STEs Castilla y León Opinión

Trilogía de mujeres

13/03/2010

Opinión.-

 

El baile del ahorcado | cristina fanjul
Mujeres

Historias del reino | margarita torres
Mujeres, despertad

Canto rodado | ana gaitero
Dueñas

S

Sin entrar en controversias ¿Qué sentido tiene celebrar el Día de la Mujer cuando los lacitos y los discursos planos se diluyen en la insignificancia?

Y, sin embargo, aún hay mucho horizonte por delante, porque en ciertos aspectos seguimos siendo ciudadanas de segunda. Pero las hogueras de ropa interior ya pasaron. No necesito ninguna plataforma que hable por mí y no apoyo la dialéctica genital.

Creo que cuando una mujer se aprovecha de su condición para conseguir prebendas está pisando a todas las que cada día son violadas, mutiladas y esclavizadas. Lo siento, la maternidad como coartada es tan machista como la costilla de Adán y cuando se trivializa la dignidad con campañas gramaticales se está manipulando la lucha de Clara Campoamor.

Pero es muy fácil utilizar el lenguaje para no cambiar la realidad que ésta representa. Las políticas de igualdad siguen siendo necesarias, pero cuando te aventuras por ese camino te enfrentas a una sociedad paternalista, que deja hacer mientras no te metas con determinados tabús. La esclavitud sexual es uno de ellos. El universo de la prostitución es un tótem masculino y la mayoría de los hombres aún la ve con simpatía y aprobación, cuando no con romanticismo.

Me gustaría saber cuántos de los que se ponen el lazo consumen esclavas. No hace falta salir de la ciudad para ver lugares en los que se compran seres humanos, factorías de siervas, santuarios de miseria. Y, sin embargo, aún estoy esperando que alguno de los que se erige en adalid del feminismo haga algo por acabar con la trata de blancas. No lo harán. Como tampoco se dirá nada contra el multiculturalismo que esconde la servidumbre bajo los pañuelos.

La peor ablación es la que siega el pensamiento libre. ¿A qué esperan las que piden mordaza para periodistas para manifestarse en contra del velo en las escuelas? Porque, si toleramos a quienes creen en las piedras, tendremos que consentir que un día nos las lancen.

*Escrito por Cristina Fanjul

 

E

En 1791, una mujer valiente llamada Olympe de Gouges alzó su voz en defensa de los derechos de la mujer en medio de la Revolución Francesa. Si hay una dama que merezca calle en todas las ciudades del mundo es ella, aunque para la mayoría se trate de una perfecta desconocida. Defendía mi admirada Gouges que la mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derecho al voto, a la propiedad, a la educación, a ejercer cargos públicos, hasta a formar parte de las Fuerzas Armadas, que ya es echarle narices la señora en 1791. Sus revolucionarios compañeros, más de gallinero que de pensamiento, la miraban de reojo, suspicaces, envidiosos de su brillantez, y encontraron el hueco perfecto para eliminar el incómodo problema de esa femenina cabeza haciéndola rodar cuando se opuso a que Luis XVI fuese guillotinado. Un rasgo de misericordia hacia el vencido que le costó sentencia por traición.

Acabamos de celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que es sinónimo directo de Mujer a secas. Este tipo de recordatorios anuales, semejantes en importancia al Año Internacional de la Mujer que proclamó en 1975 la ONU, suponen un toque de atención ante una realidad bien distinta a la que se cacarea: la situación de la mujer dista de igualdad con la del hombre. Las listas paritarias asemejan un remiendo a la discriminación, más en ellas mismas radica tal concepto pues nunca se valora que ocho mujeres brillantes releguen a dos hombres, como si inteligencia, preparación y capacidad de liderazgo fueran cualidades inherentes al macho y rara característica en la hembra.

Todavía hay algún organismo unineuronal que convierte en candidata al pivón de turno, para que decore el parlamento, o rescata a la niña mona de encefalograma plano, porque la otra, la que le discute, argumenta sólido y hasta le vence, molesta a mucho varón, que no encuentra otro medio de recolocarla en su puesto que el consabido «mujer tenías que ser» y a otra cosa mariposa.

Durante el siglo XIX, las mujeres regresaron al silencio de las fábricas, al trabajo del campo, al de la familia a mayores. Nadie contaba con ellas. Gouges pasó al olvido. Hasta que en 1857 un grupo de obreras textiles protestó en Nueva York contra las condiciones de trabajo. Medio siglo más tarde, en 1908, en el mismo lugar y procedentes de semejante gremio de trabajadoras, un puñado de mujeres valientes se declaró en huelga para defender sus derechos laborales, pedir un aumento de sueldo, reducción de jornada y el fin de la explotación infantil que a sus compañeros varones importaba un regio pito. 129 de ellas murieron quemadas en la fábrica Cotton Textile Factory un 8 de marzo de ese año. En 1910, el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas de Dinamarca propuso esa fecha para conmemorar su gesta. A partir de entonces, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Un color, el amatista, o lila, como prefieran, recuerda su lucha, todavía viva en los millones de mujeres que en la actualidad sufren en sus carnes la discriminación real del sueldo y las promociones. Por cierto, un color asociado a la realeza espiritual. Seguro que Gouges, desde el cielo, sonrió al saberlo.

 *Escrito por Margarita Torres

E

El 8 de marzo no está en crisis, aunque las mujeres paguen la crisis con más paro, más precariedad y menos salario. Se ha avanzado mucho y hay que celebrarlo, pero no pararse en las palabras grandilocuentes, ni en los espejismos. El cuidado de las personas dependientes, ya sea en residencias, en ayuda a domicilio, centros de día o en los hogares sigue siendo un reservorio femenino que en muchos casos sirve de colchón familiar y empresarial para paliar la crisis del ladrillo.

En León se trufó la fecha reivindicativa con los Lunes sin Sol y no se sabía bien si era 8 de marzo o 25 de noviembre. Hubo discursos y pancartas recordando que el postmachismo «aparece cuando se cree que la igualdad ya está conseguida», esperanzadores rostros de niñas enarbolando sus derechos y sus sonrisas... Cada una llevó su luz.

Pero hubo unas palabras imprevistas, que no improvisadas, que lo dijeron todo y cortaron el frío. Dueñas de nosotras mismas, de Keka, Elena Fernández, pianista del Combo Toro. En un escueto mensaje recordó que en la era digital no debemos olvidar nuestra herencia, toda una «genealogía» de «intentos, silencios, voces, cuidados, soluciones...», de mujeres diversas, incluso opuestas y marginadas, «rebeldes y sensatas», «las que aceptaron y las que supieron decir no».

Desde la individualidad reivindicó brillo para la historia de las mujeres y nos invitó a continuar el camino, eso sí, «dueñas de nosotras mismas». Un reto personal y colectivo en un tiempo en que la economía no está al servicio de las necesidades de las personas, hombres y mujeres. En un tiempo en que quienes provocan las crisis se nutren de las ayudas del sistema, mientras en los bancos se acumulan las solicitudes de préstamos ICO para apuntalar pequeños negocios de grandes personas. Y en el paro se alarga la cola.

 

 *Escrito por Ana Gaitero

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=513989

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=513991

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=513988

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