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La
promesa de un pacto educativo invita a reflexionar sobre
nuestro modelo escolar, que hemos cambiado radicalmente
en los últimos años. Le pedimos a la escuela cubrir un
importante papel que antes no le correspondía: atender a
la formación integral del individuo, sin limitarse a la
mera adquisición de conocimientos. Antes se procuraba
sobre todo que el niño memorizara conocimientos de todo
tipo y luego demostrase lo que sabía mediante los
correspondientes exámenes. Ahora se pide mucho más.
Por una parte, se pretende
que los niños adquieran habilidades (competencias), y
demuestren que las han adquirido. Este cambio en los
objetivos encuentra su explicación en el enorme
crecimiento del saber y la facilidad con que se
encuentra actualmente la información: es absurdo que los
niños memoricen la insignificante parte de la historia,
de la literatura, o de las ciencias naturales que se les
puede explicar a lo largo de la enseñanza obligatoria,
cuando además existen poderosas herramientas (como
Internet) que ponen fácilmente a su alcance todo ese
conocimiento. Es mucho más sensato que aprendan sólo
nociones básicas sobre todas esas materias, y que se les
enseñe además a encontrar el resto de la información
cuando la necesiten, y a procesarla (interpretarla)
adecuadamente. Hasta aquí se trata de una evolución
razonable del modelo, ajustada a las circunstancias de
nuestra sociedad de la información y el conocimiento.
Pero además se ha
introducido en el programa educativo el propósito de que
la escuela también enseñe otras cosas: a lavarse los
dientes, a reciclar la basura, a ir al cine o al teatro,
a conocer la naturaleza… Este papel educativo
correspondía antes a las familias. Parece que el sistema
ha percibido que, al menos en un número importante de
hogares, los niños ya no reciben esa formación. Se trata
entonces de educarlos y no sólo de instruirlos. El
problema es que esa nueva tarea consume mucho tiempo, y
al realizarse en el mismo horario escolar de siempre, no
queda espacio para afrontar con seriedad y rigor el que,
al menos en mi opinión, debe ser el pilar fundamental de
la escuela.
Conozco bien lo que pasa
porque uno de mis hijos estudia cuarto de primaria. Que
yo recuerde, en los últimos meses ha ido a una fábrica
de refrescos y a una panificadora; ha realizado un
simulacro de incendio (como todos los años, por otra
parte); ha recibido en el aula una charla impartida por
Policías Locales; está preparando la celebración del día
de la Paz (también como todos los años); especialistas
odontólogos le han explicado la higiene dental; otros le
han dicho en qué compartimiento debe depositar cada tipo
de basura; y muchas más cosas en las que ahora no caigo.
Todo eso ha ocurrido en horario escolar. El colegio
donde estudia mi hijo, por otra parte, es magnífico,
tiene un gran reconocimiento y en definitiva hace con
brillantez lo que le marca el programa trazado por las
autoridades educativas.
El problema es que hemos
introducido estos cambios en los objetivos de la
educación sin adaptar la estructura de la institución
para que pueda atender satisfactoriamente todos estos
frentes. Puedo entender que al sistema le preocupe
inculcar a los niños una serie de inquietudes que, por
sus circunstancias personales, algunos de ellos no
recibirían. Pero si todo eso se sigue haciendo en un
total de cinco horas diarias, y con el mismo calendario
académico, no hay tiempo suficiente para que adquieran
las competencias básicas de un escolar: expresión oral y
escrita, cálculo matemático, idioma extranjero, nociones
de historia, de geografía, de lengua, de literatura…
Si consideramos necesario
mantener los objetivos educativos actuales, hay que
ampliar necesariamente el horario escolar. No digo que
los mismos profesores asuman más horas de trabajo, sino
que los colegios abran también por la tarde, con
profesionales y programas educativos específicos para
todas esas cosas, de manera que se puedan atender con
suficiencia todos los frentes.
Todo esto no está reñido
con la necesidad de reflexionar sobre el papel que
incumbe a la familia en el modelo educativo y que los
padres asuman de manera efectiva las responsabilidades
que les corresponden en la educación de sus hijos. Pero
ése es otro tema, del que habrá que tratar otro día |