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¿Fin del ataque a Irak?
jueves 10 de abril de 2003
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  El Correo Digital LA RAZÓN    

 
VICTORIA CON POCA, MUY POCA GLORIA

VICTORIA CON POCA, MUY POCA GLORIA
ANTONIO FRANCO.- DIRECTOR DE EL PERIÓDICO

Se han visto mejores caídas de dictadores. No esperábamos ver morir a Sadam en defensa de la independencia de su país, pero es que ni siquiera dio la cara intentando salvar su poder personal. El día del desplome de su régimen tuvo el deshonor de ser el gran ausente. Quizá huyó hace días o esté muerto, pronto lo sabremos. Pero esta encarnación del Mal Absoluto pasa a la historia como un cobarde y como un hortera que utilizaba retretes con incrustaciones doradas, la revelación frívola del momento de su caída.

Tampoco maravillaron los iraquís. En el ritual de derribar estatuas cuando se hunde un tirano esta vez parecía haber mas deseo de cumplir el guión que entusiasmo, aunque luego se fueron animando. Le debían de tener aún tanto miedo al saliente como a los muy bombardeadores entrantes. Y saben que les espera una etapa de administración neocolonial extranjera con tantos consejeros delegados merodeando su petróleo como militares garantizando que puedan hacerlo.
Enfrente, tampoco había grandiosidad en los soldados americanos, que se encontraron de pronto sin enemigos por delante. Con su superioridad tecnológica y el aplastamiento previo desde el aire de toda la capacidad defensiva ajena, la toma de Bagdad no tuvo ribetes de hazaña. Y es que esos soldados han ganado una guerra ilegal matando en proporción a muchos más civiles que a soldados enemigos. Han derribado a Sadam a un precio tan excesivo en sangre inocente que su triunfo, y el de los políticos que les empujaron a combatir, carece del menor rastro de gloria.
 

Es sólo una victoria militar, no la paz
La caída de Sadam es positiva pero va acompañada de nubes sombrías para el equilibrio en el planeta
El único consuelo que hemos tenido en esta desgraciada guerra es habernos ahorrado la temida batalla final de Bagdad calle por calle y casa por casa. Habría sido una guinda sangrienta sobre la matanza de civiles a la que hemos asistido en las tres últimas semanas. Pero la evolución de los acontecimientos facilitó un desplome beneficioso del régimen de Sadam.

GUERRA CORTA Y FÁCIL.
Los otros elementos en
principio positivos del fulminante desenlace no dejan de provocar miedo. Ha sido una guerra corta, fácil y contundente, tal como la había proyectado el Pentágono. Pero las personas sensibles que se alegren por ello deben ir con cuidado. Esa comodidad, puesta en manos de
iluminados belicistas como Bush y Rumsfeld,
puede ser un tiro por la culata contra los deseos de paz. ¿Cómo conseguiremos que Estados Unidos deje de creer en la efectividad de una guerra preventiva contra aquellos otros países que a su particular saber y entender lo merezcan? Porque ese es el riesgo que crea esta rápida victoria de la ley de la fuerza.

UN PARCHE, NO UNA SOLUCIÓN.
A corto plazo, la alegría de los iraquís por el fin de una guerra que era la prolongación de 20 años de conflictos armados casi ininterrumpidos puede crear una sensación engañosa de distensión en la zona. Pero Oriente Próximo no tendrá una paz verdadera hasta que acaben las profundas injusticias sociales y las graves provocaciones políticas que padece. El problema es que EEUU, el juez único de la situación, no cree eso, por lo cual difícilmente actuará en esa dirección. Y tendrá menos limitaciones y más lacayos que nunca para ir en dirección contraria si le place. La legalidad está desbordada desde la marginación de la ONU. Con respecto al derecho internacional, entramos en otra Edad Media.

ESPAÑA, ENTRE LOS HERIDOS.
A la alegría por la caída de Sadam, el temor a un mal uso del infinito poder norteamericano y la preocupación por la delicada situación internacional en que nos deja esta guerra, en España hay que sumar otra cuestión: el profundo desgarrón interno creado por el Gobierno al apoyar a Bush hasta en lo que no tiene razón. Somos posiblemente, en este plano, el herido colateral más grave del mundo. Da la impresión de que sólo el amplio carrusel de elecciones que vamos a iniciar dentro de muy pocos meses podrá devolver la cohesión perdida entre quienes gobiernan y la gente de la calle.
 
El derrumbe

Privado de su máximo dirigente, muerto o aislado, el oprobioso régimen de Sadam Husein se derrumbó ayer bajo el impresionante empuje de la fuerza militar de Estados Unidos. La caída de un dictador de esta calaña, que ha resistido hasta el final a costa del sufrimiento de su pueblo, es un motivo de satisfacción. No lo es, sin embargo, el camino elegido para conseguirlo. Aunque el olor de la victoria embargue a quienes la protagonizan, esta guerra era evitable. El mundo es mejor sin este dictador, pero la gestión de este conflicto contribuye a debilitar el ya frágil orden internacional.


Los primeros bombardeos masivos de la Operación Conmoción y Pavor no bastaron para derribar el régimen iraquí. Llevado por su megalomanía, Sadam Husein ha obligado a su pueblo a seguirle en su último delirio de pasar a la historia como el último resistente del mundo árabe ante el nuevo cruzado del siglo XXI. Serán pocos los árabes que lloren la desaparición de Sadam, pero es probable que muchos se sientan hoy humillados. Y no conviene olvidar que de la humillación alemana de Versalles surgió el nazismo una década más tarde.


