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Este tiempo, sometido a tantas
turbulencias, podría ser un buen momento para la educación. Ante todo
porque debemos cambiar nuestro modelo económico, excesivamente basado en
el ladrillo y en el monocultivo del sol, por otros de mayor
productividad exigentes de una mano de obra más cualificada. Y, en
segundo lugar, porque se anuncia la posibilidad de un gran pacto
educativo para superar la mediocre situación que este fundamental sector
tiene en España. Siempre es necesaria la buena educación, pero ahora
resulta imprescindible si queremos que el futuro no registre las
zozobras que han provocado las deficiencias e insuficiencias de nuestro
modelo formativo actual. En todas las fases tenemos carencias profundas
que nos llevan a la irrelevancia en las clasificaciones internacionales.
Dos únicos brotes muestran lo verdes que aún estamos: más del 30% de los
alumnos que acaban la ESO no continúa estudiando, y entre los que
inician la universidad uno de cada tres no termina la carrera. Todos los
niveles naufragan en este mar de mediocridad. El Informe Pisa deja en
pañales a nuestra Enseñanza Media; la Formación Profesional progresa
razonablemente, pero aún necesita mejorar; y la Universidad no ha
podido, o no ha querido, dar el salto de la cantidad a la calidad, que
es asignatura relegada permanentemente para septiembre.
Como ha dicho el ministro Gabilondo, el
acuerdo es posible y debe articularse, al menos, en nueve materias para
el diálogo inicial y la búsqueda de consensos parciales. Algunos son
viejos temas pendientes, como la reducción del fracaso escolar o la
mejora de la FP. Otras derivan de nuevas necesidades, como universalizar
la formación de 0 a 3 años o la modernización tecnológica de la
educación. Las hay que entroncan con procesos en marcha como la
adaptación a Bolonia y, por ella, la internacionalización de la
Universidad, el diálogo con los estudiantes o la proyección social de la
formación (y la investigación) mediante una colaboración fecunda con la
empresa. Y no podían faltar compromisos para mejorar la financiación.
Probablemente el catálogo deba ser ampliado y las acciones propuestas
discutidas y conciliadas, pero es preciso echar a andar. No sé si algún
día llegaremos a escribir un Gran Pacto con mayúsculas. No es ésta
tierra de consensos sobre los grandes asuntos que conciernen a la
ciudadanía, cada vez más descreída de su clase política. El país se ha
convertido en uno de esos guiñoles de feria donde los personajes armados
con contundentes garrotes sólo se mueven de su sitio para dar un
estacazo al prójimo. Pero éste es un asunto demasiado decisivo como para
no dejar las armas. Ojalá lo entiendan así quienes tienen en sus manos
los destinos educativos del país y desoigan, por una vez, la máxima de
San Ignacio, aquella de que «en tiempos de turbación no conviene hacer
mudanza». Todo lo contrario, la mudanza educativa resulta imprescindible
si queremos mejorar la posición. Es preciso avanzar en la formalización
del pacto y escribir poco a poco su letra pequeña. Sólo así podremos
construir el modelo educativo, basado en el conocimiento, que la
sociedad española precisa y demanda. |