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Sociedad - 04-10-2004

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MALTRATO ENTRE ESCOLARES

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Acoso en la escuela
Cuatro de cada 100 alumnos de ESO han sufrido alguna agresión física de sus compañeros

  • El acoso entre escolares, un problema “tan viejo como la escuela” según los expertos, rompe la frontera del silencio. La muerte por suicidio, el pasado 21 de septiembre, de un chico de 14 años que sufría las agresiones de sus compañeros de instituto en Hondarribia (Guipúzcoa) saca a la luz un problema que surge en los centros y afecta sobre todo a los varones en la adolescencia. Más de tres de cada 10 alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) dicen haberlo sufrido alguna vez en su forma más suave, los insultos. El 4,1% reconoce haber padecido alguna agresión física, según el informe elaborado por el Defensor del Pueblo.Los expertos aconsejan mejorar la educación para la convivencia.

CHARO NOGUEIRA, Madrid


Acoso físico o psicológico entre escolares, con prepotencia y abuso de poder. Tras esa definición técnica que los anglosajones zanjan con la palabra bullying (matonismo) se esconde el sufrimiento de miles de niños que asoman a la adolescencia. Un drama para los chavales que sufren insultos, motes, aislamiento o incluso palizas, y se convierten en el machaca de una clase que suele observar la ley del silencio frente a los adultos.

Un drama que en casos extremos puede derivar en tragedia. Como la de Jokin, que el pasado día 21 se quitó la vida tras sufrir palizas y vejaciones durante meses a manos de sus compañeros.

Surgido en el colegio y a veces extendido a la calle, el acoso de unos escolares a otros afecta en su forma más leve, como el insulto, al 33,8% de los alumnos de la educación secundaria obligatoria (ESO, etapa entre los 12 y los 16 años que ahora cursan 1,8 millones de alumnos). En las más graves, como la agresión física, el 4,1% de los chavales dice haberla sufrido alguna vez. Así se recoge en el informe Violencia escolar: el maltrato entre iguales en la ESO, publicado por el Defensor del Pueblo en 2000 a partir de una encuesta a 3.000 escolares de ESO en centros públicos y privados de toda España (ver gráfico).


Según el Defensor del Pueblo, la violencia escolar no es un fenómeno generalizado en España. Se trata de episodios aislados, tanto en centros públicos como privados. Un estudio posterior, elaborado en 2003 por el Instituto de Evaluación y Asesoramiento Educativo (IDEA) con encuestas a 11.034 alumnos de ESO, refleja mayor incidencia. El 49% de los alumnos afirmaba que le han insultado o criticado y el 12% ha sufrido alguna agresión física.

“Un problema antiguo”

“El acoso entre iguales es un problema tan antiguo como la escuela.
Siempre ha habido violencia en ella. No se se puede afirmar que haya más casos ahora. Lo que ocurre es que son más visibles”, asegura Rosario Ortega, catedrática de Psicología del Comportamiento y uno de los primeros expertos que abordó el problema en España. Detalla que existen cinco tipos principales de violencia interpersonal entre escolares: física (agresiones), verbal (motes, insultos), psicológica (como las amenazas), relacional directa (excluir a la víctima, por ejemplo, de un juego colectivo) e indirecta (lanzar rumores sobre ella o provocar que los demás la aíslen). Suele ocurrir en grupo.

Se registran dos niveles de acoso. “El que consideramos blando, como los motes o extorsiones, dura poco tiempo y resulta menos grave. Puede afectar a entre un 5% y un 25% de los escolares, a tenor de los estudios que se han realizado en diferentes países”, detalla Ortega. Estudios que comenzaron comenzaron a raíz del suicidio en 1983 de tres escolares noruegos hostigados. A partir de entonces, el matonismo escolar dejó de considerarse como cosas de niños.

El acoso duro, “que puede sufrir entre el 2% y el 8% de los escolares a nivel global”, supone “un acoso interpersonal muy serio y de larga duración”, según Ortega. Puede incluir palizas. “Esta situación puede provocar que el niño tome decisiones dramáticas si no encuentra una vía
de escape”, advierte.

Pero no es fácil escapar. “Quienes sufren un acoso duro quedan en una posición de victimización, sin recursos para liberarse”, explica Ortega. Con la autoestima por los suelos frente a una tortura cotidiana. Los agresores, a menudo malos estudiantes que eligen a su víctima por ser distinta, se sienten cada vez más prepotentes y entre los chavales, testigos del acoso, se impone la ley del silencio frente a los adultos: nadie quiere que le acusen de chivato. “Los profesores son los peor informados”, dice Ortega. “La adolescencia, entre 14 y 15 años, es el momento más crítico, por la gran importancia que tiene el grupo en la vida social del niño en esa etapa”, añade.

La solución sólo puede venir a través del apoyo a la víctima y del cese del hostigamiento.

Más frecuente entre chicos

El sexo es determinante. “Los varones están mucho más implicados, ya sea como causantes o como víctimas, especialmente en agresiones físicas o verbales. Eso puede deberse a que subyace el machismo”, apunta Ortega. Entre las alumnas el hostigamiento es menos frecuente y sobre todo psicológico (exclusión, rumores).

“Estamos ante un problema poco conocido y preocupante”, afirma el defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Pedro Núñez Morgades. “Aunque la situación es mejor que en otros países, hay que estar alerta”, aconseja Juan Merín, de Unicef-España.


“He sentido ganas de que sufran como yo”

  • Un adolescente que padece acoso escolar desde hace más de dos años relata su martirio cotidiano

G., un chico de 16 años que sufre acoso escolar desde hace más de dos, relata cómo vive ese hostigamiento que ya ha derivado en agresiones físicas.

“Todo empezó hace unos años, cuando empecé a tener mis ideas claras y a tener una forma particular de vestir. Al principio sólo eran miradas de desprecio hacia mí, risas. Poco a poco, ellos empezaron a tener unas ideas contrarias a las mías. Luego ya se llegó a palabras como ‘¡guarro!’, ‘hijo de puta’, ‘¡rojo de mierda!’, etc. Y los dos últimos años han sido ya collejas [golpes en la nuca] todos los días en el autobús de camino al instituto, amenazas cada vez más fuertes, algún tortazo, incluso una vez un cabezazo.

Las amenazas eran del tipo de ‘te vamos a matar’, ‘luego te voy a pegar’, ‘voy a arrancarte ese piercing de cuajo’, ‘voy a pegarte hasta que te salga sangre por todos los sitios’, ‘aquí van a caer muchos dientes’, etc.

Cada cosa que pasaba (por ejemplo, un destrozo, pintada, etc.) la culpa era siempre mía y de mis amigos, pero sobre todo mía. Mis amigos y yo hemos sido siempre los diferentes en donde vivo, la eskoria”.

“Cuando me hacían o decían cosas yo sentía miedo. He tenido muchas veces miedo a ir al instituto e incluso a salir a la calle. He sentido impotencia al ver que no podía hacer nada ni defenderme. Si uno se metía conmigo o me hacía algo y yo le respondía sabía que no iba a ser él sólo el que luego me respondiese otra vez. También he sentido ganas de que muriesen (...) y de que sufriesen como yo. Lo último que me pasó fue una agresión grave hace tres semanas, aún sigo mal y aún queda hasta que se cure”.

Los padres de G., que han presentado denuncia por la última agresión y encontrado cierto respaldo social, piden que se arbitren medidas para evitar un sufrimiento “tan injusto”.

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