Tres semanas justas después de lanzar su ataque, la estrategia militar del general Tommy Franks ha logrado su objetivo, en una guerra de aplastante superioridad tecnológica de EE UU, reflejada también en el absoluto desequilibrio en bajas entre una y otra parte. Aunque la guerra no haya acabado, ha sido una campaña militar de una velocidad, una concentración de bombardeo y fuego y una precisión sin precedentes, pero que también ha puesto de relieve, con la muerte de tantos civiles y militares, que no hay guerra limpia posible.


Franks supo aprovechar con flexibilidad el impulso del avance hasta Bagdad. Y Bush ha obtenido, al fin, lo que buscaba: las aclamaciones de cientos de bagdadíes ante la entrada de las tropas norteamericanas. Entre ellos, había muchos que respiraban de alivio por el fin de sus sufrimientos; otros, por librarse de un régimen sanguinario; y otros muchos que debían haber trocado sus uniformes de la temida Guardia Republicana por ropa civil. Aunque no ha habido una rebelión iraquí contra su anterior régimen, Bagdad fue presa ayer del caos, con múltiples saqueos que EE UU, como potencia ocupante junto al Reino Unido, tiene la responsabilidad de combatir. La explosión de júbilo fue mucho más marcada en el norte, en el Kurdistán, con banderas propias que auguran un difícil futuro a la unidad de Irak. EE UU puede, antes o después, descubrir que muchos iraquíes odiaban a Sadam Husein y a los suyos, pero que tampoco quieren verse ocupados por tropas extranjeras.


Quedan bolsas de resistencia y mucho por limpiar del antiguo régimen. La guerra no ha terminado, pero la victoria militar es clara y sin paliativos. Falta ahora la victoria política, la más difícil. Por eso no es una victoria a celebrar. Gestionar la estabilización de Irak y la región va a requerir dotes mucho más finas que las necesarias para un buen planeamiento militar. La guerra ha producido demasiadas víctimas, ha hecho un boquete en la legalidad internacional, y ha puesto de relieve el peligro de un mal uso por Estados Unidos de su inmenso poderío militar.


Las declaraciones de Hans Blix, jefe de los inspectores de armas de la ONU, ponen de relieve que Bush y Blair venían preparando la invasión desde hace tiempo, y que cuando el régimen iraquí empezó a colaborar, cortaron por lo sano y se lanzaron a la guerra. Aznar debe una explicación sobre su connivencia con este terrible juego. A pesar de toda la propaganda aliada, Sadam Husein no ha hecho uso de las armas químicas o biológicas que supuestamente tenía. Se encontrarán, sin duda, para justificar esta guerra, pero la certificación creíble de su existencia sólo puede venir de un grupo independiente, como el de Blix. No de los ocupantes, que ya intentan desviar la atención hacia el puro cambio de régimen.


Año y medio después de iniciada la guerra de Afganistán, EE UU no ha sabido aún concluirla. El derrumbe de Bagdad contrasta con la caída, pacífica y popular, de las dictaduras comunistas europeas en 1989 y 1990. Bush y Blair han frustrado la oportunidad de vencer pacíficamente a Sadam Husein, cuya estatua ha aguantado más de lo que se esperaba, y de avanzar hacia un mundo en el que se impusiera la ley para todos, y no la voluntad de quien es el más fuerte en términos militares, aunque no en términos diplomáticos. En la hora de la victoria no se puede olvidar que Bush no consiguió en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas los votos que necesitaba para legalizar esta guerra que nunca debió producirse.
Sólo tres semanas 


Sólo visible gracias al simbolismo de sus estatuas derribadas en el centro urbano de Bagdad, Saddam Hussein se ha convertido ahora en el gran prófugo de esta guerra. El paradero del dictador iraquí es una incógnita, que puede despejarse en cualquier momento o convertirse en un nuevo fantasma, como el también desaparecido Bin Laden. Pero la sombra de Saddam no será alargada, ahora que carece de todo poder sobre la tierra. Los países árabes, que ayer mismo pedían formalmente una sesión especial de la Asamblea General de la ONU, para debatir la situación y el futuro de Iraq, no parecen muy dispuestos a convertirse en refugio del vencido. En realidad, la humillante derrota de Hussein ha sido un nuevo golpe moral para el mundo árabe. Rusia, con el acuerdo secreto de EE.UU., podría ser el destino del paria de Bagdad, aunque ayer mismo la diplomacia del Kremlin negaba categóricamente que Saddam Hussein hubiera sido acogido en la embajada rusa en la capital iraquí.

Con la cautela propia de la situación, Bush expresaba todavía inquietud por la vida de los soldados de la coalición, pero, casi al mismo tiempo, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, situaba a Saddam en el “panteón” de los grandes dictadores de la historia. La victoria aún no está cantada, pero la guerra sólo tiene un vencedor y este es el Gobierno de un George W. Bush que estos días está asegurando su reelección.

EL tiempo dirá si el 9 de abril pasará a la historia como la fecha definitiva del final de la segunda guerra del Golfo, ya que los propios dirigentes norteamericanos y británicos se mostraban ayer sumamente cautos al respecto, pero no parece aventurado afirmar que sí fue el día en que cayó el régimen de Saddam Hussein. Aunque las noticias sobre su paradero seguían siendo muy confusas en el momento de redactar estas líneas, es altamente improbable que Saddam resurja de las simbólicas cenizas que representa el derribo de sus numerosas estatuas en Bagdad y en otras ciudades del país.

El vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, cifró ayer en un millón de personas el número de víctimas mortales causadas por el dictador de Bagdad y aunque esa cifra se nos antoje demasiado redonda como para revestir alguna credibilidad histórica, es evidente que el mal infligido por su duradero régimen –casi 24 años como presidente, más otros 11 anteriormente como hombre fuerte del país–, tanto a sus vecinos como a sus propios conciudadanos, ha sido incalculable.

No hay dos guerras iguales y esta segunda contienda del siglo XXI –la primera fue la de Afganistán, pero en ningún caso cabe ignorar otros sangrientos conflictos que se prolongan durante lustros, como el del Congo– ha presentado aspectos especialmente novedosos. En apenas 12 años, desde el final de la primera guerra del Golfo, la tecnología armamentística norteamericana ha registrado avances inimaginables. No es sólo una cuestión inversora aunque, ciertamente, ayuda que el presupuesto norteamericano dedicado a la defensa supere la suma de lo que dedican a ese apartado los quince países que le siguen. Es, sobre todo, un incremento exponencial en el campo de las comunicaciones, que permite detectar la presencia de objetivos militares en situaciones extremadamente complejas, incluso en entornos urbanos.

Y junto a ello, la celeridad. El plan bélico del alto mando norteamericano, que fue objeto de serias críticas y que el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, se cuidó insistentemente en atribuir al general Tommy Franks, tenía por objeto llegar a Bagdad cuanto antes y, objetivamente, los tres semanas que han mediado entre los primeros proyectiles que cayeron sobre la capital iraquí y el desmoronamiento del régimen de Saddam es un plazo muy corto. La primera guerra del Golfo duró prácticamente el doble y la citada campaña de Afganistán, ante un enemigo notablemente inferior, se prolongó a lo largo de casi dos meses y medio.

No vamos a caer en macabras especulaciones sobre si las víctimas civiles y militares han sido pocas o muchas. Para los millones de personas que en todo el mundo han considerado que esta guerra es inmoral, innecesaria e injusta, ninguna de las muertes puede ser justificada. Destacar en cualquier caso, abundando en la citada superioridad del Ejército aliado, que las bajas mortales estadounidenses y británicas apenas han superado el centenar.

Sin embargo, la propia naturaleza de la operación militar ha dejado extensas zonas de Iraq en una inquietante situación de vacío de poder. Es, según todos los indicios, el principal reto de los próximos días y semanas.

La “vieja Europa” tendrá ahora que resituarse para no perder sus oportunidades en la decisiva administración de la posguerra. Desde luego, EE.UU. no da ninguna señal de estar pensando en abrir el juego. Ayer mismo , el vicepresidente Dick Cheney anunciaba que el próximo sábado se celebrará una primera reunión, que simbólicamente tendrá lugar en Iraq, entre funcionarios estadounidenses e iraquíes, para crear una autoridad interina y ponerla en funcionamiento. La calculada ambigüedad de Washington se desarrolla, lógicamente, en función de unos acontecimientos que se están desarrollando a toda velocidad, pero el papel de la ONU y de la OTAN sigue en el aire, ante el silencio expectante de los líderes europeos. Si el británico Blair se mostraba “encantado” ante las imágenes que llegaban de Bagdad, el alemán Schröder, tenaz opositor de la guerra, manifestaba que la victoria de la coalición anglo-norteamericana es “deseada”. En España, Aznar escuchaba nuevas críticas de la oposición y soportaba el plante periodístico en el Senado y el Congreso, pero la presión por su apoyo a Estados Unidos sólo puede disminuir a medida que las noticias sobre el fin del régimen de Saddam se confirmen.
 
 
DE COMO LA APISONADORA APLASTO AL TIGRE DE PAPEL

La imponente estatua de Sadam en el centro de Bagdad, erigida en conmemoración de su 65 aniversario, fue derribada ayer entre vítores -y algunas lágrimas- de los cientos de iraquíes que contemplaban el espectáculo. La capital de Irak está desde ayer bajo la soberanía de las fuerzas estadounidenses, que recorrieron sus calles sin incidente alguno.Grupos aislados aplaudían a los soldados y quemaban efigies y símbolos de Sadam, mientras las cadenas de televisión retransmitían escenas de saqueo de los edificios oficiales. ¿Dónde está el dictador? ¿Dónde se hallan su familia y su Gobierno? ¿Dónde se ha escondido la temida Guardia Republicana? La resistencia del régimen de Sadam en Bagdad -salvo focos muy aislados- se desmoronó ayer, cogiendo incluso por sorpresa al alto mando aliado, que no se esperaba un cese tan repentino de las hostilidades. Desde la entrada de las tropas por la frontera de Kuwait a la caída de Bagdad han transcurrido solamente 21 días, con apenas un centenar de bajas de los aliados.

Es imposible todavía hacer balance de las víctimas civiles y militares del lado iraquí, que probablemente ascienden a decenas de miles. Pero lo que este conflicto ha dejado acreditado, fuera de toda duda, es la aplastante -casi obscena- superioridad bélica de EEUU, que ha arrasado literalmente al Ejército iraquí. Lo que hemos visto a lo largo de estas tres semanas es una exhibición militar apabullante, digna de la mejor feria internacional de armamento. No es posible ya albergar duda alguna sobre la mortífera eficacia de los helicópteros Apache, los tanques Abrams y los aviones A-10 y F-18, que forman parte de una poderosa maquinaria bélica, capaz de intervenir en cualquier punto del globo. No había tal amenaza El impresionante despliegue militar y logístico de EEUU en esta guerra contrasta con la debilidad de Sadam Husein, que, como sucedió hace doce años, ha resultado ser un tigre de papel.

