|
Alguien recordaba estos días,
al cumplirse cien años desde que la mujer en España pudo
acceder a los estudios universitarios, que en su momento
Concepción Arenal se vio obligada a disfrazarse de hombre en
el aula universitaria, así como las amargas y lúcidas
reflexiones de doña Emilia Pardo Bazán sobre el particular.
Cien años después de aquella conquista, lo que tenemos es un
sistema de enseñanza que resulta insuficiente, sobre todo,
en cuanto a su nivel de exigencia.
Hablemos claro: el llamado
derecho a la educación no puede ni debe ser sinónimo de
aparcar a niños y adolescentes en los centros de enseñanza.
O partimos de la base de que la escuela y los institutos son
sitios donde se va, sobre todo, a aprender, o estamos
hablando de muy distinta cosa. Todo lo demás es demagogia.
Y es que, con la testarudez
propia que arrojan una y otra vez los datos del llamado
«informe Pisa», con el desprestigio que sufre la profesión
docente, con la estulticia de una jerigonza que atenta
contra el idioma y que insulta a la inteligencia, no se
puede seguir aplazando una reforma a fondo en nuestro
sistema de enseñanza.
Dar el voto y negar la
escuela, como dice Azaña en el texto que encabeza el
presente artículo, es una estafa en toda regla. Quizá no lo
sea menos la existencia de una escuela que renuncia a la
exigencia y al aprendizaje, que, tras aquella nociva y
perniciosa LOGSE, en la que el esfuerzo se quedó proscrito y
se pretendió hacer del profesorado una especie de colectivo
bufonesco, la cadena de despropósitos no hizo más que
incrementarse.
Habría que preguntarse si una
sociedad que encumbra a personajes zafios que logran
audiencias millonarias en programas televisivos concede al
saber la importancia que en realidad tiene. Habría que
preguntarse, por tanto, qué espera esa sociedad de la
escuela. Habría que preguntarse también por qué hay un
empeño tan grande en llamar educación a lo que en principio
sería enseñanza. ¿Acaso se puede negar que son los medios,
especialmente la televisión, quienes educan en lugar de la
escuela? Y, siendo esto así, ¿cómo hay tantos discursos que,
con un cinismo hiperbólico, se atreven a hablar de la
«educación en valores» que debe dar fundamentalmente la
escuela? ¿Valores en la escuela frente a una sociedad que,
como hemos dicho, enaltece la chabacanería, frente a una
sociedad cuya vida pública es un relato casi continuo de
corruptelas, frente a una sociedad que no apuesta claramente
por la excelencia?
A propósito de la cita de
Ortega, ¿puede la escuela aislarse por completo de la
sociedad en que vive, como una especie de oasis, frente a
todo lo que la rodea?
Hubo un tiempo en que no se
ponía en tela de juicio que el conocimiento no sólo era un
instrumento imprescindible para la emancipación de las
personas, sino que además nos hacía mejores. Pero no son
ésas, por decirlo al orteguiano modo, las ideas y las
creencias de nuestro presente.
Se hablaba, y se sigue
haciendo, de la atención a una diversidad en el alumnado que
no sólo existe, sino que es cada vez mayor. Se hablaba y se
sigue hablando de la falta de medios, lo cual no deja de ser
en gran parte cierto. Pero ¿por qué no se habla también de
la falta de autoridad del profesorado en el aula? ¿Por qué
se rehúye lo más obvio, es decir, que, mientras se pueda
reventar el desarrollo de una clase impunemente, no es
posible una enseñanza de calidad? ¿Por qué se soslaya que
hablar de «resultados» en la tarea docente es tan demagógico
como peligroso? ¿Cabe aberración mayor que considerar buenos
resultados los aprobados generales?
¿Por qué no se quiere caer en
la cuenta del grave problema que representan en la enseñanza
los sindicatos del sector como palmeros de las humillaciones
y de la falta de autoridad, como gentes que no imparten
clase y se reconvirtieron en vendedores de lotería en
Navidades en los centros docentes? ¿Es necesario explicar a
estas alturas que, más que el dinero, lo primero que podemos
reivindicar son condiciones dignas de trabajo?
El estado de la cuestión ha
llegado a un extremo tal de deterioro que obliga a un pacto
que apueste sin fisuras por una reforma educativa
copernicana basada en el esfuerzo y en el respeto a unas
normas de convivencia mínimas. ¿Se puede hablar de educación
cuando no tiene consecuencias saltarse las normas de
comportamiento que alteran el desarrollo de una clase? ¿Se
puede hablar de la escuela como un ámbito ajeno al saber?
Pues es éste, sin exageraciones, el actual estado de cosas.
Y yo me conformaría con que en
estas cuestiones hubiese un acuerdo total. Todo lo demás,
podría, aunque no mucho, esperar. Y juramentémonos todos
para que el pacto, de alcanzarse, sea algo más que una
cosmética para salir del paso. Y juramentémonos también para
que las puertas estén siempre abiertas para aquellos alumnos
que en un momento dado abandonan los estudios: siempre tiene
que haber un camino de vuelta. Y, de otro lado, hablando de
diversidad, que haya medios, no para segregar a los alumnos,
pero sí para que los que tienen la suerte de fascinarse ante
la aventura que supone aprender no se vean obligados a
renunciar a ese itinerario de fascinación que supone ir,
como también dejó escrito Ortega, «de sorpresa en sorpresa».
Confieso que entre todas las
grandes compensaciones que tiene la docencia, acaso la mayor
de todas sea ver esos ojos abiertos como platos de los
alumnos que se estrenan en lo que es apasionarse y
asombrarse por conocer y comprender.
No nos pidan ni les pidan que
renunciemos y renuncien al eureka nuestro de cada día que,
contra éstos y aquéllos, nunca dejó de entonarse, pero tiene
que ir a más.
*Escrito por
Luis Arias Argüelles-Meres
Profesor de Lengua y literatura IES “César Rodríguez” de
Grado (Asturias) |