CUANDO
comenzó esta crisis en la que andamos
inmersos, a uno, que a pesar de los años
sigue siendo un ingenuo, las
declaraciones a boca llena de quienes
dirigían entonces el cotarro político
-casi todos siguen siendo los mismos-,
el anuncio de la refundación del
capitalismo le sonó a música celestial.
Por fin -me dije-, ahora que las
ideologías dominantes se han diluido en
facciones agrupadas por simpatía y que
nadie defiende lo que afirma defender,
que la izquierda se constituye en
valedora de las oligarquías y la derecha
llama a la rebelión proletaria, quizás
haya llegado el momento en que,
universalmente consensuada, se imponga
la justicia social y una razonable
redistribución de la riqueza.
En resumen, ya veía asomar las torres de
Jauja y el cerro de Potosí por el
horizonte. Las anheladas utopías de la
humanidad podían comenzar a hacerse
posibles. Se terminaría el egoísmo, la
codicia, la explotación salvaje de
personas y recursos, el afán de
enriquecimiento a cualquier precio y
todo sería una inmensa fraternidad
universal.
Tonterías. No necesité ni frotarme los
ojos para saber que no estaba soñando,
porque la cruda realidad se volvió a
manifestar muy pronto. Las ayudas de los
gobiernos se encaminaron desde el primer
momento a apuntalar a los principales
causantes de la crisis: bancos y demás
especuladores, en tanto los ciudadanos y
las pequeñas empresas nos convertíamos,
como por arte de magia, en números y
cifras a mayor gloria de la
macroeconomía y la globalización, en
porcentajes al alza o a la baja de los
mercados financieros, en mercancías, por
decir con claridad lo que en el fondo
somos para quienes manejan los hilos de
la sociedad y que no son precisamente
los políticos, aunque a veces hasta
ellos mismos aparenten creerlo.
Y no se volvió a hablar de refundación
del capitalismo, sino de 'sálvese quien
pueda' en una especie de huida hacia
delante en la que los practicantes de la
rapiña multiplicaban, gracias a su
crisis, los beneficios y el común de los
mortales, o sea nosotros, que cada vez
somos más cifras y menos personas,
conforme dictan las leyes del mercado.
Los políticos, por su parte, mostrando
cada vez más a las claras sus hilos de
marioneta. Los sindicatos, entre tanto,
mostrando su falta de credibilidad e
iniciativa, su abono gregario a las
subvenciones y migajas del poder,
mientras los parados son, más que nunca,
tantos por ciento sin alma de la masa
laboral; los funcionarios, chivos
expiatorios en los que recortar
constantemente derechos y salarios, con
el aplauso demagógico de casi toda la
opinión pública; los trabajadores, cada
vez más proletarizados, mercancía barata
y sumisa, sin capacidad reivindicativa;
la sociedad en su conjunto, números y
cifras que, combinadas con la materia
prima y la productividad, siguen
enriqueciendo a los de siempre -unos
pocos- a costa de los de siempre -la
inmensa mayoría-, que hemos perdido casi
toda capacidad de reacción y nos
debatimos entre el miedo a que la cosa
empeore, la confusión entre lo que vemos
y lo que creemos ver y la impotencia
frente a tanto abuso.
Cierto que, como la voz que clama en el
desierto, por casi todo el mundo surgen
movimientos contestatarios como nuestro
ilusionante 15-M o el más global 15-O,
pero los mecanismos de control funcionan
de maravilla para que nada cambie y
domesticar cualquier intento de salirse
de los cauces establecidos. De modo que,
la mayoría de esos movimientos, si no
son sometidos a sangre y fuego cuando
las cosas se ponen feas para los de
arriba (Siria, Yemen&hellip),
dinamitados desde dentro (Italia) o
abusivamente reprimidos cuando a quien
puede ordenarlo le entra un repentino
ataque de autoridad porque se ha ganado
una Champions, viene el Papa o cualquier
otro evento de masas (España), terminan
-ojalá me equivoque- agotándose en sí
mismos, en una especie de utopía naif o
en happenings que tienen su efímero
reflejo en los medios de comunicación,
para terminar apagándose como la llama
de una cerilla, que alumbró a todos
mientras duró.
Sería una pena, porque ahí está el
germen del cambio necesario, pero el
control está tan extendido, que hasta
las protestas más lúcidas se canalizan y
terminan siendo controladas a mayor
beneficio de los mismos depredadores,
mientras la pescadilla se sigue
mordiendo la cola en el eterno círculo
compuesto por la prima de riesgo, la
deuda soberana, el porcentaje de
beneficio, las cifras de rescate, la
inflación y la suspensión de pagos.
Ningún gobierno se libra de esa
dictadura global y, cuando parece que la
cosa comienza a ir bien, aparecen los
dioses Moody's, Standard & Poor's y su
corte celestial de agencias, para que
todos los políticos les rindan pleitesía
y adoración. El círculo se cierra otra
vez y de nuevo volvemos a empezar, cada
vez más rehenes de un sistema
capitalista que, cuando comenzó todo
este baile prometieron refundar y a fe
que lo hicieron, pero no para cuestionar
lo que tiene de injusto, sino para
potenciar esas injusticias, apuntalarlo
y fortalecerlo en el sentido más
inhumano y salvaje de la palabra.
¿Qué vamos a sacar finalmente de todo
esto?. Confieso que soy cada vez más
pesimista y en el horizonte solamente
veo apatía, miedo, conformismo,
decepción, obediencia, humillación,
miseria, enriquecimiento obsceno de unos
pocos a costa de casi todos, sensaciones
que nos harán menos humanos y nos irán
convirtiendo en lo que ya se nos
considera por quienes manejan los hilos
de la economía, que es como decir todos
los hilos: números y cifras.