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¿Cómo enseñar el “hecho religioso”?


Opinión - 27-07-2003

A partir del curso 2004-2005, y de acuerdo a la Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), los alumnos deberán elegir entre dos opciones de enseñanza de la religión. Una confesional (cuyos contenidos establece la Iglesia católica) y otra denominada “hecho religioso”. El Gobierno ha establecido que esta última la impartan profesores de Historia o de Filosofía. Ambas contarán a todos los efectos en las etapas educativas obligatorias. ¿Cómo enseñar el “hecho religioso” en la escuela? En esta página se aborda esta cuestión desde distintos puntos de vista.
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Dos formas y un objeto común

Hormigas y dioses

Olegario González de Cardedal fue miembro de la Comisión creada por el ministro socialista G. Suárez Pertierra para elaborar el programa Sociedad, Cultura, Religión (1995).

Rafael Argullol es escritor y filósofo

El sistema educativo de un país tiene que preparar para comprender la realidad, conocer la historia humana y enfrentarse al futuro. Los universos físico, simbólico y utópico son el ámbito en el que la existencia humana se realiza con dignidad, eficacia y esperanza. El lenguaje, el mito, el arte, la religión, la ciencia, la ética, la historia, son los hilos con que los humanos tejemos la urdimbre de nuestra existencia.

La religión forma parte de ese universo. Es un hecho humano universal, vivido desde el origen hasta el presente. No es un capítulo agotado de fases prehistóricas de la humanidad. No deriva de una situación geográfica, ni de una fase social, ni de un nivel económico. No pertenece a una situación particular, sino a la estructura radical de la vida humana. La religión es una forma de ejercitación de nuestra existencia que afecta a todos sus niveles y se expresa como reconocimiento de una Realidad Sagrada percibida como presencia y promesa, don y salvación.

La historia es incomprensible sin lo que la religión ha aportado en el orden del pensamiento, formas comunitarias, propuestas morales y realizaciones culturales, con su vida, culto y personalidades señeras en el orden de la santidad, el profetismo y la mística.

La nueva regulación de la enseñanza de la religión en la escuela responde a razones cívico-democráticas e histórico-culturales. Unas son los derechos humanos (prelegales) de los padres que la han pedido (83%) en su forma católica. Otras la necesidad de conocer la historia de la que provenimos, a la vez que de comprender a los hombres de otras convicciones religiosas con los que convivimos. La democracia exige tolerancia, pero sobre todo comprensión del prójimo, de sus situaciones y razones de vida; no necesariamente para compartirlas, pero sí para saber cuál es su proyecto de existencia, compararlo con el nuestro y juntos desarrollar una sociedad más rica de sentido y respetuosa con la diferencia.

La religión se enseñará en la escuela en dos formas. Para unos se expondrá como cultura. Para quienes la reclaman en su forma católica se expondrá también como cultura, en su forma específica cristiana que es la teología; por tanto, en la medida en que la fe da razón de sí como posibilidad enriquecedora de la vida humana, en un lenguaje significativo y con una razonabilidad universalizable. Como tal teología, así entendida, ha estado presente en Europa desde el mismo comienzo de las universidades creadas por las ciudades o el Estado. Yo mismo soy fruto de dos de ellas (Múnich y Oxford) que no son instituciones de ninguna iglesia, sino del Estado y la sociedad. Las dos formas de enseñanza de la religión son diferentes pero tienen un objeto común: el hecho religioso en la historia de la humanidad, y de manera especial el cristianismo, en cuanto a que él ha determinado nuestra cultura hispánica.

Su enseñanza debe situarse en el nivel de racionalidad histórica que hemos alcanzado. En la escuela hay algo común a todas las materias: empeño por dar razón de los hechos y de las ideas, respeto a los derechos humanos, deseo de enriquecer la vida común, preocupación por llevar la ciencia y la riqueza a los más necesitados... Viene luego lo específico de cada materia: contenido, método y racionalidad propia. No es la misma la de la biología que la de la literatura. Método es el camino y éste viene determinado por la meta propia. La vida humana, siendo una, tiene muchas metas convergentes.

