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LA HORA DE RECTIFICAR Y DE ARREPENTIRSE


4 diciembre 2003

  • El presidente del Gobierno debería tener la grandeza de cambiar de política en Irak y buscar el liderazgo de la ONU sin fugas ni chulerías

JORGE M. Reverte.- Periodista y escritor

Dos frases: "Estamos donde tenemos que estar, y no abandonaremos a su suerte a las víctimas" (José María Aznar). "Era demasiado tarde para dar marcha atrás y demasiado pronto para arrepentirse" (Edward Gibbon).

Todo lo demás sobra en el discurso "institucional" que el presidente del Gobierno dirigió a la nación el pasado domingo y en la comparecencia del martes en el Congreso, una vez que recordamos la frase del historiador inglés del siglo XVII. La propuesta solemne de Aznar habla de que seguiremos enviando soldados a Irak. Algunos de ellos puede que mueran, puede que se conviertan en las víctimas a las que Aznar no abandonará a su suerte.

¿Pero quién ha fijado su suerte? Los soldados españoles no están ahí por casualidad. Han sido enviados por un Gobierno que siguió a pies juntillas los razonamientos y las instrucciones de George Bush. Toda referencia a su posible trágico destino desde la perspectiva de Aznar no es sino una tautología que conduce a una espiral sin fin: los soldados españoles están en Irak y, una vez que eso sucede, habrá que enviar a más soldados para que los que caigan no se queden solos, entregados a su suerte.

NO HAY en todo el discurso de Aznar una sola nota de rectificación. Irak es ahora uno de los países más inseguros del mundo, donde la población carece de los servicios más elementales, porque se los han volado las bombas de la aviación norteamericana. Y donde, por desgracia, la política ha desaparecido: hay un creciente movimiento armado que dudamos a la hora de escribir en calificarlo como "resistencia" o como "terrorismo". Las autoridades autóctonas cada vez pintan menos. Son colaboracionistas a los que los terroristas o resistentes matan como a perros y sobre sus cadáveres, como sobre los de nuestros siete compatriotas muertos, bailan civiles que gritan el nombre de Sadam.

Lo malo de todo ello es que no ha acabado. Y puede que tarde en acabar, porque no hay ninguna rectificación, porque los que decidieron una invasión que no contaba con el mandato de la ONU (por más que se empeñe en mentir al respecto la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio) no tienen ya capacidad de dar marcha atrás ni han tenido tiempo para arrepentirse.

Es el peor de los momentos. Es el momento que reclama de los líderes políticos la grandeza que se espera de ellos. Aznar ha sustituido la grandeza por la chulería. ¿Qué quiere decir que no abandonaremos a las víctimas? Nada. Sólo quiere decir que les traeremos en un avión, les haremos un entierro solemne y regatearemos la información y las pensiones a las familias (como en el caso del Yak). El resto es retórica.

La oposición tiene que medir las palabras para que los voceros del Gobierno no les acusen de alegrarse de ver féretros (Aznar lo dijo). José Luis Rodríguez Zapatero ofrece en vano un consenso basado en una rectificación. Y se puede hacer poco más que pedir que vuelvan cuanto antes a casa los que están aún allí.

Pero no hay tiempo ya para dar marcha atrás. Lo preciso, lo acertado, lo justo, es que nuestro Gobierno cambie su política para unirse a quienes exigen el liderazgo de las Naciones Unidas en este avispero. Sacar las tropas de Irak sería, ahora, un error gigantesco, sería dejar el país en una lucha civil que acabaría con todas sus posibilidades de democratización y con miles de vidas. Pero seguir sin que haya un cambio radical en la política de ocupación nos garantiza algo similar. Con una salvedad: también habrá muertos "nuestros".

No hay tiempo para dar marcha atrás. Quizá se puedan acortar los plazos para arrepentirse, para cambiar de política. Para hacer que la presencia española en Irak no se gaste en esfuerzos de autoprotección de las tropas. ¿No íbamos a proteger al pueblo iraquí?

AZNAR HA vuelto a despachar mal el asunto. Con el mismo talante que nos puede llevar a declarar la guerra a Australia o a romper para 20 años con Marruecos o a que en Europa nadie sea cómplice de los intereses españoles. La política de barra de bar de nuestro presidente está tan vacía que ni siquiera aprende de los primeros arrepentimientos que se registran ya entre nuestros aliados norteamericanos. Nuestros soldados, si no lo remedia una súbita entrada en razón de Aznar, van a seguir allí para jugársela en función de los intereses económicos de un tal Cheney.

Es la hora de la grandeza, del arrepentimiento. Ni fugas ni reafirmaciones chulescas.

 
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