STEs Castilla y LeónOpinión
 

Aquel concordato de Franco  


Lunes 25 de agosto

HILARI Raguer
Sacerdote e historiador

• Hace 50 años, el Vaticano de Pío XII reforzó la dictadura con un pacto que negaba la libertad religiosa y ligaba Iglesia y Estado
 
El 25 de agosto de 1953, Alberto Martín Artajo, en nombre de Franco, y Domenico Tardini, en el de Pío XII, firmaban un concordato que se había hecho esperar muchos años. Cuando, el 30 de octubre, Franco lo presentaba en las Cortes para su ratificación, dijo que si había tardado tanto no había sido por desavenencias, sino porque él no había querido comprometer a la Iglesia ante "la torpe conjura internacional contra nuestra patria". En realidad, el concordato obedecía a un giro diametral del contexto político mundial.

En 1945, con la victoria de los aliados contra los fascismos, Franco había pasado por momentos muy difíciles. El 12 de febrero, Roosevelt, Churchill y Stalin, reunidos en Yalta, declaraban que todos los países satélites del Eje tendrían elecciones libres. El 17 de julio, en Potsdam, condenaban explícitamente al régimen franquista. El 19 de junio, Naciones Unidas decidía excluir de la organización a "cualquier régimen que se haya instaurado con la ayuda de los estados que han luchado contra las Naciones Unidas". Incluso algunos generales que habían hecho la guerra con Franco le decían por escrito que, por el bien de la patria, debía retirarse.

PERO ESTALLÓ la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y Franco, vencedor del comunismo en España, iba a convertirse en uno más de la larga serie de dictadores que Estados Unidos protegía con tal de que hicieran de peones de su política. Las sanciones internacionales contra el franquismo iban cayendo y también el Vaticano se sumaba al deshielo. El concordato de agosto de 1953 se enmarcaba entre la entrada de España en la Unesco (30 de enero) y los pactos militares con Estados Unidos (26 de septiembre).

La propaganda franquista explotó el concordato como un gran triunfo. Los canonistas se deshacían en elogios hacia él. El catedrático de Derecho Canónico de la Universidad de Madrid Eloy Montero dijo que era "el más conforme a la doctrina de la Iglesia que haya podido ajustarse a través de todas las épocas de la historia". El famoso canonista moralista P. Fernández Regatillo afirmaba enfáticamente: "Nosotros, después de haber recorrido los 150 convenios o concordatos celebrados entre la Santa Sede y los diversos estados en el correr de los siglos, después de haber explicado muchos años la asignatura de concordatos, no creemos aventurado afirmar que éste se lleva la palma entre todos los de otras naciones y de todos los tiempos".

También en Roma era considerado el modelo de concordato con un dictador que favorecía a la Iglesia y rendía honores públicos a la jerarquía, aunque no respetara los derechos humanos. Trujillo, que desde 1930 gobernaba dictatorialmente la República Dominicana, quería un concordato, preguntó al Vaticano cuál era el mejor modelo. Le respondieron que el de Franco y rápidamente negoció otro por el estilo que fue firmado el 16 de junio de 1954. Trujillo murió asesinado en 1961, en vísperas del Concilio Vaticano II, que pondría fin (al menos teóricamente) a ese sistema de relaciones entre Iglesia y Estado.

Durante el concilio, un grupo de obispos españoles, conservadores en teología y, en política, franquistas, se opusieron tenazmente al decreto sobre la libertad religiosa. Les parecía herético porque, un siglo antes (1864), el Syllabus errorum de Pío IX había condenado la libertad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado. Mantenían la doctrina integrista de que el Estado debía proteger la verdad y reprimir los errores y las inmoralidades, y por ello su modelo era la España de Franco y su concordato.

CUANDO UNA votación indicativa aprobó el decreto por gran mayoría, se les hundió no sólo la teología que habían aprendido en el seminario, sino su idea de España. Entonces enviaron a Pablo VI una carta patética en la que pedían que retirara del debate conciliar ese decreto y que se reservara personalmente la cuestión. Le decían que se habían opuesto al decreto por fidelidad al magisterio. Que de aprobarse regresarían a sus sedes desautorizados ante sus fieles. Insinuaban que nadie sabía cómo reaccionaría el Gobierno español, que tanto había hecho y hacía por la Iglesia. Pablo VI no cedió, el decreto pasó a votación definitiva y fue aprobado por 2.308 votos, con sólo 70 en contra y 6 nulos. El concordato de Franco ya no reflejaba la doctrina de la Iglesia.

 

 
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