La caída de Bagdad y el desarrollo de la guerra pone en evidencia la falta de justificación del ataque de Bush y sus aliados, que fundamentaron su acción en que Sadam poseía armas de destrucción masiva y estaba dispuesto a utilizarlas o cederlas a un grupo terrorista. Colin Powell aseguró ante el Consejo de Seguridad que Irak disponía de 500 toneladas de gas nervioso, decenas de miles de litros de ántrax y botulina, laboratorios móviles para fabricar armas químicas, misiles prohibidos por la ONU y que estaba desarrollando un programa nuclear secreto, capaz de poner a punto una bomba atómica a corto plazo. Lo único que han encontrado las fuerzas estadounidenses son máscaras antigás, algunos uniformes de protección contra armas químicas y antídotos en muy pequeña cantidad. ¿Dónde está ese terrible arsenal al que se refería Powell? Al margen de las hipótesis, el hecho es que Sadam no ha utilizado armas de destrucción masiva en este conflicto. Si las tenía y eran efectivas, no se entiende por qué no las ha utilizado cuando estaba acorralado en Bagdad. ¿O acaso se ha comportado como un líder prudente y responsable? Y si no las tenía, ésta ha sido una guerra basada en un gran engaño.

El Ejército vencedor tiene ahora la obligación moral de encontrar esas armas de destrucción masiva y mostrárselas al mundo. Pero, como recalcaba ayer The New York Times, cualquier hallazgo de un arsenal prohibido tiene que ser verificado por expertos de Naciones Unidas, ya que si no siempre quedará la duda sobre la veracidad de las pruebas. El día después El conflicto no ha terminado porque persisten algunos focos de resistencia al sur de Bagdad y las tropas aliadas no han entrado todavía en Tikrit, el feudo natal de Sadam, Mosul y Kirkuk. Es pronto para saber si estas tres ciudades van a resistir al Ejército aliado o si, tras ver las imágenes de Bagdad, van a rendirse sin disparar un solo tiro. Pero una de las tareas más urgentes -quizás la primera- es implantar la seguridad y el orden en las calles de Bagdad y Basora, poniendo fin a los saqueos y a cualquier tipo de venganza o violencia física contra los seguidores de Sadam. La imagen de los marines mirando pasivamente estas tropelías no favorece para nada el prestigio de EEUU en el mundo. Otra prioridad esencial es la distribución de alimentos, medicinas y bienes de primera necesidad entre la población que ha sufrido este conflicto. Las fuerzas militares aliadas son en estos momentos el único instrumento para hacer llegar a los iraquíes la ayuda humanitaria y, por tanto, deben cumplir este papel hasta que la ONU no esté en condiciones de operar en Irak. Ahmed Chalabi, uno de los líderes de la oposición a Sadam, pidió ayer a las autoridades militares estadounidenses que ayuden a restablecer la electricidad y el suministro de agua en Nasiriya y en otras ciudades. Es también una buena sugerencia, que serviría para reconciliar al Ejército aliado con los iraquíes.

La reconstrucción de las infraestructuras del país y la transferencia del poder militar a un Gobierno representativo pueden tardar bastantes meses, pero ello no es óbice para que el Pentágono asuma estas responsabilidades inmediatas, orientadas a paliar el drama de esta devastadora guerra. Falta por saber el paradero de Sadam, sus hijos y colaboradores como Tarek Aziz, que se esfumaron ayer. ¿Han muerto en alguno de los bombardeos de estos pasados días? Bush no puede permitir que se repita la historia de Bin Laden y el mulá Omar. Y, por ello, tiene que hacer todos los esfuerzos para detener a Sadam y sus ministros, cuyos crímenes no deben quedar impunes si todavía están vivos. Su poder ha quedado reducido a la nada, aunque el precio pagado por el pueblo iraquí ha sido inmoralmente alto y el precedente establecido -con este ataque preventivo en un sitio donde había bien poco que prevenir- ha resultado inquietantemente grave.

El derrumbe de Bagdad

El Correo Digital
Con la imagen de la estatua de Sadam Hussein cayendo ante los blindados estadounidenses en pleno centro de Bagdad, el desmoronamiento del régimen iraquí es ya una realidad incuestionable. Ahora bien, esto no significa que la guerra se pueda dar por concluida. Certificar técnicamente el fin de una contienda, que desde su gestación ha sido cuando menos anómala, no es sólo cuestión de controlar militarmente la capital y las principales ciudades. El desplome del sistema -una refinada dictadura tribal basada en implacables estructuras de seguridad- ha sido siempre presentado por la coalición como el único procedimiento para llegar a una victoria rápida. A ello obedeció el intento de acabar físicamente con el dictador y sus colaboradores más cercanos mediante un bombardeo de precisión en la madrugada del 20 de marzo. Lo que se volvió a intentar el pasado martes en el barrio de Al Mansur. Sin pruebas fehacientes de la muerte de Sadam, el fin del conflicto militar será imperfecto, aunque sea un disparate pensar que desde un eventual exilio el -hoy- ex dictador iraquí podría interferir en el nuevo Irak que ya se perfila en el horizonte.

