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Corso Expresso 46
millones de razones |
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46 millones de razones |
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Hemos dejado pasar el fin
de semana porque era un momento especial que,
finalmente, ha salido bien. De haber fracasado, los 23
tipos vestidos de rojo y azul habrían vuelto igual que
regresaron tantos otros a casa, con el rabo entre las
piernas y alimentando la leyenda negra del dolor común.
El fútbol es mucho más que un deporte, que un
espectáculo o que una mitología nueva, es un espejo en
el que se miran millones de personas para alimentar su
voluntad o sus sueños.
De
no ser así, ni los partidos políticos, ni las ideologías
ni las multinacionales habrían metido la mano para
intentar controlarlo o sacar tajada. Sea como fuere, hay
ahora mismo 46 millones de razones para sonreír.
Pero lo más
importante, es que algo tan aparentemente mundano y
simplón como once personas dándole patadas al balón ha
conseguido dar un nuevo sentido a una bandera que
siempre había sido vilipendiada y unida a Franco. Ahora
ya no es la bandera de los partidos españolistas, ni la
de los fachas de derechas, es la bandera de todos porque
esos 23 tipos de rojo y azul le han dado nuevo sentido y
contenido. Así que, en cierta medida, hoy es el
primer día después del nacimiento de la nueva nación
española: trabajo, equipo y voluntad de querer.
PD: pero la mejor bandera es la que hemos puesto aquí,
no hay nada más ibérico. |
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El Mundo La
España que podría ser, de Ignacio García de Leániz Caprile, Profesor
de Comportamiento Humano en la Empresa. |
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La
España que podría ser |
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El
autor resalta las virtudes que encarna la selección y
lamenta que esos valores no se extrapolen al ámbito
político. Ensalza la figura del seleccionador, Del
Bosque, cuyo liderazgo sosegado echa en falta en
nuestros dirigentes. |
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Un dicho inglés afirma
apelando al common sense que resulta una aberración
creer que el fútbol sea una cuestión de vida o muerte, y
añade: «Es mucho más que eso». Y el mismo Camus, tras
jugar de portero en su Argelia natal, reconocería en su
madurez que lo que sabía acerca de la vida -y sabía
mucho- se lo debía precisamente a ese fútbol de
juventud. Así las cosas, no está de más en esta hora
grave de España extraer una serie de reflexiones y
enseñanzas de la actuación de nuestra selección: como si
el equipo nacional hubiese logrado también una cátedra
de pedagogía desde la que iluminarnos en nuestra
confusión reinante.
En primer lugar, nuestro equipo ha dado un ejemplo
exacto de aquello que Ortega definía como una nación:
«Un proyecto sugestivo de vida en común». Ha cambiado la
selección la concepción global del fútbol, algo que sólo
ocurre cada muchos años: ahora es ya posesión del balón
y llevar siempre la iniciativa, combinado a su vez con
una férrea solidez defensiva. Ello ha supuesto, ya desde
la Eurocopa, un reto bien sugerente: no jugar tras el
balón, sino con el balón que se percibe como una
prolongación del yo, o más bien, del nosotros. Por eso
da la selección la impresión de que juega, en el sentido
lúdico. La cuestión no es tanto correr como poseer: y de
la posesión llega el gol, que más que meterse se hace.
La escuela de La Masía ha dado sus frutos innovadores
sin perder valores necesarios del pasado (tal que fue la
Revolución Inglesa) como son la casta y la capacidad de
sufrimiento colectivo ante Honduras, Chile y Paraguay.
Si comparamos todo ello con el temple de nuestro país,
¿no andamos los españoles desde hace ya varios años
viviendo a la defensiva, llenos de suspicacia en un
catenaccio que traba nuestras potencias creativas y
espirituales, como Ortega observaba en la Argentina de
los años 40?
Mientras nos disolvemos en particularismos de vida
aparte que no hacen sino restar -y el sábado tuvimos
otra demostración en Barcelona-, la selección ha sido un
tratado de trabajo en equipo con un objetivo común, y
donde la sinergia hace que el todo sea mayor que las
partes. Por eso Del Bosque podía hacer sin problema
alguno las rotaciones necesarias
(Torres-Navas-Pedro-Llorente). Por eso, Pepe Reina, en
una muestra de transferencia del conocimiento, podía
indicar a Casillas por donde tiraría el penalti Cardozo.
Frente a nuestro apartismo reinante, el espectador
español acaba de ver los resultados de una genuina
vertebración integradora con ocho futbolistas
provenientes del fútbol catalán.
Piénsese en términos de productividad, calidad e
innovación lo que todo esto significa: justo las tres
dimensiones que nos faltan para que nuestra economía
nacional pueda ser competitiva. Ni más ni menos.
Por otro lado, en tanto que nuestra imagen exterior ha
venido sufriendo una merma considerable, la selección ha
otorgado un prestigio impagable a España como marca en
un momento crítico. Y es que una de las enseñanzas de la
actual crisis radica en que las naciones cada vez se
asemejan más a una marca que atrae o repele a los
inversores internacionales, lo que convendrá tener muy
en cuenta.
Bien saben al respecto los expertos en branding lo
inmensamente difícil que es crear y mantener un
reconocimiento de marca y lo fácil que es perderlo:
pensemos, por ejemplo, en British Petroleum como caso
más a mano. Por ello, si Nokia hace por Finlandia más
que 100 embajadores, nuestro equipo ha hecho por el país
más que el Ministerio de Asuntos Exteriores al completo,
creando la siguiente asociación simbólica: España como
sinónimo de calidad, eficacia e innovación. Ahí es nada.
Muchas empresas darían millones de euros por poseer los
atributos de la marca Spain en estos momentos, cosa que
me temo podemos malbaratar si no rectificamos a fondo.
En este contexto, algunos economistas llegan a afirmar
que un Mundial supone un plus de crecimiento anual de un
0,25% sobre lo estimado. Sea cierto o exagerado, lo que
sí es muy real es que el trabajo bien hecho es rentable,
en tanto que los costes de la no calidad representan un
20% de cualquier presupuesto, como ya determinó Deming.
Capítulo aparte merece nuestro entrenador. Vicente del
Bosque no tiene look, pero sí un liderazgo sosegado que
ha supuesto una lección magistral de prudencia rectora.
Esa prudencia que Peter Drucker, padre del management
moderno, ponía en la base misma de la función directiva.
Conviene recordar ahora que por carecer de look se le
despidió, sin guardar las más elementales formas, de un
club antaño señorial que hoy publicita una casa de
apuestas como simbolizando lo que Unamuno llamaba
«nuestra gran timba nacional».
