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Invasión de Gaza |
diciembre 2008
enero 2009 |
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El sentido de
las palabras.- JOSEP RAMONEDA
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Por qué
Israel se siente amenazado.- Benny Morris es catedrático de
Historia de Oriente Medio en la Universidad Ben-Gurión
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Los niños muertos.-
Gustavo Martín Garzo es escritor.
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Palestina: una
cuestión de existencia.- Pedro Martínez Montávez es arabista y
catedrático jubilado de la Universidad Autónoma de Madrid.
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Causas
justas, amores cínicos.- CARMEN RIGALT
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Los dudosos
'amigos' del pueblo palestino.- Bernard-Henri Lévy es filósofo y
escritor francés
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Gaza en
España.- José María Ridao
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Experimento.- Ejercicio
de economía recreativa.- Almudena Grandes
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Miles de personas participaron ayer en
la manifestación celebrada en Madrid para exigir el fin del
«genocidio en Gaza
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Gaza: crimen y
vergüenza.- Teresa Aranguren , Pedro Martínez Montávez , Rosa
Regás , José Saramago , Pilar del Río , Cármen Ruiz Bravo , Belén
Gopegui , Constantino Bértolo y Santiago Alba
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Gila en Palestina.-
Isaac Rosa
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Rumor de Vecindario.-
José A. Pérez
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La muerte
asimétrica .- Consuelo SÁNCHEZ-VICENTE
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Guerra
asimétrica.- Gonzalo Parente
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¿Para qué sirve
la ONU?
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Israel y la burbuja.-
Abel Veiga Copo. Profesor de Derecho en ICADE
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Lírica para una
guerra.- Fernando Onega
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Encerrados con
sus juguetes
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La paz que nadie
parece querer.- Yashmina Shawki
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Lo demás es
silencio
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Más de 40 muertos en el bombardeo a una escuela de la ONU en Gaza
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Humanidad.-
Almudena Grandes.
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¿No será que
Israel no quiere la paz?.- Emilio Menéndez del Valle es
embajador de España y eurodiputado socialista
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La suerte está
echada. Israel entra en Gaza desoyendo las peticiones
internacionales de tregua.- Editorial.- El País
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Carta al Señor Cónsul. desde Gaza
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El pánico de
Nizar, un niño español atrapado en Gaza.- Javier Espinosa desde
Beirut
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Fracaso humanitario.
Alicia Mora. Lápices por la Paz
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Palestina
420-Israel 4.- César Casal
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Guerras
justas e injustas.- José Ramón Amor Pan
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La cultura de la
compasión
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Escrito de la Confederación Intersindical al Embajador de Israel en
España en contra de la masacre en Palestina Escrito
formato pdf
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La soledad de
Gaza.- Luz Gómez García es profesora de Estudios Árabes e
Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.
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Gaza y el Nuevo Año:
Carta abierta del director de orquesta Daniel Barenboim
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¿Por qué se
permite?
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Desamor y pedagogía
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Todos somos cómplices
de Israel.- Javier Ortiz
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Socorrer Gaza.- Editorial.- El País
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Frenar la guerra.- Editorial.- El
Norte de Castilla
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¿Qué hacer en Gaza?.- Editorial.- El País
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La agonía de Gaza y la trampa de
Israel.- Shlomo Ben-Ami,
antiguo ministro de Exteriores de Israel
-
La represalia del 'Sabath'.-
José María Ridao
-
"La ola de violencia desatada en Gaza
es inaceptable".- Daniel Barenboim
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Gaza y las elecciones
israelíes.- Ignacio Álvares-Ossorio
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El conflicto global entre Israel y
Palestina.- Andrés Aberasturi
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18.01.2009 JOSEP RAMONEDA |
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http://www.elpais.com/articulo/panorama/sentido/palabras/elpepusocdgm/20090118elpdmgpan_2/Tes
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Estos días se ha tomado demasiadas veces la palabra
genocidio en vano. A raíz de la ocupación militar de
Gaza por Israel el término genocidio se ha visto en
repetidas ocasiones tanto en artículos de opinión
como en las pancartas de las manifestaciones de
protesta. Desde que un conocido escritor en visita a
Palestina tuvo la irresponsable ocurrencia de
comparar lo que allí ocurría con Auschwitz, parece
que hay licencia para el disparate. A menudo, los
escritores olvidan que su principal compromiso es
con la palabra. Y hay que ser cuidadoso con ellas.
Genocidio es una palabra demasiado fuerte como para
devaluarla alegremente. Un genocidio, conforme al
diccionario, es "el exterminio o eliminación
sistemática de un grupo social por motivo de raza,
de religión o de política". Ni la estrategia de
humillación sistemática que Israel practica con los
palestinos, ni la intervención militar de estos días
en Gaza, se corresponden con la palabra genocidio.
No por ello la invasión deja de ser censurable. Y
hay una opinión muy extendida de que Israel ha
cruzado todas las líneas rojas en esta operación. El
oportunismo del ataque lo hace especialmente
detestable. Una parte del Gobierno -los ministros de
defensa, Barak, y de asuntos exteriores, Livni- la
ven como una oportunidad para ganar votos ante las
inminentes elecciones. El primer ministro Olmert,
que se retira, quiere lavar la imagen de derrota con
que saldó su intervención en el Líbano. Y unos y
otros aprovechan el vacío de poder americano, no
fuera que Obama optara por una mayor neutralidad en
el conflicto. El balance de este vergonzoso
tacticismo es, de momento, de mil muertos. Todo muy
deplorable. Pero no es genocidio.
La reducción de la política a la lucha entre el bien
y el mal de la que la Administración de Bush ha
hecho su ideología, ha ido regando como lluvia fina
todo el planeta. Cuando todo se reduce a un
conflicto entre buenos muy buenos y malos muy malos,
el saqueo al vocabulario es inmediato. Desbordado el
sentido de las palabras, el paso siguiente es la
coacción. Algunos intelectuales catalanes han sido
amenazados y estigmatizados como sionistas. Es
perfectamente posible protestar contra los abusos de
poder y los crímenes que Israel pueda cometer, sin
necesidad de forzar las palabras. Y es perfectamente
posible comprometerse con los palestinos (o con los
judíos) sin que ello signifique que toda la razón
cae de un solo lado. No hay solución si no hay
reconocimiento mutuo real. El problema está
enquistado: Israel no reconoce Hamás y Hamás no
reconoce a Israel. Que Hamás es un estorbo no hay
ninguna duda. Pero está allí y es un actor central
del problema.
"Quiero forzar las fronteras humanas para ir más
allá de las divisiones de raza y región, género y
religión, que nos impiden ver lo mejor de cada uno",
ha escrito el presidente Obama, en vigilia de su
toma de posesión, en una carta dirigida a sus hijas.
Adiós al choque de civilizaciones, adiós a conceptos
que nos encasillan en identidades aparentemente
irreconciliables. Es un indicio esperanzador de que
la guerra vuelva a ser realmente el último recurso y
no un instrumento más de la acción política.
Naturalmente, la propaganda es en sí misma un
ejercicio de banalización de las palabras. Ocurre
con la propaganda israelí, por ejemplo, en el
rechazo a la palabra desproporción, es decir, en la
negación a considerar la justa relación entre medios
y fines, o en el intento de presentarse como víctima
al mismo tiempo que desata una operación militar sin
piedad alguna. Ocurre en la negación permanente de
la realidad -el mito de la Gran Palestina- con que
Hamás somete a su población, exponiéndola a riesgos
que sabe que no puede evitar. Y ocurre en el
lamentable espectáculo de la comunidad
internacional. Ahora toca hablar de tregua. Por
mucho que cesen las hostilidades, no podemos tragar
este sapo. Simplemente, Israel dará por terminada la
operación militar porque ya ha conseguido sus
objetivos -principalmente atemorizar a la población
palestina, dar carnaza a la suya y no entrar en una
fase más arriesgada de operaciones que podrían
arruinar la credibilidad del Gobierno-. Que nadie
quiera apuntarse un éxito diplomático que no existe.
