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EL EDITORIAL DE LA SEMANA |
No sacralicemos el
Pacto por la Educación
El documento presentado
por el Ministerio de
Educación es sin duda un
esfuerzo loable pero
repleto de lugares
comunes y temas sabidos,
algunos en desarrollo.
Las propuestas del PP se
siguen plegando en
exceso al programa
electoral que en
Educación el primer
partido de la oposición
mantiene desde hace dos
legislaturas. El Pacto
puede llegar, pero para
dejarlo todo como está y
así seguir avanzando
lentamente hacia un
futuro donde las
deficiencias que
presenta la enseñanza
obligatoria en España se
mantendrán aunque
corregidas, seguro que
para bien; pero el
sistema educativo en esa
etapa tan importante
seguirá siendo pesado
como estructura
organizativa y débil en
su estructura
curricular.
Del excelente artículo
publicado por el
catedrático José Gimeno
Sacristán en elpaís.com,
titulado
Pactar la educación: el
sentido de las palabras,
hacemos nuestras dos
ideas que consideramos
muy importantes. Una,
que sería bueno plantear
los problemas en otro
terreno; dos, que las
leyes gobiernan pero no
"llenan" la educación
que tenemos. Quizás
estamos sacralizando el
Pacto sobre unas ideas
comunes y demasiado
tópicas que nos pueden
llevar a un viaje a
ninguna parte. Plantear
el Pacto en otro terreno
y sobre otras ideas
requiere valentía
política, también
administrativa, pero
sobre todo claridad de
ideas. La estructura de
la enseñanza obligatoria
es imposible de mantener
tal y como la conocemos
y tal y como todo el
mundo la quiere pactar.
El currículo y la
organización en etapas y
cursos son de otro
planeta (por cierto,
mucho más atrasado que
la Tierra en el año
2010). La organización
de los centros y la
distribución de los
horarios son
inoperantes, además de
un grave perjuicio para
los padres y las madres,
para los alumnos y para
la misma profesión
docente. El modelo de
formación del
profesorado, acorde con
la enseñanza obligatoria
que tenemos, no responde
a las expectativas de
una sociedad moderna y
avanzada y se sostiene
sobre algunos
privilegios impensables
en otras profesiones,
que además distorsionan
los objetivos propios de
la enseñanza
obligatoria.
Todo lo demás cae por su
propio peso. Discutir
sobre si el Pacto debe
incluir la alternativa a
la asignatura de
Religión Católica; o
sobre si la privada
concertada sale
perjudicada o no; o
sobre la situación del
castellano en las
comunidades con lengua
propia; o sobre si las
tradiciones patrias han
de estar presentes o no
en los currículos de
Historia nos deja, a los
ojos de Europa, como un
país de ignorantes y
atrasados. No es la
primera vez: cuando en
Europa imperaba la
Ilustración, en España
el Santo Oficio seguía
marcando la moral, la
ética, la política y el
día a día.
Las leyes gobiernan pero
no "llenan" la
educación. Lo peor del
Pacto, como escribe el
profesor Rafael Feito,
es que "no permite
intuir un sistema
educativo que responda a
las necesidades de la
sociedad del siglo XXI".
A la vista del documento
del PP y leída la
propuesta del
Ministerio, la impresión
es que gobierno y
oposición pretenden
repartirse la tierra,
pero no trabajarla de
forma cooperativa y
solidaria.
El Pacto por la
Educación es una
oportunidad para
revolucionar el sistema
educativo en aquellos
elementos que han
permanecido intocables
durante años: la
estructura de la
enseñanza obligatoria,
los currículos, el
modelo de centros y el
modelo de formación del
profesorado, sin
olvidarnos de la
integración plena de los
discapacitados, la
inclusividad. |
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