Sí.
Hubo un tiempo... Tal vez no lo recordemos. Hubo un
tiempo en el que para mirar el correo teníamos que abrir
el buzón del portal y recoger cuidadosamente las
cartas. Hubo un tiempo en el que el teléfono del
dentista había que buscarlo en un listín telefónico. Y
hubo un tiempo en el que para conocer las noticias de
última hora era imprescindible encender la radio. Hubo
un tiempo, en fin, en el que no había más remedio que
pagar por los discos para poder escucharlos, en el que
las columnas de opinión solo estaban disponibles en los
periódicos del día, y en el que el 40 % de los
bloggers españoles que ahora consideran que sus
opiniones son algo importante que aportar al mundo
guardaban un silencio mucho más razonable que la
incontinencia literaria que caracteriza nuestros días.
No hablamos de un tiempo
tan lejano. En el año 1996 solo el 1 % de los
entrevistados en el EGM se había conectado a internet,
al menos, en el último mes. Hoy parecerían marcianos. Y
en cualquier caso, aquella red no tenía nada que ver con
esta. No existía la alta velocidad, el ADSL, y la
conexión se realizaba a través de un módem. Era
necesario enchufar los cables, abrir el programa
oportuno y configurarlo, soportar el festival de
ruiditos del módem durante la conexión y finalmente,
lanzarse a navegar lenta y pausadamente. La mayoría lo
hacíamos entonces a través de Netscape -hoy muy
cambiado, reconvertido en un software libre llamado
Mozilla-.
La guerra de los
portales
Pero entonces los
españoles teníamos que seguir la actualidad amarrados a
la radio, los periódicos o la televisión, para conocer
la última hora del angustioso secuestro de Ortega Lara,
enterarnos de la llegada de José María Aznar a la
Moncloa -como si fuera la del hombre a la Luna-, de la
reelección de Bill Clinton, o conocer los detalles de
tragedias naturales como la avalancha de agua que
arrolló a más de un centenar de personas en el camping
de Biescas, en Huesca. Sin embargo, en aquellos últimos
meses de 1996, no sabíamos que tal vez estábamos
informándonos así casi por última vez. Sin saberlo,
cerrábamos una larga etapa en las comunicaciones.
No en vano, 1996 fue el
año del punto de inflexión en la expansión de usuarios
de internet en España, gracias, en gran parte, a la
popularidad del nuevo servicio de Telefónica, Infovía,
que permitía conectarse a internet en cualquier lugar,
utilizando como infraestructura la red telefónica. Las
tarifas que se aplicaban a estas conexiones a internet
eran las mismas que en una llamada metropolitana. En
menos de un año la red pasó de contar con 100.000
ordenadores conectados en España a 320.000. El dato no
ilustra en absoluto la explosión de popularidad de
internet que vendría justo después.
Aquella red parece hoy un
cuadro de Madrid de los años treinta, en blanco y negro.
Han llovido quince años que parecen siglos y la
recordamos casi en sepia, vacía de todo contenido. La
descubrimos sorprendidos, eso sí, cuando nos parecía
imposible que dos ordenadores situados a miles de
kilómetros de distancia pudieran intercambiar
información. En realidad, a algunos nos sigue pareciendo
imposible, incluso ahora que no fallan. Porque entonces
todo era tan nuevo y tan lento que la mitad de las
conexiones se quedaban en vanos intentos.
De hecho, debido a la
lentitud de internet, muchos internautas seleccionaban
entonces la opción “navegación sin imágenes”, que
permitía mejorar considerablemente la velocidad de
descarga de las páginas web. El colmo de aquella
irracional obsesión por acceder a la información como
sea popularizó también la opción “navegar sin conexión”,
que permitía visitar las últimas páginas almacenadas en
nuestro PC sin necesidad de conectarse. Sufríamos aún el
síndrome de leerlo todo, porque entonces creíamos que
internet había que leérselo entero.
En sus comienzos en
España, internet era un pequeño muestrario vacío, en el
que apenas colgaban unas docenas de miles de páginas web
personales extranjeras, y otras tantas institucionales.
Todas ellas muy rudimentarias y plagadas de errores en
su programación. Y, por supuesto, la mayoría, en inglés.
Ahora sabemos que todo queda registrado, que el
anonimato no existe, que detrás de cada frase en la Red
hay un usuario en algún lugar del mundo. Pero en
aquellos primeros días, internet nos parecía un planeta
virgen, como un regalo milagroso, del que debíamos
descubrir lentamente cada uno de sus tesoros.
En 1999 comenzó la guerra
de los portales, páginas web que, además de información,
noticias y otros contenidos, albergan servicios
adicionales como correo electrónico gratuito,
información bursátil o salas de chat. Así, millones de
usuarios se crearon sus primeras cuentas de correo
electrónico gratuito en la recién nacida Terra -de
Telefónica-, en MSN, Hotmail, Yahoo o Ya.com,
perteneciente al proveedor de internet Jazztel.
La fría crueldad del
progreso
Por otra parte, en el
sector de los buscadores, Google todavía no había tomado
descaradamente la delantera a todos los demás, y
competía con Yahoo, o incluso con otros como ¡Olé!, el
primer gran directorio de recursos en castellano. Si
bien las búsquedas no permitían ni la mitad de precisión
que ofrece ahora este servicio, y encontrar el destino
adecuado era, sobre todo, cuestión de suerte.
