia. En el primer caso, ya sabemos cuánto dio de sí y en el segundo, gracias a los buenos hados constitucionales, todavía nos beneficiamos de ello. En el resto, todo ha sido muy limitado cuando no desastroso. Nunca tuvimos un Luis XIV con Lully o un Luis II de Baviera con Wagner. En España las orquestas nacieron tarde y, en muchas ocasiones, mal. Los teatros líricos han ido a trancas y barrancas -ahí está la triste evolución del Real para constatarlo-, los conservatorios no fueron tomados en serio hasta hace cuatro días, la Universidad prescindió de la música como materia hasta no más de dos décadas. Los colegios -temblemos con la reforma que viene- la han tenido como «maría» que, durante bastantes años, fue impartida por profesores reciclados de ámbitos insospechados.

¿El resultado? Un desprecio olímpico que se manifiesta en miles de detalles. Me atrevo a comentar algunos. Aznar, que es un hombre medianamente culto, ha debido de ir a cuatro espectáculos musicales, si llega, en dos legislaturas. Más vergonzoso es el caso de Pilar del Castillo, ministra de Cultura, que no se ha dignado ir nunca a un teatro, como es el de la Zarzuela, que depende de ella. Eso sí, no tuvo inconveniente en ir al estreno de Cats. Dudo que se haya dejado caer por la Orquesta Nacional, que también es suya. Así se comprende que en la reforma, enésima, de las enseñanzas básicas y medias, la música ocupe el último de los postreros lugares. Y, encima, con protestas políticas contadas. Esto, que en otros países sería un escándalo, aquí queda en un segundo plano.

Los medios de comunicación tampoco atienden adecuadamente este ámbito, con la contada excepción de LA NUEVA ESPAÑA, posiblemente el periódico que más espacio dedica a temas culturales, y desde luego a los musicales, de toda España. Cosa que le honra. Se le puede echar un vistazo a las críticas de discos de algunos suplementos de cultura. «Babelia», en «El País», el periódico más leído de España, no tiene inconveniente en que a un libro se le asigne una página entera o, incluso, dos. A un disco, por importante que pueda ser, como mucho 16 líneas. En el caso del «Blanco y Negro Cultural», del «Abc», la proporción algo menos, y un poco más grande en «El Cultural» de «El Mundo». ¿Es menos importante un disco que un libro para que su contenido resulte anecdótico? Depende. Desde luego no creo que obras como Boris Godunov, Don Giovanni o la Tetralogía lo sean. Asignar un espacio tan ridículo, concede, a priori al comentario muy poco valor.

El pasado lunes, Federico Jiménez Losantos, persona en principio muy leída y con sólido bagaje cultural, decía en su ansia por darle caña al PSOE en la COPE que cómo iban a tener un Iva mínimo los discos. Antes de que uno se pregunte, ¿y por qué no? Apostillaba que si eso era para subvencionar a Operación triunfo. Comparativamente, se me ocurren muchos escritores que están en un nivel comparable y, sin embargo, el libro goza de mejor trato fiscal. Es un problema de principios, no de nombres.

Más allá de algún que otro programa despistado, la aportación que realizan las radios -más allá de Radio Clásica, Radio 3 y las fórmula que merecerían su correspondiente espacio- resulta mínima, como mucho, para decir que algo hay. El ejemplo de las televisiones es más difícil de digerir. A veces, uno sospecha que los programas dedicados a la música más comercial, que suelen batallar los sábados por la mañana, van enfocados a espectadores zombis que han vivido una noche de viernes toledana.

Cuando aparecen en los informativos algunas imágenes musicales, que al final de los telediarios dan un color exótico, con los comentarios que las subrayan, como decía mi abuela, «tiembla el Misterio» y no digamos cuando el protagonista es un personaje extranjero de nombre impronunciable. En bastantes ocasiones, a la hora de valorar lo que pasa cada día, resulta que lo más destacado es un acontecimiento musical: ¿por qué no puede ir en la cabecera? Por prejuicios. Como no haya Eurovisión de por medio o tengamos una princesa que pueda presentarse en el teatro Real, ni por casualidad. Eso sí, al final, para acabar, cualquier cosa vale. Una llamada oportuna a un amigo con influencias hace milagros.

Sin embargo, la sensibilidad de los españoles hacia la música ha tenido, cuando se ha tejido la correspondiente red, una respuesta espectacular. Nuestra zarzuela es un ejemplo sin igual. Y los cantautores, que han dado una colección de nombres difícilmente igualable.

Las sociedades filarmónicas, a principios del XX, vivieron una expansión llamativa, lo mismo que los conjuntos corales. El folclore español -todavía vivo, aunque cada vez más débil- ha sido uno de los más ricos, lo mismo que nuestra música religiosa, hasta la desamortización. De ahí la importancia y la responsabilidad que tienen los poderes públicos a beneficio de una música que, en muchos aspectos y pese a su aparente vitalidad, todavía pende de hilos muy finos.

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