La enseñanza de la Religión, en su doble forma, debe exponer lo que ella contiene: hechos, ideas, ideales, ritos celebrativos, formas sociales, propuestas morales, ofertas escatológicas... Pero debe, sobre todo, abrir a ese orden de realidad sagrada y suprema en el orden del ser, del valer y del hacer, al que los hombres se han referido siempre y que han nombrado Dios. Debe mostrar cuáles han sido las actitudes con las que los hombres religiosos se han referido a él. Éstas son el reconocimiento y la esperanza de salvación, mediante la oración, el servicio al prójimo, el canto y el sacrificio como actos específicos, con los cuales han ido expresando en cada caso su relación vivida con Dios.

La religión ha realizado admirables creaciones, pero, como todo lo humano, y cuanto más grande y bello, más, ha sido también degradada. Grandeza y degradaciones de la religión deben ser expuestas con veracidad. ¿Cómo llevar a cabo esa enseñanza? Con voluntad de verdad real y con empatía personal. Hay órdenes de la existencia donde no es posible conocimiento real sin consentimiento personal: hay que dejar a las cosas ser, a los árboles florecer, a los hombres expresarse, al creyente desplegarse como tal, y, como tal, entenderle. No introyectarle otra comprensión negándole la suya, ni dejar que él imponga ésta a los demás.

La religión debe enseñarse racional y religiosamente. Lo mismo que el arte debe enseñarse con rigor y sensibilidad estética, la moral, con exactitud conceptual y aliento ético. La escuela es el lugar donde se ejercitan y conviven los distintos saberes con los que el hombre debe aprender a fundar el suelo y retejar el tejado de su vida. Allí, sin hacer proselitismo ninguno, se debe dar cuenta y razón de todo lo que ha hecho y puede hacer al hombre más humano. A esto debe colaborar rigurosa y concordemente la enseñanza de la religión en la escuela tanto en su forma de sola cultura como en su forma de teología, es decir, la que piensa la religión desde el consentimiento creyente, desplegando su interna racionalidad y sentido. De esa teología ha surgido mucho del mejor pensamiento, tanto filosófico como ético y cultural, en Europa.

Dios ha sido la pasión más perdurable del hombre. No me refiero a uno u otro dios, sino a la noción misma de divinidad, es decir, el espejo en el que se han reflejado mil imágenes y por el que se han deslizado mil ideas, todas productos del temor y de la esperanza con que este mismo temor ha sido afrontado. Dios -el espejo mágico- está agazapado tras todas nuestras concepciones decisivas, terribles o grandiosas, a veces como máscara de la muerte o del tiempo, a veces como eco de una alegría o un dolor infinitamente repetido a través de las generaciones. Todos los cuerpos, todas las auras las hemos revestido con la envoltura de un dios, e incluso el vacío y la nada han tenido nombres divinos, sin olvidar la generosa irrupción de dioses en cada peldaño de lo que hemos concebido como escalera de la vida.

No podemos prescindir de los dioses. Y, curiosamente, cuando hemos intentado reducirlos a olvido, los hemos convocado. Al rendir culto a la razón siempre acaba por colarse un dios en el escenario. La liturgia de la Diosa Razón en el París de la Revolución tuvo los más acentuados rasgos del teísmo que se estaba denunciando, y algo parecido sucedió en el seno de los comunismos del siglo XX. El único Museo del Ateísmo del que he tenido noticia, con su sede en Tirana, la capital de la Albania totalitaria, se asemejaba mucho a algunos museos diocesanos con los que uno puede tropezarse en una perdida ciudad de provincias. Tampoco la ciencia ha podido eludir la sombra de un dios, juegue o no éste a los dados: hace años me llamó mucho la atención que una de las investigaciones más sofisticadas -y de consecuencias más catastróficas- de la ciencia del pasado siglo, la que condujo a la fabricación de la bomba atómica, utilizara en tantas ocasiones un lenguaje abiertamente teísta, de modo que Enrico Fermi aludía al gran dios K en su laboratorio de Chicago y Robert Oppenheimer, dolorosamente deslumbrado por su propio invento, se refugiara en la estela de los dioses hindúes.