Falto de imagen, Del Bosque posee a cambio algo
hondamente español y cuya pérdida en este país en los
últimos años me alarma especialmente: ese señorío tan
nuestro y grave -que tanto admiraban los embajadores
europeos- que nos hacía saber estar, y que el Greco fijó
para siempre en El caballero de la mano en el pecho. Por
eso no hay look en Del Bosque -ni falta que hace- pero
sí compostura, que es fuente de prudencia y discreción.
Mucho me temo que de un tiempo a esta parte ha habido en
España un triunfo del parecer sobre el ser o del look
sobre el valer, que explica -más de lo que se piensa- la
honda crisis económica, social e institucional que
padecemos. Haga la prueba el lector con personajes del
ámbito político, empresarial, financiero y judicial, por
ejemplo, y pregúntese el grado de concordancia que ahí
entre su apariencia y realidad: intuyo que el balance
sea desolador.
Tampoco hay en nuestro entrenador estridencias ni
alharacas; mucho menos, bravuconadas (sería muy
significativo llevar la contabilidad de las que tiene
que soportar el ciudadano español en los años recientes
y preguntarse por qué). Junto a ello tiene además una
magnanimidad con el adversario en la victoria muy
nuestra: su búsqueda y abrazo del entrenador derrotado
(bien lo sabe Joachim Löw) evoca aquel gesto de Spínola
en Las lanzas, impensable hoy en nuestra España Oficial.
Tampoco establece comparaciones jactanciosas ni se
engríe públicamente. Por eso gusta nuestro entrenador
del quehacer silencioso, pues sabe muy bien -como Juan
Ramón Jiménez- que sólo hay que hablar para mejorar el
silencio y si no lo mejor es callarse. Compare el lector
tal economía de la palabra con la algarabía
ininteligible de nuestra política, que impide la
reflexión serena y el examen sosegado. Tal vez por eso
se fomenta tanto y hayamos caído en la actual
postración.
Junto a ello, no menos relevante es la sencilla
ejemplaridad de Del Bosque, que ha ido empapando por
mímesis el comportamiento de la selección dentro y fuera
del campo, resultando un manual de buenas maneras.
Cabría oponer a eso la entronización de las malas formas
en la vida pública y organizacional española, de la que
habría que hacer serio recuento. Sospecho que gran parte
del malestar que existe en nuestras empresas desde mucho
antes de la crisis se debe a la falta de estilo y malos
modos de amplios núcleos directivos e intermedios:
habría que averiguar las razones de tal degradación y su
impacto en el clima laboral, que aventuro más negativo
de lo que se quiere pensar.
Todo esto y mucho más nos ha mostrado la selección con
su entrenador a la cabeza, como indicándonos
posibilidades de actuación colectiva que tenemos en la
mano. Claro que para no llamarse a engaño hay que
recordar que en 1978 Argentina se proclamaba campeona
del mundo en Buenos Aires para cinco años después entrar
en un default marasmático del que todavía no ha salido.
Y es que en las posibilidades de la libertad se cumple
fielmente aquel verso cervantino de gran belleza
admonitoria: «Tú mismo te has forjado tu ventura».
Viendo las hazañas de nuestro equipo, bien podemos
hablar de buenaventura. En el caso nacional depende de
nosotros no acabar, una vez más, en malaventuras.
Vicente del Bosque lo ha acertado a expresar con un deje
de esperanza y melancolía: «Ojalá España estuviera tan
unida como este equipo». Esa es la España que podría
ser.
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El País El
camino del fútbol, de Miguel Ángel Aguilar. Periodista |
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El camino
del fútbol |
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Asombra
comprobar cómo una patada, una simple patada de Iniesta,
ha podido marcar la diferencia entre la depresión y la
euforia |
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Hemos estado viviendo días
de fútbol y celebraciones pacíficas, que todos gozan sin
dirigirlas contra nadie. De manera que tantos
antagonismos, tantos agravios comparativos, tantas
reclamaciones pendientes, y al final por el impensado
camino del fútbol se diría que hemos encontrado una
interesante aproximación a la difícil convivencia
festiva, sin provocar energumenismos ahuyentadores. Cada
cual tenía su receptor dispuesto para conectar en
directo con el acontecimiento de la final de la Copa del
Mundo en Johanesburgo, pero todos quisieron renunciar al
solipsismo y convertir la recepción de la señal
televisiva en un espectáculo a escala masiva o
doméstica, según los casos. Había coincidencia
generalizada en la necesidad de compartir las emociones
previstas, y por eso cada quien se esforzaba en poner el
máximo cuidado en la elección de los afines a convocar
ante la pantalla.
Asombra comprobar cómo una patada, una simple patada de
Iniesta, ha podido marcar la diferencia entre la
depresión y la euforia. Salvarnos del no valemos para
nada en que hubiéramos caído, y transportarnos a la
gloria del somos los mejores en la que ahora levitamos.
Una patada, una simple patada al esférico en la
dirección precisa, y todo ha cambiado. Este país
nuestro, donde tan prestigiado está el fracaso, tiene
ahora que digerir un triunfo de tamaño natural, aunque
quede en principio circunscrito al ámbito deportivo,
donde el palmarés de nuestros tenistas, ciclistas,
golfistas, pilotos de competición, futbolistas o
baloncestistas ha tenido ya que ser reconocido con
admiración. La victoria del domingo ha sido una victoria
del juego en equipo, del uno para todos y todos para
uno, pero sin olvidar cada uno su sitio y su función. Ha
sido la victoria del método con emoción sobre el mero
desbordamiento emocional, que lleva al desorden y
multiplica la vulnerabilidad frente al adversario.
Ha sido la victoria del seleccionador, Vicente del
Bosque, es decir, de la autoridad natural, la que se
inspira sin necesidad de imposiciones autoritarias.
Porque Del Bosque, la piedra que los constructores como
Florentino Pérez desecharon para sus proyectos
glamurosos, vino a convertirse ahora en la piedra
angular. El seleccionador ha sido la prueba viviente de
que también tenemos españoles de primera, que para nada
alardean, que crean espíritu de equipo, que huyen de las
baladronadas, que ambientan el buen entendimiento, que
evitan divismos disgregadores, que son refractarios a
los calentamientos demagógicos, incluidos los de
procedencia periodística, que se esfuerzan por sacar de
todos y cada uno de los seleccionados lo mejor de sí
mismos, que demuestran su aversión al engolamiento y a
la solemnidad inane, que encajan la crítica y, todavía
más difícil, el elogio. Altivos en la derrota y
magnánimos en la victoria, verdaderos caballeros
andantes, fuera de tiempos tan encanallados como los
actuales.
