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Un estudio de la OCDE llamado “Informe
internacional de enseñanza y aprendizaje” (TALIS, en sus siglas en
inglés) informa de que uno de cada cuatro profesores pierde al menos un
30% de las clases en tareas administrativas o en lidiar con los alumnos
que interrumpen las clases con sus charlas y sus molestias. Los docentes
españoles de secundaria están entre los más molestos con el ambiente de
sus clases. En general, los profesores pierden un 13% del tiempo de
clase manteniendo el orden, pero en Brasil y Malasia el porcentaje crece
hasta el 17%. Sin embargo, en Bulgaria, Estonia, Lituania y Polonia la
cifra baja a menos del 10%. En España, el porcentaje se acerca a los más
altos: el 16%.
Treinta años de docencia llevo a las espaldas. Treinta años cargados de
experiencias en muy diversos destinos con distintos alumnos y distintas
leyes educativas, siempre tan cambiantes. Siempre he preferido creerme
maestro más que profesor. El maestro educa y el profesor enseña, el
maestro trasmite habitualmente valores, el profesor trasmite
fundamentalmente conocimientos. Ambas tareas son muy diferentes aunque
deben ser complementarias. En conjunto dan lugar a uno de los actos
humanos más hermosos que se pueden imaginar, la Educación.
Sin embargo a veces uno se pregunta cómo pueden los legisladores hacer
tan difícil una tarea que debería ser sencilla. Creo que hay una
pregunta clave que aún no hemos resuelto: ¿Qué valores debe trasmitir la
escuela, fundamentalmente la pública, cuando vivimos en una sociedad tan
abierta, tan plural, que admite tan amplia disparidad de valores, cuando
todo, o casi todo, vale?
Sin un acuerdo general de la sociedad sobre qué valores queremos
trasmitir a nuestros hijos la educación terminará siendo un acto heroico
y educar será más arriesgado que practicar el funambulismo. Si la
sociedad no ha alcanzado (en realidad ya lo tenía pero lo ha perdido) un
acuerdo sobre la conveniencia de exigir determinado esfuerzo a los
chavales para aprobar y pasar de curso, si la sociedad no ha alcanzado
un acuerdo sobre la conveniencia de exigir respeto a padres, maestros,
mayores y autoridades en general, si la sociedad no ha alcanzado un
acuerdo sobre valores tan básicos y elementales cómo éstos, ¿qué debe
pensar un maestro/pedagogo/profesor cada mañana al ponerse enfrente de
un grupo de adolescentes o preadolescentes?
Hace quince días recibía por correo un chiste de dos viñetas. En la
primera aparecían reunidos los padres, el maestro y el alumno,
observando las notas. En ella los padres interrogaban con cara de ogros
al niño “¿Se puede saber qué significan estas notas?” Pueden ustedes
imaginarse la cara del niño.
En la segunda viñeta se reproducía exactamente la misma situación con
los mismos protagonistas, padres, niño y profesor. Pero en esta viñeta
los padres interrogaban con cara de ogros al profesor: “¿Se puede saber
qué significan estas notas?” Pueden ustedes imaginarse la cara del niño.
Cierto, cierto, cierto, no era más que un chiste… que marca las dudas
sobre los valores de nuestra sociedad.
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