1999 resultó un año clave
para el desarrollo de la red que actualmente conocemos,
sobre todo después de que el Ministerio de Fomento y
Telefónica llegaran a un acuerdo para poner en marcha la
tarifa plana en España, utilizando la tecnología ADSL,
que permitía una conexión de alta velocidad disponible
las 24 horas del día. El Gobierno preveía que la
implantación del sistema se produciría entre 1999 y
2001. Al igual que había ocurrido en otros países, las
tarifas planas y la navegación de alta velocidad
supusieron el empujón definitivo para la expansión de
internet en España.
La moda de los portales
-beneficiada por la mejora de la velocidad de conexión-
popularizó mucho antes los servicios de chat que los de
correo electrónico. El principal problema del correo
electrónico en sus comienzos era simple: para poder
enviar algo a un destinatario, este debía tener también
correo electrónico, y nosotros debíamos conocer su
dirección. No era tan fácil en un tiempo en el que la
mayoría de la gente ni siquiera tenía internet en casa.
El chat, en cambio, se convirtió en el medio de
comunicación digital por excelencia -en paralelo a la
explosión de los llamados cibercafés-, y reinó durante
casi una década como el gran vehículo de relaciones
sociales en internet. Relaciones sociales, eso sí,
basadas en el anonimato.
Las salas de chat ocupaban
lugares destacados en la mayoría de los portales, y se
dividían por categorías, edades o razones geográficas.
Así, al anochecer, algunos doctores mataban sus ratos
libres discutiendo sobre medicina en una sala de chat
exclusiva para este colectivo, mientras que otros
preferían entregarse a la poesía en cientos de salas
dedicadas a poetas frustrados, atestadas de adolescentes
de emoticono fácil.
Muchos chats estaban
destinados al amor y la amistad, y así comenzaron las
primeras desvirtualizaciones -como se llama ahora, en la
jerga de las redes sociales, a conocer en persona a
alguien a quien has tratado solo a través de internet-:
jóvenes que quedaban para ir a un concierto o enamorados
digitales que decidían concertar una primera cita.
Arriesgadísimas experiencias de las que surgieron miles
de desengaños, algún amor para toda la vida y muchos,
muchos problemas de seguridad entre adolescentes. Era
solo el comienzo de la otra cara de internet.
En menos de diez años,
nuestros hábitos de ocio, información y comunicación han
cambiado por completo, gracias a la expansión de
internet en nuestros hogares y oficinas, y ahora también
en nuestros teléfonos y dispositivos portátiles. La
última hora informativa está a un clic en cualquier
lugar del mundo, las entradas para el cine o el teatro o
la reserva de un restaurante se realiza a través de
internet, las previsiones meteorológicas y planos de
carretera están al alcance de la mano en nuestros
dispositivos móviles, y el correo postal ordinario ha
quedado reducido casi en exclusiva a comunicaciones
oficiales, y en particular, a las cartas de Hacienda y
las multas de Tráfico; algo que, por otra parte, le ha
privado incluso de la muerte nostálgica y entrañable que
tal vez merecía tan legendario servicio de comunicación
escrita. Es, dicen, la fría crueldad del progreso
tecnológico.
Música gratis
Y, de pronto, con el
cambio de siglo, los españoles conocimos Napster, y nos
parecía increíble. Un programa que, conectado a internet,
te permitía descargar todo tipo de canciones de forma
gratuita. En Napster no estaban las últimas novedades
discográficas, eso llegaría mucho después. En esta
plataforma se encontraban, sobre todo, aquellos discos
descatalogados, que habían sido editados en vinilo en
las décadas anteriores, y que las discográficas se
habían negado a reeditar en CD -aunque posteriormente
cambiaran de opinión-.
Así, Napster hacía posible
descargarse discos de pop español, de grupos tan
variados y diferentes como Duncan Dhu, Celtas Cortos,
Dinamita pa los Pollos, Pistones, Mamá o Los Limones. Un
auténtico tesoro para quienes daban por perdidas todas
esas canciones, que solo podían hallarse, con suerte, en
ferias del disco de segunda mano. Con Napster, por
supuesto, llegó la polémica de los derechos de autor, de
la que tanto se ha escrito ya.
Extra, extra!
La prensa escrita española
llegó tarde y mal a internet. El Mundo tomó la delantera
en este terreno, dándole la vuelta a la tortilla de los
quioscos, donde el primer puesto siempre había
correspondido a El País. El diario de Prisa, por su
parte, nunca vio con claridad si debía ofrecer sus
contenidos gratuitamente en la Red y realizaron más de
un intento fallido de comenzar a cobrar por sus
publicaciones. En los primeros años del presente siglo,
todos los proyectos de medios que decidieron cobrar por
sus ediciones digitales fracasaron. A medida que aumentó
la oferta gratuita, ningún usuario quería pagar por algo
que se ofrecía gratis en otro sitio.
Durante años, ha existido
un encendido debate sobre si debían ofrecerse en la web
o no los mismos contenidos que en la edición impresa del
diario, o generar contenidos nuevos. Hoy, las ediciones
digitales de los periódicos ocupan un lugar central en
las grandes empresas de comunicación, fundiéndose
frecuentemente con el resto de las redacciones, y
sirviendo de ventana de urgencia, por la que arrojar a
la Red las exclusivas e informaciones de última hora que
posteriormente se ampliarán en los programas habituales
de radio y televisión o en la edición impresa de los
periódicos del día siguiente. La web ha dejado de ser
una amenaza para la prensa y se ha convertido en una
interesante oportunidad, en plena crisis del sector.
Itxu Díaz |