Habría que dedicar un capítulo a cada uno de los
integrantes de la selección, pero por hoy nos
centraremos en el autor del último gol, el de la
victoria, como ha hecho un buen amigo periodista en su
telegrama del informativo Hora 14 de la cadena SER,
donde le decía: “Andrés Iniesta, que estás en los
cielos, santificado sea tu nombre, porque de tu pie ha
venido a nosotros la Copa del Mundo”. Le advertía,
después, que no se dejara aturdir por quienes ahora
intentarán deformar las circunstancias de sus orígenes
familiares y geográficos en Fuentealbilla (Albacete), o
su formación en la Masía del Barça, para ajustarlas de
manera que dibujen la constelación de un predestinado.
Porque Iniesta se inscribe en la galaxia de la ilusión,
del afán, del trabajo constante, de la entrega decidida,
para afinar en compañía, junto a los demás, facultades y
talento futbolístico.
Pero este camino del fútbol, el cual recorrido de otras
maneras a tantos ha embrutecido y fanatizado, debería
explorarse de acuerdo con el nuevo trazado que parece
abierto con la Copa del Mundo. Un camino de
coincidencia, de suma de contribuciones a favor de
logros relevantes. Un camino que empieza por reconocer
el talento, cualquiera que sea su origen primero y su
actual localización, para sumarlo al intento de la
victoria. Una senda en la que querríamos ver al
presidente Zapatero, a quien como a Del Bosque
corresponde que su equipo, o su Gobierno, valga más que
la mera suma de los jugadores, o ministros, que lo
compongan. Porque a partir de los seleccionados hay que
componer las alineaciones, motivar a quienes las formen
e infundirles el espíritu de victoria. Mañana, en el
Pleno del Congreso de los Diputados, lo veremos.
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El Mundo El
acontecimiento más importante del mundo. Manuel Mandianes es es
antropólogo del CSIC y escritor. |
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El
acontecimiento más importante del mundo |
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El
autor aborda la influencia del fútbol sobre las
dinámicas políticas, económicas y de integración social.
Analiza el optimismo de España por el triunfo y las
crisis de identidad desatadas por el fracaso en Francia
e Italia |
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Es complicado recordar un
momento de la Historia reciente en que España estuviera
tan unida como el domingo, cuando Andrés Iniesta marcó
el gol que convirtió a nuestra selección en campeona del
mundo. Las banderas y camisetas rojigualdas que
inmediatamente llenaron las calles, coloreando la
alegría de los aficionados, eran la prueba de que
-dejando aparte la religión- el fútbol estructura y
configura la vida de más millones de personas que
ninguna otra realidad social.
Ni la posmodernidad, ni la razón o la política son
fuerzas suficientes para cohesionar a la sociedad. Los
más prestigiosos diarios generalistas, y aun económicos,
han dedicado páginas enteras, y hasta editoriales, al
fútbol durante este Mundial de Sudáfrica que ha
consagrado a la extraordinaria generación de los Xavi,
Casillas o Puyol. Hasta revistas tan reconocidas en el
campo de la microbiología nuclear como Cell han
publicado artículos sobre la genética de las estrellas
del fútbol. Cineastas, dramaturgos, escritores,
filósofos, sociólogos y antropólogos han fijado sus
objetivos sobre el deporte rey.
En el fútbol concurren el dinero, el marketing, los
medios de comunicación y la política. A falta de
comunicados oficiales que terminen de afinar las cifras,
se estima que el Mundial de 2010 habrá generado
aproximadamente medio billón de euros. La FIFA ha
cobrado 529 millones por los derechos de emisión en la
pequeña pantalla. En torno a 2.400 millones de personas
habrán seguido las 70.000 horas de retransmisión de los
partidos del torneo por las cadenas de televisión, lo
que habrá supuesto una audiencia acumulada de 26.000
millones de espectadores. Para trasmitirlo al mundo
entero se habrán reunido en el lugar de los hechos unos
19.000 fotógrafos, periodistas y otros profesionales de
los medios. Un Mundial es uno de los «ámbitos más
socorridos del crimen internacional, las mafias y el
dinero negro», en palabras de Felipe Sahagún. Mientras
la ONU tiene 192 miembros, la FIFA tiene 208. Ya no se
dice: «el tiempo es oro», sino «el gol es oro».
El Mundial es como un casting donde los equipos más
potentes seleccionan nuevos ídolos. El parquet
mundialístico marca sus propias leyes económicas y fija,
más que valores, precios ante la posibilidad de
transacciones. Por eso Sandro Rosell concedió que su
archienemigo y predecesor en la presidencia del
Barcelona, Joan Laporta, había acertado al fichar a
Villa antes de que su valor se disparase en Sudáfrica.
Las agencias de viajes dicen que hubo un masivo retraso
en la salida de vacaciones hasta el término del
campeonato. El Mundial ha puesto de manifiesto la
importancia de las redes sociales y de las nuevas
tecnologías y la conectividad a que han dado lugar:
todos estamos en todas partes al mismo tiempo. Durante
el tiempo que ha durado el Mundial, los ojos del mundo
han mirado al país organizador. El escenario competitivo
es una gran plataforma de negocios al socaire de las
grandes cadenas de televisión, potenciadas por el
marketing deportivo. Hoy las ciudades no son conocidas
por sus fábricas, ni siquiera por sus catedrales, sino
por sus equipos de fútbol.
Con frecuencia los cronistas hablan de venganza, de
rencores, de desquites. Los responsables de las
selecciones nacionales, para mantener al equipo en paz,
buscan enemigos exteriores, porque somos lo que somos a
través de los otros. Sabemos quiénes somos porque nos
oponemos al otro. Tal vez por ello, en los países
orientales el fútbol ha llegado más tarde o aún no ha
llegado, a causa de la paz del nirvana, donde la mirada
del otro está excluida. La tentativa budista de
liberarse de la ilusión, del deseo, es la tentativa de
liberarse del fútbol que pone al rojo vivo las tensiones
sociales y personales.
Nadie duda de que los resultados pueden ser una
inyección de moral o hundir el ánimo de un pueblo. ¿Cómo
habría amanecido España si Casillas no hubiese
prevalecido en el mano a mano contra Robben? ¿O si
Iniesta hubiera errado su fogonazo y la tanda de
penaltis hubiera favorecido a los holandeses?
Los políticos juegan con el fútbol en momentos que ellos
creen decisivos para su carrera. Los Gobiernos pueden
recibir un impacto negativo o positivo según los
resultados del Mundial y muchos que prevén un buen
resultado pueden adelantar o atrasar las elecciones.
El fútbol puede ser la argamasa que une a los individuos
de un país dividido y desgarrado, o puede ser la chispa
que haga saltar las hostilidades preexistentes. Un
acontecimiento célebre que ejemplariza esto a la
perfección es la guerra del fútbol entre Honduras y
Salvador en 1969. En realidad, el fútbol no fue más que
una excusa para encender las hostilidades entre los dos
grandes rivales. «Los mayores problemas del país se
vivieron en plena fase de clasificación. En nuestro
caso, la selección fue motivo de reconciliación social y
de que se liberasen tensiones. Hicimos que la gente se
abrazara, se reencontrara y recuperara el orgullo
nacional», dijo el entrenador de Honduras.
