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El escándalo de la pobreza mundial


Opinión - 23-01-2004

TRIBUNA

PAUL KENNEDY


"Los consumidores, ávidos, vuelven por más", dicen los periódicos al informar sobre la orgía compradora en los centros comerciales de Estados Unidos, que continuó al empezar el nuevo año. Después de todos los regalos comprados en los días anteriores a la conmemoración del nacimiento de Cristo, volvieron a lanzarse a gastar, tentados por los inevitables anuncios de precios rebajados y ofertas especiales.

¿Y por qué no? La economía estadounidense se recupera, las bolsas de todo el mundo han subido, operadores y banqueros vuelven a recibir primas sustanciosas por su forma de colocar el dinero de otras personas, y las empresas de tarjetas de crédito ofrecen un trozo de plástico nuevo cada semana. Comamos, bebamos y seamos felices. Con los codos listos y afilados. Ha habido gente que ha muerto aplastada en la avalancha para entrar en los grandes almacenes esta temporada.

Sólo a un amargado como yo se le ocurre llamar la atención sobre un documento publicado por la Organización Mundial de la Salud una semana antes de Navidad. Es el Informe sobre la Salud Mundial que presenta todos los años el importante organismo de Naciones Unidas, con un mensaje dirigido a todos nosotros. Como es natural, sus palabras quedaron borradas en unos medios de comunicación obsesionados por el cine fantástico, la enfermedad de las vacas locas y las disputas entre los candidatos demócratas a la presidencia. No hubo más que unos pocos medios informativos -Reuters, The Christian Science Monitor- que tuvieran la decencia de prestar seria atención al informe.

El estremecedor mensaje de este informe es que la vida ha ido empeorando, año tras año, para los más pobres. Es cierto que la expectativa de vida ha aumentado sin cesar para los que tienen la fortuna de haber nacido en las sociedades ricas: las mujeres francesas, en la actualidad, tienen una expectativa de vida de 83,5 años, y los hombres australianos, de 77,9 años. También es cierto que ha mejorado en algunos países fundamentales, muy poblados, como China, Brasil y Egipto. No todo es malo, aunque unas sociedades cada vez más envejecidas crean toda una serie de problemas nuevos. Pero es evidente que es mucho mejor ser un pueblo viejo y rico que un pueblo joven y asolado por la enfermedad.

Veamos algunos de los datos que proporciona el informe anual. (Es más, ¿por qué no los pegamos en la puerta de la nevera?). En 14 países africanos, la mortalidad infantil es mayor hoy que en 1990. Sus poblaciones están cada vez más enfermas, a lo que contribuye el hecho de que son más pobres ahora que hace 30 años. En Sierra Leona, de cada 1.000 niños nacidos, más de 300 mueren antes de cumplir cinco años.

En el resumen que hace Reuters del informe de la ONU se lee esta lacónica frase: "Una niña que nazca hoy en Japón tiene una expectativa de vida de 85 años, mientras que otra nacida en Sierra Leona, seguramente, no sobrevivirá más allá de los 36 años". Si este dato tan estremecedor no se nos atraganta es que hemos perdido cualquier sentido de la humanidad y la decencia.

¿Qué debemos hacer con respecto a esta aberración? He estado dándole vueltas a la cuestión del empobrecimiento mundial, no sólo en medio de los excesos consumistas navideños, sino durante décadas de leer la reacción que nos recomiendan los evangelios del Nuevo Testamento y las obras equivalentes en otras tradiciones religiosas y humanísticas. Y lo que más me desconcierta son los distintos mensajes, a menudo contradictorios, de Jesucristo.

Por un lado, Cristo nos enseña que, como no estamos durante mucho tiempo en esta tierra, el verdadero problema lo tienen los ricos: a quienes sufren pobreza y desnutrición se les acogerá en el seno de Abraham, mientras que para los potentados será tan difícil entrar en el cielo como para el camello del proverbio pasar por el ojo de la aguja. Lázaro recibe su recompensa, y el avaro ante cuya puerta yacía Lázaro es expulsado al infierno. ¿Qué solución puede haber más apropiada? La verdad es que, a lo mejor, tenemos que envidiar a los pobres.

Sin embargo, en otros sermones y parábolas de Cristo existe otro mensaje más amplio y persistente: por ejemplo, en las bienaventuranzas o la historia del buen samaritano. En ellos nos insta a socorrer a viudas y huérfanos (que hoy suman decenas de millones en una África arrasada por el sida), dejar en libertad a los que sufren prisión injusta y, sobre todo, ayudar a quienes viven en la pobreza. Para algunos, eso puede significar actos personales de servicio y voluntariado. Para la mayoría es la sugerencia de que, como el buen samaritano, nos rasquemos un poco más los bolsillos. Las transferencias de dinero no van a resolver por sí solas los desastres del mal gobierno y las violaciones de los derechos humanos que han destrozado países como Sierra Leona; pero Dios sabe que, sin la ayuda material, los países arrasados no tienen ninguna oportunidad de construir infraestructuras ni sistemas educativos y de salud. Predicar sobre el imperio de la ley a millones de etíopes hambrientos y, al mismo tiempo, negarse a darles ayuda es pura hipocresía.

Por consiguiente, tengo una propuesta para todos los que se han dado recientemente a las grandes compras: ¿por qué no tranquilizan un poco sus conciencias mediante "diezmos"? Un diezmo era la donación (el tributo) del 10% que se entregaba en concepto de alquiler de la tierra durante la época feudal, o a la Iglesia en la Edad Media, pero podría aplicarse a las sociedades de consumo actuales. Si uno se ha gastado 800 dólares en una nueva pantalla de televisión de gran tamaño, que dedique 80 dólares a la ayuda a los pobres del mundo; 50 dólares por una botella de buen vino significaría un "diezmo" de cinco dólares, y así sucesivamente. Cada uno puede escoger la organización que desee: Oxfam International, CAFOD (organización católica de ayuda al desarrollo), o la que le parezca que hace mejor labor y emplea de forma más adecuada el dinero en los países más pobres. Y no olvidemos que Unicef depende, sobre todo, de las aportaciones voluntarias.

¿Por qué no? Si uno puede permitirse un vídeo nuevo, seguro que puede rascarse un poco más el bolsillo y ayudar a disminuir el espanto de la pobreza mundial. Sería una resolución para el nuevo año mucho mejor que la de empezar la dieta Atkins. El diezmo -al menos para los que viven en Estados Unidos- es desgravable de los impuestos. Y quizá se sientan más a gusto consigo mismos la próxima vez que se monten en su monovolumen para ir de compras al centro comercial.

 

Paul Kennedy es titular de la cátedra Dilworth de Historia en la Universidad de Yale, y autor, entre otros libros, de Auge y caída de las grandes potencias. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. , 2003.

 
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