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La simiente de una guerra civil:
Un líder shií junto con 90 personas muere en el atentado más sangriento de Irak

EDITORIALES
30-08-2003

  • Editorial / Hacia la guerra civil en Irak (El Periódico)
  • Editorial / Irak, desestabilizado (El País)
  • Editorial / Las víctimas de Iraq (La Vanguardia)
  • Editorial / Queda mucha guerra (La Razón)
  • Editorial / Provocación religiosa (El Correo)
  • Editorial / Una inquietante misión en Nayaf (El Mundo)
  • Reportaje / Asesinan al principal ayatolá iraquí y a 90 fieles en el corazón de la zona asignada a la Brigada Plus Ultra (por Alfonso Rojo, El Mundo)
Hacia la guerra civil en Irak

• La masacre de la mezquita de Nayaf es otro revés para Bush y otro paso hacia una guerra entre iraquís.

Las decenas de iraquís muertos en el atentado dirigido contra el ayatolá Mohamed Hakim certifican que en el caos de Irak conviven una lícita resistencia contra los ocupantes extranjeros, el terrorismo y la simiente de una guerra civil. El asesinato de este clérigo emblemático del shiísmo y gran enemigo de Sadam incluye la blasfemia de haber sido perpetrado en un lugar santo del islam, pero resalta también la reiterada imprevisión de EEUU para evitar golpes de mano así. Al abatir a quien criticaba los ataques a las tropas estadounidenses, la violencia sectaria empuja a Irak hacia la libanización y la balcanización.

Ante la creciente anarquía, Washington empieza a expresar vacilaciones sobre sus objetivos, el gasto y la duración de la ocupación militar. Una vez repartido en su casa el negocio de la reconstrucción y controlado el petróleo iraquí, EEUU busca ahora apoyo, así como carne de cañón sustitutoria, para proseguir su operación colonial. Quiere el respaldo de la ONU, pues eso le proporcionaría legitimidad internacional, pero no lo logrará mientras persista en su negativa a compartir con ella la autoridad sobre lo que debe hacerse a partir de ahora en Irak.

Irak, desestabilizado  

Los que ayer acabaron con la vida del ayatolá Mohamed Baquer al Hakim y de al menos 75 iraquíes chiíes a la salida de las oraciones del viernes en la ciudad santa de Nayaf sabían muy bien lo que hacían. Al Hakim era el principal dirigente chií, jefe del Consejo Supremo para la Revolución Islámica, que, a través de su hermano, participa en el Consejo de Gobierno nombrado por el jefe de la autoridad ocupante, Paul Bremer. Hakim era un factor de moderación y de apaciguamiento entre las distintas facciones iraquíes y hacia Estados Unidos. Sean cuales sean sus autores, la masacre con coche bomba a la salida de la mezquita del imam Alí, el lugar más sagrado para el chiísmo, pone de relieve que la situación en Irak está complicándose y degenerando en una pesadilla: un enfrentamiento, o guerra civil larvada, en el marco de una ocupación por fuerzas extranjeras.

Un tío de Al Hakim, el ayatolá Mohamed Said Hakim, escapó a un atentado similar el pasado domingo en Nayaf, donde ya en abril otro importante jefe chií había sido asesinado. El brutal acto criminal de ayer busca probablemente azuzar las divisiones entre los chiíes, mayoritarios (60%) en un país que nunca han gobernado, y contra los suníes. Además de ser un duro golpe contra la credibilidad de la política de EE UU, puede estar también dirigido contra Irán, cuyo régimen islamista acogió al asesinado durante 23 años, antes de que regresara en mayo pasado a Irak. Hakim tenía una actitud matizada. Su organización había mantenido contactos con EE UU ya antes de la guerra, pero últimamente criticaba que las tropas anglo-estadounidenses hubieran entrado en Irak como libertadoras para comportarse como ocupantes.

Tras la matanza de ayer, el brutal atentado contra la sede de la ONU y los ataques constantes a las fuerzas ocupantes, éstas parecen insuficientes para afrontar el reto de la estabilización de Irak.

Lo que está ocurriendo es en buena parte efecto de la estrategia de EE UU al buscar el derrumbe del Estado durante la guerra. El Departamento de Estado, en la Administración de Bush, ha comenzado a percatarse de que necesita apoyo de una fuerza multinacional internacional, y de ahí las aperturas para un mayor papel de la ONU, aunque siga queriendo mantener el mando y el control operativo sobre estas fuerzas que carecen de soldados y sobre todo de policía suficientes para imponer un orden. Nayaf cae en la zona asignada a la brigada Plus Ultra, aunque de su control concreto deberán responsabilizarse las unidades de Honduras y El Salvador entrenadas por España, lo que requiere que extremen su prudencia.