Conviene en este punto recordar la cita de Bauman, para
quien «el Mundial se ha convertido en un observatorio de
la modernidad líquida caracterizada por líneas
fronterizas borrosas y sumamente permeables, una
devaluación de las distancias espaciales y de la
capacidad defensiva de los territorios y un intenso
flujo humano a través de las fronteras».
El Mundial de Sudáfrica nos ha mostrado la realidad
migratoria del momento actual en el planeta. Las
crónicas sobre Suiza estudiaban la influencia de las
diferentes lenguas en la dificultad de formar una
selección conjuntada y dotada de un estilo propio.
Muchas de las estrellas de Inglaterra tenían ascendencia
caribeña, pero todas han calentado cunas inglesas y
todas juegan en la liga nacional. Entre los 23 jugadores
alemanes destacaban 11 jóvenes hambrientos de gloria que
tenían al menos un progenitor de origen turco, caribeño,
brasileño o tunecino, lo que suponía un cambio de ritmo
y de estilo en el juego del combinado germano, para
muchos el más exuberante de la competición hasta que La
Roja y un testarazo de Puyol se les cruzaron en
semifinales. Por el contrario, la mayoría de los
componentes de la selección de Argelia, los zorros del
desierto, nacieron en los suburbios de las ciudades
francesas.
La Liga Norte dice que el fracaso de la selección
italiana se debió a la presencia masiva de extranjeros
en el Calcio, aunque el impacto de la debacle se suavizó
con la eliminación de Francia, eterno rival de los
azzurri. La interpretación de la derrota gala degeneró
hacia un choque de culturas porque los jugadores
procedentes de los arrabales de grandes ciudades, hijos
de inmigrantes, se rebelaron contra los jugadores
nacidos en familias francesas de clase media.
Toda francia está abochornada por el papel que hicieron
sus futbolistas en Sudáfrica. Lo sucedido con la
selección bleu, según explica Michel Wieviorka, «ha
venido a recordar a los franceses que su país ya no es,
tal vez, lo que era; que su Estado se ve erosionado por
dinámicas propias de un proceso de descomposición y que
su sociedad está dividida, cuando en otros tiempos, el
éxito les había aportado gratificaciones simbólicas
susceptibles de ayudar a olvidar o minimizar sus
problemas nacionales y sociales».
El fútbol es la nación y su identidad. Es un componente
básico de las relaciones internacionales porque es
crisol de todos los fenómenos sociales. Es una cuestión
de Estado. El presidente de Francia, profundamente
preocupado por «los problemas estructurales del fútbol»
galo, pidió que los jugadores no tuvieran ninguna
exención fiscal. Aunque poco después revocó la medida,
el presidente de Nigeria había ordenado la retirada de
su selección de todos los torneos internacionales y la
supresión de la federación de fútbol por la temprana
eliminación de su selección del Mundial.
Los fracasos balompédicos escuecen tanto porque el
fútbol es espejo de los méritos individuales y de los
del equipo con el que se identifica un grupo mucho
mayor: la sociedad.
El espectador de un partido de fútbol no está
simplemente mirando un espectáculo sino que también está
leyendo un tratado sobre el comportamiento humano. El
fútbol es hoy el objeto del fundamentalismo y otros
radicalismos. Los hinchas y los fans son, en realidad,
los únicos capaces de comprometerse por sus ideas. El
odio de los hinchas es garantía de calidad. «Los hinchas
sólo odian a quien puede hacer sombra y vencer a su
equipo».
Aunque cada entrenador tenga su filosofía, el fútbol es
goles, no un concepto. El fútbol representa el orden
simbólico, la experiencia vivida, la riqueza de las
emociones. Muchos aficionados, cuando se sitúan dentro
del fútbol, experimentan una transubstanciación, entran
en una dimensión que está más allá de lo racional. «No
hemos entrado nosotros en el fútbol, él ha entrado en
nosotros», me han dicho en algunas peñas.
El fútbol marca el ritmo de las tristezas y de las
alegrías de todas las clases sociales porque escenifica
la dimensión agónica y muestra de manera plástica la
incertidumbre de la existencia humana.
Sufrimiento, existencialismo, estética… Son los
ingredientes del júbilo desatado por el bendito gol de
Andrés Iniesta.
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La Vanguardia Falsa
metáfora, de Kepa Aulestia, periodista |
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Falsa metáfora |
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sin la
copa... las virtudes que componen la metáfora de la
selección, hubiesen pasado a ser una mera excentricidad
por parte de profesionales que, en tal caso, estarían
remunerados muy por encima de sus méritos. |
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La competición deportiva
brinda al ciudadano espectador la proyección que
necesita para moldear su identidad, transferir a los
héroes la titánica tarea que él no puede llevar a cabo,
o deplorar la pobre actuación de quienes ha designado
como sus representantes en ese mundo glorificado. Los
héroes representan la fuerza, la destreza y la
disposición a batirse con sus adversarios que el
ciudadano espectador no posee, pero de los que se
apropia adhiriéndose a su causa. Se siente eufórico
cuando ve que su equipo o su deportista preferido
triunfan; defraudado y abatido cuando se frustran sus
expectativas. La mayoría de las veces sus reacciones
resultan exageradas, posiblemente porque el ciudadano
espectador no es plenamente consciente de lo que espera
de sus héroes, o cuando menos no manifiesta sus
exigencias. Aunque más exageradas acaban siendo las
consideraciones y enseñanzas que se extraen del éxito o
del fracaso de los héroes. Así ha ocurrido con la roja,
convertida incluso antes de ganar la final de Sudáfrica
en un dechado de virtudes y en el espejo ante el que
debería mirarse el país.
La humildad con la que los jugadores han sabido
administrar su enorme talento, su sentido de equipo por
encima de la apetencia por brillar individualmente, su
fidelidad a una determinada manera de entender el fútbol
a pesar de los encuentros más tortuosos, su tranquilidad
de ánimo solo concebible en quienes afrontaban el reto
de ir paso a paso en el campeonato. Qué decir del
seleccionador, un hombre discreto y contenido, de
intenciones claras que inocula al colectivo con mano
izquierda, mientras despliega su instinto natural para
evitar la más mínima controversia.
Y junto a todo ello la gestación de una nueva identidad,
asociada a la idea de que la selección es y representa
“la mejor España”. Una realidad modélica porque dejaría
atrás tanto las divisiones internas como el eterno
complejo de ser peones de la fatalidad. La roja se ha
convertido en metáfora; pero se trata de una metáfora
falaz. No sólo porque quienes han ido construyendo el
espejo y aquellos que se adhieren a ella en realidad se
resisten a seguir tales enseñanzas. También porque estas
resultan en parte falaces: representan la escenificación
de una conducta cuya virtud no se encuentra en su bondad
intrínseca, sino en sus resultados.