¿Será Obama capaz de imponer a Israel el abandono
completo de los territorios ocupados y de conseguir
que Palestina construya un Estado viable? Éste es el
único guión posible para acabar con las bombas y con
los terroristas suicidas y para devolver el pleno
sentido a las palabras. -

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18.01.2009 Gustavo Martín
Garzo es escritor. |
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Los gobernantes de Israel
están traicionando la delicada y honda cultura judía
En los noticieros de Israel no
existen los niños y las mujeres muertos en Gaza |
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http://www.elpais.com/articulo/opinion/ninos/muertos/elpepiopi/20090118elpepiopi_4/Tes
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No deberíamos olvidar nunca las imágenes de los
niños palestinos heridos y muertos difundidas estos
días por los medios de comunicación. Un padre
mostraba el cuerpecito de su hijo como si fuera un
cesto vacío; tres hermanos, tirados entre la ropa
vieja, recordaban los corderos que se llevan las
inundaciones; varios pequeños miraban en un hospital
a los adultos como esos animales domésticos que no
entienden al hombre. Son imágenes que nos acusan,
pues somos responsables de ellas. Somos responsables
por nuestra indiferencia, y por elegir en las urnas
a gobiernos incapaces de reaccionar con dignidad
ante horrores así.
Porque estos niños heridos y muertos recuerdan al
rey Herodes y la matanza de los inocentes. No es una
exageración. Los militares y políticos israelíes que
han iniciado esta guerra no son mejores que el cruel
rey que ordenó la muerte de los niños. Aún más,
Herodes no rehuía la responsabilidad de sus actos.
Es la diferencia entre los nuevos señores de la
guerra y los villanos que poblaban nuestras
fantasías infantiles.
Los antiguos villanos se sabían egoístas y malvados,
lo que, paradójicamente, les volvía humanos; pero
hoy día, ningún poderoso acepta actuar en nombre de
sus propias pasiones. Los políticos de Israel se
lamentan de que estén muriendo civiles en los
bombardeos, pero son ellos los que lo ordenan. La
culpa, nos dicen, es de Hamás y de los propios
palestinos, que apoyan a grupos terroristas. Los
niños mueren, pero nadie se hace responsable de
ello, porque el mundo moderno ha apartado de sí la
idea de la culpa, como responsabilidad personal.
Nuestros gobiernos lamentan, por ejemplo, los
horrores de la guerra, pero a la vez venden las
armas que se utilizan en los campos de minas en los
países del Tercer Mundo, como denunció el fotógrafo
Gervasio Sánchez en su valiente discurso en los
Premios Ortega y Gasset. El mundo, la moral que
hemos creado, absuelve a los poderosos de la
responsabilidad y la culpa: les basta con alegar
dudosas razones de Estado. Pero la muerte o la
mutilación de un niño es uno de esos límites que no
se pueden cruzar sin que todo lo que hemos
construido, nuestro mundo y nuestros valores, se
derrumbe como un castillo de naipes.
La razón de esta indiferencia es muy simple: no
reaccionamos de la misma forma ante el sufrimiento
de los otros como ante el propio. La convicción de
que la víctima no es de los nuestros hace que el
daño que se le pueda causar no sea visto igual que
si fuera uno de nuestro grupo, raza o nación el
afectado. Israel se comporta así con los palestinos.
No se trata de una guerra de religiones, ni del
enfrentamiento de culturas distintas (las culturas
árabes, judías y cristianas tienen un tronco común),
sino de un simple problema de racismo.
En el fondo, una parte importante del pueblo israelí
no considera que los palestinos sean sus iguales.
Sus gobiernos llevan años deshumanizándolos, y han
hecho de Gaza un campo de concentración donde un
millón y medio de seres humanos malviven como el
ganado. Un sentimiento básico como la compasión
desaparece cuando somos incapaces de ponernos en
lugar del otro; por eso, los políticos israelíes
pueden esgrimir fríamente la existencia de los
atentados de Hamás para justificar sus crímenes.
Pero Hamás es un grupo terrorista y no tiene sentido
hacer responsable a la población civil de sus actos.
Aún más,Hamás no existiría si los palestinos no
vivieran humillados. Es una organización que
instrumentaliza el sufrimiento de su pueblo, y que
sin duda saldrá fortalecida de esta guerra. ¿Es tan
torpe el Gobierno de Israel para no saber esto o es
justo lo que busca para justificar en el futuro el
uso arbitrario de la fuerza? Los palestinos de Gaza
proceden de Israel, de donde fueron expulsados.
Israel y Egipto sellan sus fronteras impidiendo la
libre circulación de los bienes y las personas. Los
jóvenes no tienen futuro, viven en condiciones de
extrema pobreza, y esta ausencia de perspectivas
alimenta sus sentimientos de odio, pues la falta de
libertad es más exasperante que la pobreza. En sus
hospitales no hay medicinas, sus escuelas son
pobres, no hay un Estado que les proteja. Debido a
ello se vuelcan en grupos islamistas, que dan de
comer a sus ancianos y enfermos, protegen a sus
mujeres y llevan a la escuela a sus hijos.
Sorprende que algo así se mantenga desde hace años
ante la indiferencia de todos. Refiriéndose a la
situación de los palestinos en Gaza, un periodista
escribió: "Aquí la vida y la muerte son lo mismo".
Pero, paradójicamente, es el Gobierno de Israel el
que se hace la víctima. Para ello apela al miedo,
que deshumaniza al otro, pues nos hace verle como
una amenaza. Los políticos y militares de Israel
causan la muerte de centenares de personas, y dicen
estar librando una lucha de supervivencia. Pero son
ellos los que tienen el poder, el dinero, la fuerza,
frente a los palestinos que no tienen nada. Piensan
que haber sido los perseguidos en otro tiempo les da
una autoridad moral infinita para hacer lo que
quieran. Pero "ser una víctima, ha escrito Elisa
Martín Ortega, no implica bondad ni rectitud. No es
un valor, sino una condición, una desgracia". Los
políticos de Israel hablan de terrorismo, pero qué
decir de la guerra que ellos han iniciado, de los
bombardeos de las escuelas y los mercados, de los
niños que matan. ¿Cómo llamarán a eso?
Pero en Israel, esos niños no existen. Sus soldados
no hacen daño a los enfermos, ni a las mujeres ni a
los ancianos; sus bombas no destruyen las escuelas,
los mercados o los hospitales. Hay un control
absoluto de la información, y ni en la televisión ni
en los periódicos se habla de lo que ocurre en Gaza
de verdad. Aún más, ante cualquier crítica se invoca
el antisemitismo como argumento defensivo principal,
aunque sean sus gobernantes los que estén
traicionando los principios de la delicada y honda
cultura judía que dicen representar. Es una conducta
que exaspera a los palestinos, a los que sólo queda
la salida del fanatismo. El fanatismo se alimenta de
la debilidad. El principio de que todo hombre debe
reconocer al otro como un semejante, lejos de ser
evidente, es una conquista de la voluntad. Que la
inteligencia venga a socorrer al amor, escribió
Antoine de Saint-Exupéry. Sólo los más fuertes,
desde un punto de vista moral, son capaces de evitar
responder con violencia a los violentos y de
escuchar las palabras de la dulce y amigable razón.
Emmanuel Lévinas, en una de sus lecciones
talmúdicas, habló de las ciudades refugio. Eran
lugares en que podían cobijarse quienes habían
matado a alguien sin quererlo. Su acción había sido
involuntaria, por lo que no podían ser condenados,
pero necesitaban protegerse de los amigos o
familiares del muerto. Eso era una ciudad refugio,
un lugar donde se recibía a los que, no siendo
culpables, tampoco eran enteramente inocentes.
Lévinas pensaba que Occidente podía verse como una
de esas ciudades refugio. Puede que no seamos
culpables de las cosas que ocurren a nuestro
alrededor, pero tampoco somos inocentes de ellas. No
deberíamos olvidar esto, a riesgo de caer en lo más
terrible: la indiferencia ante el dolor de nuestros
semejantes.