Se necesita disipar la realidad de una ocupación, acelerando la constitución de un autogobierno elegido y no impuesto a los iraquíes, amparado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El peligro de que la desestabilización de Irak se contagie al conjunto de la región es una amenaza demasiado grave.

Las víctimas de Iraq

EL atentado con bomba perpetrado ayer en Najaf en el que murió el líder chiita Mohamed Baqir Al Hakim, además de varias decenas más de personas, y, muy lejos de Iraq, la dimisión en Londres de Alastair Campbell, jefe de comunicaciones y asesor personal de Tony Blair, son dos acontecimientos sin relación directa entre sí pero estrechamente ligados por el conflicto iraquí. Aquella guerra, que oficialmente ha terminado, sigue muy abierta y continúa cobrándose víctimas.

Najaf, al sur de Bagdad, es la ciudad santa de los musulmanes chiitas ya que alberga el mausoleo de Ali, yerno de Mahoma y fundador del chiismo. Es también uno de los enclaves puestos bajo vigilancia del Ejército español (que ayer aún no había asumido su control) y es también uno de los puntos calientes donde se libra un duro enfrentamiento entre facciones religiosas para situarse en posiciones de ventaja con miras al futuro inmediato de Iraq. El atentado de ayer, con decenas de muertos, entre ellos la emblemática figura del ayatolá Baqir Al Hakim, es revelador de las enormes dificultades con que están tropezando Estados Unidos y sus aliados para llevar a cabo sus planes de reconstrucción del país. El clérigo asesinado ayer lideraba en Iraq el Consejo Supremo para la Revolución Islámica (CSRI). Su colaboración con EE.UU. participando en el Consejo de Gobierno de Iraq –formado bajo la dirección norteamericana– le había valido duras críticas internas, aunque había reclamado la salida de las tropas y estaba lejos de ser un hombre cómodo para Washington.

A varios miles de kilómetros de Najaf, en Londres, Alastair Campbell, jefe de comunicaciones de Downing Street y álter ego de Tony Blair, pagaba ayer los platos rotos de la crisis causada por el suicidio de David Kelly. Sólo un día después de la comparecencia de Blair ante el juez Hutton, que investiga aquella muerte, Campbell era sacrificado por su jefe, que de esta manera espera aplacar las iras de la BBC y la desconfianza de la opinión pública. Campbell queda como el autor de todos los manejos sucios para justificar la presencia británica en Iraq.

Queda mucha guerra

El asesinato del ayatolá chií Mohammad Baqr al Hakim, en el atentado perpetrado ayer con un coche bomba frente al mausoleo de Alí en la ciudad santa de Nayaf, es el peor de los síntomas de la posguerra en Iraq. La muerte del líder de la facción musulmana chií, junto a otros 80 fieles de los miles que asistían al oficio religioso del viernes, día sagrado del Islam, confirma la teoría de que las guerras se sabe cuando empiezan pero nunca cuándo ni cómo acaban. Baqr al Hakim no es un líder iraquí cualquiera. Tras haber permanecido exiliado en Irán durante 23 años y ser partidario de una revolución religiosa al estilo del país que le acogió, había escogido el camino de la paciencia y la tranquilidad para lograr una transición pacífica en Iraq. De hecho, durante el sermón pronunciado ayer, el jefe de la Asamblea de la revolución islámica condenó a los partidarios de Sadam Husein por sus ataques contra las tropas estadounidenses. Este atentado, junto al que sufrió Mohammed Said Al Hakim, familiar del primero, busca la desestabilización que lleve al extremismo religioso a una guerra civil entre chiíes y sunníes. De ser así, EE UU tendrá que elegir entre un modelo ultrarreligioso de corte iraní dirigido por la mayoría chií y el modelo multirreligioso de convivencia pacífica que se había propuesto. Y, en medio de todo ello, la labor del contingente español en Iraq se complica ya que el ojo de este huracán está en su zona de control. Queda mucha guerra por delante.