No es fácil imaginarse a todos los que han alabado las
excelencias morales de los integrantes de la selección
comportarse con sencillez o tratar de convencer mediante
una exposición pausada, e incluso desapasionada, de sus
argumentos. Nada más alejado de las virtudes consignadas
por los comentaristas que el frenesí con el que los más
exaltados vivieron las horas siguientes al gol de
Iniesta. Y aunque este fuese invitado a participar con
su testimonio en la formación de los más jóvenes
directivos de nuestras empresas, muchos de ellos
estarían interesados únicamente en sacarse una foto con
tan excepcional jugador.
Los halagos morales que acompañan al aprecio deportivo
convierten a los jugadores de la selección en esos
santos cuyas buenas obras son tenidas en cuenta siempre
que produzcan milagros. Basta preguntarse qué hubiera
ocurrido con la metáfora del equipo nacional si hubiese
quedado lejos de ganar la final, en octavos o en
cuartos. Incluso si Holanda hubiese ganado la Copa en la
tanda de penaltis.
En ese caso, los santos de la selección merecerían otro
tratamiento. La humildad sería tachada de acomplejada;
el estilo de juego, inadaptado para una competición tan
física; la serenidad de los futbolistas pasaría a formar
parte de la indolencia patria; el seleccionador sería
caricaturizado como un mediocre sin ambición; el fracaso
se consideraría resultado de un error previo de
apreciación, y se suscitarían dudas sobre la entrega de
los jugadores en defensa de los colores de España.
No nos engañemos, aunque hoy se nos diga que ganar no es
lo único importante, es eso de lo que dependen las
virtudes que componen la metáfora de la selección.
Virtudes que sin la copa hubiesen pasado a ser una mera
excentricidad por parte de profesionales que, en tal
caso, estarían remunerados muy por encima de sus
méritos. Esto no es cosa de un puñado de habilidosos
querubines, se diría. En realidad es lo que están
pensando muchos de los publicistas de la metáfora de la
roja. Quizá también porque el milagro ha tenido lugar a
pesar de los arbitrarios arbitrajes y demás decisiones
que se adoptan en el fútbol institucionalizado. Porque
la arbitrariedad domina sobre la leal competencia más
allá del terreno de juego, donde el ciudadano pasa de
ser espectador a protagonizar su propia peripecia en un
mundo de intereses.
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La Vanguardia 61
horas de julio, de Fernando Ónega,
periodista |
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61 horas de julio |
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La
economía no entiende de emociones. En política no es
imaginable la generosidad, ni la modestia, ni un jugador
que pase la pelota a un compañero para que marque gol. |
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Entre las once de la noche
del domingo y las doce de la mañana del miércoles hay 61
horas. Es el tiempo que durará el dominio absoluto del
fútbol y su euforia. Me apresuro a decirlo: de forma
absolutamente justa y gloriosa. Después, Zapatero subirá
a aquel estrado, como tantas veces. Dirá su discurso
conformista, como tantas veces. Y más que ninguna otra
vez será vapuleado por todos los portavoces de partido.
Me apresuro a decirlo: de forma bastante justa. En ese
momento, la gloria conquistada en Sudáfrica quedará como
un dato para la historia deportiva, y este país se
despertará de nuevo contando sus parados, sumando sus
desgracias y midiendo sus incapacidades para
resolverlas.
Esa es la España de estos días, entusiasmada en lo
deportivo y deprimida en todo lo demás. Y esos son los
desafíos de este tiempo: cómo se traslada el entusiasmo
generado por el fútbol a la gestión política o la
euforia de un día a la decaída actividad económica; cómo
se aprovecha la oleada de teórica confianza en el país
del fútbol frente al vendaval de desencanto por la
pérdida de otras confianzas; o cómo se hace compatible
la explosión de banderas españolas con algunas de las
pancartas que se lucieron el sábado en la manifestación
de Barcelona.
Lo malo es que nada de eso es posible. Todos podemos
escribir y suscribir fantásticas ensoñaciones bajo la
emoción de lo ocurrido en Sudáfrica. Podemos
emocionarnos y hacer fastuosos castillos en el aire de
la euforia. Pero la cohesión celebrada en aquellos
estadios sólo existe en las selecciones deportivas. La
economía no entiende de emociones. En política no es
imaginable la generosidad, ni la modestia, ni un jugador
que pase la pelota a un compañero para que marque gol.
Y cuando se leen esas invocaciones casi religiosas a “la
España que gana unida”, inténtenlo en la unidad
política: si alguien tratase de hacer una selección
española para gobernar, saldrían a relucir los cordones
sanitarios, las incompatibilidades ideológicas, los
agravios territoriales, las cuotas de poder y la
imposición de árbitro.
Sin contar con un detalle: a la última selección de ese
tipo que hubo en España se la llamó Movimiento Nacional.
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El Confidencial Evasión
y Victoria, de Jesús Cacho, periodista |
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Evasión y Victoria |
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Un
mensaje para la clase política |
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Difícil describir la
explosión de libertad que España entera vivió el domingo
por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy
jóvenes españoles podrán decir “yo estuve allí y viví
aquella noche memorable; yo vibré en torno a una ilusión
compartida y una bandera de la que me sentí orgulloso”.
Por todas partes la alegría y el grito, el sonido de los
cláxones, el abrazo a pie de calle, el tremolar de
banderas, el ruido, el inmenso ruido, la suprema
algarabía surgida de la nada, sin orden ni concierto,
elogio a lo instintivo, lo genuinamente auténtico, lo no
planificado. La belleza de lo espontáneo.
Por las cuatro esquinas de una España abrasada por el
sol de julio surgió como un torrente en la noche del
domingo la necesidad de festejar algo, de celebrar este
gran éxito deportivo tras casi tres años de crisis
terrorífica, de noticias negativas, de sufrimiento y
paro, de bienestar perdido tras la calima de un futuro
incierto. El jolgorio de las calles sublimaba el deseo
de olvidar, de escapar de la agobiante realidad, de
soñar despierto.
Tal que casi todos los grandes acontecimientos capaces
de conmocionar a una sociedad, este no ha sido un hecho
aislado. Como las desgracias, las alegrías nunca vienen
solas. España ha vivido tres días de infarto llamados a
tener una innegable influencia en el futuro colectivo.
El tiempo dirá si esa influencia es buena o mala y si
contribuirá o no a marcar un punto de inflexión en el
rumbo hacia la nada en que llevamos instalados desde que
Rodríguez Zapatero -quien, por cierto, se aferraba ayer
a la copa como si la hubiera ganado él- es presidente
del Gobierno. En estos tres días de vértigo, el país ha
asistido a la publicación de la sentencia del
Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el
viernes; a la gran manifestación que en las calles de
Barcelona protestó contra esa sentencia, el sábado, y a
la victoria futbolística del domingo.
