STEs Castilla y León Opinión

fútbol

13/07/2010

Opinión.-

Corso Expresso

46 millones de razones

El Mundo

La España que podría ser, de Ignacio García de Leániz Caprile, Profesor de Comportamiento Humano en la Empresa.

El Mundo

El acontecimiento más importante del mundo. Manuel Mandianes es es antropólogo del CSIC y escritor.

El País

El camino del fútbol, de Miguel Ángel Aguilar, Periodista

La Vanguardia

Falsa metáfora, de Kepa Aulestia, Periodista

La Vanguardia

61 horas de julio, de Fernando Ónega, Periodista

El Confidencial

Evasión y Victoria, de Jesús Cacho, periodista

Expansión

Lágrimas y multas, Manuel Conthe. Presidente del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’

República de las ideas

Símbolos de una nación, Daniel Martín

El Confidencial

No es la ilusión de La Roja la que España necesita, de S. McCoy

Corso Expresso46 millones de razones

 

46 millones de razones

Hemos dejado pasar el fin de semana porque era un momento especial que, finalmente, ha salido bien. De haber fracasado, los 23 tipos vestidos de rojo y azul habrían vuelto igual que regresaron tantos otros a casa, con el rabo entre las piernas y alimentando la leyenda negra del dolor común. El fútbol es mucho más que un deporte, que un espectáculo o que una mitología nueva, es un espejo en el que se miran millones de personas para alimentar su voluntad o sus sueños.

De no ser así, ni los partidos políticos, ni las ideologías ni las multinacionales habrían metido la mano para intentar controlarlo o sacar tajada. Sea como fuere, hay ahora mismo 46 millones de razones para sonreír.

Pero lo más importante, es que algo tan aparentemente mundano y simplón como once personas dándole patadas al balón ha conseguido dar un nuevo sentido a una bandera que siempre había sido vilipendiada y unida a Franco. Ahora ya no es la bandera de los partidos españolistas, ni la de los fachas de derechas, es la bandera de todos porque esos 23 tipos de rojo y azul le han dado nuevo sentido y contenido. Así que, en cierta medida, hoy es el primer día después del nacimiento de la nueva nación española: trabajo, equipo y voluntad de querer.

PD: pero la mejor bandera es la que hemos puesto aquí, no hay nada más ibérico.

 

El MundoLa España que podría ser, de Ignacio García de Leániz Caprile, Profesor de Comportamiento Humano en la Empresa.

 

La España que podría ser

El autor resalta las virtudes que encarna la selección y lamenta que esos valores no se extrapolen al ámbito político. Ensalza la figura del seleccionador, Del Bosque, cuyo liderazgo sosegado echa en falta en nuestros dirigentes.

Un dicho inglés afirma apelando al common sense que resulta una aberración creer que el fútbol sea una cuestión de vida o muerte, y añade: «Es mucho más que eso». Y el mismo Camus, tras jugar de portero en su Argelia natal, reconocería en su madurez que lo que sabía acerca de la vida -y sabía mucho- se lo debía precisamente a ese fútbol de juventud. Así las cosas, no está de más en esta hora grave de España extraer una serie de reflexiones y enseñanzas de la actuación de nuestra selección: como si el equipo nacional hubiese logrado también una cátedra de pedagogía desde la que iluminarnos en nuestra confusión reinante.

En primer lugar, nuestro equipo ha dado un ejemplo exacto de aquello que Ortega definía como una nación: «Un proyecto sugestivo de vida en común». Ha cambiado la selección la concepción global del fútbol, algo que sólo ocurre cada muchos años: ahora es ya posesión del balón y llevar siempre la iniciativa, combinado a su vez con una férrea solidez defensiva. Ello ha supuesto, ya desde la Eurocopa, un reto bien sugerente: no jugar tras el balón, sino con el balón que se percibe como una prolongación del yo, o más bien, del nosotros. Por eso da la selección la impresión de que juega, en el sentido lúdico. La cuestión no es tanto correr como poseer: y de la posesión llega el gol, que más que meterse se hace. La escuela de La Masía ha dado sus frutos innovadores sin perder valores necesarios del pasado (tal que fue la Revolución Inglesa) como son la casta y la capacidad de sufrimiento colectivo ante Honduras, Chile y Paraguay.

Si comparamos todo ello con el temple de nuestro país, ¿no andamos los españoles desde hace ya varios años viviendo a la defensiva, llenos de suspicacia en un catenaccio que traba nuestras potencias creativas y espirituales, como Ortega observaba en la Argentina de los años 40?

Mientras nos disolvemos en particularismos de vida aparte que no hacen sino restar -y el sábado tuvimos otra demostración en Barcelona-, la selección ha sido un tratado de trabajo en equipo con un objetivo común, y donde la sinergia hace que el todo sea mayor que las partes. Por eso Del Bosque podía hacer sin problema alguno las rotaciones necesarias (Torres-Navas-Pedro-Llorente). Por eso, Pepe Reina, en una muestra de transferencia del conocimiento, podía indicar a Casillas por donde tiraría el penalti Cardozo. Frente a nuestro apartismo reinante, el espectador español acaba de ver los resultados de una genuina vertebración integradora con ocho futbolistas provenientes del fútbol catalán.

Piénsese en términos de productividad, calidad e innovación lo que todo esto significa: justo las tres dimensiones que nos faltan para que nuestra economía nacional pueda ser competitiva. Ni más ni menos.

Por otro lado, en tanto que nuestra imagen exterior ha venido sufriendo una merma considerable, la selección ha otorgado un prestigio impagable a España como marca en un momento crítico. Y es que una de las enseñanzas de la actual crisis radica en que las naciones cada vez se asemejan más a una marca que atrae o repele a los inversores internacionales, lo que convendrá tener muy en cuenta.

Bien saben al respecto los expertos en branding lo inmensamente difícil que es crear y mantener un reconocimiento de marca y lo fácil que es perderlo: pensemos, por ejemplo, en British Petroleum como caso más a mano. Por ello, si Nokia hace por Finlandia más que 100 embajadores, nuestro equipo ha hecho por el país más que el Ministerio de Asuntos Exteriores al completo, creando la siguiente asociación simbólica: España como sinónimo de calidad, eficacia e innovación. Ahí es nada.

Muchas empresas darían millones de euros por poseer los atributos de la marca Spain en estos momentos, cosa que me temo podemos malbaratar si no rectificamos a fondo. En este contexto, algunos economistas llegan a afirmar que un Mundial supone un plus de crecimiento anual de un 0,25% sobre lo estimado. Sea cierto o exagerado, lo que sí es muy real es que el trabajo bien hecho es rentable, en tanto que los costes de la no calidad representan un 20% de cualquier presupuesto, como ya determinó Deming.