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16.01.2009 Pedro Martínez
Montávez es arabista y catedrático jubilado de la
Universidad Autónoma de Madrid. |
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http://www.elmundo.es/opinion/tribuna-libre/2009/01/2578799.html
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En Oriente Próximo queda muy poco margen para la
sorpresa, y la mayoría de los acontecimientos que
allí tienen lugar son previsibles.No se trata de
ningún determinismo ancestral insuperable ni de
ninguna turbia supeditación congénita,
pretenciosamente religiosa y antropológica, a un
destino cruel e inevitable, como muchos individuos
simples y acomodaticios preferirían pensar. No, se
trata de algo mucho más terrestre, material y
estrictamente imputable a la condición y
responsabilidad humanas: la actuación de la lógica
misma inherente a las circunstancias y a los hechos
que allí se acumulan, a partir de sus propios
principios, bases y desarrollos. Es cuestión de
ambiciones y miserias humanas y no de hipotéticos
mensajes y dictados divinos, aunque con frecuencia
se trate odiosamente de mezclar ambos aspectos y
hasta de justificar aquéllas con éstos.
Lo que está pasando ahora en Gaza en esa franja
atrozmente ensangrentada y ultrajada de la Palestina
irredenta y ocupada desde hace tanto tiempo, es una
nueva prueba, singularmente cruel y representativa a
la vez, de ello. Como en cualquier otro hecho,
coinciden y se entrecruzan en el actual planos y
ámbitos diversos; entrecruzados, como afirmo, pero
diferenciados y diferenciables. Me referiré aquí
seguidamente, y con la concisión inevitable, a los
que considero en este caso primordiales. En Oriente
Próximo, el único margen de sorpresa existente es la
dimensión y magnitud que en cada caso alcanzan los
acontecimientos, pero no que éstos se
produzcan.Ahora vuelve a cumplirse esta norma no
fijada ni escrita, pero sí siempre actuante.
Seguramente el mejor ejemplo de esa diferencia
existente entre el hecho en sí y la dimensión que
alcanza entre el qué y el cómo, es la ofensiva
israelí. No constituye sorpresa ni novedad alguna
que el Gobierno y el Ejército de Israel actúen
nuevamente con impunidad absoluta ni al margen por
completo del Derecho Internacional como han vuelto a
denunciar prestigiosos especialistas en la materia,
pero sí está sorprendiendo a muchos la magnitud y la
dimensión de esa ofensiva. Quiero dejar muy claro
desde un principio, sin embargo, que a mí no me ha
sorprendido en absoluto.
El Gobierno y el Ejército de Israel han vuelto a
actuar con impudicia, con brutalidad, con soberbia y
con cobardía. Nadie puede discutirle ni negarle a
Israel el qué: es decir, el hecho de que se
defienda, pero sí el cómo: es decir, cómo lo hace, y
ese cómo le despoja de razón en cualquier tentativa
de explicación, de defensa o de justificación de sus
actos.
Hagamos no obstante varias precisiones al respecto.
No cabe hablar, por ejemplo, en lo que sería
deseable correspondencia, de Ejército palestino, ni
siquiera de Gobierno palestino soberano. Palestina,
además, no sólo tendría pleno derecho a defenderse
de un lanzamiento de cohetes (¡qué más quisieran los
palestinos que así fuera!), sino que tiene derecho a
hacerlo de las realidades mucho más aplastantes,
dañinas e ilegítimas, que la agobian, que son además
cotidianas y no circunstanciales: la ocupación
permanente, el bloqueo inhumano, la proliferación
planificada e interminable de asentamientos de
colonos judíos, el mantenimiento de millares de
presos en situación de desamparo jurídico absoluto,
el muro de separación humillante... Ese muro que no
les ha quitado definitivamente la vida, pero que no
les deja vivir. Vuelvo a preguntar: ¿no tiene
derecho Palestina a defenderse de tantas
provocaciones y agresiones, que son además
inhumanas, diarias, permanentes y, al parecer,
interminables? ¿No tiene derecho Palestina a seguir
resistiendo?
Los responsables israelíes -y los numerosísimos
amigos, palmeros y seguidores entusiastas que tiene
el Israel sionista, y que son muchísimo más
poderosos que los que tiene Palestina- se irritan
siempre al máximo cuando sus ofensivas son
calificadas de «desproporcionadas» o «desmesuradas».
Ahora vuelven a reaccionar de la misma
manera.Dejémonos de emplear algo tan lábil,
variable, intencionado con frecuencia y finalmente
subjetivo, como es la terminología, vayamos al
lenguaje de las cifras, que resulta enormemente más
claro, realista, contundente y preciso, y hagamos un
simple y siniestro ejercicio necrológico comparando
los resultados ocasionados: las personas muertas por
parte israelí, durante los meses de la pasada
tregua, fueron una quincena, y bastantes más de 300
por parte palestina; añádanse a ellos los provocados
por la actual ofensiva israelí: 13 entre los
israelíes, más de 1.000 entre los palestinos -más de
la mitad, víctimas civiles, entre los que hay más de
300 niños-.
ESTOS SON DATOS, cifras, además de palabras. ¿No
está absolutamente justificado, por consiguiente,
calificar la actuación de Israel, al menos y como
poco, de «desproporcionada» y de «desmesurada»? ¿Es
ésta una auténtica ley del talión, la del ojo por
ojo y diente por diente? ¿Hasta qué número y en qué
proporción una sola de las partes puede permitirse
multiplicar a su antojo y en beneficio propio las
cantidades? Insisto: los responsables israelíes y
todos sus fervorosos seguidores deberían alegrarse
de que la mayoría de las veces, y como máximo, su
acción merezca sólo los calificativos de
«desmesurada» y «desproporcionada». En realidad, se
les está haciendo un favor, teniendo con ellos una
consideración y prudencia de la que no son dignos.
Su acción, como digo, merece que se emplee un
vocabulario mucho más realista, preciso y de
denuncia.
El otro protagonista del conflicto es Hamas. No seré
yo quien exima al grupo islamista palestino de la
parte de responsabilidad que le corresponde en el
desarrollo del conflicto, y no sólo en su fase
actual. He considerado siempre el mensaje de Hamas,
y sigo considerándolo así, particularmente
anacrónico y reaccionario, y sumamente perjudicial
para la sociedad palestina y, por extensión, para
todas las sociedades árabes, y en especial y ante
todo la dimensión social y cultural de ese mensaje.
Pero atribuirle a Hamas la responsabilidad única y
la culpabilidad total de lo sucedido es no sólo un
falseamiento unilateral e interesado de la realidad
sino también una muestra patente de fariseismo
político y de mezquina deformación moral. ¿Qué
tregua ha roto Hamas, si la tregua ya había llegado
a su final? ¿Es, además, Hamas el único responsable
de que la tregua no se renovara? ¿Es que existía
algún proyecto claro y concreto de nueva tregua que
aliviara a los palestinos, al menos en parte, de
algunas de esas muchas penalidades aplastantes y
permanentes?
El hecho más grave que se ha producido últimamente
en el campo palestino es su profunda escisión
interna, y de ello si es en buena parte responsable
y culpable Hamas, pero no el único. La Autoridad
Nacional Palestina, y el principal grupo que la
mantiene, Fath, son también responsables y culpables
no menos directos y principales de este hecho. Lo
cierto es que el movimiento nacional palestino está
prácticamente liquidado, y que se ha ido procediendo
a su liquidación pretextando que había que construir
el Estado.Pero este Estado no era nada más que una
promesa inconcreta e insegura, una solución ficticia
y estrictamente hipotética por carecer en realidad
de los apoyos sólidos y firmes necesarios para su
consecución, una entelequia. Liquidar el movimiento
nacional palestino con la excusa de construir el
Estado palestino ha sido un error político
monumental cuyas nefastas consecuencias se están
pagando durante esta última fase y se seguirán
pagando durante mucho tiempo todavía. Los grandes
errores políticos son muy difícilmente subsanables
y, si llegan a subsanarse, es a costa de más
esfuerzos, tragedias y dolores. De toda esta nueva
catástrofe palestina sí es en parte responsable y
culpable Hamas, pero repito que no ha sido el único.