Tres acontecimientos que, en mayor o menor medida,
apelan al sentimiento, apuntan directamente a las
emociones -a veces las más primarias, las que están más
a flor de piel- de las masas. Tres hitos unidos por el
hilo invisible de lo emocional, que están llamados,
repito, a dejar huella en el futuro común. Para que eso
ocurra, para que podamos calibrar la fuerza de ese
impacto y su dirección, tendrá que pasar tiempo, tendrá
lo ocurrido que reposar en las bodegas del inconsciente
colectivo, tendrá que digerirse y destilarse en alguna
de esas lecciones capaces de alumbrar caminos de
convivencia, de arrojar luz sobre el futuro en común.
Al margen de lo estrictamente deportivo, que no es poco,
el triunfo sobre Holanda del domingo se presta a
lecturas varias en el terreno de esos valores colectivos
que en los últimos tiempos están en el epicentro de la
pérdida de protagonismo de España y de lo español en el
mundo. Me refiero al valor del esfuerzo continuado, del
trabajo duro, de la capacidad de sacrificio, de la
voluntad de vencer por encima de las dificultades.
Ninguno de los equipos a los que se ha enfrentado
nuestra selección en su camino hacia el título se lo ha
puesto fácil. Todos han sido, por el contrario,
conjuntos aguerridos, duros, bien plantados sobre el
campo, que se sabían de carrerilla la medicina -a veces
violenta, como demostró el combinado holandés-, a
aplicar sobre el césped para contrarrestar la
superioridad técnica del once español.
Un mensaje para la clase política
Todos ellos pusieron un alto precio a su derrota,
demostrando así que nada se puede conseguir sin ese
catálogo de virtudes que resumen el trabajo colectivo
bien hecho. El éxito sudafricano es paradigma de esa
antigua verdad que sostiene que juntos los españoles
somos más y mejores que separados. La selección como
ejemplo de la capacidad colectiva de conseguir altas
metas desde la diversidad o la pluralidad, como ustedes
quieran; un manchego de Fuentealvilla (Iniesta); un
vasco de Tolosa (Alonso); un asturiano de Langreo
(Villa); un canario de Santa Cruz de Tenerife (Pedro);
un catalán de Viella (Pujol); un andaluz de Sevilla
(Ramos); un madrileño de Móstoles (Casillas), un navarro
de Pamplona (Llorente)… y así sucesivamente.
Viene aquí a cuento un párrafo del discurso pronunciado
por Nicolás Sarkozy el 29 de abril de 2007 en Bercy
(París): “Pero la nación no es sólo la identidad. Es
también la capacidad de estar juntos para protegerse y
para actuar. Es el sentimiento de que no estamos solos
para afrontar un futuro angustioso, en un mundo
amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, somos más
fuertes y podremos hacer frente a lo que, solos, no
podríamos superar…” Juntos salieron anoche a la calle
millones de españoles; muchos más de los que asistieron
a la manifestación del sábado lo celebraron en las
calles de Barcelona. Por una vez, la buena gente de
España decidió festejar algo sin necesidad de recibir
consigna alguna de su clase política.
Porque esta es otra de las enseñanzas de lo ocurrido
estas últimas semanas en Sudáfrica. Esa lección de
unidad en lo fundamental, ese ejercicio de trabajo
colectivo, esa demostración de sentido común es lo que
hoy cabe pedir a una clase política que a menudo
demuestra estar muy por debajo del ciudadano del común
al que dice representar, ocupada la mayor parte de las
veces en aventar elementos de fricción en lugar de en
resolver problemas, empeñada en generar conflictos en
vez de aportar soluciones. Una vez más, la selección y
el pueblo español en su conjunto han demostrados estar
por encima de su clase política. ¡Dios, qué buen vasallo
si hubiera buen señor!
Volvamos al discurso de Sarkozy en Bercy: “La voluntad
política y la nación están siempre para lo mejor y para
lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en
una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede
actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos
las cosas de manera que sea para lo mejor”. Esperemos
que lo ocurrido contribuya a mover a la reflexión a esa
clase que, ayuna de liderazgos, parece empeñada en vivir
al margen de los deseos de paz y prosperidad de la
inmensa mayoría de los ciudadanos, ocupada en aquello
que Hobbes denominó “un perpetuo e insaciable deseo de
poder y más poder, que cesa solo con la muerte”.
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Expansión Lágrimas
y multas, Manuel Conthe. Presidente del Consejo Asesor de EXPANSIÓN
y ‘Actualidad Económica’ |
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Lágrimas y multas |
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Los
economistas han defendido tradicionalmente que los
incentivos económicos ejercen un papel decisivo en la
conducta humana y no han prestado suficiente atención a
la “motivación intrínseca” |
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¿Puede alguien sensato
pensar que el incentivo económico que la Federación
Española de Fútbol ofreció en su día a los jugadores de
la selección española si ganaban el Mundial -600.000
euros por jugador, creo recordar- ha tenido alguna
influencia en la gesta que tuvo su colofón este domingo
en el golazo de Iniesta? ¿No habrían derrochado los
jugadores la misma pasión y buen juego sin ese
incentivo?
Los economistas han defendido tradicionalmente que los
incentivos económicos ejercen un papel decisivo en la
conducta humana y no han prestado suficiente atención a
la “motivación intrínseca” -esto es, la satisfacción
moral, disfrute o sentido de obligación que nos produce
una tarea-, un concepto esencial acuñado por los
psicólogos. Por fortuna, la visión económica de la
motivación humana se ha ido ensanchando en los últimos
años.
Como ilustración de ese nuevo enfoque, en 1998 dos
economistas, Uri Gneezy y Aldo Rustichini, llevaron a
cabo, a lo largo de 20 semanas, una célebre experiencia
en 11 guarderías infantiles de la ciudad israelita de
Haifa, para comparar el efecto de los incentivos
económicos y de los deberes morales. Se trataba de
guarderías privadas -cuyo precio rondaba los 380 dólares
al mes por cada niño-, con entre 30 y 35 niños, y un
horario de apertura que iba desde las 7:30 de la mañana
hasta las 4 de la tarde.