Dios forma parte de nuestra existencia o del mito con el que la afrontamos y justificamos. Es más: aunque sea fruto de la imaginación, el delirio o la cultura, sus contornos marcan nuestra geografía espiritual, con mayor poder que ninguna otra criatura del lenguaje. Dios es quien mejor informa sobre el hombre: el dios que elegimos nos informa sobre cómo somos con la precisión del ojo aplicado a la lente del microscopio. Un dios complejo, plural y contradictorio acostumbra a ser el privilegio de las sociedades más libres, en tanto que un dios simplón y esquemático encaja bien con las más pobres en libertad.

De ahí que el horizonte de nuestra época sea tan inquietante cuando contemplamos el choque de teologías miserables. En los últimos años hemos asistido a muchos discursos y proclamas en el nombre de Dios, invariablemente un dios de escaso grosor espiritual, misérrimo en matices y, en consecuencia, furiosamente partidario de la venganza y de la guerra. Ha habido una siniestra simetría entre el iracundo dios del fundamentalismo islámico y el estúpidamente infantil dios de los gobernantes norteamericanos. Atrapados en esta simetría funesta, podemos dar lo peor de nosotros mismos.

Naturalmente estos dioses de pésima catadura son la herencia de los demás dioses del fanatismo y de las religiones que los han cultivado y propagado. Los dioses exclusivos son siempre la consecuencia de religiones excluyentes (disfrazados éstos, a menudo, de ideología, política, económica e incluso ciencia). Es fácil saber cuál es la característica común a estas últimas: la exigencia del monopolio de la verdad que reduce a los no creyentes a la condición de mentirosos o de desterrados. Todas las religiones, por su misma dinámica interna, rozan la tentación de ese monopolio, si bien algunas, inusualmente sobrias o suficientemente templadas, han desarrollado antídotos contra esta tentación.

Dios es demasiado importante para dejarlo en manos de los creyentes. En un sentido paralelo las religiones son demasiado sintomáticas de la representación que el hombre ha hecho de sí mismo para que sean tuteladas por los profesionales de la religión.

No podemos erradicar a dios de nuestras escuelas, pues, de hacerlo así, tacharíamos una parte sustancial del argumento que sirve para aclarar algo, muy poco, nuestro relato. Sin nuestras maravillosas historias acerca de dios, la oscuridad aún sería mayor. Pero si queremos que nuestras escuelas infundan algo cercano a la libertad, y no al fanatismo o al dogmatismo, no abandonaremos este asunto trascendental (al menos en su trascendencia terrestre) a la verdad de una iglesia. Siempre sería preferible la múltiple verdad de la cultura que nos proporciona la poesía, el arte, la filosofía o la ciencia.

En realidad, contra lo que tanto se ha afirmado estos días, la auténtica materia de estudio no debería ser tanto la religión como dios. Y la asignatura Dios (la historia de dios, los disfraces de dios, los nombres de dios, los camuflajes de dios) abarcaría, desde luego, la historia de las religiones y de los mitos, pero, en igual medida, sería la constatación de que esta palabra poderosa y misteriosa, tan llena de fervor y de sangre, ha sido un testimonio privilegiado de las luchas humanas para arrojar algo de luz en el foso.

Un vínculo, por lo demás, excitante. El rey Lear creía que el pasatiempo habitual de los dioses era aplastar a los hombres como el niño travieso aplasta las hormigas. Quizá sea cierto, pero también lo es que, desde tiempo inmemorial, los dioses son nuestro juguete preferido.

 
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