La ruptura de la unidad palestina solamente puede
ser remediada mediante la reconstrucción de la
unidad. Y esta es una tarea que incumbe ante todo a
los palestinos, aunque no es menos cierto que las
ayudas que reciben desde fuera para la recomposición
de esa unidad totalmente necesaria, y para la
construcción de un Estado que merezca tal
consideración, siguen siendo mínimas, totalmente
insuficientes, y en gran parte hipotecadas y
engañosas. Nada de esto tampoco es nuevo, sino nueva
repetición de lo practicado tantas otras veces con
anterioridad.
Estos son los protagonistas internos en la actual
fase de desarrollo.Junto a ellos están los externos,
a los que no me queda margen para referirme con un
mínimo detalle. Uno de esos protagonistas,
seguramente el principal es la Administración
estadounidense, pero ésta es en realidad cómplice de
Israel y su papel y su credibilidad, por
consiguiente, están invalidados. La Unión Europea y
el bloque árabe llamado moderado con Egipto a la
cabeza, tienen razón al afirmar que no existe una
solución militar al conflicto, y siguen insistiendo,
por consiguiente, en la vía política y
diplomática.Nada habría que objetar al respecto en
teoría, pero sí totalmente en la práctica, porque la
vía política y diplomática no ha sido hasta ahora
sino una sarta inagotable de iniciativas ineficaces
y evasivas, carentes además de una auténtica equidad
en el tratamiento de las partes del conflicto, y
finalmente han favorecido siempre mayoritariamente a
Israel.
un IMPORTANTE escritor palestino contemporáneo
excelente conocedor y exponente además de su pueblo,
Rashad Abu-Sháwir, ha afirmado con sumo acierto que
«la cuestión palestina no es preferentemente una
cuestión de fronteras sino una cuestión de
existencia». Aquí está el quid fundamental del
problema: Palestina también tiene derecho a seguir
existiendo. Se ha puesto de moda últimamente
distinguir entre «palestinos buenos» y «palestinos
malos». Esta abominable distinción les resulta
sumamente grata a los dirigentes sionistas de Israel
-lo que ya es de por sí enormemente significativo- y
a muchos de los alineados en el bando de los
falsamente equidistantes.Hay sólo palestinos y
palestinas, hay sólo Palestina. Y hay que dejarles
vivir. Con honra, definitivamente, con soberanía
plena en el trozo de tierra y de patria que les han
prometido durante tanto tiempo sin que se haya
cumplido hasta ahora esa promesa.

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15.01.2009 ZOOM|CARMEN RIGALT |
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http://www.elmundo.es/opinion/columnas/carmen-rigalt/2009/01/2578102.html
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EL ARTICULISTA es un creador de opinión. Coge el
toro de la actualidad por los cuernos de la doctrina
política y lo somete primero a estudio y luego a
juicio. Entre las habilidades del articulista está
la de aproximar las grandes cuestiones
internacionales a la sensibilidad nacional. Todos
los temas son susceptibles de aproximación. Coges
Gaza, le das vuelta y vuelta en el folio, metes unas
declaraciones de Pepiño Blanco o Aznar, y ya está el
artículo listo para servirse.
Yo les debo mucho a los analistas políticos. Para
entendernos, me lo ponen a huevo. Leyéndoles a ellos
ya se cómo tengo que pensar yo. No siempre es fácil
pensar por cuenta de una. Vayamos al grano. Aquí
nunca ha estado bien visto defender a Israel.Y no
sólo porque profesamos hacia los judíos un desdén
histórico sino porque, ante la duda, es más noble
defender al débil. A eso se suma que el Estado de
Israel hace muchos méritos para despertar ojeriza.
Lo de Gaza, por ejemplo, no tiene justificación, ni
como maniobra militar ni como estrategia política.
La fuerza bruta es posible que beneficie
electoralmente a los laboristas judíos, pero el
Estado israelí caerá en la sinrazón internacional.
Con los problemas de Oriente Próximo no matiza
nadie. O se está con Israel o se está con los
palestinos. Pero si la defensa de Israel suele pedir
argumentos prestados a la derecha dura, la defensa
de los palestinos está favorecida por una suerte de
ingenuidad simplista y maniquea.
Recuerdo la victoria electoral de Hamas. Las calles
de Gaza, con el aire ocupado por un mar de banderas,
parecían un anuncio de Amena. Era la hora del
cambio. «A ver si aprenden» pensé yo, que me pongo
tremenda en los momentos más inoportunos. Fueron
días tristes para la ANP, que pagaba así los
desmanes de la corrupción y el encastillamiento
histórico. Aquella victoria mosqueó a la comunidad
internacional, pero ya era tarde para todos, también
para Israel, que tenía puestas sus esperanzas en los
enfrentamientos entre Fatah y Hamas.
Guatepeor se impuso entonces a Guatemala. Comparados
con los islamistas de Hamas, los milicianos de Fatah
eran hermanitas de la caridad. El fundamentalismo
religioso se ha instalado ahora en Gaza, y en las
alcantarillas y túneles hacen nido las células de Al
Qaeda. Los palestinos reclaman una causa justa, pero
sus vecinos árabes templan gaitas con amores cínicos
y Europa lava su conciencia sacando a la calle una
solidaridad de boquilla.Perro mundo.

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14.01.2009 Bernard-Henri Lévy
es filósofo y escritor francés |
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http://www.elmundo.es/opinion/tribuna-libre/2009/01/2577394.html
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Dejemos de lado los gritos de «Muerte a los judíos»,
perfectamente legibles en las pancartas de los
manifestantes de Bruselas, París o Madrid. Pasemos
por alto a ese sindicato italiano, el Flaica-Uniti-Cub
que, según La Repubblica del 9 de enero, y «como
signo de protesta» contra la operación israelí en
Gaza, llama a «no comprar en los comercios
pertenecientes a miembros de la comunidad judía»,
algo sin precedentes en Europa desde hace tres
cuartos de siglo.
Tampoco seré tan cruel como para insistir en el eje,
cuando menos nauseabundo, que se forma cuando a la
señora Buffet (secretaria general del Partido
Comunista Francés- y al señor Besancenot (Líder de
la Liga Comunista Revolucionaria) se les une, en la
cabeza de la manifestación, el anarquizante
Dieudonné (humorista y actor) o, cuando el compadre
de éste, Jean-Marie Le Pen (líder de la ultraderecha
francesa) une su voz a la suya, para comparar la
franja de Gaza con un «campo de concentración».
Es precisamente en Ramala, capital de la Autoridad
palestina, y en Sderot, ciudad israelí en la
frontera con Gaza sometida al fuego de los misiles
Qassam, donde descubro las imágenes de estas
manifestaciones de apoyo a la «causa palestina». Y
al ver esas multitudes de europeos chillando y
vociferando, al observarlas cuando me encuentro en
compañía de personas de ambos bandos cuya máxima
preocupación sigue siendo -a pesar de las bombas y a
pesar de los sufrimientos y de los muertos- no
cortar por nada del mundo el hilo de la convivencia
y del diálogo, quiero añadir unas cuantas
puntualizaciones a las que ya avanzaba la semana
pasada y que me valieron, por parte de los
internautas de Point, numerosos correos.
¡Qué alivio ver a los palestinos reales, en vez de a
esos palestinos imaginarios, que creen estar
haciendo resistencia, atacando sinagogas en Francia!
