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 Futuro imperfecto


25 noviembre 2003

TRIBUNA

Armando Magallanes Pernas

HACIA mediados de los años treinta del siglo XIX, Alexis de Tocqueville escribió una obra clásica titulada La democracia en América . A pesar de que en esta obra tranquilizó a aquellos que pensaban que la democracia era sinónimo de inestabilidad, también fue uno de los primeros en quejarse de la «tiranía de la mayoría». Pues bien, ocurre frecuentemente que la mayoría tiene razón, aunque los que dicen representar su voluntad se la nieguen.

Desde que finalizó la guerra en Irak los hechos han dado la razón a esa «mayoría» que mostró su rechazo a esta iniciativa en todo el mundo. En efecto, raro es el día en que no se producen atentados y muertes en ese país, donde después de varios meses desde el fin de la contienda, sigue reinando el caos. La cuestión es que los defensores de esta invasión se están quedando sin argumentos para defenderla y se han metido en un callejón sin salida. Porque retirar ahora las tropas de Irak sería equivalente a reconocer su error y mantenerlas entraña el riesgo de que el número de muertos y la destrucción aumenten día a día.

Después del atentado que causó la muerte de veinte soldados italianos y de varios civiles iraquíes, el presidente italiano, Silvio Berlusconi, dijo que el terrorismo sería vencido y que no había que cejar en este empeño. Probablemente tenga razón al utilizar el término «terrorismo», aunque también la tendría si hablase de «resistencia». Porque, ¿alguien podría pensar antes de la guerra que todo el pueblo de Irak iba a quedarse con los brazos cruzados mientras se atacaba su soberanía?

Es cierto que la mayoría estaba deseando acabar con la dictadura que sufrían, pero no es menos cierto que muchos en Irak piensan que la invasión no fue una acción filantrópica, sino un intento de imponer un gendarme en la zona que dicte las reglas del juego. Esto último queda demostrado con las advertencias que se hicieron a Siria e Irán en caso de que se desviasen del camino recto impuesto por EE.UU. Al tiempo que se estaban viniendo abajo los regímenes comunistas en la URSS y en sus países satélites de la Europa central y oriental a partir de 1989, el profesor Francis Fukuyama escribió un libro que se hizo famoso, titulado "El fin de la historia" . Desde luego, la intención de Fukuyama no fue dar a entender que, a partir de la caída del muro de Berlín y del fin de la guerra fría, la Historia iba a dejar de proporcionar enseñanzas para tomar decisiones políticas sensatas. Me inclino más a pensar que el título de este libro fue tomado literalmente por los estrategas del nuevo orden mundial, ensimismados como están en diseñar su nuevo mapamundi. Pero la Historia tiene ejemplos con moraleja.

La descolonización de Indochina proporciona un buen ejemplo para tentarse los bolsillos antes de tomar determinadas decisiones amparadas en la supremacía militar. Cuando en la mitad de los años sesenta del siglo XX, el presidente de EE.UU. Lindon B. Johnson decidió la intervención militar abierta de su ejército en Vietnam, la superioridad militar de sus tropas sobre las de su enemigo vietnamita era evidente. Siendo así, era probable que la victoria sonriese al ejército estadounidense y que la cruzada contra el comunismo en este territorio se viese coronada por el éxito. Lo que seguramente no esperaban el presidente norteamericano y sus asesores era que se iban a encontrar con una resistencia feroz de un enemigo más débil, pero bien organizado, que utilizó la táctica de la guerrilla para hacer la vida imposible a unos soldados estadounidenses, que se encontraron con un infierno en el que luchar contra un enemigo que se movía como pez en el agua por los arrozales y la jungla era como intentar atrapar a su propia sombra. Para cuando el presidente Nixon, apremiado por la proximidad de las elecciones presidenciales, decidió poner fin, a principios de los años setenta, a esta guerra interminable, el número de bajas en su ejército eran mucho más numerosas de los que se pudieron imaginar al iniciarla.

A raíz de los terribles atentados del 11 de septiembre de 2000, el enemigo pasó a ser la pandemia del terrorismo internacional. Sólo había que buscar el chivo expiatorio que la presentase; se encontró en el régimen iraquí y se fue abiertamente contra él. Los muñidores de esta cruzada contra el terrorismo se están dando cuenta ahora, aunque no lo reconocen explícitamente, de que el enemigo contra el que luchan está muy bien organizado, muy bien financiado y con una importante carga ideológica, por lo que va a ser muy difícil acabar con él recurriendo sólo a la fuerza militar. Porque, indudablemente, el recurso a la fuerza no hará más que incrementar la inestabilidad, como lo demuestra el conflicto árabe-israelí, e impedir que el mundo viva tranquilo.

Parece que se ha encontrado una especie de vía de escape acelerando el traspaso de soberanía al pueblo iraquí. ¿Por qué? Pues por la misma razón por la que Nixon decidió acabar con el infierno vietnamita, es decir, por la proximidad de las elecciones en Estados Unidos, porque su presidente necesita de la «tiranía de la mayoría» para ser reelegido y porque le sería difícil conseguirlo si siguiese empeñado en permitir que aumenten las bajas entre sus soldados y su impopularidad entre la población.

Entonces cabría preguntarse por qué se tomó la decisión de invadir Irak si no se ha conseguido con ello más que empeorar las cosas. La respuesta tal vez sea que la globalización tiene razones que la razón no entiende.

 

Armando Magallanes Pernas, Catedrático de Historia

 
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