STEs Castilla y León Opinión

Prestigio salarial

10/05/2011

 

Tribuna.- Miquel Molina

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La integración de los recién llegados tuvieron que asumirla los docentes sin los medios necesarios


Sucede a menudo en Catalunya que el debate competencial dificulta la correcta apreciación de los problemas. Que el ministerio de Economía haya vetado una oferta catalana de plazas de profesorado tiene una evidente lectura política, aunque no es de menor interés el hecho en sí. Que una cuestión tan esencial como la dotación de recursos humanos del sistema educativo pase a formar parte del mercadeo de mensajes partidistas es hasta cierto punto inevitable, pero no es excusa para dejar de preguntarnos por el fondo del asunto.

Habituados como estamos a responsabilizar a los profesores de cualquier calamidad que pueda relacionarse remotamente con carencias formativas, ¿no deberíamos cuestionarnos sobre lo que estamos haciendo por ellos para evitar esas situaciones?

Cuando se habla de devolver a maestros y profesores la autoridad perdida, suelen mencionarse medidas que tienden a corregir la corriente educativa que arranca en la transición democrática y que se considera en exceso condescendiente con los derechos de los alumnos. De esta extendida vocación de contrarreforma surgen, en el fondo, propuestas como la de uniformizar a chicos y chicas en las clases o la de volver a construir tarimas para que a todo el mundo le quede muy claro quién manda. También la restitución de ciertos valores propios de nuestra tradición católica en el día a día de los centros educativos. Son propuestas compartibles por un amplio sector de la sociedad - la disciplina ha dejado de ser un valor exclusivamente conservador-,aunque, según quién las formula, se intuye que hay una motivación ideológica que acaba dando por buena cualquier iniciativa que liquide los valores tradicionales de la izquierda.

Es un debate lícito en democracia. Lo que no debería servir para negar la posibilidad de otros debates: por ejemplo, el que se ha abierto en Estados Unidos sobre cómo influye la baja remuneración de los docentes en el desprestigio de la escuela pública. Es una controversia que surge al hilo del informe McKinsey (Closing the talent gap,2010) sobre los sistemas educativos excelentes. Este plantea, resumiendo, que países con brillantes resultados educativos, como Finlandia, Corea del Sur o Singapur, basan su sistema en mejorar la consideración social del profesor por la vía del estímulo salarial.

Evidentemente, las condiciones laborales de los profesores de la escuela pública norteamericana son mucho más precarias que las de sus homólogos en un instituto en Catalunya, a pesar de los años de congelación salarial y del reciente recorte del 5%. La crisis económica, además, obliga al sacrificio sin excepción. Pero no estaría de más plantearse, en un futuro más benigno, la posibilidad de mejorar sustancialmente los salarios de los docentes catalanes que acepten someterse a un sistema de evaluaciones que determine su capacidad de innovar los métodos educativos, en la línea de lo que se señala en el citado informe.

Les debemos nuestro apoyo. Durante los años de crecimiento prodigioso, fueron ellos quienes tuvieron que asumir la ingrata tarea de integrar la marea de inmigrantes en sus infradotadas escuelas. Mientras las autoridades hacían la vista gorda en los aeropuertos para dejar entrar a mansalva mano de obra barata - al tiempo que escenificaban rigurosos controles en las costas-,sobre los docentes recayó la responsabilidad cívica de integrar al recién llegado sin que el resto de alumnos se resintiera. La profesora que tuvo que comprarse un diccionario de mandarín para aprender a decir "buenos días" a la niña china recién llegada se merece algo más que convertirse en sospechosa por no comulgar con la idea de que, con disciplina, la letra entra.


MIQUEL MOLINA
Licenciado en Ciencias de la Información
Subdirector de La Vanguardia

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