A lo largo de las cuatro primeras semanas del
experimento, los economistas se limitaron a observar el
número de padres que llegaban más de 10 minutos tarde a
recoger a sus hijos, lo que obligaba a que uno de los
profesores del centro se quedara esperando. Comprobaron
que apenas un tercio de los padres se retrasaban, y que
ninguno llegaba después de las 4:30. Al comienzo de la
quinta semana, en 7 de las 11 guarderías se anunció a
los padres que, a partir de ese momento, quienes se
retrasaran más de 10 minutos en recoger a sus hijos
tendrían que pagar una multa de 3 dólares por niño. Y,
transcurridas once semanas, en las citadas 7 guarderías
se anunció, sin dar mayores explicaciones, que se
suprimía el sistema de multas (es decir, se volvía a la
situación original, en la que los padres no tenían que
pagar multa alguna cuando recogían tarde a sus hijos).
Cuando Gneezy y Rustichini compararon los retrasos de
los padres en los dos grupos de guarderías, comprobaron
que en las 7 guarderías que habían establecido el
sistema de multas el porcentaje de padres retrasados se
elevó de forma apreciable, hasta afectar aproximadamente
a la mitad de todos ellos. Y descubrieron algo todavía
más curioso: el porcentaje de padres que llegaban tarde
se mantuvo elevado incluso después de que se suprimieran
las multas.
La explicación de lo ocurrido la dieron los dos
economistas en el título del artículo en el que
resumieron el experimento: “Una multa es un precio”. En
efecto, el establecimiento de una moderada sanción
pecuniaria destruyó el sentido de obligación moral que
había hecho que, hasta entonces, los padres sólo se
retrasaran excepcionalmente, al transformar el retraso
en una transacción en la que los padres pagaban un
precio por prolongar un servicio.
Gneezy y Rustichini realizaron más tarde experimentos
con premios, para analizar si también los incentivos
económicos positivos podían tener efectos perversos,
como había afirmado en los años 70 un sociólogo
británico, Richard Titmuss, en su libro The Gift
Relationship, según el cual pagar a los donantes de
sangre disminuiría su inclinación a donar, porque
destruiría cualquier móvil altruista. Esa teoría del
“desplazamiento de la motivación intrínseca” (crowding-out
of intrinsic motivation) la vieron también confirmada
dos economistas suizos, Bruno Frey y Felix Oberholzer-Gee,
en la actitud ciudadana respecto a la construcción de
almacenes de residuos nucleares: los incentivos
económicos ofrecidos por el Gobierno suizo a los
municipios que los albergaran redujeron su grado de
aceptación por los ciudadanos afectados, hasta entonces
movidos exclusivamente por un sentido patriótico. En su
experimento con premios, Gneezy y Rustichini llegaron a
una conclusión ecléctica: “Paga bastante, o no pagues
nada”. A su juicio, un incentivo económico puede ser
contraproducente si no resulta suficientemente atractivo
desde el punto de vista económico pero destruye la
motivación altruista de aquellos a quienes se dirige. Se
trata, curiosamente, de un enfoque dicotómico
emparentado con una regla del Real Decreto de 1989 que
regula los aranceles notariales, que faculta a los
notarios para dispensar por completo de su pago, pero no
para rebajarlos ni para efectuar dispensas parciales.
Quienes hemos trabajado en la Administración pública
conocemos bien el efecto estimulante de la “motivación
intrínseca”: el empleado público que desempeña una
función clara y socialmente útil, y forma parte de un
equipo dirigido por un líder que predica con el ejemplo,
desplegará un celo igual o superior al del empleado
privado mejor retribuido. De ahí el gran efecto
desmoralizador que provocan los gestores y políticos
que, sin más méritos que su proximidad al poder, son
puestos al frente de oficinas públicas sin poseer la
talla profesional y humana precisa para motivar a sus
empleados. Ese efecto desmoralizador se torna devastador
cuando el gestor político sucumbe a la corrupción.
En el cumplimiento de algunas obligaciones sociales
clave -como pagar impuestos-, el sentido cívico de los
individuos y la conciencia social sobre su exigibilidad
resultan esenciales. En tales casos, la sanción legal a
los incumplidores debe ser elevada y, sobre todo,
infamante, no sólo para disuadir a los infractores, sino
también para reflejar el repudio social de tales
conductas. Por eso, el llamado “Derecho Penal simbólico”
-la imposición de sanciones que, en la práctica, son de
difícil aplicación o están técnicamente mal diseñadas- y
la llamada “pena de banquillo” o “pena de Telediario”,
aunque denostados por los juristas, pueden cumplir una
función social útil al reforzar la dimensión moral y
social -y no sólo económica- de ciertas infracciones.
Pero esos incentivos negativos debieran verse reforzados
por estímulos positivos que refuercen la satisfacción
moral de quienes no sólo cumplen con su deber, sino que
interpretan éste con generosidad. En materia de
impuestos, yo mismo formulé en mi blog hace tiempo dos
propuestas concretas, dirigidas a acrecentar el
prestigio social de quienes más impuestos pagan y
complementar el viejo y acertado slogan “Hacienda somos
todos”: 1ª) En sus memorias de responsabilidad social,
las empresas debieran detallar, además de cuánto papel
reciclan y otras muchas actuaciones “responsables”,
cuántos impuestos pagan, por los diversos conceptos. 2ª)
La Casa Real, al igual que hace con deportistas,
científicos, literatos y muchas otras profesiones,
debiera invitar a una audiencia o recepción periódica a
los contribuyentes que más impuestos directos pagan,
para homenajear a quienes son el más firme soporte del
Reino de España y, de paso, avergonzar a quienes,
acaudalados y sobrados de fortuna, multiplican sus
esfuerzos para -incluso cambiando de residencia fiscal-
eludir el pago de impuestos.
El domingo, a Casillas se le saltaron las lágrimas
cuando Iniesta metió gol. No creo que fuera por el
prometido “bonus”. Ayer lunes, toda España agasajó, de
forma merecida, a los triunfadores en Sudáfrica,
liderados por un entrenador modélico, Vicente del
Bosque. Las motivaciones morales son poderosas. ¿Por qué
no las usamos más en materia de impuestos?
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República de las ideas Símbolos
de una nación, Daniel Martín |
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Símbolos de una nación |
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España,
aparte de hacer piña en torno a “La Roja”, se sostiene
sobre unos símbolos con poca fuerza. La propia bandera
lo es más de la selección que de la nación |
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Símbolos de una
naciónDaniel Martín Ni el Papa, ni el Estatut, ni el
aborto, ni siquiera el terrorismo… jamás se ha visto en
España tanta gente como el pasado lunes en las calles de
Madrid. Ciudadanos de todos los rincones de nuestra
geografía abarrotaron la capital y, al grito de
“Campeones” y bajo infinitas banderas, dieron la
bienvenida a los jugadores y técnicos de la selección
española de fútbol que, en señal de triunfo, imitaron
sobre un autobús los desfiles de Julio César al regreso
de las Galias y de Tito tras la destrucción de
Jerusalén.