Provocación religiosa

Los inspiradores del terrible atentado de ayer en Nayaf lograron golpear el corazón simbólico y confesional del mundo chií al asesinar al ayatolá Mohamed Baqir al-Hakim junto a la mezquita de Alí. El clérigo se había mostrado desde su regreso del exilio en Irán conciliador con los norteamericanos, por lo que su eliminación constituye la mayor provocación y la mejor apuesta por el caos que se puede concebir en Irak. La crueldad de los terroristas que colocaron un coche bomba a la salida de centenares de fieles tras la oración del viernes garantizaba un río de sangre en un país donde la violencia de los restos del régimen de Sadam Hussein se extiende por todos lados sin que la coalición sea capaz de ponerle freno.

El ayatolá muerto pertenecía a una distinguida dinastía de dirigentes chiíes repartidos entre Irak e Irán. Su familia había sido diezmada por los esbirros de Sadam, que aplastó y nunca perdonó el ensayo de sublevación en el centro-sur chií tras su derrota en la primera Guerra del Golfo. Líder de la Asamblea Suprema de la Revolución Islámica, Mohamed Baqir al-Hakim situó a su hermano Abdulaziz como representante de la organización en el Consejo provisional de gobierno instalado por la coalición. En esto se alineó con las diversas hawzas -liderazgo religioso y social colectivo- chiíes, que sólo han podido alegrarse de la caída de Sadam pero piden también la marcha de las tropas de ocupación. La única excepción es el ayatolá Moqtada al-Sadr, enemigo declarado de la presencia norteamericana, más radical y miembro de otra familia, a quien, en la conmoción del momento, medios cercanos a la Asamblea mencionaban como eventual inspirador del atentado.

Lo más probable, sin embargo, es que el crimen haya sido obra de los restos de la Policía política del régimen depuesto, que ya intentó matar el domingo a otro ayatolá de la misma familia. En cualquier caso, el atentado abre un abismo a los pies de la sociedad iraquí y es un desastre político para la coalición porque, con el país entregado a sus viejos demonios familiares, puede vivir una sangrienta espiral de venganzas y convertirse en el embrión de una guerra intercomunitaria.

UNA INQUIETANTE MISION EN NAYAF

 La masacre que costó la vida al líder más relevante de la comunidad chií de Irak, Mohamed Hakim, y a otras 90 personas, supone un salto cualitativo en la lucha que libran distintas facciones de esta rama del Islam y cuyo epicentro está en Nayaf, una ciudad que a partir de la próxima semana quedará bajo la plena jurisdicción de las tropas españolas. Ayer, en las inmediaciones de los atentados no había ningún soldado norteamericano como consecuencia del pacto establecido entre las fuerzas de ocupación y los líderes religiosos, que impide que tropas patrullen en las mezquitas.

El asesinato de Hakim, que el pasado domingo había sobrevivido a otro atentado, introduce un nuevo factor de inestabilidad en la batalla por el poder que libran distintas facciones de la comunidad chií: un enorme entramado religioso al que pertenece el 60% de la población iraquí, violentamente reprimida durante el régimen de Sadam Husein y que ha mantenido hasta ahora una actitud pasiva ante las tropas de ocupación.

La constante persecución de los líderes chiíes a lo largo de la dictadura de Sadam es, precisamente, uno de los factores que inciden ahora en la pugna por el liderazgo de esta comunidad, revolucionada por la vuelta de muchos de sus dirigentes, como el propio Hakim, tras décadas en el exilio.

El pasado 10 de abril, al día siguiente de la caída del régimen iraquí, moría asesinado a puñaladas Abdel Mayid al Jui, otro de los líderes chiíes recién llegado del exilio con el aval expreso de la coalición anglo norteamericana. Como en el caso de Hakim, Al Jui fue asesinado en las inmediaciones de la Mezquita del Imam Ali, uno de los lugares santos del Islam. Frente a la posición de los moderados, las facciones radicales defienden una actuación activa contra las tropas extranjeras y una mayor ortodoxia religiosa que permita la instauración de un Estado Islámico. Líderes como Harez Adari o Muqtada al Sadr -a quien se llegó a señalar como el inductor del anterior atentado contra Hakim- reivindican la formación de una autoridad de inspiración religiosa en Irak paralela a la de EEUU, la lucha contra el Consejo de Gobierno designado por Washington y el fin de la ocupación extranjera.

A la pugna entre moderados y radicales se añade el fuerte ascediente sobre esta comunidad de los clérigos de Irán, un país acosado por la Administración de Bush, con una gran capacidad de influir en el Irak de posguerra. Ayer mismo, Irán responsabilizó de la masacre de Nayaf a las tropas de ocupación, que según el Derecho Internacional tienen la obligación de mantener el orden y garantizar la seguridad en Irak.