Capítulo aparte merece nuestro entrenador. Vicente del Bosque no tiene look, pero sí un liderazgo sosegado que ha supuesto una lección magistral de prudencia rectora. Esa prudencia que Peter Drucker, padre del management moderno, ponía en la base misma de la función directiva. Conviene recordar ahora que por carecer de look se le despidió, sin guardar las más elementales formas, de un club antaño señorial que hoy publicita una casa de apuestas como simbolizando lo que Unamuno llamaba «nuestra gran timba nacional».

Falto de imagen, Del Bosque posee a cambio algo hondamente español y cuya pérdida en este país en los últimos años me alarma especialmente: ese señorío tan nuestro y grave -que tanto admiraban los embajadores europeos- que nos hacía saber estar, y que el Greco fijó para siempre en El caballero de la mano en el pecho. Por eso no hay look en Del Bosque -ni falta que hace- pero sí compostura, que es fuente de prudencia y discreción.

Mucho me temo que de un tiempo a esta parte ha habido en España un triunfo del parecer sobre el ser o del look sobre el valer, que explica -más de lo que se piensa- la honda crisis económica, social e institucional que padecemos. Haga la prueba el lector con personajes del ámbito político, empresarial, financiero y judicial, por ejemplo, y pregúntese el grado de concordancia que ahí entre su apariencia y realidad: intuyo que el balance sea desolador.

Tampoco hay en nuestro entrenador estridencias ni alharacas; mucho menos, bravuconadas (sería muy significativo llevar la contabilidad de las que tiene que soportar el ciudadano español en los años recientes y preguntarse por qué). Junto a ello tiene además una magnanimidad con el adversario en la victoria muy nuestra: su búsqueda y abrazo del entrenador derrotado (bien lo sabe Joachim Löw) evoca aquel gesto de Spínola en Las lanzas, impensable hoy en nuestra España Oficial. Tampoco establece comparaciones jactanciosas ni se engríe públicamente. Por eso gusta nuestro entrenador del quehacer silencioso, pues sabe muy bien -como Juan Ramón Jiménez- que sólo hay que hablar para mejorar el silencio y si no lo mejor es callarse. Compare el lector tal economía de la palabra con la algarabía ininteligible de nuestra política, que impide la reflexión serena y el examen sosegado. Tal vez por eso se fomenta tanto y hayamos caído en la actual postración.

Junto a ello, no menos relevante es la sencilla ejemplaridad de Del Bosque, que ha ido empapando por mímesis el comportamiento de la selección dentro y fuera del campo, resultando un manual de buenas maneras. Cabría oponer a eso la entronización de las malas formas en la vida pública y organizacional española, de la que habría que hacer serio recuento. Sospecho que gran parte del malestar que existe en nuestras empresas desde mucho antes de la crisis se debe a la falta de estilo y malos modos de amplios núcleos directivos e intermedios: habría que averiguar las razones de tal degradación y su impacto en el clima laboral, que aventuro más negativo de lo que se quiere pensar.

Todo esto y mucho más nos ha mostrado la selección con su entrenador a la cabeza, como indicándonos posibilidades de actuación colectiva que tenemos en la mano. Claro que para no llamarse a engaño hay que recordar que en 1978 Argentina se proclamaba campeona del mundo en Buenos Aires para cinco años después entrar en un default marasmático del que todavía no ha salido. Y es que en las posibilidades de la libertad se cumple fielmente aquel verso cervantino de gran belleza admonitoria: «Tú mismo te has forjado tu ventura». Viendo las hazañas de nuestro equipo, bien podemos hablar de buenaventura. En el caso nacional depende de nosotros no acabar, una vez más, en malaventuras. Vicente del Bosque lo ha acertado a expresar con un deje de esperanza y melancolía: «Ojalá España estuviera tan unida como este equipo». Esa es la España que podría ser.

El PaísEl camino del fútbol, de Miguel Ángel Aguilar. Periodista

 

El camino del fútbol

Asombra comprobar cómo una patada, una simple patada de Iniesta, ha podido marcar la diferencia entre la depresión y la euforia

Hemos estado viviendo días de fútbol y celebraciones pacíficas, que todos gozan sin dirigirlas contra nadie. De manera que tantos antagonismos, tantos agravios comparativos, tantas reclamaciones pendientes, y al final por el impensado camino del fútbol se diría que hemos encontrado una interesante aproximación a la difícil convivencia festiva, sin provocar energumenismos ahuyentadores. Cada cual tenía su receptor dispuesto para conectar en directo con el acontecimiento de la final de la Copa del Mundo en Johanesburgo, pero todos quisieron renunciar al solipsismo y convertir la recepción de la señal televisiva en un espectáculo a escala masiva o doméstica, según los casos. Había coincidencia generalizada en la necesidad de compartir las emociones previstas, y por eso cada quien se esforzaba en poner el máximo cuidado en la elección de los afines a convocar ante la pantalla.

Asombra comprobar cómo una patada, una simple patada de Iniesta, ha podido marcar la diferencia entre la depresión y la euforia. Salvarnos del no valemos para nada en que hubiéramos caído, y transportarnos a la gloria del somos los mejores en la que ahora levitamos. Una patada, una simple patada al esférico en la dirección precisa, y todo ha cambiado. Este país nuestro, donde tan prestigiado está el fracaso, tiene ahora que digerir un triunfo de tamaño natural, aunque quede en principio circunscrito al ámbito deportivo, donde el palmarés de nuestros tenistas, ciclistas, golfistas, pilotos de competición, futbolistas o baloncestistas ha tenido ya que ser reconocido con admiración. La victoria del domingo ha sido una victoria del juego en equipo, del uno para todos y todos para uno, pero sin olvidar cada uno su sitio y su función. Ha sido la victoria del método con emoción sobre el mero desbordamiento emocional, que lleva al desorden y multiplica la vulnerabilidad frente al adversario.

