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Sobre Irak 


4 diciembre 2003

CARTAS AL DIRECTOR

Mario Valdés - Hoyo de Manzanares, Madrid

Soy un médico español que durante los meses de marzo, abril y mayo realizó las funciones de coordinador sanitario sobre el terreno de las actuaciones de la ONG Médicos del Mundo en Siria e Irak. En el transcurso de los escasos días en que se produjo la invasión y posterior ocupación del país, mi misión fue organizar los puntos de clasificación de refugiados en la frontera de ambos países, la asistencia médica en el campo de refugiados sirio de Deir Ez Zoor y, posteriormente, fui el primer médico español en entrar en Bagdad (el 13 de abril, cuatro días después de la toma de la ciudad) con el objetivo de evaluar la situación sanitaria de la población iraquí en esos terribles días de la posguerra inmediata.

En el mes de junio tuve que abandonar la zona para reincorporarme a mi trabajo habitual en un servicio de emergencias de la Comunidad de Madrid, y desde entonces siento la necesidad de desahogar mis sentimientos sobre todo lo que está ocurriendo en esa desafortunada área del mundo.

En primer lugar, siento asco de asistir a esta ceremonia de la impasibilidad, la reiteración de la mentira y el dominio de la desvergüenza en que se ha convertido (nunca ha dejado de serlo) la postura activa de nuestro país en la ocupación de Irak. Siento asco de la victoria cotidiana del no-lenguaje orwelliano al que nos han acostumbrado nuestros gobernantes. Siento asco de oír los esfuerzos que esos gobernantes hacen para intentar convencernos de la trascendencia de los motivos de dicha guerra, cuando todos sabemos que los motivos son el dinero, el petróleo y el poder.

Pero no sólo siento asco, también siento miedo de ver cómo no encuentro en los partidos de la oposición posturas políticas efectivas ante tantos desmanes; de cómo países supuestamente solidarios (Francia, Alemania) nos roban argumentos pacifistas por mor de sus intereses; de cómo se enquista un problema que han causado cuatro desgraciados y que vamos a pagar todos; de presenciar cómo no se asumen responsabilidades cuando muere gente (y, como siempre, los que mueren no deberían haber muerto, y los que les han mandado a morir se visten de negro delante de las cámaras y se suben a un atril a seguir repitiendo las indecentes mentiras que quieren que nos creamos). Y finalmente siento pavor por pertenecer a un pueblo español desmemoriado, crédulo, irresponsable e ignorante que no es capaz de utilizar las herramientas que tiene para cambiar esta historia de terror en que se ha convertido nuestra realidad cotidiana, de la que parece no queremos salir.

 
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