George W. Bush y Tony Blair dieron el martes desde Belfast su primera pincelada precisa sobre los planes a corto plazo para el país y deben ahora enfrentar la urgente tarea de garantizar la seguridad y el orden público en la capital, facilitar la entrada de asistencia humanitaria y recomponer el Gobierno. La satisfacción de la coalición después de tomar Bagdad y poner en fuga al régimen iraquí no debe extenderse más allá de los resultados obtenidos en términos exclusivamente militares. EE UU y Gran Bretaña deben recordar que su decisión de invadir Irak con una fuerte desaprobación internacional y sin aval expreso de la ONU hace más difícil su acción de ahora en adelante. Washington y Londres han de apostar por mantener la integridad territorial de Irak, un país que, aunque lejos de apoyar ciegamente a Sadam, sí ha demostrado tener un fuerte sentimiento de nación. Irak tiene que ser para los iraquíes, así lo ha afirmado desde el exilio la oposición chií y lo tienen que entender estadounidenses y británicos. Blair ya se ha mostrado dispuesto a que Naciones Unidas vertebre el proceso de transición, y dentro de la Administración Bush hay voces, como la de Colin Powell, que se unen a sus tesis, muy diferentes de las del Pentágono, que prefiere un Gobierno militar encabezado por uno de sus generales. La suerte de la guerra ya está echada, la de la paz se tiene que definir en las próximas horas, y de ello depende que la trágica muerte de tantos inocentes no sea el preludio de algo mucho peor.
El fin de Sadam, una nueva etapa

EL régimen de Sadam Husein ha caído. Aunque aún queden batallas menores por librar, el tan anunciado cinturón de fuego en torno a Bagdad y la defensa de la capital casa por casa se han disuelto como si hubieran sido de arena y las tropas aliadas se han hecho dueñas de la ciudad sin apenas combatir en las últimas horas. La terrible batalla de Bagdad afortunadamente no ha tenido lugar. El tirano que prometió la madre de todas las batallas en 1991 y que en realidad fue una retirada constante y desordenada y volvió a prometer el infierno a los aliados hace unos meses se encuentra huido o muerto y su régimen revela ahora su profunda descomposición. Aunque George Bush y Tony Blair, en un ejercicio de responsabilidad, hayan pedido menos euforia y recordado que aún quedan momentos muy duros.

Los últimos compases de una guerra son los más esperanzadores y los más terribles. Y Bagdad no es una excepción. La alegría por el fin inminente y los últimos focos de resistencia se alían para crear un ambiente de caos, donde los miedos, los impulsos, el pillaje y los brotes de descontrol están abonados. Es en ese ambiente en el que se pueden producir más víctimas ajenas al conflicto y donde va a percibirse hasta qué punto los ya vencidos hombres de Sadam son capaces de esconderse tras sus conciudadanos antes de hacer frente al fin de su historia criminal. El régimen de Sadam se ha desmoronado militarmente, políticamente y hasta físicamente al ser derribadas sus estatuas, tal como cayeron las de Lenin hace no tantos años, simbolizando el fin de una larga noche dictatorial que muchos creían eterna. La guerra, pues, es ya pasado, aunque queden aún las tareas de limpieza de núcleos de francotiradores, la búsqueda de los responsables de la dictadura y las labores de garantía de la seguridad pública.

Pero la posguerra que llega no va a ser menos problemática que la guerra, aunque es de esperar que sea mucho menos trágica.

ADEMÁS de un trabajo urgente de aliviar las penalidades de la población civil, restaurar los servicios sanitarios, regular el flujo y la distribución de alimentos, garantizar los transportes y su seguridad y comenzar a reactivar la actividad económica, hay que reconstruir la sociedad civil iraquí y no sólo físicamente, sino también psicológica y políticamente. Irak ha sido la base territorial de una de las sociedades más viejas del planeta, con tradiciones fuertes, un sólido tejido social articulado y una tradición de convivencia entre grupos distintos que ni siquiera Sadam Husein ha podido destruir completamente, aunque sí ha dañado profundamente. Y es con esta sociedad, con esas tradiciones, con esa historia, con esa memoria colectiva, con lo que hay que construir una sociedad democrática, tolerante, con seguridad jurídica y en armonía con los vecinos.

Esa posibilidad que las fuerzas anglo-americanas han abierto debe ser aprovechada. Es el momento de reconstruir, junto con las infraestructuras y una nueva administración para Irak, un nuevo consenso internacional.

El presidente Bush y el primer ministro Blair han asumido públicamente el compromiso de que la ONU juegue un «papel vital» en la posguerra iraquí. La organización internacional, que tan ineficaz se ha mostrado en tantos conflictos y tan útil en otros, es el único organismo existente para el acuerdo internacional, aunque su futuro es más que improbable.

Nació en un contexto de posguerra -la de la II Guerra Mundial- para hacer frente a unos riesgos determinados por la emergencia de dos grandes bloques, por la necesidad de contener al autoritarismo comunista y, al mismo tiempo, de crear un sistema de seguridad colectiva que hiciera difícil un conflicto de grandes dimensiones entre potencias con armas de destrucción masiva y voluntad de usarlas si lo juzgaban necesario. Hoy el escenario internacional es completamente distinto y los riesgos son otros, aunque no es menor el desafío a la seguridad colectiva.

HABRÁ que discutir sobre el futuro de la ONU, introducir modificaciones en sus mecanismos de toma de decisión, adaptarla a los nuevos escenarios y a las nuevas relaciones de poder que ha surgido del fin de la guerra fría. Pero, precisamente, la mejor manera de empezar esa transformación es implicar profundamente a la organización internacional en la reconstrucción iraquí, detectando sus carencias y discutiéndolas con voluntad de eficacia. No es pensable una profunda acción humanitaria, con medios financieros, humanos y técnicos suficientes sin que esté apoyada en la extensa red de las Naciones Unidas, en su experiencia y en su capacidad. Esa es la principal tarea en estos momentos, aunque no la única. La ONU tiene un papel fundamental que cumplir ayudando a la nueva Administración iraquí, que ha comenzado a funcionar en colaboración con los aliados en las zonas donde más rápidamente fueron derrotadas las fuerzas de Sadam. Una incorporación rápida del nuevo gobierno a los organismos internacionales, el aval de la ONU para gestionar con rapidez nuevos tratados de amistad y cooperación con los países vecinos y una normalización de la política exterior de Irak también son tareas urgentes y fundamentales para que los iraquíes puedan ejercer en el menor plazo posible los derechos democráticos que les han sido hurtados durante la mayor parte de su historia como país independiente.