Ha sido la victoria del seleccionador, Vicente del Bosque, es decir, de la autoridad natural, la que se inspira sin necesidad de imposiciones autoritarias. Porque Del Bosque, la piedra que los constructores como Florentino Pérez desecharon para sus proyectos glamurosos, vino a convertirse ahora en la piedra angular. El seleccionador ha sido la prueba viviente de que también tenemos españoles de primera, que para nada alardean, que crean espíritu de equipo, que huyen de las baladronadas, que ambientan el buen entendimiento, que evitan divismos disgregadores, que son refractarios a los calentamientos demagógicos, incluidos los de procedencia periodística, que se esfuerzan por sacar de todos y cada uno de los seleccionados lo mejor de sí mismos, que demuestran su aversión al engolamiento y a la solemnidad inane, que encajan la crítica y, todavía más difícil, el elogio. Altivos en la derrota y magnánimos en la victoria, verdaderos caballeros andantes, fuera de tiempos tan encanallados como los actuales.

Habría que dedicar un capítulo a cada uno de los integrantes de la selección, pero por hoy nos centraremos en el autor del último gol, el de la victoria, como ha hecho un buen amigo periodista en su telegrama del informativo Hora 14 de la cadena SER, donde le decía: “Andrés Iniesta, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, porque de tu pie ha venido a nosotros la Copa del Mundo”. Le advertía, después, que no se dejara aturdir por quienes ahora intentarán deformar las circunstancias de sus orígenes familiares y geográficos en Fuentealbilla (Albacete), o su formación en la Masía del Barça, para ajustarlas de manera que dibujen la constelación de un predestinado. Porque Iniesta se inscribe en la galaxia de la ilusión, del afán, del trabajo constante, de la entrega decidida, para afinar en compañía, junto a los demás, facultades y talento futbolístico.

Pero este camino del fútbol, el cual recorrido de otras maneras a tantos ha embrutecido y fanatizado, debería explorarse de acuerdo con el nuevo trazado que parece abierto con la Copa del Mundo. Un camino de coincidencia, de suma de contribuciones a favor de logros relevantes. Un camino que empieza por reconocer el talento, cualquiera que sea su origen primero y su actual localización, para sumarlo al intento de la victoria. Una senda en la que querríamos ver al presidente Zapatero, a quien como a Del Bosque corresponde que su equipo, o su Gobierno, valga más que la mera suma de los jugadores, o ministros, que lo compongan. Porque a partir de los seleccionados hay que componer las alineaciones, motivar a quienes las formen e infundirles el espíritu de victoria. Mañana, en el Pleno del Congreso de los Diputados, lo veremos.
 

El MundoEl acontecimiento más importante del mundo. Manuel Mandianes es es antropólogo del CSIC y escritor.

 

El acontecimiento más importante del mundo

El autor aborda la influencia del fútbol sobre las dinámicas políticas, económicas y de integración social. Analiza el optimismo de España por el triunfo y las crisis de identidad desatadas por el fracaso en Francia e Italia

Es complicado recordar un momento de la Historia reciente en que España estuviera tan unida como el domingo, cuando Andrés Iniesta marcó el gol que convirtió a nuestra selección en campeona del mundo. Las banderas y camisetas rojigualdas que inmediatamente llenaron las calles, coloreando la alegría de los aficionados, eran la prueba de que -dejando aparte la religión- el fútbol estructura y configura la vida de más millones de personas que ninguna otra realidad social.

Ni la posmodernidad, ni la razón o la política son fuerzas suficientes para cohesionar a la sociedad. Los más prestigiosos diarios generalistas, y aun económicos, han dedicado páginas enteras, y hasta editoriales, al fútbol durante este Mundial de Sudáfrica que ha consagrado a la extraordinaria generación de los Xavi, Casillas o Puyol. Hasta revistas tan reconocidas en el campo de la microbiología nuclear como Cell han publicado artículos sobre la genética de las estrellas del fútbol. Cineastas, dramaturgos, escritores, filósofos, sociólogos y antropólogos han fijado sus objetivos sobre el deporte rey.

En el fútbol concurren el dinero, el marketing, los medios de comunicación y la política. A falta de comunicados oficiales que terminen de afinar las cifras, se estima que el Mundial de 2010 habrá generado aproximadamente medio billón de euros. La FIFA ha cobrado 529 millones por los derechos de emisión en la pequeña pantalla. En torno a 2.400 millones de personas habrán seguido las 70.000 horas de retransmisión de los partidos del torneo por las cadenas de televisión, lo que habrá supuesto una audiencia acumulada de 26.000 millones de espectadores. Para trasmitirlo al mundo entero se habrán reunido en el lugar de los hechos unos 19.000 fotógrafos, periodistas y otros profesionales de los medios. Un Mundial es uno de los «ámbitos más socorridos del crimen internacional, las mafias y el dinero negro», en palabras de Felipe Sahagún. Mientras la ONU tiene 192 miembros, la FIFA tiene 208. Ya no se dice: «el tiempo es oro», sino «el gol es oro».

El Mundial es como un casting donde los equipos más potentes seleccionan nuevos ídolos. El parquet mundialístico marca sus propias leyes económicas y fija, más que valores, precios ante la posibilidad de transacciones. Por eso Sandro Rosell concedió que su archienemigo y predecesor en la presidencia del Barcelona, Joan Laporta, había acertado al fichar a Villa antes de que su valor se disparase en Sudáfrica.

Las agencias de viajes dicen que hubo un masivo retraso en la salida de vacaciones hasta el término del campeonato. El Mundial ha puesto de manifiesto la importancia de las redes sociales y de las nuevas tecnologías y la conectividad a que han dado lugar: todos estamos en todas partes al mismo tiempo. Durante el tiempo que ha durado el Mundial, los ojos del mundo han mirado al país organizador. El escenario competitivo es una gran plataforma de negocios al socaire de las grandes cadenas de televisión, potenciadas por el marketing deportivo. Hoy las ciudades no son conocidas por sus fábricas, ni siquiera por sus catedrales, sino por sus equipos de fútbol.

Con frecuencia los cronistas hablan de venganza, de rencores, de desquites. Los responsables de las selecciones nacionales, para mantener al equipo en paz, buscan enemigos exteriores, porque somos lo que somos a través de los otros. Sabemos quiénes somos porque nos oponemos al otro. Tal vez por ello, en los países orientales el fútbol ha llegado más tarde o aún no ha llegado, a causa de la paz del nirvana, donde la mirada del otro está excluida. La tentativa budista de liberarse de la ilusión, del deseo, es la tentativa de liberarse del fútbol que pone al rojo vivo las tensiones sociales y personales.

Nadie duda de que los resultados pueden ser una inyección de moral o hundir el ánimo de un pueblo. ¿Cómo habría amanecido España si Casillas no hubiese prevalecido en el mano a mano contra Robben? ¿O si Iniesta hubiera errado su fogonazo y la tanda de penaltis hubiera favorecido a los holandeses?

