STEs Castilla y León Opinión

Ante el pacto educativo: ¿Qué pedimos a la Escuela?

16/02/2010

Opinión.- Eduardo Gamero Casado.- Profesor Derecho Administrativo

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 La promesa de un pacto educativo invita a reflexionar sobre nuestro modelo escolar, que hemos cambiado radicalmente en los últimos años. Le pedimos a la escuela cubrir un importante papel que antes no le correspondía: atender a la formación integral del individuo, sin limitarse a la mera adquisición de conocimientos. Antes se procuraba sobre todo que el niño memorizara conocimientos de todo tipo y luego demostrase lo que sabía mediante los correspondientes exámenes. Ahora se pide mucho más.

Por una parte, se pretende que los niños adquieran habilidades (competencias), y demuestren que las han adquirido. Este cambio en los objetivos encuentra su explicación en el enorme crecimiento del saber y la facilidad con que se encuentra actualmente la información: es absurdo que los niños memoricen la insignificante parte de la historia, de la literatura, o de las ciencias naturales que se les puede explicar a lo largo de la enseñanza obligatoria, cuando además existen poderosas herramientas (como Internet) que ponen fácilmente a su alcance todo ese conocimiento. Es mucho más sensato que aprendan sólo nociones básicas sobre todas esas materias, y que se les enseñe además a encontrar el resto de la información cuando la necesiten, y a procesarla (interpretarla) adecuadamente. Hasta aquí se trata de una evolución razonable del modelo, ajustada a las circunstancias de nuestra sociedad de la información y el conocimiento.

Pero además se ha introducido en el programa educativo el propósito de que la escuela también enseñe otras cosas: a lavarse los dientes, a reciclar la basura, a ir al cine o al teatro, a conocer la naturaleza… Este papel educativo correspondía antes a las familias. Parece que el sistema ha percibido que, al menos en un número importante de hogares, los niños ya no reciben esa formación. Se trata entonces de educarlos y no sólo de instruirlos. El problema es que esa nueva tarea consume mucho tiempo, y al realizarse en el mismo horario escolar de siempre, no queda espacio para afrontar con seriedad y rigor el que, al menos en mi opinión, debe ser el pilar fundamental de la escuela.

Conozco bien lo que pasa porque uno de mis hijos estudia cuarto de primaria. Que yo recuerde, en los últimos meses ha ido a una fábrica de refrescos y a una panificadora; ha realizado un simulacro de incendio (como todos los años, por otra parte); ha recibido en el aula una charla impartida por Policías Locales; está preparando la celebración del día de la Paz (también como todos los años); especialistas odontólogos le han explicado la higiene dental; otros le han dicho en qué compartimiento debe depositar cada tipo de basura; y muchas más cosas en las que ahora no caigo. Todo eso ha ocurrido en horario escolar. El colegio donde estudia mi hijo, por otra parte, es magnífico, tiene un gran reconocimiento y en definitiva hace con brillantez lo que le marca el programa trazado por las autoridades educativas.

El problema es que hemos introducido estos cambios en los objetivos de la educación sin adaptar la estructura de la institución para que pueda atender satisfactoriamente todos estos frentes. Puedo entender que al sistema le preocupe inculcar a los niños una serie de inquietudes que, por sus circunstancias personales, algunos de ellos no recibirían. Pero si todo eso se sigue haciendo en un total de cinco horas diarias, y con el mismo calendario académico, no hay tiempo suficiente para que adquieran las competencias básicas de un escolar: expresión oral y escrita, cálculo matemático, idioma extranjero, nociones de historia, de geografía, de lengua, de literatura…

Si consideramos necesario mantener los objetivos educativos actuales, hay que ampliar necesariamente el horario escolar. No digo que los mismos profesores asuman más horas de trabajo, sino que los colegios abran también por la tarde, con profesionales y programas educativos específicos para todas esas cosas, de manera que se puedan atender con suficiencia todos los frentes.

Todo esto no está reñido con la necesidad de reflexionar sobre el papel que incumbe a la familia en el modelo educativo y que los padres asuman de manera efectiva las responsabilidades que les corresponden en la educación de sus hijos. Pero ése es otro tema, del que habrá que tratar otro día

 Eduardo Gamero Casado.- Profesor Derecho Administrativo

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