Los primeros, repito, se obligan a la moderación y,
con una admirable sangre fría, intentan preservar
las oportunidades de cohabitación del mañana; los
segundos arden de odio, son más radicales que los
radicales y están dispuestos a vengar, sobre el
asfalto de las ciudades de Europa, hasta la última
gota de sangre del último palestino. Los primeros
hacen distinciones.Saben que, en este asunto, ni
todo es blanco ni todo es negro.Saben, sobre todo,
que Hamas tiene una parte aplastante de culpa en el
desastre en el que se ha visto sumido su pueblo. Los
segundos, como si la confusión no fuese ya
suficiente, utilizan con delectación las tonterías
más enormes de la propaganda antiisraelí. Y se
convierten en teóricos y prácticos del atentado
suicida y del escudo humano de los nuevos Che
Guevara, cuyas insignias y emblemas enarbolan. En
vez de calmar el asunto, juegan a la política del
cuanto peor, mejor y arrojan fuego a las almas.
¡Qué regresión, qué grado cero del pensamiento y de
la acción entre estas gentes que, a distancia,
ignorantes de los datos del drama, llaman al odio,
cuando tendrían que estar propiciando la
reconciliación y la paz! Una paz que supone dos
estados que acepten vivir juntos y proceder al
reparto de la tierra. Una paz que supone, por parte
de ambos lados, la renuncia al extremismo, a ir
hasta el final, a las ideas preconcebidas e,
incluso, a los sueños. Una paz que implica, por
ejemplo, un Israel que se retire de Cisjordania,
como se retiró de Líbano y, después, de Gaza. Pero
también implica que el bando palestino no aproveche
las retiradas para transformar el territorio
evacuado en base de lanzamiento de misiles contra
los civiles. Una paz que pasa por un alto el fuego.
Pasa por parar los combates que están ocasionando un
número de víctimas, especialmente entre los niños,
evidentemente insostenible. Pero también pasa por la
eliminación política de un Hamas al que le importan
un comino las víctimas y la paz y que, por no haber
podido imponer la sharia a su pueblo, lo arrastra a
la vía del martirio y del infierno.
Estoy, pues, en Ramala. En Sderot y en Ramala. Y
viendo, desde Sderot y desde Ramala, esta
movilización contra un «holocausto» que, en el
momento en el que escribo, ocasionó 888 muertos,
planteo unas simples preguntas. ¿Dónde estaban estos
manifestantes, cuando se trataba de salvar, no ya a
888, sino a los 300.000 muertos de las matanzas
programadas de Darfur? ¿Por qué nunca salieron a la
calle cuando Putin arrasaba Grozni y transformaba a
decenas de miles de chechenos en gavillas humanas y
en carne de cañón? ¿Por qué se callaron, cuando, un
poco antes, durante años interminables y, esta vez
en el propio corazón de Europa, se exterminó a
200.000 bosnios, cuyo único crimen era haber nacido
musulmanes? Parece que hay gente para la que el buen
musulmán sólo es el que está en guerra contra
Israel. Más aún, he aquí a los nuevos adeptos del
viejo «dos pesos, dos medidas», que sólo se
preocupan del sufrimiento musulmán cuando se creen
autorizados a imputárselo a los judíos. El autor de
estas líneas encabezó la movilización en pro de los
habitantes de Darfur, de los de Chechenia y de los
de Bosnia. Además, apuesta, desde hace cuarenta
años, por un Estado palestino viable, al lado del
Estado de Israel. Aunque sólo sea por eso, se le
permitirá que considere este tipo de actitudes como
algo repugnante y frívolo a la vez.

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Opinión.- José María Ridao |
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http://www.elpais.com/articulo/espana/Gaza/Espana/elpepunac/20090112elpepinac_9/Tes
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España no es el
único país en el que el ataque israelí contra Gaza
ha suscitado emociones encontradas, pero sí de los
pocos en los que esas emociones se han utilizado
para alimentar la mezquina y sempiterna querella
doméstica. Salvo raras excepciones, dos semanas de
muerte y destrucción no han permitido leer comentarios
favorables a la estrategia de Israel que no
insistieran, de paso, en cebar la caricatura del
progresista contra la que desahogan sus pasiones
quienes se sitúan en el ámbito conservador. Si hasta
ahora el progresista era para ellos un ser taimado,
dispuesto a traicionar la libertad y la democracia,
tras el estallido del conflicto de Gaza se ha
convertido en una criatura angelical, incapaz de
entender, según se le reprocha, realidades
elementales como que todo país tiene derecho a
defenderse o que la guerra no distingue entre
combatientes y civiles. Pero taimado o angelical,
ese progresista, esa caricatura del progresista que
ha vuelto al primer plano durante estas dos semanas,
siempre cumple la misma función: demostrar que
también las posiciones de cada cual ante este
terrible conflicto pueden explicarse por la división
entre derecha e izquierda.
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"Lo que está
en juego no es el derecho de Israel a
defenderse, sino a hacerlo como lo ha hecho" |
Si fuera así, habría sólidas razones para recelar
del futuro, no sólo en Oriente Próximo. Porque ese
supuesto automatismo, esa ilusoria posibilidad de
reducir a la querella doméstica cualquier opinión
sobre los asuntos más graves, como es la vida o la
muerte de inocentes, sólo significaría que, en
España, derecha e izquierda carecen de una base
moral compartida, por encima de las legítimas
diferencias políticas. La responsabilidad a la que,
como españoles, como ciudadanos de un país en el que
las opiniones se pueden expresar en libertad, nos
convoca el conflicto de Gaza no consiste en aplaudir
a uno u otro contendiente, como si fuera un torneo
deportivo, sino en otra cosa: en reforzar, no
destruir, esa base moral para que la razón no se
confunda con las razones de las partes y en extraer
lecciones universales, no coartadas ni excepciones,
para que el recurso a la ocupación, al asedio, a la
humillación o a la fuerza contra poblaciones
indefensas sea una tentación de la que tengan que
responder quienes hayan cedido, y en la proporción
exacta en que hayan cedido.
Lo que está en juego en Gaza no es el derecho de
Israel a defenderse, sino a hacerlo como lo ha
hecho. Frente a los más de 800 muertos y más de tres
mil heridos que han provocado hasta ahora sus
acciones no cabe responder que ha demostrado
contención durante años; si la demostró, la perdió
por completo a partir del 27 de diciembre, cuando en
una primera pasada por las ciudades de la franja
dejó dos centenares de muertos, muchos de ellos
civiles, una cifra que se ha multiplicado por cuatro
tras dos semanas de ataque. Y, menos aún, cabe
explicar el horror que muchos españoles han
experimentado ante las imágenes de cadáveres
despedazados a una reacción ingenua provocada por
una supuesta campaña de propaganda palestina, puesto
que esos cadáveres están ahí, esos cadáveres
pertenecen a víctimas de los ataques israelíes. Aun
en la hipótesis de que Hamás hubiera ideado un plan
maquiavélico para capitalizar esas imágenes, la
responsabilidad de Israel en la muerte de los
civiles que aparecen en ellas seguiría siendo la
misma. Y tampoco vale con que se diga que Hamás ha
utilizado a los civiles como escudos humanos; si lo
hubiera hecho se habría colocado al margen del
derecho internacional humanitario tanto como si
Israel, sabiendo que eran escudos humanos, no
hubiera dudado en abatirlos en pos de su objetivo,
convirtiéndolos en víctimas por partida doble.
Nada tiene de extraño que, como se ha dicho en
España siguiendo a Glucksman, se niegue que el
ataque israelí sea desproporcionado y, al mismo
tiempo, se afirme que ésta no es una guerra para
hacer que las reglas se respeten, sino para
establecerlas. Lo que Gluscksman y quienes le han
seguido en este razonamiento sugieren es que, en las
nuevas reglas que se pretende establecer mediante el
ataque masivo contra Gaza, la proporcionalidad no
sería una condición de la legítima defensa. En ese
caso, mejor que se diga abiertamente en lugar de
librarse al ejercicio de alterar el significado de
las palabras. Porque si no sólo se prescinde de una
base moral compartida, sino también de un lenguaje
compartido, de un lenguaje en el que hasta ahora se
expresaban las reglas que eran muestra y orgullo de
civilización, entonces habremos sembrado la semilla
del desastre. En Gaza, en España, en todas partes.

