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El insoportable olor de una doble moral

Reinado Social
una mirada cristiana

Editorial de la revista nº 859 octubre 2003 - 2
Bajo el síndrome de Pinocho

A estas alturas de la “película” de Iraq, casi todos sabemos —aunque algunos no tengan el coraje de confesarlo— que alguien nos llevó a esa guerra injusta e ilegal disparando mentiras de grueso calibre sobre la opinión mundial. Mentiras “preventivas” o sea: con permiso para matar por si acaso. Mentiras, por tanto, asesinas. Mentiras pertinaces: ‘miente que algo queda”. Mentiras tan perfectas y persistentes que pretenden ser inobjetables todavía hoy. Mentiras que, a pesar de ser más bien propias de la ficción literaria, se han extendido como un virus maligno a demasiados medios de comunicación y a la política local, nacional e internacional. Y ahí se han instalado, sin vacuna eficaz a la vista. Muchas fuentes de información están envenenadas. "Pruébelas antes de tragarlas", nos advertía "El Roto" en una des sus espléndidas viñetas.

Mentir se diría que ya no es un vicio, sino una manera elegante” de llenar el gran vacío de verdades: o sea, un método. Primero se elabora la mentira por una necesidad: el petróleo de Iraq, acabar con el terrorismo, salir del rincón de la historia...; después, se la pule y repite hasta la saciedad y hasta el autoconvencimiento; y finalmente -y esto es lo más atroz- se termina por pensar que esa mentira es verdad y una buena noticia para todos: un nuevo orden mundial, la paz en Medio Oriente, las playas esplendorosas de Galicia... Alguien tendrá que responder ante la historia del macabro atropello a la verdad en Iraq.

 


Bajo el síndrome de Pinocho

Este país es ciertamente un icono paradigmático de la mentira, (también en tiempos del gran sátrapa derrocado), pero no es el único ni lo más grave a la vista. ¿O no es más letal aún la gran mentira de la tan cacareada cantinela de que “el mundo va bien”? Sólo dos reflexiones a este propósito. Una, ¿cómo se puede decir tal cosa de un planeta que despilfarra en dicha guerra, y en el zafarrancho imprevisto de la posguerra, literalmente cientos de miles de millones de dólares, suficientes según los expertos para erradicar el hambre del mundo y lograr el objetivo de sanidad y educación para todos? Y dos, ¿cómo se puede afirmar tal falacia de un mundo que al mismo tiempo cuenta con decenas de otros conflictos armados, donde los muertos se cuentan por millones y no por unidades, sistemáticamente olvidados, y hasta apoyados por occidente, sin que nadie parpadee ni se nos congele el corazón? ¿No estamos ante una descarada, obscena e insoportable doble moral?

Felizmente, las calles del mundo más que ríos son ya mares amplios de gente convencida de que otro mundo es posible; de que esta situación “no es un hecho inevitable, no es una fatalidad, no es un destino, sino una injusticia”, como nos recuerda Gustavo Gutiérrez en su entrevista en exclusiva a esta revista (pgs.24- 29); de que el actual (des) orden debe dar paso a un cambio estructural, a un cambio de sistema. Por tanto, no basta con maquillar la situación actual; se pide un cambio radical que llegue al corazón, a la raíz del sistema, a las causas de las causas.

Por fortuna, va creciendo el convencimiento general de que un mundo más seguro tiene que ser un mundo justo y en paz donde se compartan los grandes bienes: la tierra, la salud, la educación, la igualdad de oportunidades, de derechos, de responsabilidades. El obispo Pedro Casaldáliga, recién jubilado, lo dice mejor: “Ese otro mundo sólo podrá existir en el clima de una cierta igualdad fraterna que comporta el sol y el pan, el aire y la técnica, la vida. Es una lucha simultáneamente espiritual, política, económica, cultural, religiosa.”

Atención por tanto a las coartadas; y el que avisa no es traidor: si es verdad que ningún ideal ni situación de injusticia puede servir de coartada al terrorismo, menos aún puede la lucha contra el mismo olvidarse de eliminar el terrorismo original: el hambre, la miseria, la exclusión, la marginación... De lo contrario, seguiremos retroalimentando la espiral terrorista actual. Pero eso es una utopía, dirán algunos lectores. Exactamente eso: la utopía del Reino de Dios, la utopía a la que nos invita Jesús de Nazaret: “Un Reino de paz, de justicia, de libertad, de amor Claro que este “reino”, este otro mundo posible, no nos va a caer del cielo. Al contrario, Jesús nos lo propone como tarea común; nos invita a soñarlo juntos, a configurarlo entre todos como proyecto, como esperanza; a vivirlo con pasión en el día a día: “todas las manos, todas las voces, todas” (P. Casaldáliga). Y el mundo “olería” a hermandad progresiva y a moral sin dobleces.
 

 
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