Esta combinación de fuerzas y las imágenes de la masacre que ayer han dado la vuelta al mundo dibujan un panorama inquietante para las tropas españolas que se encargarán, bajo mando polaco, de velar por la seguridad de esta región, en una misión que el ministro de Defensa, Federico Trillo, considera como de «riesgo moderado».


Asesinado el líder chií Hakim en un atentado que causó 90 muertos
Dos coches bomba estallaron junto a la gran mezquita de Nayaf al salir la multitud de la oración del viernes, en el área bajo control de los españoles
ALFONSO ROJO. Enviado especial

BAGDAD.- Acababa de concluir la oración y el ayatolá Mohamed Hakim salió caminando de la mezquita del Imam Ali. Rodeado de su cortejo de guardaespaldas y ayudantes, el ayatolá Hakim avanzó despacio.

El ayatolá se movía comprimido entre la sudorosa multitud, estrechando manos y saludando a sus fieles.

El primer coche bomba explosionó justo cuando el clérigo y su comitiva llegaban a la explanada. El segundo, unos instantes después, a sólo unos metros de distancia de donde yacía inerte y ensangrentado el cuerpo del ayatolá. La carnicería ha sido espantosa. A la hora de enviar esta crónica, los muertos ascendían casi a 90 y la cifra seguía aumentando. Hay centenares de heridos y por la ciudad de Nayaf circulan furgonetas con megáfonos a través de los que se implora a la gente que acuda a donar sangre.

El asesinato del ayatolá Hakim, quien tenía 64 años y era el líder chií más relevante de Irak, ha tenido lugar sólo cinco días después de que estallara una bomba en la pared de su domicilio.Ese primer atentado, que muchos atribuyeron a los sicarios de un imam rival y en el que los terroristas adosaron una bombona de gas a la carga explosiva, sólo mató a tres personas, todos asistentes de Hakim.

El de ayer, que conmociona hasta sus cimientos la comunidad chií de Irak y abre una angustiosa incertidumbre en la zona asignada a la Brigada Plus Ultra, había sido planificado con perversa meticulosidad.

La mezquita del Imam Ali -que alberga la tumba del martirizado yerno del profeta Mahoma- es el templo más sagrado de los chiíes del mundo. Nayaf, enclavada en la ribera occidental del río Eufrates y 175 kilómetros al sur de Bagdad, es la ciudad santa de la que parten hacia La Meca los peregrinos y donde se hacen enterrar todos los chiíes que pueden hacerlo. El cementerio de la localidad, conocido como la Ciudad de los Muertos, es el camposanto más extenso del planeta.

Templo abarrotado

Los terroristas sabían que ayer, como todos los viernes, el ayatolá Hakim hablaría en la mezquita del Imam Alí. También, que el templo estaría abarrotado y que el clérigo tardaría en abrirse paso entre la enfervorizada multitud.

Querían que el ultraje fuera doloroso y provocar una espantosa masacre. Por eso colocaron los dos coches bomba justo al lado de los vehículos que usaban Hakim y sus acompañantes. Detonaron los artefactos sucesivamente, usando un mecanismo de control remoto y con la clara intención de no dejar supervivientes.

Nayaf está en el corazón de la zona asignada a la Brigada Plus Ultra y en los próximos días quedará bajo el mando del general español Alfredo Cardona. En los acuartelamientos de la zona ya están acantonados 361 soldados salvadoreños y 320 hondureños.También hay 75 militares españoles, pero la provincia -a diferencia de lo que ocurre en la vecina Diwaniya desde el pasado jueves- sigue bajo el control de los marines norteamericanos. Hasta que Estados Unidos no entregue los vehículos y los equipos de comunicaciones que precisa el batallón centroamericano, la Brigada Plus Ultra no se hará cargo de Nayaf.

Aunque ayer se alzaban muchas voces recriminando a los norteamericanos su «incapacidad» para garantizar la seguridad, es importante subrayar que el asesinato de Hakim se ha visto facilitado por la férrea negativa de los chiíes a permitir que los marines se acerquen a sus lugares santos. Como nos reconoció el general Cardona hace un par de días, existe un acuerdo con los clérigos por el que las tropas extranjeras no se acercan a las mezquitas.

Hace cuatro semanas, bastó el rumor de que los marines habían cercado el domicilio de un religioso, para que más de 10.000 vecinos marcharan por las calles, tirando piedras, gritando «no a los arrogantes» y exigiendo que los norteamericanos evacuasen Nayaf.