Los políticos juegan con el fútbol en momentos que ellos creen decisivos para su carrera. Los Gobiernos pueden recibir un impacto negativo o positivo según los resultados del Mundial y muchos que prevén un buen resultado pueden adelantar o atrasar las elecciones.

El fútbol puede ser la argamasa que une a los individuos de un país dividido y desgarrado, o puede ser la chispa que haga saltar las hostilidades preexistentes. Un acontecimiento célebre que ejemplariza esto a la perfección es la guerra del fútbol entre Honduras y Salvador en 1969. En realidad, el fútbol no fue más que una excusa para encender las hostilidades entre los dos grandes rivales. «Los mayores problemas del país se vivieron en plena fase de clasificación. En nuestro caso, la selección fue motivo de reconciliación social y de que se liberasen tensiones. Hicimos que la gente se abrazara, se reencontrara y recuperara el orgullo nacional», dijo el entrenador de Honduras.

Conviene en este punto recordar la cita de Bauman, para quien «el Mundial se ha convertido en un observatorio de la modernidad líquida caracterizada por líneas fronterizas borrosas y sumamente permeables, una devaluación de las distancias espaciales y de la capacidad defensiva de los territorios y un intenso flujo humano a través de las fronteras».

El Mundial de Sudáfrica nos ha mostrado la realidad migratoria del momento actual en el planeta. Las crónicas sobre Suiza estudiaban la influencia de las diferentes lenguas en la dificultad de formar una selección conjuntada y dotada de un estilo propio. Muchas de las estrellas de Inglaterra tenían ascendencia caribeña, pero todas han calentado cunas inglesas y todas juegan en la liga nacional. Entre los 23 jugadores alemanes destacaban 11 jóvenes hambrientos de gloria que tenían al menos un progenitor de origen turco, caribeño, brasileño o tunecino, lo que suponía un cambio de ritmo y de estilo en el juego del combinado germano, para muchos el más exuberante de la competición hasta que La Roja y un testarazo de Puyol se les cruzaron en semifinales. Por el contrario, la mayoría de los componentes de la selección de Argelia, los zorros del desierto, nacieron en los suburbios de las ciudades francesas.

La Liga Norte dice que el fracaso de la selección italiana se debió a la presencia masiva de extranjeros en el Calcio, aunque el impacto de la debacle se suavizó con la eliminación de Francia, eterno rival de los azzurri. La interpretación de la derrota gala degeneró hacia un choque de culturas porque los jugadores procedentes de los arrabales de grandes ciudades, hijos de inmigrantes, se rebelaron contra los jugadores nacidos en familias francesas de clase media.

Toda francia está abochornada por el papel que hicieron sus futbolistas en Sudáfrica. Lo sucedido con la selección bleu, según explica Michel Wieviorka, «ha venido a recordar a los franceses que su país ya no es, tal vez, lo que era; que su Estado se ve erosionado por dinámicas propias de un proceso de descomposición y que su sociedad está dividida, cuando en otros tiempos, el éxito les había aportado gratificaciones simbólicas susceptibles de ayudar a olvidar o minimizar sus problemas nacionales y sociales».

El fútbol es la nación y su identidad. Es un componente básico de las relaciones internacionales porque es crisol de todos los fenómenos sociales. Es una cuestión de Estado. El presidente de Francia, profundamente preocupado por «los problemas estructurales del fútbol» galo, pidió que los jugadores no tuvieran ninguna exención fiscal. Aunque poco después revocó la medida, el presidente de Nigeria había ordenado la retirada de su selección de todos los torneos internacionales y la supresión de la federación de fútbol por la temprana eliminación de su selección del Mundial.

Los fracasos balompédicos escuecen tanto porque el fútbol es espejo de los méritos individuales y de los del equipo con el que se identifica un grupo mucho mayor: la sociedad.

El espectador de un partido de fútbol no está simplemente mirando un espectáculo sino que también está leyendo un tratado sobre el comportamiento humano. El fútbol es hoy el objeto del fundamentalismo y otros radicalismos. Los hinchas y los fans son, en realidad, los únicos capaces de comprometerse por sus ideas. El odio de los hinchas es garantía de calidad. «Los hinchas sólo odian a quien puede hacer sombra y vencer a su equipo».

Aunque cada entrenador tenga su filosofía, el fútbol es goles, no un concepto. El fútbol representa el orden simbólico, la experiencia vivida, la riqueza de las emociones. Muchos aficionados, cuando se sitúan dentro del fútbol, experimentan una transubstanciación, entran en una dimensión que está más allá de lo racional. «No hemos entrado nosotros en el fútbol, él ha entrado en nosotros», me han dicho en algunas peñas.

El fútbol marca el ritmo de las tristezas y de las alegrías de todas las clases sociales porque escenifica la dimensión agónica y muestra de manera plástica la incertidumbre de la existencia humana.

Sufrimiento, existencialismo, estética… Son los ingredientes del júbilo desatado por el bendito gol de Andrés Iniesta.

La VanguardiaFalsa metáfora, de Kepa Aulestia, periodista

 

Falsa metáfora

sin la copa... las virtudes que componen la metáfora de la selección, hubiesen pasado a ser una mera excentricidad por parte de profesionales que, en tal caso, estarían remunerados muy por encima de sus méritos.

La competición deportiva brinda al ciudadano espectador la proyección que necesita para moldear su identidad, transferir a los héroes la titánica tarea que él no puede llevar a cabo, o deplorar la pobre actuación de quienes ha designado como sus representantes en ese mundo glorificado. Los héroes representan la fuerza, la destreza y la disposición a batirse con sus adversarios que el ciudadano espectador no posee, pero de los que se apropia adhiriéndose a su causa. Se siente eufórico cuando ve que su equipo o su deportista preferido triunfan; defraudado y abatido cuando se frustran sus expectativas. La mayoría de las veces sus reacciones resultan exageradas, posiblemente porque el ciudadano espectador no es plenamente consciente de lo que espera de sus héroes, o cuando menos no manifiesta sus exigencias. Aunque más exageradas acaban siendo las consideraciones y enseñanzas que se extraen del éxito o del fracaso de los héroes. Así ha ocurrido con la roja, convertida incluso antes de ganar la final de Sudáfrica en un dechado de virtudes y en el espejo ante el que debería mirarse el país.