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Opinión |
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http://www.rebelion.org/noticia.php?id=78386 |
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Prestigiosos autores y autoras
de la talla y el compromiso de Teresa Aranguren , Pedro
Martínez Montávez , Rosa Regás , José Saramago , Pilar del
Río , Cármen Ruiz Bravo , Belén Gopegui , Constantino
Bértolo y Santiago Alba publican en el madrileño diario
"Público" un demoledor análisis sobre la agresión del
ejército del Estado de Israel contra Gaza. |
No es una
guerra, no hay ejércitos enfrentados. Es una
matanza.
No es una
represalia, no son los cohetes artesanales que
han vuelto a caer sobre territorio israelí sino la
proximidad de la campaña electoral lo que
desencadena el ataque.
No es la
respuesta al fin de la tregua, porque durante el
tiempo en el que la tregua estuvo vigente el
ejército israelí ha endurecido aún más el bloqueo
sobre Gaza y no ha cesado de llevar a cabo
mortíferas operaciones con la cínica justificación
de que su objetivo eran miembros de Hamas. ¿Acaso
ser miembro de Hamás despoja de condición humana al
cuerpo desmembrado por el impacto del misil y al
supuesto asesinato selectivo de su condición de
asesinato sin más?.
No es un
estallido de violencia. Es una ofensiva
planificada y anunciada hace tiempo por la potencia
ocupante. Un paso más en la estrategia de
aniquilación de la voluntad de resistencia de la
población palestina sometida al infierno cotidiano
de la ocupación en Cisjordania y en Gaza a un asedio
por hambre cuyo último episodio es la carnicería que
en estos días asoma en las pantallas de nuestros
televisores en medio de amables y festivos mensajes
navideños.
No es un
fracaso de la diplomacia internacional. Es una
prueba más de complicidad con el ocupante. Y no se
trata sólo de Estados Unidos que no es referencia
moral ni política sino parte, la parte israelí, en
el conflicto; se trata de Europa, de la
decepcionante debilidad, ambigüidad, hipocresía, de
la diplomacia europea.
Lo más
escandaloso de lo que está pasando en Gaza es que
puede pasar sin que pase nada. La impunidad de
Israel no se cuestiona. La violación continuada de
la legalidad internacional, los términos de la
Convención de Ginebra y las mínimas normas de
humanidad, no tiene consecuencias. Más bien, al
contrario, parece que se premia con acuerdos
comerciales preferentes o propuestas para el ingreso
de Israel en la OCSE. Y qué obscenas resultan las
frases de algunos políticos repartiendo
responsabilidades a partes iguales entre el ocupante
y el ocupado, entre el que asedia y el asediado,
entre el verdugo y la víctima. Qué indecente la
pretendida equidistancia que equipara al oprimido
con su opresor. El lenguaje no es inocente. Las
palabras no matan pero ayudan a justificar el
crimen. Y a perpetuarlo.
En Gaza se
está perpetrando un crimen. Lleva tiempo
perpetrándose ante los ojos del mundo. Y nadie podrá
decir, como en otro tiempo se dijo en Europa, que no
sabíamos.
Teresa Aranguren
Pedro Martínez Montávez
Rosa Regás
José Saramago
Pilar del Río
Cármen Ruiz Bravo
Belén Gopegui
Constantino Bértolo
Santiago Alba Rico

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Opinión.- Isaac Rosa |
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http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2009/01/05/gila-en-palestina/
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“El ejército
israelí no actúa sin antes avisar (…)
Telefonea casa por casa a sus habitantes
para que evacuen”
-Comunicado de la
Embajada de Israel-
Si no
hubiera cientos de muertos, sería de
risa. Como de chiste de Gila: “Oiga, ¿es
el enemigo? Mire, es que vamos a
bombardear su barrio, que por favor se
alejen un poco, no sea que se hagan
daño”.
Suponemos
que el ejército israelí tiene un listín
telefónico donde distingue a los
terroristas del resto de la población.
Coge un bloque de viviendas y va
llamando piso por piso, hasta que llega
a uno marcado en negrita: “Al del 3ºD no
lo avisen, que es de Hamás.” Así, los
muertos en los bombardeos no serían
culpa de los atacantes: o son
considerados terroristas –y no los
avisan-, o son vecinos cabezotas que se
empeñan en quedarse en casa, o
despistados que no atendieron la
llamada, o estaban hablando y
comunicaba.
Perdonen
la broma, pero es que lo de la alerta
telefónica parece un chiste macabro
cuando hay cientos de muertos. Por lo
visto avisaban cuando iban a tirar la
casa de un suicida o de un dirigente de
Hamás, hasta que los palestinos
decidieron desobedecer y subirse al
tejado para impedirlo. Vale, es menos
bestia que bombardear sin avisar, pero
no por ello dejan de ser ejecuciones
extrajudiciales y bombardeos sobre
población civil. Y la responsabilidad
por los muertos es del atacante, no del
atacado. No vale culpar a los “escudos
humanos”.
Pero
además, el macabro aviso telefónico es
una prueba más de la desproporción y
asimetría: la prepotencia de un ejército
que puede anunciar por adelantado sus
objetivos, en la seguridad de que no
habrá defensa posible que lo evite, ni
riesgo alguno para el atacante. Y ahora
que han puesto pie en tierra, serán
menos cuidadosos.
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Opinión.- Consuelo
SÁNCHEZ-VICENTE |
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Miramos las matanzas de Gaza y
de Israel con tristeza e impotencia, sin saber que se podría
hacer para ponerle el punto final a esta terrible sangría de
pueblos y gentes inocentes, qué más habría que hacer... La
impresión de que cada vez que uno de los planes de paz y
hojas de ruta ensayados entre los palestinos y los judíos
desde la fundación del Estado de Israel - de Madrid a Camps
Davis, Oslo, Egipto, los demás - parecía a punto de caramelo
para la paz, `alguien´ lo ha reventado estrepitosamente,
como un destino fatal. Casi siempre `alguien´ de Israel, el
más fuerte y con mejores padrinos: con occidente, siempre,
como anfitrión de las voladuras del diálogo, por acción u
omisión
Los Estados Unidos, hasta ahora, por acción: ya veremos si
esto cambia con Obama. Estados Unidos por permitir -o mejor
dicho: imponer- que, desde 1948, en toda su existencia, el
Estado de Israel no haya cumplido ni una sola de las
resoluciones de las Naciones Unidas para que salga de los
territorios palestinos ocupados, siempre con su propio
derecho a la seguridad como excusa, que no como razón; y, lo
que es peor, siempre protegido por el paraguas del veto de
los Estados Unidos de las sanciones -a veces las guerras-
que la comunidad internacional impone con tanta alegría a
los países que se saltan sus mandatos... cuando conviene a
los intereses del gran baile mundial de máscaras, claro. O
cuanto el `saltarín´ carece de padrinos poderosos, o cae en
desgracia, recuerden el Iraq de Sadam. Para los Palestinos,
solo, como mucho, y solo a veces, Estados Unidos tiene...
buenas palabras
Los demás, con la Unión Europea al frente y Liga Árabe como
comparsa, por consentir. Por omisión. En el caso de la Unión
Europea, que es el que nos toca más de cerca, por la omisión
del deber de denuncia con la fuerza precisa, aunque sea
moral, de esta injusta asimetría que ha permitido a Israel
levantar ante nuestras propias narices el muro de la
vergüenza de Gaza, la mayor prisión de cielo abierto de la
historia de la humanidad, en realidad de la inhumanidad,
para nuestra vergüenza. Algunos expertos empiezan a decir
que el objetivo oculto pero firme de tanta muerte asimétrica
es borrar a Palestina del mapa y dar paso al `Gran Israel´
de los sionistas, y que las matanzas no pararán hasta que
esa fantasía totalitaria sea realidad.
Me parece de locos pero es verdad que el castillo de la paz
se derrumba cada vez que parece a punto de cubrir aguas. En
cualquier caso, mientras tanto, ¡cuanta hipocresía! Mucho
pañuelo palestino al cuello de los gobiernos progres,
fashion total, pero mientras aquí basta un solo muerto en
atentado terrorista para que clamen de horror, el terrorismo
de Estado israelí mata a casi 300 civiles palestinos de una
vez y... silencio institucional.
