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Educar como Dios manda


Domingo, 14 de septiembre de 2003

LA TRIBUNA MALAGUEÑA

Miguel Ángel Santos Guerra.

No me explico cómo puede sostenerse la implantación de una asignatura de religión católica (y menos su carácter evaluable) en el currículum escolar de un país aconfesional. Sencillamente, no me lo explico VAYA por delante mi respeto a todos los creyentes y mi convicción de que la vivencia religiosa es una forma respetable de entender la vida y la realidad en la que estamos inmersos. Otra cosa es tratar de imponer a todos la misma visión de la realidad y de la vida. Y otra muy distinta es que ese aprendizaje haya que realizarse en las escuelas mediante una asignatura evaluable.

El título de este artículo corresponde a la versión castellana de un libro que Michael Apple ha publicado recientemente en la Editorial Paidós. El título original inglés es «Educating the Righ Way». Un libro en el que se muestra muy crítico con el giro conservador que está viviendo la educación en Estados Unidos y en buena parte del mundo. Cree la derecha -dice Apple- que «esta sociedad y sus escuelas sólo se podrán salvar si nos guiamos por sus creencias religiosas particulares en todos los ámbitos de nuestra vida».

No me explico cómo puede sostenerse la implantación de una asignatura de religión católica (y menos su carácter evaluable) en el currículum escolar de un país aconfesional. Sencillamente, no me lo explico. Las triquiñuelas legales, políticas, históricas, culturales que utilizan los defensores de esta imposición contravienen la más pura lógica. Si el país es aconfesional, no puede impartirse clase de religión en las escuelas. Y menos, de una religión determinada. Otra cosa es que para comprender la cultura sea necesario saber qué papel ocupa la religión en esa cultura. Sin ese componente no se puede comprender el lenguaje, la historia, la literatura, las costumbres, la dinámica de esa sociedad... Creer, sentir, vivir un credo es otra cosa. Lo que pretenden los señores obispos no es que los alumnos aprendan a socializarse en la cultura, sino que se hagan buenos católicos, que se eduquen en la fe.

Algunos creyentes piensan que la postura que rechaza la presencia de la asignatura de religión en el currículum obedece a una reacción anticlerical (siempre se califica el anticlericalismo de actitud desfasada, como si mantener posturas críticas con la Iglesia y sus ministros no tuviera un sentido en la actualidad. ¿Por qué no? ¿No puede cometer errores la Iglesia?). Como cualquier otra institución, debería tener los ojos y los oídos bien abiertos para ver y oír lo que se piensa y se dice de ella. Así, entre otras formas, podría reflexionar y aprender.

Lo razonable, lo clarificador, es diferenciar clase de religión de catequesis y lo esencial es decir que la catequesis debe impartirse en el ámbito familiar o parroquial. No me explico cómo puede sostener la discriminación de imponer clases de religión católica, dejando al margen otro tipo de religiones que practican ciudadanos españoles que nadie puede calificar de segunda o tercera categoría. Puede suceder (y de hecho sucederá) que un español judío, musulmán o mormón tenga que pagar con su dinero profesores que explicasen otros credos.

Lo curioso del asunto es que estos hechos (la jerarquía se ha congratulado de las decisiones del Gobierno y habrá influido lo suyo para que así sea) contradicen principios básicos de libertad religiosa, de no discriminación, de respeto a las leyes que dice defender el ideario católico. Parece ser que no hay problema cuando esta interpretación beneficia a quienes interpretan.

¿Por qué me tienen que obligar a dedicar mis tributos a que alguien explique a los niños que la homosexualidad es un pecado, que el uso de anticonceptivos es inmoral, que las relaciones prematrimoniales son ilícitas y otras tesis de parecido fondo moral...? ¿Por qué me tienen que obligar a pagar a profesores que difundan el credo de una institución claramente androcéntrica, que impide a las mujeres acceder a las esferas de poder...? ¿Por qué tenemos que sufragar con fondos públicos idearios que no compartimos? No sé por qué un católico de los más aguerridos no puede entender que él se resistiría a pagar de su bolsillo clases de religión de Testigos de Jehová o de la Iglesia de los Santos del Último Día. ¡Ah, claro, es que su fe es la verdadera! ¡O la mayoritaria, que es casi lo mismo cuando la mayoría es católica! Recuerdo una vieja historia que leí en un libro del recientemente fallecido José María Cabodevilla: muere un católico y antes de presentarse en la puerta del cielo se esconde para observar lo que sucede. Ve cómo llega a la puerta del cielo y va entrando sin el menor problema un judío, un musulmán, un protestante, un agnóstico, un budista, un mormón, un chiíta... Se pone nervioso al ver que no entre ningún católico. A la vez decidido y preocupado le pregunta a Dios:

-Señor, ¿es que ningún católico se salva?

-Sí, hijo, los católicos también se salvan, pero entran todos por detrás de aquella tapia, porque para ser completamente felices necesitan creer que se salvan ellos solos...

Decir que los acuerdos con la Santa Sede están por encima (o por delante) de la Constitución es decir que vale en cada momento lo que quiera quien manda. O quien manda al que manda. Decir, como acaban de decir los obispos, que esta decisión se pactó con el PSOE no deja de ser una intemperancia. En primer lugar porque el PSOE dice que no es así. Y, por otra parte: ¿qué más da con quién se pacte? Resulta que ahora le van a dar valor a una decisión inconstitucional por el hecho de que el PSOE la respaldara. No lo creo. Y si lo hizo, mal hecho.

Lo curioso del argumento de equiparación de la asignatura de religión con las demás asignaturas es que se corta en una parte, como tantas otras, interesada. Se trata de una asignatura más del currículum, una asignatura que se imparte en horario lectivo como las demás, que se evalúa como las otras y que se promedia como una más. Pero sus profesores no se nombran como los demás. Paga el Estado, pero nombra el obispo. Pagan los ciudadanos y despiden los obispos. Y en cuanto a despidos nos hemos encontrado con casos verdaderamente sangrantes que me da vergüenza recordar.

La necesaria separación entre la Iglesia y el Estado en un país aconfesional sólo podría traer beneficios a ambos. Es hora de ir rompiendo tantas ataduras. Que cada uno practique su fe. Que tenga esa práctica la dimensión social necesaria, pero ¿por qué preside el alcalde las procesiones de Semana Santa? ¿Por qué está la jerarquía católica en la apertura del curso de una universidad pública...? Tantos porqués... Estas viejas componendas no libran a una parte 'del abrazo corruptor'de la otra. En el fondo, se trata de mantener inveterados privilegios. Lo que para mi religión es bueno, no lo es para otras religiones. ¿Son menos verdaderas? ¿Son menos poderosas?

Hay quien piensa que gracias a la religión los alumnos van a recibir orientaciones para guiar moralmente la vida y que sin ella van a ser unos perfectos desalmados. Poco les ha valido a los curas pedófilos su creencia religiosa. O a los políticos (que se dicen creyentes) pero que nos llevan a la guerra o que nos mienten sin cesar. Ojo. Quien ha de guiar la vida es la ética. Y los agnósticos, los ateos y los creyentes (que hay muchos) que se oponen a que se imparta la asignatura de religión en las escuelas no es que no tengan ética, es que tienen otra ética. Una ética más defendible, más respetuosa con los demás y más acorde con los principios constitucionales que han de guiar la vida democrática del país.

Miguel Ángel Santos Guerra.- Catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la UMA

 
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