La humildad con la que los jugadores han sabido administrar su enorme talento, su sentido de equipo por encima de la apetencia por brillar individualmente, su fidelidad a una determinada manera de entender el fútbol a pesar de los encuentros más tortuosos, su tranquilidad de ánimo solo concebible en quienes afrontaban el reto de ir paso a paso en el campeonato. Qué decir del seleccionador, un hombre discreto y contenido, de intenciones claras que inocula al colectivo con mano izquierda, mientras despliega su instinto natural para evitar la más mínima controversia.

Y junto a todo ello la gestación de una nueva identidad, asociada a la idea de que la selección es y representa “la mejor España”. Una realidad modélica porque dejaría atrás tanto las divisiones internas como el eterno complejo de ser peones de la fatalidad. La roja se ha convertido en metáfora; pero se trata de una metáfora falaz. No sólo porque quienes han ido construyendo el espejo y aquellos que se adhieren a ella en realidad se resisten a seguir tales enseñanzas. También porque estas resultan en parte falaces: representan la escenificación de una conducta cuya virtud no se encuentra en su bondad intrínseca, sino en sus resultados.

No es fácil imaginarse a todos los que han alabado las excelencias morales de los integrantes de la selección comportarse con sencillez o tratar de convencer mediante una exposición pausada, e incluso desapasionada, de sus argumentos. Nada más alejado de las virtudes consignadas por los comentaristas que el frenesí con el que los más exaltados vivieron las horas siguientes al gol de Iniesta. Y aunque este fuese invitado a participar con su testimonio en la formación de los más jóvenes directivos de nuestras empresas, muchos de ellos estarían interesados únicamente en sacarse una foto con tan excepcional jugador.

Los halagos morales que acompañan al aprecio deportivo convierten a los jugadores de la selección en esos santos cuyas buenas obras son tenidas en cuenta siempre que produzcan milagros. Basta preguntarse qué hubiera ocurrido con la metáfora del equipo nacional si hubiese quedado lejos de ganar la final, en octavos o en cuartos. Incluso si Holanda hubiese ganado la Copa en la tanda de penaltis.

En ese caso, los santos de la selección merecerían otro tratamiento. La humildad sería tachada de acomplejada; el estilo de juego, inadaptado para una competición tan física; la serenidad de los futbolistas pasaría a formar parte de la indolencia patria; el seleccionador sería caricaturizado como un mediocre sin ambición; el fracaso se consideraría resultado de un error previo de apreciación, y se suscitarían dudas sobre la entrega de los jugadores en defensa de los colores de España.

No nos engañemos, aunque hoy se nos diga que ganar no es lo único importante, es eso de lo que dependen las virtudes que componen la metáfora de la selección. Virtudes que sin la copa hubiesen pasado a ser una mera excentricidad por parte de profesionales que, en tal caso, estarían remunerados muy por encima de sus méritos. Esto no es cosa de un puñado de habilidosos querubines, se diría. En realidad es lo que están pensando muchos de los publicistas de la metáfora de la roja. Quizá también porque el milagro ha tenido lugar a pesar de los arbitrarios arbitrajes y demás decisiones que se adoptan en el fútbol institucionalizado. Porque la arbitrariedad domina sobre la leal competencia más allá del terreno de juego, donde el ciudadano pasa de ser espectador a protagonizar su propia peripecia en un mundo de intereses.

La Vanguardia61 horas de julio, de Fernando Ónega, periodista

 

61 horas de julio

La economía no entiende de emociones. En política no es imaginable la generosidad, ni la modestia, ni un jugador que pase la pelota a un compañero para que marque gol.

Entre las once de la noche del domingo y las doce de la mañana del miércoles hay 61 horas. Es el tiempo que durará el dominio absoluto del fútbol y su euforia. Me apresuro a decirlo: de forma absolutamente justa y gloriosa. Después, Zapatero subirá a aquel estrado, como tantas veces. Dirá su discurso conformista, como tantas veces. Y más que ninguna otra vez será vapuleado por todos los portavoces de partido. Me apresuro a decirlo: de forma bastante justa. En ese momento, la gloria conquistada en Sudáfrica quedará como un dato para la historia deportiva, y este país se despertará de nuevo contando sus parados, sumando sus desgracias y midiendo sus incapacidades para resolverlas.

Esa es la España de estos días, entusiasmada en lo deportivo y deprimida en todo lo demás. Y esos son los desafíos de este tiempo: cómo se traslada el entusiasmo generado por el fútbol a la gestión política o la euforia de un día a la decaída actividad económica; cómo se aprovecha la oleada de teórica confianza en el país del fútbol frente al vendaval de desencanto por la pérdida de otras confianzas; o cómo se hace compatible la explosión de banderas españolas con algunas de las pancartas que se lucieron el sábado en la manifestación de Barcelona.

Lo malo es que nada de eso es posible. Todos podemos escribir y suscribir fantásticas ensoñaciones bajo la emoción de lo ocurrido en Sudáfrica. Podemos emocionarnos y hacer fastuosos castillos en el aire de la euforia. Pero la cohesión celebrada en aquellos estadios sólo existe en las selecciones deportivas. La economía no entiende de emociones. En política no es imaginable la generosidad, ni la modestia, ni un jugador que pase la pelota a un compañero para que marque gol.

Y cuando se leen esas invocaciones casi religiosas a “la España que gana unida”, inténtenlo en la unidad política: si alguien tratase de hacer una selección española para gobernar, saldrían a relucir los cordones sanitarios, las incompatibilidades ideológicas, los agravios territoriales, las cuotas de poder y la imposición de árbitro.

Sin contar con un detalle: a la última selección de ese tipo que hubo en España se la llamó Movimiento Nacional.

El ConfidencialEvasión y Victoria, de Jesús Cacho, periodista

 

Evasión y Victoria

Un mensaje para la clase política

Difícil describir la explosión de libertad que España entera vivió el domingo por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy jóvenes españoles podrán decir “yo estuve allí y viví aquella noche memorable; yo vibré en torno a una ilusión compartida y una bandera de la que me sentí orgulloso”. Por todas partes la alegría y el grito, el sonido de los cláxones, el abrazo a pie de calle, el tremolar de banderas, el ruido, el inmenso ruido, la suprema algarabía surgida de la nada, sin orden ni concierto, elogio a lo instintivo, lo genuinamente auténtico, lo no planificado. La belleza de lo espontáneo.

Por las cuatro esquinas de una España abrasada por el sol de julio surgió como un torrente en la noche del domingo la necesidad de festejar algo, de celebrar este gran éxito deportivo tras casi tres años de crisis terrorífica, de noticias negativas, de sufrimiento y paro, de bienestar perdido tras la calima de un futuro incierto. El jolgorio de las calles sublimaba el deseo de olvidar, de escapar de la agobiante realidad, de soñar despierto.