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Opinión.- Gonzalo Parente |
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En los círculos estratégicos
del mundo se habla de la guerra asimétrica como algo nuevo.
Anteriormente se enfrentaban dos ejércitos con posibilidades
y capacidades similares. Lo que sucede hoy con la asimetría
de fuerzas, como ocurre con Hamás e Israel, un grupo que
practica el terror contra un Estado con un poderoso
ejército, no es más que la repetición de la historia bíblica
de David contra Goliat. Esta situación se ha repetido con
las intifadas palestinas y de los libaneses de Hezbolá hace
dos veranos, en la que Israel no salió muy bien parado.
¿Qué está pasando ahora en Gaza? El hecho concreto es que
Hamás rompió la tregua bombardeando poblaciones hebreas con
cohetes y morteros. Sabían que provocarían a Israel en un
momento muy delicado de cambio político, no solo judío sino
también en EE.?UU., su apoyo principal. ¿Qué podrían
pretender con esta reacción? Pienso que no quieren quedarse
al margen de los acuerdos a que están llegando los
palestinos de Cisjordania. Pero se equivocan, porque cuando
Israel siente la inseguridad en sus fronteras, reacciona con
todas sus fuerzas, para defenderse, y Hamás les ha dado el
motivo que alegan de «legítima defensa». Por eso la
comunidad internacional, representada por los Cuatro (ONU,
UE, EE.?UU. y Rusia) está pidiendo un alto el fuego
humanitario. Hamás ha perdido esta guerra asimétrica porque
Israel no va a cometer los errores de hace dos años, ni el
mundo está ahora para un martirio de los palestinos de Gaza.
A ver qué hace la ONU.
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Opinión |
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http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=426617
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No descubro nada nuevo, pero
hay tiempos en los que resulta más evidente que el mundo
organizado, sus instituciones internacionales, todos los
foros, uniones, parlamentos etc. no son sino la puesta en
escena de una formidable injusticia que se mantiene, gracias
a las trampas aceptadas, con una pátina hipócrita de sutil
legalidad. Se está viendo ahora en la respuesta israelí a
las provocaciones de Hamás, pero lo cierto es que nunca ha
dejado de estar presente desde la Segunda Guerra Mundial.
Entonces, cuando los bloques, el llamado mundo occidental,
libre y democrático, no levantó un dedo para frenar el
terrorífico avance de los carros de combate rusos en Hungría
y más tarde en la primavera de Praga. Nadie hizo nada por
frenar la Guerra de los Seis Días cuando Israel decidió
unilateralmente ampliar sus fronteras por la fuerza. Sólo
durante «la crisis de los misiles» en Cuba se debió
descolgar el teléfono rojo y es posible que el mundo
entonces estuviera cerca de un nuevo conflicto global. Pero
Rusia reculó a tiempo y todos nos salvamos del desastre.
Cuando los Balcanes, pareció que se había entrado en una
nueva concepción del Derecho Internacional donde el
principio, hasta entonces sagrado de soberanía, cedía ante
el clamor internacional; y así fue, pero sólo en ciertos
casos, sólo cuando los mas poderosos se ponen de acuerdo en
esa intervención y siempre por extraños intereses. Esa nueva
interpretación del Derecho Internacional legitimó, por
ejemplo, la primera guerra del Golfo, no así la segunda,
pero sí la de Afganistán. El lenguaje sirve para muchas
cosas, incluso para bautizar como «misión de paz» lo que es
un guerra o consentir vergüenzas tan infames como lo de
Guantánamo sin que la ONU, la todopoderosa y secuestrada
ONU, pueda hacer nada para evitar un atropello tan evidente
y total a la mismísima Declaración de los Derecho Humanos. A
nadie pues le puede extrañar que, una vez más, EEUU utilice
su derecho (?) a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y
evite la condena de la actuación de las tropas de Israel en
Gaza. Es lo que ha venido haciendo desde años. Es lícito que
ante la historia misma de las Naciones Unidas, uno se
pregunte para qué sirve semejante organización y hasta que
punto se ha utilizado para legitimar o silenciar acciones
claramente injustas. Pero también es verdad que si hay que
elegir, mejor que exista y si no existiera, lo mejor sería
inventarla. Pero admitida esta premisa, que nos dejen al
menos lamentarnos de su funcionamiento, de su injusticia, de
su inutilidad cuando uno de los poderosos con derecho (¿) a
veto se implicado directa o indirectamente en el asunto.
Israel hará lo que quiera y hasta cuándo y dónde quiera y
Hamás seguirá practicando el extremismo y/o terrorismo digan
lo que digan los europeos, la ONU y hasta Sarko, que, una
vez más, va por libre.
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Tribuna :Abel Veiga Copo
Profesor de Derecho en ICADE |
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La tragedia de la guerra sigue
su curso. Decenas y decenas de civiles son asesinados en
Gaza, mientras el Gobierno israelí sigue en su burbuja
política, jurídica y social. La ceguera y la brutalidad es
despiadada. Es la ley del Talión. El ojo por ojo, diente por
diente, pero multiplicado esta vez por cien. El grado de
cinismo del Gobierno israelí raya cotas increíbles. Toda
esta orgía de sangre y destrucción llevaba meses
planificándose. Negar el futuro al pueblo palestino no solo
es una tragedia para estos, también para una sociedad
israelí embriagada por unos políticos que hace tiempo han
dejado de pensar en su pueblo y en el futuro. La paz es
posible si realmente se quiere, pero hace mucho que no la
desean.
Se niega todo y una y otra vez se abrazan al perenne
victimismo, eso sí, despreciando la vida, la suerte de los
palestinos. No todo es Hamás, grupo terrorista, execrable y
fanático. Como tampoco todo se puede camuflar en el derecho
a la seguridad y a la defensa. Masacrar Gaza con miles de
toneladas de bombas por tierra, mar y aire, atacar a
población civil, destruir todo tipo de infraestructuras y
negar todo acceso humanitario es atroz, perverso, cruel y
jurídicamente condenable. Por mucho que no crean y
desprecien el derecho y la legalidad internacional. Como
también hace su valedor el que veta toda condena en una ya
inoperante y absurda Naciones Unidas. Los líderes y el mundo
callan, mientras Israel busca su tregua por la fuerzas de
los hechos, toda vez que deje asolada la franja. Llevaba año
y medio totalmente embargada, bloqueada, declarada enclave
hostil por el laborista Barack y hacedor ahora de esta
guerra asimétrica, vil y deplorable. No se puede ir contra
Hamás y situar en medio del fuego cruzado a los civiles.
Para el recuerdo Deir Yassin en 1948, Qybia en 1953, Sabra y
Chatila en 1982 y Yenín en el 2002. La misma estrategia, la
misma guerra de tierra quemada. Todo se repite.
Israel no quiere un proceso de paz, tampoco un Estado
palestino. Lleva cuarenta años ocupando los territorios pero
claudicando de sus obligaciones internacionales como
potencia ocupante. Ha levantado un muro vergonzoso armado de
odio, ira y usurpación con la excusa de detener los
atentados suicidas. Ha traspasado la línea verde, ha
ignorado todas las resoluciones de Naciones Unidas, se ha
pertrechado y armado hasta el infinito, incluso reconociendo
poseer ojivas nucleares.
Sembradores de odio, ausencia total de conciencia. Malditos
los políticos que solo creen en las guerras, que desprecian
la vida ajena, que juegan con el futuro de sus pueblos. No
importa la nacionalidad, la etnia ni la religión, siempre
los ha habido en todas partes. Malditos los corifeos
mediáticos que niegan la realidad y justifican lo
injustificable. Malditos los ignorantes que solo miran hacia
otro lado en un espléndido ejercicio de hipocresía. Malditos
los miserables del embuste, del terror y la locura. El
camino del odio y la violencia se abre a zancadas.