Es verdad que no todos ven el papel de la ONU de la misma manera y hay quienes han tratado de convertir al Consejo de Seguridad en el burladero de sus intereses. Las diversas interpretaciones de las resoluciones del Consejo de Seguridad, la utilización de los símbolos de la ONU como bandera electoral y los intentos de situar a los aliados como dinamiteros de la legalidad internacional no han ayudado mucho al debate sobre la eficacia del organismo internacional y Bush lo ha apuntado en su libreta.

ES la hora de aprovechar la caída de uno de los principales focos de inestabilidad de Oriente Próximo para redefinir un nuevo mapa político en la zona, crear condiciones favorables a la discusión pacífica, derrotar al terrorismo y sentar las bases para un futuro de paz en una región que varias veces ha estado a punto de envolver a todo el planeta en un conflicto armado. Y, sobre todo, anudar a los países democráticos en una nueva alianza por la estabilidad y la legalidad internacionales, recomponer la imprescindible alianza trasatlántica y dejar claro que por encima de las divergencias coyunturales hay unos valores comunes que defender y con los cuales se ha creado la zona más desarrollada y libre del planeta, además de dotarla de una estabilidad envidiable tras décadas de tragedias cruentas. Este es uno de los grandes patrimonios de la comunidad internacional democrática y no puede ser puesto en peligro por necesidades coyunturales, supuestos beneficios electorales, intereses a corto plazo o viejos tópicos convertidos en prejuicios ideológicos. La intervención aliada en Irak obtuvo un apoyo mayoritario de países y gobiernos. Pero algunos países y gobiernos importantes en el escenario internacional como Francia, Alemania, Rusia y China -importantes por su tradición, su influencia y su historia- no aceptaron las acciones. Ahora tienen que enfrentarse a sus propios actos con un franco espíritu de conciliación. Tiene, por ejemplo, que terminar la tragedia chechena; tiene que llegar la libertad a China y tiene que ser transparente también la actuación francesa en África.

EN cualquier caso, este proceso es imposible sin el protagonismo estadounidense. Las relaciones internacionales no pueden ser un ejercicio de voluntad sino de realidad. Estados Unidos, con sus errores, con sus éxitos y sus fracasos, está íntimamente unido a la sociedad en la que vivimos, a su prosperidad y a la defensa de sus libertades básicas. El hundimiento de la URSS, que convirtió a EE.UU. en la potencia hegemónica, ha creado un cambio de escenario que no puede ser obviado. Europa, por su parte, es la cuna de los valores que se hicieron realidad política, primero en Estados Unidos y luego en el viejo continente. Son dos componentes de un sistema que no pueden ser disociados. Las alianzas internacionales tienen que ser equilibradas, eficaces y un sistema de defender valores que se comparten. La acción diplomática debe estar inspirada en esos valores, que no pueden ser otros que los de la libertad, la democracia y el compromiso con la justicia y la legalidad, y apoyada en la fuerza y la determinación necesarias para hacer frente a las amenazas. Una de ellas el terrorismo que se ha definido ya como la «privatización de la guerra».

 

El desplome de Sadam

 LA RAZÓN
Con la cautela propia de los mandos militares estadounidenses, que aún no dan por terminada la guerra, puede afirmarse que Bagdad fue ayer el escenario en el que se escenificó la caída del régimen de Sadam Husein. Más allá del simbolismo de las estatuas derribadas, fue la deserción y desbandada de los policías y brigadistas que con mano de hierro reprimieron durante décadas al pueblo de Iraq el mejor certificado del final de la tiranía. Ha sido una victoria militar innegable, basada en el uso inteligente de una abrumadora superioridad militar, pero también en el convencimiento de que las informaciones que pintaban a un dictador en decadencia, aborrecido en el silencio obligado por buena parte de su pueblo, eran ciertas. En cualquier caso, el final de la batalla de Bagdad, por más que aún puedan producirse resistencias esporádicas en los feudos sunitas del norte, es una magnífica noticia en sí misma: supone, nada menos, que un impagable ahorro de vidas humanas, de sufrimiento gratuito, ante el hecho incuestionable de que el endurecimiento de la guerra, en una batalla casa por casa, hubiera conducido a una tragedia de grandes proporciones. Es, pues, un momento para la alegría, pero también para la reflexión. Porque con la victoria militar total al alcance de la mano, las fuerzas de la coalición anglonorteamericana deben afrontar un gran reto: convertir ese triunfo militar en una victoria política.

Muchas bazas juegan en favor de ese propósito. La primera y más importante es que Iraq es un país con un cierto desarrollo social y político, poseedor de grandes reservas de petróleo y con una clase media profesional amplia, por más que muchos de ellos se encuentren actualmente en el exilio. Es una sociedad, además, con un alto grado de tolerancia religiosa en la que, pese a la utilización oportunista del Islam llevada a cabo en los últimos años por Sadam, no parece que haya aumentado sensiblemente el integrismo. Son bazas a jugar de una manera inteligente porque los problemas son muchos y, algunos, de complicada solución. No se puede olvidar que la represión inmisericorde del régimen basista ha golpeado con virulencia a los chiitas y a los kurdos, pero también a la propia población sunita. Odios larvados, impredecibles represalias, pueden complicar la anunciada creación de un estado federal. No es un reto menor, asimismo, reconstruir una Administración civil que puede considerarse de entre las más corruptas del mundo, donde la omnipresente sombra del poder de Sadam lo contaminaba todo. Buena parte de los funcionarios del régimen tendrán que ser depurados, porque no parece, aunque es una de las principales incógnitas, que la oposición llamada a gobernar bajo la tutela norteamericana acepte un borrón y cuenta nueva después de tanta tragedia.