Tal que casi todos los grandes acontecimientos capaces de conmocionar a una sociedad, este no ha sido un hecho aislado. Como las desgracias, las alegrías nunca vienen solas. España ha vivido tres días de infarto llamados a tener una innegable influencia en el futuro colectivo. El tiempo dirá si esa influencia es buena o mala y si contribuirá o no a marcar un punto de inflexión en el rumbo hacia la nada en que llevamos instalados desde que Rodríguez Zapatero -quien, por cierto, se aferraba ayer a la copa como si la hubiera ganado él- es presidente del Gobierno. En estos tres días de vértigo, el país ha asistido a la publicación de la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el viernes; a la gran manifestación que en las calles de Barcelona protestó contra esa sentencia, el sábado, y a la victoria futbolística del domingo.

Tres acontecimientos que, en mayor o menor medida, apelan al sentimiento, apuntan directamente a las emociones -a veces las más primarias, las que están más a flor de piel- de las masas. Tres hitos unidos por el hilo invisible de lo emocional, que están llamados, repito, a dejar huella en el futuro común. Para que eso ocurra, para que podamos calibrar la fuerza de ese impacto y su dirección, tendrá que pasar tiempo, tendrá lo ocurrido que reposar en las bodegas del inconsciente colectivo, tendrá que digerirse y destilarse en alguna de esas lecciones capaces de alumbrar caminos de convivencia, de arrojar luz sobre el futuro en común.

Al margen de lo estrictamente deportivo, que no es poco, el triunfo sobre Holanda del domingo se presta a lecturas varias en el terreno de esos valores colectivos que en los últimos tiempos están en el epicentro de la pérdida de protagonismo de España y de lo español en el mundo. Me refiero al valor del esfuerzo continuado, del trabajo duro, de la capacidad de sacrificio, de la voluntad de vencer por encima de las dificultades. Ninguno de los equipos a los que se ha enfrentado nuestra selección en su camino hacia el título se lo ha puesto fácil. Todos han sido, por el contrario, conjuntos aguerridos, duros, bien plantados sobre el campo, que se sabían de carrerilla la medicina -a veces violenta, como demostró el combinado holandés-, a aplicar sobre el césped para contrarrestar la superioridad técnica del once español.

Un mensaje para la clase política

Todos ellos pusieron un alto precio a su derrota, demostrando así que nada se puede conseguir sin ese catálogo de virtudes que resumen el trabajo colectivo bien hecho. El éxito sudafricano es paradigma de esa antigua verdad que sostiene que juntos los españoles somos más y mejores que separados. La selección como ejemplo de la capacidad colectiva de conseguir altas metas desde la diversidad o la pluralidad, como ustedes quieran; un manchego de Fuentealvilla (Iniesta); un vasco de Tolosa (Alonso); un asturiano de Langreo (Villa); un canario de Santa Cruz de Tenerife (Pedro); un catalán de Viella (Pujol); un andaluz de Sevilla (Ramos); un madrileño de Móstoles (Casillas), un navarro de Pamplona (Llorente)… y así sucesivamente.

Viene aquí a cuento un párrafo del discurso pronunciado por Nicolás Sarkozy el 29 de abril de 2007 en Bercy (París): “Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no estamos solos para afrontar un futuro angustioso, en un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, somos más fuertes y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos superar…” Juntos salieron anoche a la calle millones de españoles; muchos más de los que asistieron a la manifestación del sábado lo celebraron en las calles de Barcelona. Por una vez, la buena gente de España decidió festejar algo sin necesidad de recibir consigna alguna de su clase política.

Porque esta es otra de las enseñanzas de lo ocurrido estas últimas semanas en Sudáfrica. Esa lección de unidad en lo fundamental, ese ejercicio de trabajo colectivo, esa demostración de sentido común es lo que hoy cabe pedir a una clase política que a menudo demuestra estar muy por debajo del ciudadano del común al que dice representar, ocupada la mayor parte de las veces en aventar elementos de fricción en lugar de en resolver problemas, empeñada en generar conflictos en vez de aportar soluciones. Una vez más, la selección y el pueblo español en su conjunto han demostrados estar por encima de su clase política. ¡Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!

Volvamos al discurso de Sarkozy en Bercy: “La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor”. Esperemos que lo ocurrido contribuya a mover a la reflexión a esa clase que, ayuna de liderazgos, parece empeñada en vivir al margen de los deseos de paz y prosperidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, ocupada en aquello que Hobbes denominó “un perpetuo e insaciable deseo de poder y más poder, que cesa solo con la muerte”.

ExpansiónLágrimas y multas, Manuel Conthe. Presidente del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’

 

Lágrimas y multas

Los economistas han defendido tradicionalmente que los incentivos económicos ejercen un papel decisivo en la conducta humana y no han prestado suficiente atención a la “motivación intrínseca”

¿Puede alguien sensato pensar que el incentivo económico que la Federación Española de Fútbol ofreció en su día a los jugadores de la selección española si ganaban el Mundial -600.000 euros por jugador, creo recordar- ha tenido alguna influencia en la gesta que tuvo su colofón este domingo en el golazo de Iniesta? ¿No habrían derrochado los jugadores la misma pasión y buen juego sin ese incentivo?

Los economistas han defendido tradicionalmente que los incentivos económicos ejercen un papel decisivo en la conducta humana y no han prestado suficiente atención a la “motivación intrínseca” -esto es, la satisfacción moral, disfrute o sentido de obligación que nos produce una tarea-, un concepto esencial acuñado por los psicólogos. Por fortuna, la visión económica de la motivación humana se ha ido ensanchando en los últimos años.

Como ilustración de ese nuevo enfoque, en 1998 dos economistas, Uri Gneezy y Aldo Rustichini, llevaron a cabo, a lo largo de 20 semanas, una célebre experiencia en 11 guarderías infantiles de la ciudad israelita de Haifa, para comparar el efecto de los incentivos económicos y de los deberes morales. Se trataba de guarderías privadas -cuyo precio rondaba los 380 dólares al mes por cada niño-, con entre 30 y 35 niños, y un horario de apertura que iba desde las 7:30 de la mañana hasta las 4 de la tarde.