A diferencia de lo que ocurre en Bagdad y en otras ciudades, los terroristas no tuvieron la mínima dificultad para ir hasta el centro de Nayaf con dos coches cargados de explosivos y dejarlos plantados a un lado de la mezquita. Nadie les exigió que se identificasen, nadie registró sus vehículos y, en el tumulto de los rezos, nadie sospechó de ellos.

Como ocurrió el pasado domingo, ningún grupo ha reivindicado el atentado. No se descarta que la carnicería sea obra de los nostálgicos del viejo régimen, empeñados en desestabilizar el país y en echar a pique el plan de reconstrucción diseñado por la Administración de George W. Bush. Cualquiera de los lugartenientes de Sadam Husein todavía en libertad podría haber maquinado el maquiavélico atentado, pero los gerifaltes del ex dictador sobreviven escondidos en el triángulo suní formado por las ciudades de Ramadi, Faluya y Tikrit, y carecen de los medios y contactos que son imprescindibles para infiltrar -dos veces sucesivas y en el intervalo de tres días- un comando terrorista en el cogollo del territorio chií.

La lógica indica que el asesinato del ayatolá ha sido obra de individuos implantados en Nayaf. El pasado lunes, durante el funeral de los tres guardaespaldas de Mohamed Hakim fallecidos la víspera, varios miles de chiíes se concentraron en la plaza de la ciudad santa, exigieron a gritos venganza y culparon del crimen al imam Muqtada al Sadr, un joven clérigo que predica en la vecina ciudad de Kufa y se ha destacado por sus incendiarios sermones contra los ocupantes extranjeros.

Mohamed Hakim era uno de los cuatro marjaa, los líderes religiosos que dirigen la Hawza (el consejo que marca la línea religiosa de los chiíes iraquíes).

Había retornado a Irak en mayo, tras pasar 23 años exiliado en Teherán. A su regreso y en contra de las expectativas de algunos radicales, adoptó una línea moderada. Con reticencias, propugnaba la colaboración con las tropas norteamericanas y un apoyo crítico al plan de reconstrucción elaborado por el administrador civil de Estados Unidos para Irak, Paul Bremer.

Hakim lideraba el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak (CSRII), uno de los partidos con mayor número de seguidores.Había dejado la dirección política de la organización en manos de su hermano Abdelaziz, uno de los 25 miembros del Consejo de Gobierno Provisional apadrinado por Estados Unidos.

Frente al ayatolá Mohamed Hakim y la moderación de la Hawza, han tomado posiciones clérigos como el imam Al Sadr, quien no hay viernes que no inste a la revuelta contra los infieles.

Las luchas fraticidas no son algo nuevo o desconocido en el mundo chií. Tampoco los crímenes sectarios. El pasado 10 de abril, también en la ciudad santa de Nayaf, seguidores del iracundo Muqtada al Sadr asesinaron a puñaladas al ayatolá Abdel Mayid al Jui, uno de los líderes religiosos que las fuerzas de la coalición habían traído del exilio.

La muerte de Al Jui, quien carecía de seguidores en Irak, fue asumida como un mero contratiempo por los norteamericanos. La de Mohamed Hakim puede quebrar el precario equilibrio de la comunidad chií.

El 60% de la población de Irak son musulmanes chiíes, un 20% son suníes, hay un 10% de kurdos, un 5% de cristianos y pequeños porcentajes de turcomanos y otras minorías.

Una vez liberados del yugo de Sadam, que impuso un régimen secular y seleccionaba a sus ministros y generales entre las tribus árabes del triángulo suní enclavado al norte de Bagdad, los chiíes creen llegado el momento de jugar un papel más acorde con su peso demográfico.De hecho, son mayoría en el Gobierno Provisional designado por los norteamericanos, aunque a alguno de los imames no le parece bastante.

Al Sadr, que es joven, ambicioso y se considera relegado en el diseño político de Paul Bremer, es de los que alimentan el sueño-pesadilla de reproducir en la antigua Mesopotamia el represivo modelo social implantado por Jomeini y sus ayatolás en Irán.

El imam de la localidad de Kufa no cuenta con las masivas multitudes que permitieron al ayatolá Jomeini lograr su propósito en Teherán, pero en el turbulento Irak heredado del dictador Sadam Husein abundan los fanáticos, bulle la sospecha y todo parece posible.

 
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