STEs Castilla y LeónOpinión
 

"Con Ojos de colegial"

EP[S]

EL PAÍS SEMANAL

LAZONAFANTASMA

Javier Marías

domingo 11 de mayo de 2003

U


no ya no sabe si es holgazanería, ignorancia o estupidez a secas, pero muy extendida. Hará unos meses leí sobre la aparición de un estudio, si mal no recuerdo escrito por pedagogos vascos, sobre el “fenómeno del bullying en los colegios”.

Esa palabra inglesa estaba desde luego en el titulo, y a su vez el periodista que lo reseñaba explicaba prolijamente en qué consistia el tal fenómeno, como si fuera algo nuevo y desconocido entre nosotros, ahora importado. Ignorantes todos, pedagogos y periodista, de que bullying es sólo el término inglés para “matonismo”, y de que un bulty, un bul o un school-bu
serian la mera traducción correcta de “matón” o “matón de colegio”. Algo parecido podría señalarse respecto a la hoy frecuente mención del mobbing, ese hacerle la vida imposible a un empleado por parte de sus jefes, sus compañeros o ambos. Por que a eso, en castellano coloquial por lo menos, se lo ha llamado siempre “putear” y “puteo”, y es tan antiguo - también en su modalidad colectiva— como los matones y el matoneo.

Si bien se piensa, casi todo lo que encontramos en la vida adulta lo conocemos ya desde la infancia, porque el colegio —cualquiera— constituye un microcosmos en el que, con extrañas persistencia y constancia, se nos aparecen ya casi todos los tipos que luego conforman las sociedades y se reiteran en todos los ámbitos e instituciones y gremios. Un ejercicio que me parece útil y que practico a menudo es el de imaginar a las personas con quienes establezco trato o que no me queda más remedio que tratar pasivamente en la televisión y en la prensa (políticos, sobre todo), de niños en el colegio, o aún más, en mi colegio. Y, sean o no mis apreciaciones erradas (al ser para mi uso privado, para decidir a qué atenerme, poco importa el acierto “objetivo”), en cuanto logro figurármelas en ese contexto sé o creo saber ante qué clase de individuo me encuentro, más allá de sus pretensiones, hipocresías y fingimientos. Y gracias a haberme educado en un colegio mixto, a diferencia de la mayoría de mis coetáneos, lo sé muy poco menos con las mujeres que con los varones, porque algo milagroso de los colegios es que en ellos, y aun en cada curso o clase, se reproducen con escasas variaciones y ausencias los mismos tipos, tal vez debido a que a las edades tempranas no hay en los caracteres la complejidad suficiente para poder ser más que eso, un arquetipo o un estilo. Lo cierto es que todos hemos convivido durante años con ellos. ¿Quién no ha tenido en su clase al acusica o chivato, y al matón, al cobarde, al caradura, al embaucador, al presumido, al ligón, al tímido, al rebelde, al héroe al gordo acomplejado, al empollón, al tan sólo aplicado, al plasta, al redicho, al “nena”, al excéntrico, al sabio, al calamitoso, al encizañador, al generoso, al compasivo, al ingenuo o pardillo, al amigable, al resentido, al pelota o cobista, y al traidor desde luego? Con asombrosa tenacidad parece como si los niños se repartieran en cada promoción de forma que en ninguna faltaran los ejemplares básicos de cuanto nos espera más tarde en el mundo adulto, sólo que en él está todo más diluido o mezclado, y discernir a esos tipos resulta más arduo, y por tanto nos sentimos más expuestos a la equivocación y al engaño.

Sin embargo, entre imaginación y memoria uno acaba por ver casi siempre al compañero de colegio que cualquiera habría sido, y cómo nos habríamos llevado con él o ella en los años menos opacos. Últimamente he pensado que el ejercicio es aplicable incluso a países, o más bien a Gobiernos y gobernantes. Y que, así como habría “Estados bribones” según el punto de vista y la reciente definición del Presidente Walker Bush, los habría también chivatos, pelotas, tramposos y matones. De los últimos quizá sólo uno, y por qué la actual América es eso, el Estado matón por excelencia, tal vez valiera la pena examinarlo en detalle otro domingo. Baste hoy con un breve repaso, desde esa perspectiva “escolar”, a los más insistentes dirígentes mundiales. A Waiker Bush —a él personalmente- se lo ve, más que como al matón, como al torpe utilizado por otros más listos y arteros; a Berlusconi, como al embaucador zalamero, eso sí, capaz de actuar en pandilla o banda intimidadora contra los reacios; a Blair, como al aplicado máximo, que acabará, con tanto estudio, más del lado de sus profesores que de sus compañeros; a Chirac, como al primero de la clase empeñado en serlo, el que siempre levanta el dedo ante las preguntas; a Putin, como al huraño maquinador e intrigante en segundo plano; y a Aznar, ay Señor, un poco como al acusica, otro poco como al pelota del más fuerte, y por último, una vez seguro de la protección de éste, como al pendenciero o broncas, pero para que peleen otros. En fin: como para compartir pupitre.

 
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