A lo largo de las cuatro primeras semanas del experimento, los economistas se limitaron a observar el número de padres que llegaban más de 10 minutos tarde a recoger a sus hijos, lo que obligaba a que uno de los profesores del centro se quedara esperando. Comprobaron que apenas un tercio de los padres se retrasaban, y que ninguno llegaba después de las 4:30. Al comienzo de la quinta semana, en 7 de las 11 guarderías se anunció a los padres que, a partir de ese momento, quienes se retrasaran más de 10 minutos en recoger a sus hijos tendrían que pagar una multa de 3 dólares por niño. Y, transcurridas once semanas, en las citadas 7 guarderías se anunció, sin dar mayores explicaciones, que se suprimía el sistema de multas (es decir, se volvía a la situación original, en la que los padres no tenían que pagar multa alguna cuando recogían tarde a sus hijos).

Cuando Gneezy y Rustichini compararon los retrasos de los padres en los dos grupos de guarderías, comprobaron que en las 7 guarderías que habían establecido el sistema de multas el porcentaje de padres retrasados se elevó de forma apreciable, hasta afectar aproximadamente a la mitad de todos ellos. Y descubrieron algo todavía más curioso: el porcentaje de padres que llegaban tarde se mantuvo elevado incluso después de que se suprimieran las multas.

La explicación de lo ocurrido la dieron los dos economistas en el título del artículo en el que resumieron el experimento: “Una multa es un precio”. En efecto, el establecimiento de una moderada sanción pecuniaria destruyó el sentido de obligación moral que había hecho que, hasta entonces, los padres sólo se retrasaran excepcionalmente, al transformar el retraso en una transacción en la que los padres pagaban un precio por prolongar un servicio.

Gneezy y Rustichini realizaron más tarde experimentos con premios, para analizar si también los incentivos económicos positivos podían tener efectos perversos, como había afirmado en los años 70 un sociólogo británico, Richard Titmuss, en su libro The Gift Relationship, según el cual pagar a los donantes de sangre disminuiría su inclinación a donar, porque destruiría cualquier móvil altruista. Esa teoría del “desplazamiento de la motivación intrínseca” (crowding-out of intrinsic motivation) la vieron también confirmada dos economistas suizos, Bruno Frey y Felix Oberholzer-Gee, en la actitud ciudadana respecto a la construcción de almacenes de residuos nucleares: los incentivos económicos ofrecidos por el Gobierno suizo a los municipios que los albergaran redujeron su grado de aceptación por los ciudadanos afectados, hasta entonces movidos exclusivamente por un sentido patriótico. En su experimento con premios, Gneezy y Rustichini llegaron a una conclusión ecléctica: “Paga bastante, o no pagues nada”. A su juicio, un incentivo económico puede ser contraproducente si no resulta suficientemente atractivo desde el punto de vista económico pero destruye la motivación altruista de aquellos a quienes se dirige. Se trata, curiosamente, de un enfoque dicotómico emparentado con una regla del Real Decreto de 1989 que regula los aranceles notariales, que faculta a los notarios para dispensar por completo de su pago, pero no para rebajarlos ni para efectuar dispensas parciales.

Quienes hemos trabajado en la Administración pública conocemos bien el efecto estimulante de la “motivación intrínseca”: el empleado público que desempeña una función clara y socialmente útil, y forma parte de un equipo dirigido por un líder que predica con el ejemplo, desplegará un celo igual o superior al del empleado privado mejor retribuido. De ahí el gran efecto desmoralizador que provocan los gestores y políticos que, sin más méritos que su proximidad al poder, son puestos al frente de oficinas públicas sin poseer la talla profesional y humana precisa para motivar a sus empleados. Ese efecto desmoralizador se torna devastador cuando el gestor político sucumbe a la corrupción.

En el cumplimiento de algunas obligaciones sociales clave -como pagar impuestos-, el sentido cívico de los individuos y la conciencia social sobre su exigibilidad resultan esenciales. En tales casos, la sanción legal a los incumplidores debe ser elevada y, sobre todo, infamante, no sólo para disuadir a los infractores, sino también para reflejar el repudio social de tales conductas. Por eso, el llamado “Derecho Penal simbólico” -la imposición de sanciones que, en la práctica, son de difícil aplicación o están técnicamente mal diseñadas- y la llamada “pena de banquillo” o “pena de Telediario”, aunque denostados por los juristas, pueden cumplir una función social útil al reforzar la dimensión moral y social -y no sólo económica- de ciertas infracciones.

Pero esos incentivos negativos debieran verse reforzados por estímulos positivos que refuercen la satisfacción moral de quienes no sólo cumplen con su deber, sino que interpretan éste con generosidad. En materia de impuestos, yo mismo formulé en mi blog hace tiempo dos propuestas concretas, dirigidas a acrecentar el prestigio social de quienes más impuestos pagan y complementar el viejo y acertado slogan “Hacienda somos todos”: 1ª) En sus memorias de responsabilidad social, las empresas debieran detallar, además de cuánto papel reciclan y otras muchas actuaciones “responsables”, cuántos impuestos pagan, por los diversos conceptos. 2ª) La Casa Real, al igual que hace con deportistas, científicos, literatos y muchas otras profesiones, debiera invitar a una audiencia o recepción periódica a los contribuyentes que más impuestos directos pagan, para homenajear a quienes son el más firme soporte del Reino de España y, de paso, avergonzar a quienes, acaudalados y sobrados de fortuna, multiplican sus esfuerzos para -incluso cambiando de residencia fiscal- eludir el pago de impuestos.

El domingo, a Casillas se le saltaron las lágrimas cuando Iniesta metió gol. No creo que fuera por el prometido “bonus”. Ayer lunes, toda España agasajó, de forma merecida, a los triunfadores en Sudáfrica, liderados por un entrenador modélico, Vicente del Bosque. Las motivaciones morales son poderosas. ¿Por qué no las usamos más en materia de impuestos?

República de las ideasSímbolos de una nación, Daniel Martín

 

Símbolos de una nación

España, aparte de hacer piña en torno a “La Roja”, se sostiene sobre unos símbolos con poca fuerza. La propia bandera lo es más de la selección que de la nación

Símbolos de una naciónDaniel Martín Ni el Papa, ni el Estatut, ni el aborto, ni siquiera el terrorismo… jamás se ha visto en España tanta gente como el pasado lunes en las calles de Madrid. Ciudadanos de todos los rincones de nuestra geografía abarrotaron la capital y, al grito de “Campeones” y bajo infinitas banderas, dieron la bienvenida a los jugadores y técnicos de la selección española de fútbol que, en señal de triunfo, imitaron sobre un autobús los desfiles de Julio César al regreso de las Galias y de Tito tras la destrucción de Jerusalén.