Hay, también, cómo no, problemas de política exterior que afectan principalmente al pueblo kurdo iraquí y sus vecinos de Turquía, Siria e Irán, países que ya han anunciado su total oposición a un cambio de estatus en el sensible territorio del Kurdistán.

Y sin embargo, el día de ayer, sin bombardeos, sin el sonido de las ambulancias, es una fecha para la esperanza. Confiemos en que las últimas ciudades que aún resisten comprendan que Sadam ya es historia y nada puede hacer. Y esperemos que Washington demuestre la misma habilidad para conducir la paz que ha tenido para dirigir la guerra. Porque todo el mundo árabe aún mira hacia Bagdad.

La presse et la guerre
L'éditorial du Monde

LE MONDE | 09.04.03 | 13h43 • MIS A JOUR LE 09.04.03 | 14h08
Une équipe de France 3 a filmé la scène. Le char américain a pris son temps. Lentement, la tourelle a fait mouvement en direction de l'Hôtel Palestine à Bagdad. Le canon s'est levé, en direction des 14e et 15e étages de l'hôtel.

L'état-major américain ne l'ignore pas, les troupes sur le terrain certainement pas non plus : l'établissement abrite la plupart des journalistes étrangers couvrant la guerre dans la capitale irakienne. Le Palestine est aussi occupé par des membres de la nomenklatura et des services secrets irakiens.

Le char a tiré une salve. "Ce n'était pas un tir réflexe", a dit la journaliste de France 3, Caroline Sinz. Ce fut un tir calme, posé, délibéré. Présentant ses "regrets", le Pentagone a déclaré que le char avait essuyé une attaque à la roquette en provenance du Palestine. Aucun, absolument aucun journaliste sur place – et il y en a des dizaines –, n'a vu ni entendu le moindre coup de feu depuis l'hôtel. Le char a fait mouche. A l'impact, deux cameramen ont été tués dans leurs chambres, un Ukrainien de l'agence Reuters et un Espagnol de la chaîne Tele 5.

C'était mardi matin 8 avril, au vingtième jour de la guerre en Irak. Un peu avant, un bombardement aérien, sur une zone de ministères, a détruit les bureaux de la chaîne de télévison arabe Al-Jazira. L'un de ses envoyés spéciaux, le Jordanien Tarek Ayoub, est touché et succombera à ses blessures. Sa mort porte le nombre de journalistes tués en Irak à onze – un tous les deux jours depuis le début de la guerre, ce qui fait de ce conflit l'un des plus meurtriers de ces dernières années pour la presse. Certains journalistes sont tombés sous le feu irakien, d'autres dans des échanges de tirs, d'autres, comme mardi, sous le feu américain. Les femmes et les hommes qui ont le courage – il en faut beaucoup – pour aller couvrir cette guerre savent les risques qu'ils prennent. Ils ne réclament aucune protection particulière. Ils entendent raconter la bataille de Bagdad. Que cela plaise ou non.

La mort du reporter d'Al Jazira a suscité des réactions de révolte dans le monde arabe. Et celle des correspondants de Reuters et de Tele 5 a provoqué une question d'Amnesty International : "S'agit-il de dissuader les médias de couvrir la bataille de Bagdad ?" Rédacteur en chef de Reuters, Geert Linnebank s'interroge sur "le jugement des troupes américaines"... En Espagne, l'émotion est d'autant plus grande qu'un autre journaliste, envoyé d'El Mundo, avait trouvé la mort, lundi, sous un tir irakien.

L'attaque contre le Palestine témoigne de la tactique utilisée par l'armée américaine à Bagdad : un déluge de feu face à la moindre menace ou ce qui est perçu comme tel : bombardements aériens et tirs de chars – canon et mitrailleuse lourde – en pleine ville. Les victimes civiles se comptent sans doute par centaines. C'est une culture militaire qui est ici en cause : la force massive au moindre danger, tant pis pour les civils. L'armée britannique donne l'exemple contraire : celui de la patience et de la retenue. Pour préserver l'avenir, quitte à prendre des risques.

 
The Fall of Baghdad


The murderous reign of Saddam Hussein effectively ended yesterday as downtown Baghdad slipped from the grip of the Iraqi regime and citizens streamed into the streets to celebrate the sudden disintegration of Mr. Hussein's 24-year dictatorship. The scene in central Baghdad, where jubilant Iraqis and American marines collaborated in toppling a huge statue of Mr. Hussein, signaled that a complete American military victory in Iraq may be achieved within a matter of days, not months.

Opinion about this war has been divided from the beginning. Now that Mr. Hussein's rule has ended, there is unity among good-hearted people everywhere, a hope that what comes next for the Iraqi people will be a better, freer and saner life than the one they had before. Yet even as the big statue of the dictator was falling, there were signs of danger in the streets. Looting the offices and homes of Baath Party officials might seem like fair game for a population so long under the thumb of tyranny. But there was an overtone of thuggery to some of the mob scenes — in Baghdad and Basra, the looting soon spread to factories and stores. It is clear that the United States and Britain need to act quickly to bring order and succor to a chaotic and wounded land.



