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JOHNNY COGIÓ SU FUSIL


sábado 16 de agosto de 2003

AMPARO CARBALLO BLANCO

Hay que hacer florecer en las mentes la semilla de la paz para que dé frutos, y la educación es la clave. ¿No es posible que esto se enseñe en las escuelas?

Ojeando las páginas de economía del Faro de Vigo (31/07/03) tropecé con una foto y una noticia que me hicieron recordar un cuento del escritor francés Maurice Druon: Tistú el de los pulgares verdes.

La noticia destaca que el objetivo de una empresa gallega de armas es lograr el «déficit cero». Su presidente, muy satisfecho, asegura que el ritmo de trabajo en la actualidad ronda el 94 por ciento y muestra su confianza en alcanzar el cien por cien en otoño, circunstancia que no se produce desde hace muchos años. La empresa se encontraba al borde de la quiebra, pero en el último año y medio está casi a pleno rendimiento. Es claro el motivo, si no que se lo digan a Bush y Cía que tanto saben de eso. En la sorprendente fotografía que ilustra la referida noticia figura el presidente del Consejo de Administración de la compañía con uno de los fusiles que fabrican con destino al Ministerio de Defensa. Se le ve muy sonriente, cara de siniestro mal abuelo, empuñando un fusil de repetición, ametralladora o lo que sea ese instrumento de matar que produce a la empresa tan elevados beneficios.

Al mismo tiempo escuchamos los argumentos belicistas de algunos a favor de incrementar aún más la fabricación y el comercio internacional de armas, porque eso facilita la creación de puestos de trabajo. Y nos preguntamos: ¿es ético y legítimo fabricar armas de destrucción y muerte con ese falaz pretexto?

La noticia, como he dicho, me hizo recordar un precioso cuento del escritor francés mencionado al principio, narración infantil original y cautivadora tanto para los mayores como para los más pequeños. Tistú, que es el protagonista de la historia, descubre que tiene los pulgares verdes, y que en cuanto toca semillas aventadas y olvidadas en grietas florecen instantáneamente. Esta mágica facultad le va ha servir para poner fin a una guerra entre los Andavés y los Andavetes, dos naciones en conflicto por un trozo de desierto bajo el cual hay petróleo, indispensable y causa para esa guerra. La historia sigue, más o menos y abreviadamente, de esta manera:

- ¿Está lejos ese desierto? – preguntó.

- A medio camino entre aquí y el otro lado de la tierra.

- Entonces la guerra no puede llegar hasta Mirapelo.

- No es tan imposible... Se sabe dónde empieza una guerra, pero nunca dónde terminará. Los Andavés pueden pedir ayuda a una gran nación, los Andavetes socorro a otra. Y las dos grandes naciones entrarán en guerra. Esto es lo que se llama «extensión del conflicto .»

La cabeza de Tistú daba vueltas como un motor. « Ya entiendo: la guerra es una especie de horrible cizaña que crece en el mapamundi... ¿Con qué plantas se la podría combatir? »

- Ahora vas acompañarme a la fábrica - dijo el Señor Tronadizo.

- La verás trabajando y será una buena lección.

- Estos cañones, Tistú - grito el Señor Tronadizo con orgullo - son los que han hecho la fortuna de Mirapelo. Con cada granada que disparan, pueden destruir cuatro casas tan grandes como la tuya.

Aquella noticia no pareció inspirar a Tistú la misma satisfacción. Entonces - pensó-, a cada cañonazo, cuatro Tistús sin casa, cuatro Carolus sin escalera, cuatro Amelias sin cocina, cuatro Alís sin piernas ni brazos... ¿Cuántas veces cuatro?

- Pues a mí este comercio me parece horroroso, porque...

Una enorme bofetada le paró en seco. El conflicto entre los Andavés y los Andavetes acababa de extenderse súbitamente hasta la mejilla de Tistú.

«La guerra debe ser como esto- pensó Tistú mirando al Señor Tronadizo con los ojillos llenos de lágrimas - . Se pide una explicación, se da una opinión, y ¡plaf!, recibes una bofetada. ¿Y si le hiciera crecer unos espinos en el pantalón? Sí, sí, espinos, o bien unos cardos...»

Se apretaba los pulgares... y fue así como tuvo la idea, la gran idea.

Como pueden ustedes imaginar Tistú se dedicó a deslizar sus dedos por armas y municiones, material que había sido empaquetado con tanta precaución como si se hubiera embalado porcelana. De tal modo que unas plantas trepadoras, rampantes, pegajosas, echaron raíz en el interior de las cajas de armas formando una tupida madeja alrededor de los fusiles, de las ametralladoras, de los revólveres, de los tanques, de las bombas de racimo, de las minas, de las máscaras anti-gas. Inutilizables también los magníficos camiones camuflados tan a conciencia con sus rayas grises y amarillas, porque unas zarzas punzantes crecían en abundancia sobre los asientos y los motores. No hubo ni un solo artefacto que no se librara de la misteriosa invasión. Las plantas aparecían por todos lados, plantas tenaces, activas y como dotadas de una personal voluntad. ¿Qué hacer con fusiles que florecen, cañones que disparan flores y bayonetas que no pinchan, porque unos preciosos ramos los privan de toda su eficacia? Unas hierbas malolientes se habían alojado en el interior de los megáfonos. Los oficiales renunciaban a emplear aquellos cucuruchos donde crecía la flor del ajo y la camomila pestilente.

Los cañones habían disparado, sí; pero disparado flores. Una lluvia de digitales, de campánulas y de azulinas se abatió sobre las posiciones de los ejércitos. La gorra de un general había saltado por los aires al ser tocada por un ramillete de violetas.
Mudos, paralizados, inofensivos, los dos ejércitos se habían detenido frente a frente. En definitiva se trataba de un verdadero desastre para la guerra, pero no para la paz. Tanto los Andavés como los Andavetes tuvieron que renunciar y tirar las armas a la basura. Los países no se conquistan con rosas, y las batallas de flores nunca se han considerado como cosa seria. Por lo tanto, los Andavés y los Andavetes firmaron la paz inmediatamente. Los dos ejércitos se retiraron, y el desierto color de peladilla rosa fue devuelto a su cielo, a su soledad y a su libertad.
La historia de Tistú el de los pulgares verdes, se debería poner como lectura obligatoria en todos los colegios del mundo. Y concienciar así con su lectura a niños y mayores de que hay que detener la carrera armamentista, para que las multimillonarias sumas que las naciones dedican anualmente a gastos militares se destinen a erradicar el hambre en todo el mundo, a la educación, a la investigación y desarrollo de los pueblos, especialmente los más desfavorecidos y explotados.

Hay que hacer florecer en las mentes la semilla de la paz para que dé frutos, y la educación es la clave. ¿No es posible que esto se enseñe en las escuelas? Convencer a la Humanidad de la necesidad de destruir los armamentos. Luchar contra los nacionalismos estrechos y la pasión del poder. Y sobre todo luchar contra las ideologías que proclaman la infalibilidad de sus doctrinas, dividiendo así al mundo en bandos irreconciliables.

El profesor Max Born, uno de los fundadores de la física moderna, premio Nobel en 1954, dijo que la esperanza no se ha perdido totalmente, pero tampoco se convertirá en realidad si no lo arriesgamos todo en la batalla contra las enfermedades de nuestro tiempo: las guerras.

Queda saber si dispondremos de tiempo para esperar.

AMPARO CARBALLO BLANCO  es escritora y editora

 
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