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ESTAMOS en vísperas de que se
alumbre o no el pacto escolar. No quiero trasladarles mis
impresiones, pero sí algunas consideraciones sobre el
contenido del mismo. No es fácil pronunciarse en tan poco
espacio sobre algo tan extenso, pues abarca desde las
guarderías hasta las universidades, aunque sí me quiero
fijar en dos aspectos en los que se agudizan las
discrepancias entre PP y PSOE: el derecho a elegir y el
problema del acortamiento de la ESO.
Respecto a la libertad de
elección de centro, no creo que siempre se haya entendido
correctamente. Sin entrar en honduras, su significado va más
en el sentido de ordenar el acceso a unos u otros tipos de
centros, ya existentes, que a que el Estado tenga que
sufragar, a la carta, tantos centros diferentes como puedan
desear los ciudadanos. Este segundo supuesto, de ser el
defendido por el PP, supondría un derroche económico que no
casaría con su conocida doctrina de austeridad, pues
supondría que se tendrían que ampliar o erigir nuevos
centros, al mismo tiempo que otros quedarían vacíos o les
sobrarían plazas.
Ni creo que el país esté para
tales alegrías, ni hay detrás soporte moral que justifique
esa posición. Me explico. Cuando se arguye que por qué se
tienen que aguantar los padres con un mal producto educativo
si en otras instituciones escolares se imparte con más
calidad, se obvia lo fundamental. Si esta es la razón de
fondo, lo que hay que solucionar es el mal servicio que se
presta en los colegios no queridos. ¿Es que no le cuestan a
la sociedad lo mismo o más que los demás? ¿Es que los
alumnos que a ellos asisten son de otra pasta? O, expresado
de otra forma, ¿es que el derecho a ser educado de un joven
ciudadano admite grados en función de lo que se preocupen
por los mismos sus padres? ¿Decae o disminuye la obligación
del Estado de garantizar la calidad del servicio educativo
si los padres no la reclaman?
Vamos a ser claros. En primer
lugar, si no se igualan los niveles de prestación de
servicios de unas u otras redes escolares, se falsea el
principio de libre elección. ¿Qué elección hay si de la
mercancía que se ofrece para elegir, una de las alternativas
está descuidada, sucia y dejada a su albur, y la otra
presenta una magnífica apariencia, está atildada, cuidada y
apetecible? Y en segundo lugar, con niveles de rendimiento
similares, el no poder conseguir el centro deseado se podrá
vivir como una pequeña contrariedad, pero no como algo
terrible e irremediable. Por eso, las posturas de los dos
partidos deberían coincidir en los resultados finales: la
elevación del nivel de calidad del sistema público. Para el
PSOE, porque es la desembocadura lógica de su ideología, y
para el PP por cuanto se eleva la calidad de la elección al
optar entre dos servicios muy competentes.
Respecto a si la ESO debe
durar tres o cuatro años, o si Bachillerato o FP deben
ampliar su duración o quedarse como están, no está de más
fijarnos en algunos detalles que pueden cambiar la
perspectiva del dilema. Algo conozco los institutos, y desde
hace tiempo, a partir de Tercero y, sobre todo, en Cuarto,
gracias al juego de optativas los centros dividen a los
alumnos en itinerarios claramente separados en función de
las expectativas que tengan y del rendimiento de los mismos.
O sea, que hay separación, pero eso sí, subterránea, sin
reglar, dejada al azar de cada instituto. Si se opta por la
vía de los dos itinerarios (FP o Bachillerato), ¿no es una
forma vergonzante de adelantar el comienzo de ambos niveles?
Con el recorte de la ESO en un
año no sé por qué ha de disminuir la calidad democrática de
nuestro sistema educativo. Por el contrario, manteniendo la
comprensividad hasta los quince años seguimos entre los
pioneros de Europa. A ver si ahora va a resultar que
alemanes, suizos, franceses, belgas, holandeses, italianos,
austriacos, ingleses, etc., son menos democráticos que
nosotros y tienen unos sistemas escolares altamente
discriminatorios. Porque vamos a dejarnos de cuentos. El
valor del sistema escolar no consiste en la belleza de las
proclamas que lo dicen sustentar, o en lo democráticos,
justos y deseables que socialmente sean los principios en
los que se apoya. No. Esto no es suficiente. El valor del
sistema escolar radica en los frutos que consigue, en el
provecho que obtienen los alumnos del mismo, en el grado en
que consigue promoción social y un alto nivel de formación
en todos los estamentos de la población. ¿De qué vale
fijarle a la escuela tan elevados y loables fines si una
parte importante de la población no los alcanza y casi un
tercio de la misma se escapa antes de que se acabe?
Las personas no deben ser
esclavas de las leyes, pero la sociedad, a través de sus
instituciones, no puede renunciar al poder transformador y
de mejora que las mismas deben tener. Confiemos en el pacto
y no perdamos una de las grandes esperanzas que tiene el
hombre, como recordaba Thomas Mann: que cuando las cosas
vayan mal, no le vayan a ir peor. |