Ganar el Mundial ha sido memorable. Después muchos fracasos, tras el aperitivo de la Eurocopa, la euforia se ha desatado en España. Lo feliz del acontecimiento se hizo objetivo desde el momento en que Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez dedicaron tiempo de su programa a hablar de la que ha devenido en “La Roja”, quién sabe si por culpa de algún espíritu malévolo.

En España, al contrario de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno, es raro ver una manifestación como la del lunes, donde había tantas banderas como personas. La gente enarbolaba esa misma enseña que se ha desgastado tanto tras los excesos del franquismo y su oposición a la tricolor republicana. ¿Es ese, acaso, un renacimiento del espíritu nacional español?

No lo creo. El auténtico símbolo de la unidad nacional lo conforman 23 jugadores y un equipo técnico que han sabido ganar un Mundial tras una final bronca contra Holanda, añadiendo así un elemento de justicia poética por la tácita venganza contra aquellos Países Bajos que se enfrentaron a los tercios españoles en una inacabable guerra que, a la postre, supuso el comienzo del fin del Imperio español. 23 jugadores y varios técnicos, gente sana y corriente, engarzados en esa nueva tradición de deportistas españoles que, como Nadal y Gasol, saben ganar y son ejemplos de deportividad.

Este entusiasmo generalizado debería hacernos reflexionar. España, aparte de hacer piña en torno a “La Roja”, se sostiene sobre unos símbolos con poca fuerza. La propia bandera lo es más de la selección que de la nación. El Rey ha perdido majestad y popularidad, y su sucesión se enturbia a menudo si se observa con detenimiento el comportamiento de las familias políticas. El escudo nadie lo conoce y la Constitución… apenas tiene vigencia.

En cuando al himno… Como buen hijo de la globalización cultural, reconozco que siento emoción al escuchar el God save the Queen, The Star-Spangled Banner, el Das Lied der Deutschen y, sobre todo, seguramente por influencia de Casablanca, la Marsellesa, mientras que escuchar nuestra Marcha Real al ritmo de “lololo” o “chunda-chunda” me produce más jocundidad que sentimiento patriótico.

Así, en esta España autonómica, el principal elemento aglutinador de nuestra vieja nación es la selección de fútbol, formada por españoles de todas partes, único símbolo válido de una sociedad a la que le cuesta movilizarse ante las injusticias pero que reacciona en bloque y con enorme alegría ante los triunfos deportivos de los nuestros. Es poca cosa que nuestro mayor símbolo nacional recaiga en 23 chavales de buenas maneras. Pero algo es algo… aún más si tenemos en cuenta que a la vez son nuestros más gloriosos representantes. Si su ejemplo será suficiente para que España sobreviva como tal, el tiempo lo dirá.

De momento, a disfrutar con su triunfo y regocijarnos con la idea de que, durante un par de días, la gran mayoría de los españoles no tuvo miedo de gritar “Viva España”.

El ConfidencialNo es la ilusión de La Roja la que España necesita, de S. McCoy

 

No es la ilusión de La Roja la que España necesita,

La economía no entiende de emociones. En política no es imaginable la generosidad, ni la modestia, ni un jugador que pase la pelota a un compañero para que marque gol.

El fenómeno de La Roja se ha analizado desde distintos puntos de vista. Quizá la aproximación política sea la más interesante toda vez que pone en tela de juicio la desafección que se suponía de una parte de la ciudadanía respecto a los símbolos nacionales y, por ende, el fundamento de la deriva nacionalista de determinadas regiones. España es una unidad de destino en ese divertimento universal que es el fútbol. Ay si Franco levantara la cabeza… Económicamente se ha ligado el triunfo de la Selección a un positivo estado de ánimo susceptible de ser medido en términos de aumento del PIB. Curioso fenómeno de extrapolación del optimismo del ámbito deportivo al consumo y la inversión. Poco importa que sea un efecto puntual. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Por último, es indudable que la alineación de intereses colectivos en un foco común ayuda a la integración del foráneo y mejora la convivencia. No hay rencor que una buena victoria no sea capaz de superar. Abrazos irreflexivos llenos de tolerancia.

Todos estos beneficios colaterales dependientes de que una bolita decida o no entrar entre los tres palos de una portería nacen de un sustrato básico, de un mínimo común denominador que los justifica y que responde al nombre de ilusión. Ilusión individual que se traduce en una esperanza colectiva, en un deseo compartido. Un concepto éste de la ilusión que, al calor del acontecimiento histórico que hemos vivido, habría que recuperar en su justa dimensión. Porque es precisamente lo que España necesita. Pero no en los términos comúnmente aceptados. Qué va. Tal euforia social responde más bien a ese “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por el engaño de los sentidos” al que hace referencia el Diccionario de la R.A.E. en su primera acepción de ilusión. Flor de un día que tal como viene se va, herramienta inútil para sacar este país adelante, espejismo que siempre tiene damnificados, víctimas de la derrota. Su adopción hace que la frontera entre ilusionante e ilusorio, entre ilusionado a iluso sea casi invisible. Abono de desencanto lleno, sin embargo, de elementos extraordinariamente útiles que son los que hay que potenciar.

Y es que es momento de reconducir ese estado de ánimo puntual a aquello intrínseco que nos puede ayudar a salir de la difícil coyuntura que nos afecta. ¿Cómo? No haciendo depender la ilusión de factores externos ajenos a nuestro control y sujetos a un azar caprichoso y volátil, ni condicionándola a un evento específico, sino convirtiéndola en una guía vital de carácter permanente vinculada a la fuerza de voluntad, a la capacidad para identificar una meta y luchar todos los días por alcanzarla, sin importar los tropezones y las dificultades.

Es difícil no encontrar detrás de cualquier historia de superación personal o de éxito empresarial el concepto de ilusión como factor determinante en su consecución. Siempre con la misma receta: afrontar la vida de modo tal que las circunstancias son sólo medio, nunca fin en sí mismas, y su transformación fruto del propio impulso para superarlas; donde todo es una oportunidad para aprender, rectificar o crecer; en la que importan poco los por qués y mucho los para qués. La ilusión, así entendida, hace al hombre dueño de su destino y le dota de una fuerza transformadora de la que se beneficia toda la sociedad de modo perdurable que es lo que interesa. Sólo los que ilusionan y se ilusionan son capaces de transmitir ilusión. Como ocurre con los jugadores de la Selección. A ver si tomamos nota. Buena semana a todos.

STEs Castilla y León Opinión