There may still be some difficult combat ahead in outlying Baghdad neighborhoods and areas north of the capital, including Mr. Hussein's hometown, Tikrit. American ground forces have yet to move into that region. No one knows whether Mr. Hussein and his two sons are alive or dead. And on paper, at least, there are still 10 Iraqi Army divisions available to fight. But the fall of Baghdad suggests that organized resistance to the invading forces could subside now that the centralized institutions of power in Iraq have been shattered.



The swiftness of the American advance and the relatively low number of American and British casualties reflect a well-designed battle plan and the effective use of air power to weaken and demoralize Iraq's ground forces. The numbers of Iraqi casualties, military and civilian, remain to be determined, but they are likely to be considerable.



The urgent task now in the occupied areas of Iraq is to bring order and security to cities where the sudden collapse of the government has left a power vacuum that invites lawlessness. In the absence of civil government, there is an ominous potential for strife and bloodshed in a nation riven with ethnic divisions and hatreds. A long-oppressed populace has plenty of scores to settle. There is also an emerging humanitarian crisis, with people in some areas begging for food, water and medical supplies even as aid workers wait anxiously for the environment to become safe enough for them to do their work.



Combat troops generally shy away from police work, but British soldiers wisely began stopping looters and confiscating stolen goods in Basra, and American troops protected United Nations vehicles in Baghdad yesterday. Once the combat stops, the military police can be brought in to help maintain order, and Iraqis can presumably be found to take responsibility for policing and other governmental functions. Until then, some combat forces will need to intervene to keep the cities from descending into chaos.



Secretary of Defense Donald Rumsfeld likened the developments in Baghdad yesterday to the fall of the Berlin Wall. The comparison is premature. The removal of Saddam Hussein's regime can be the opening chapter in a positive and historic transformation of Iraq, but only if military operations are followed quickly by efforts to stabilize the country, feed and heal the people, and set Iraq on a course toward self-governance. That is the difference between a war of conquest and a war of liberation.
 
Liberated Baghdad


THE GLORIOUS IMAGES of Iraqis and U.S. Marines joining to topple a statue of Saddam Hussein in Baghdad yesterday came just three weeks after those first scenes of billowing black smoke from the war's opening bombing -- yet for many Iraqis the celebration was long overdue. With an explosion of pent-up emotion, people in Iraq's capital yesterday displayed the relief and jubilation of liberation not just from 21 days of bombing, but from decades of brutal tyranny. Riotous men in the city center tore up posters of Saddam Hussein and stamped their feet on the sculpted head torn from the statue; women stood on rooftops to shower tanks with rose petals. In another neighborhood, a group of some 100 children, clothed mostly in rags and newly released from one of the regime's prisons, hugged and kissed the Marines who had freed them. Not all the passion was joyful. Fierce combat continued at Baghdad University. Some Iraqis wept bitterly at the sight of Western troops, not from love of Saddam Hussein but from shame and humiliation. The complex mix of reactions offered grounds for joy and vindication among those who pressed the cause of regime change in Iraq -- mixed with sadness for Iraqi and American sacrifices along the way and sober reflection about the postwar challenges to come.



The postwar era, of course, has yet to begin. The big cities of the north, including Kirkuk and Mosul, have yet to fall, and U.S. commanders warned yesterday that Saddam Hussein's hometown of Tikrit, 100 miles north of Baghdad, may yet put up a stiff fight. The dictator, his sons and his leading collaborators must all be located and either captured or killed -- the sooner the better: Victory will be incomplete as long as Saddam Hussein is unaccounted for. Iraq's weapons of mass destruction must be identified, neutralized and displayed to the world -- United Nations inspectors included -- to remove their threat and prove the validity of the Bush administration's casus belli. Though Iraq's conventional military has been crushed, irregular forces may still challenge U.S. commanders for some time. Whether those paramilitaries or the suicide bombers who have occasionally appeared evolve into an enduring menace will depend in part on how quickly and well the occupying forces can restore order and vital services in Baghdad and other cities.



Yesterday's scenes of celebration were an answer to skeptics who doubted that Iraqis wished to be liberated from Saddam Hussein by American troops, just as the collapse of resistance in the capital silenced critics, including several senior field commanders, who questioned whether the Pentagon's war plan was too ambitious or relied on too few troops. The capture of Baghdad ultimately required half the time, and less than half the American fatalities, of the expulsion of Iraq's army from Kuwait in 1991. In the Middle East and Europe, political and media commentary has shifted swiftly from gloating over the presumed humbling of the American superpower to speculation over which rogue state -- Syria, Iran, North Korea? -- will be the next target for invasion. Senior Bush administration officials have done little to quiet such fevered talk and, in the case of Syria, may have even encouraged it. If that worries the dictatorial regime in Damascus, which also has a record of supporting terrorism and stockpiling chemical weapons, perhaps the effect will be beneficial.



Yet the best way to build on the success of the Iraqi military campaign will be not by threatening other regimes but by allowing Iraqis to construct a government that offers them political freedom, human rights and a chance to prosper in the global economy. That task will be in many ways harder, and will certainly take longer, than this waning war; and the Bush administration's readiness for it is questionable. Success will require more flexibility, patience and willingness to work with allies than were present in the administration's prewar diplomacy or than it has so far shown in its postwar planning. The United States cannot rebuild Iraq or shepherd Iraqis to democracy by willfully excluding Europe, the United Nations or Iraqis not of its choosing; any attempt to do so would risk squandering the gratitude and goodwill that were so evident yesterday on the streets of Baghdad.
 

   STEs Castilla y León Prensa