Ganar el Mundial ha sido memorable. Después muchos
fracasos, tras el aperitivo de la Eurocopa, la euforia
se ha desatado en España. Lo feliz del acontecimiento se
hizo objetivo desde el momento en que Belén Esteban y
Jorge Javier Vázquez dedicaron tiempo de su programa a
hablar de la que ha devenido en “La Roja”, quién sabe si
por culpa de algún espíritu malévolo.
En España, al contrario de lo que ocurre en otros países
de nuestro entorno, es raro ver una manifestación como
la del lunes, donde había tantas banderas como personas.
La gente enarbolaba esa misma enseña que se ha
desgastado tanto tras los excesos del franquismo y su
oposición a la tricolor republicana. ¿Es ese, acaso, un
renacimiento del espíritu nacional español?
No lo creo. El auténtico símbolo de la unidad nacional
lo conforman 23 jugadores y un equipo técnico que han
sabido ganar un Mundial tras una final bronca contra
Holanda, añadiendo así un elemento de justicia poética
por la tácita venganza contra aquellos Países Bajos que
se enfrentaron a los tercios españoles en una inacabable
guerra que, a la postre, supuso el comienzo del fin del
Imperio español. 23 jugadores y varios técnicos, gente
sana y corriente, engarzados en esa nueva tradición de
deportistas españoles que, como Nadal y Gasol, saben
ganar y son ejemplos de deportividad.
Este entusiasmo generalizado debería hacernos
reflexionar. España, aparte de hacer piña en torno a “La
Roja”, se sostiene sobre unos símbolos con poca fuerza.
La propia bandera lo es más de la selección que de la
nación. El Rey ha perdido majestad y popularidad, y su
sucesión se enturbia a menudo si se observa con
detenimiento el comportamiento de las familias
políticas. El escudo nadie lo conoce y la Constitución…
apenas tiene vigencia.
En cuando al himno… Como buen hijo de la globalización
cultural, reconozco que siento emoción al escuchar el
God save the Queen, The Star-Spangled Banner, el Das
Lied der Deutschen y, sobre todo, seguramente por
influencia de Casablanca, la Marsellesa, mientras que
escuchar nuestra Marcha Real al ritmo de “lololo” o
“chunda-chunda” me produce más jocundidad que
sentimiento patriótico.
Así, en esta España autonómica, el principal elemento
aglutinador de nuestra vieja nación es la selección de
fútbol, formada por españoles de todas partes, único
símbolo válido de una sociedad a la que le cuesta
movilizarse ante las injusticias pero que reacciona en
bloque y con enorme alegría ante los triunfos deportivos
de los nuestros. Es poca cosa que nuestro mayor símbolo
nacional recaiga en 23 chavales de buenas maneras. Pero
algo es algo… aún más si tenemos en cuenta que a la vez
son nuestros más gloriosos representantes. Si su ejemplo
será suficiente para que España sobreviva como tal, el
tiempo lo dirá.
De momento, a disfrutar con su triunfo y regocijarnos
con la idea de que, durante un par de días, la gran
mayoría de los españoles no tuvo miedo de gritar “Viva
España”.
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El Confidencial No
es la ilusión de La Roja la que España necesita, de S. McCoy |
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No es
la ilusión de La Roja la que España necesita, |
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La
economía no entiende de emociones. En política no es
imaginable la generosidad, ni la modestia, ni un jugador
que pase la pelota a un compañero para que marque gol. |
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El fenómeno de La Roja se
ha analizado desde distintos puntos de vista. Quizá la
aproximación política sea la más interesante toda vez
que pone en tela de juicio la desafección que se suponía
de una parte de la ciudadanía respecto a los símbolos
nacionales y, por ende, el fundamento de la deriva
nacionalista de determinadas regiones. España es una
unidad de destino en ese divertimento universal que es
el fútbol. Ay si Franco levantara la cabeza…
Económicamente se ha ligado el triunfo de la Selección a
un positivo estado de ánimo susceptible de ser medido en
términos de aumento del PIB. Curioso fenómeno de
extrapolación del optimismo del ámbito deportivo al
consumo y la inversión. Poco importa que sea un efecto
puntual. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
Por último, es indudable que la alineación de intereses
colectivos en un foco común ayuda a la integración del
foráneo y mejora la convivencia. No hay rencor que una
buena victoria no sea capaz de superar. Abrazos
irreflexivos llenos de tolerancia.
Todos estos beneficios colaterales dependientes de que
una bolita decida o no entrar entre los tres palos de
una portería nacen de un sustrato básico, de un mínimo
común denominador que los justifica y que responde al
nombre de ilusión. Ilusión individual que se traduce en
una esperanza colectiva, en un deseo compartido. Un
concepto éste de la ilusión que, al calor del
acontecimiento histórico que hemos vivido, habría que
recuperar en su justa dimensión. Porque es precisamente
lo que España necesita. Pero no en los términos
comúnmente aceptados. Qué va. Tal euforia social
responde más bien a ese “concepto, imagen o
representación sin verdadera realidad, sugeridos por la
imaginación o causados por el engaño de los sentidos” al
que hace referencia el Diccionario de la R.A.E. en su
primera acepción de ilusión. Flor de un día que tal como
viene se va, herramienta inútil para sacar este país
adelante, espejismo que siempre tiene damnificados,
víctimas de la derrota. Su adopción hace que la frontera
entre ilusionante e ilusorio, entre ilusionado a iluso
sea casi invisible. Abono de desencanto lleno, sin
embargo, de elementos extraordinariamente útiles que son
los que hay que potenciar.
Y es que es momento de reconducir ese estado de ánimo
puntual a aquello intrínseco que nos puede ayudar a
salir de la difícil coyuntura que nos afecta. ¿Cómo? No
haciendo depender la ilusión de factores externos ajenos
a nuestro control y sujetos a un azar caprichoso y
volátil, ni condicionándola a un evento específico, sino
convirtiéndola en una guía vital de carácter permanente
vinculada a la fuerza de voluntad, a la capacidad para
identificar una meta y luchar todos los días por
alcanzarla, sin importar los tropezones y las
dificultades.
Es difícil no encontrar detrás de cualquier historia de
superación personal o de éxito empresarial el concepto
de ilusión como factor determinante en su consecución.
Siempre con la misma receta: afrontar la vida de modo
tal que las circunstancias son sólo medio, nunca fin en
sí mismas, y su transformación fruto del propio impulso
para superarlas; donde todo es una oportunidad para
aprender, rectificar o crecer; en la que importan poco
los por qués y mucho los para qués. La ilusión, así
entendida, hace al hombre dueño de su destino y le dota
de una fuerza transformadora de la que se beneficia toda
la sociedad de modo perdurable que es lo que interesa.
Sólo los que ilusionan y se ilusionan son capaces de
transmitir ilusión. Como ocurre con los jugadores de la
Selección. A ver si tomamos nota. Buena semana a todos.
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