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Opinión.- Fernando Onega.-
6/01/09 |
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La guerra de Gaza es una
fabulosa oportunidad para dirigentes políticos occidentales.
El sueño de cualquier gobernante es encontrar una fórmula,
una frase, un algo que detenga el avance de los carros de
combate. Eso sería su consagración a los ojos del mundo. Y
los políticos españoles no se libran de la ensoñación. Ahí
tenéis a María Teresa Fernández de la Vega, que habló en la
India y dijo esas frases tan bonitas: «Que cese el ruido de
las armas» y «que los tanques y las bombas callen». ¡Qué
lírico! ¡Qué bucólico! ¡Qué pena que las armas, los tanques
y las bombas no estén dispuestos a escuchar! La señora
vicepresidenta habló tanto con obispos y cardenales, que a
veces sus palabras parecen exorcismos o sermones de domingo
desde la ventana del Vaticano.
Y Zapatero. Ayer, cuando todos lo imaginábamos afanado solo
en convencer a presidentes de autonomías de lo ricos que van
a ser y lo pobre que van a dejar al Estado, resulta que
también tenía su corazón puesto en la franja de Gaza. Solo
el corazón; no el resto del cuerpo, porque su proyecto de
viaje a Oriente Próximo desapareció entre los madroños de
los jardines de la Moncloa. ¡Que viaje Sarkozy!, se habrá
dicho. Y se ha quedado entre nosotros, organizando la orgía
de la financiación y el déficit; pero tampoco ha querido
privarnos de bellísimas palabras, que parecen villancicos
rezagados: «Hay que abrir un camino para la democracia».
Gran momento para pacifistas. Y mejor, si son un poco de
izquierdas. Israel, con su ofensiva, les ayuda a construir
discursos emocionantes y sonoros, y les permite condenar al
rico poderoso y arrogante que aplasta al pobre débil. Casi
parece una guerra de clases. Al ver la matanza de tantos
civiles, encuentran argumentos para invocar la desproporción
de su respuesta. A lo mejor, quién sabe, los judíos no
serían tan condenables si tuviesen bombas inteligentes que
supieran discriminar y solo mataran a los malos y dejaran
con vida a los buenos. Según Zapatero, al fin y al cabo
creador del mito de la Alianza de Civilizaciones, ese sería
«el camino» que los llevaría a la paz.
El poeta diría que nos queda la palabra, que no cuesta mucho
y tranquiliza las conciencias. Pero la más esperada, que es
la de Obama, está en un conveniente silencio, entretenida en
su mudanza. Y los hechos, o no existen o son estériles. El
Consejo de Seguridad, por imposición de EE.?UU. no condena
la invasión. Europa hace lo que puede, que es muy poco. Y el
Gobierno de Israel, aplaudido por su opinión pública, me
temo que tampoco escuchará el consejo de Zapatero: «Este no
es el camino que os llevará a la paz». Los tanques no
entienden de lirismo. Pobre Gaza: los tanques solo atienden
la orden de atacar
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Opinión |
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Salen los presidentes
autonómicos de Moncloa, de uno en uno, o de tres en tres,
contando con los dedos el porcentaje de presupuesto que van
a administrar, como si la crisis económica más grave tras la
II Guerra Mundial no existiese; como si el imperdible que
sujeta el frágil equilibrio entre Pakistán y la India, fuera
una viga de hormigón; como si la guerra de Gaza fuera un
asunto de la CNN, y como si China no estuviese en vísperas
de sacudidas que no van a ser un asunto interno.
Con esa contundencia con la que los impotentes hacen gala de
su fortaleza, golpeando el puño sobre la mesa de la taberna,
los llamados líderes europeos, llaman al orden a Israel,
como antes les dijeron a los terroristas profesionales de
Hamas, que fueran buenos chicos y no tiraran cohetes que
podrían hacer pupa, y con el mismo y eficaz resultado.
Las condenas de los grandes líderes europeos y de las
grandes líneas de ferrocarriles causan el mismo efecto en el
ejército israelí que la pronunciación de una jaculatoria
ante un infarto de miocardio. Mejor dicho, menos, porque la
fe puede mover montañas ignoradas, pero las firmes condenas
llevan consigo tal falta de confianza en sus efectos, que
todavía no me explico como no les entra la risa, puede que
por esos cadáveres de niños, por esos corderos inocentes que
son inmolados entre la palabrería occidental, la tradicional
corrupción palestina, el terrorismo aupado por las urnas, y
la misma hipocresía internacional que permite los genocidios
en Africa.
Menos mal que nuestros líderes autonómicos, más o menos
radicales, más o menos nacionalistas, más o menos pequeños
burgueses, cuentan los garbanzos de los que dispondrán en su
virreinato, ajenos al mundo. Si hubieran vivido en Bizancio,
no les hubiera pillado la invasión discutiendo del sexo de
los ángeles, sino de la sacrosanta, enaltecida, y balsámica
financiación autonómica.
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Opinión.- Yashmina Shawki |
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La paz que nadie parece querer |
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Enlace noticia original |
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Siempre decimos que la
violencia no es la solución; sin embargo, acudimos a ella de
manera recurrente para resolver casi todos los conflictos.
El uso de la fuerza está tan arraigado en nuestro yo
colectivo que casi se ve como inevitable que, de forma
cíclica, los pueblos acudan a ella. Pero la violencia solo
engendra dolor, enquista la rabia y perpetúa la enemistad.
El conflicto entre Israel y Palestina, que se ha prolongado
a lo largo de seis décadas, más de seis guerras y numerosos
levantamientos, no se ha solucionado porque la lenta sangría
de víctimas solo ha servido para reforzar posturas y enconar
odios.
¿Cómo es posible que un conflicto que tantos desean que se
solucione, al menos, en apariencia; al que tanto esfuerzo y
tanta negociación se ha dedicado, empeore cada vez más?
Obviamente, porque ni a las partes implicadas ni a los
actores secundarios les interesa realmente que se resuelva,
ya que, caso contrario, no solo tendrían que ceder en sus
posturas sino que, además, tendrían que eliminar las
provocaciones.
Israel, un pueblo bíblicamente belicoso y expansionista,
desea expulsar a los árabes del territorio que considera
históricamente suyo. Su oferta de dos Estados vecinos es
solo una pantalla que oculta la visión sionista sobre cuyas
bases los judíos lograron recuperar parte de la tierra de la
que han sido expulsados una y otra vez. Se sienten
acorralados y amenazados por millones de árabes a los que
solo pueden frenar mostrando su poderío militar. El que la
agresión a los palestinos suponga aumentar la intención del
voto es buena muestra de ello.
Los palestinos tampoco quieren convivir con un pueblo que
los ha castigado tan duramente y que durante los siglos de
dominio otomano fue su subordinado. Más aún, sus líderes
actuales, sobre todo de los grupos terroristas como Hamás,
Hezbolá y afines, no tendrían cabida en un Estado pacífico y
democrático ya que la ayuda internacional tendría que
invertirse en infraestructuras y no en el mantenimiento de
un ejército de milicias.
¿Y qué decir de los fundamentalistas que utilizan el
martirio palestino como justificación de su existencia y
punta de lanza para sus ataques a Occidente?
En Tierra Santa, la paz se ahoga en sangre en nombre de
Dios.
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Opinión |
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En lo que va quedando de Gaza
todo es ruido y furia, pero el resto del mundo sigue en
silencio. Apenas el bisbiseo de unas palabras de reprobación
o el rosmar de unos rezos. Es difícil elegir entre dos
males, cuando se sospecha que ambos son el peor. Las
principales potencias del mundo prefieren contemplar muertos
y contarlos, en los ratos libres. ¿Cómo ayudar a Hamás?,
¿cómo apoyar a Israel? Lo del Líbano fue un ensayo general
con casi todo. Así que las Naciones Unidas aguardan un
desenlace que no admite elucubraciones. Las tropas de élite
israelitas han partido la Franja en dos, pero del lado
palestino no hay víctimas de élite.
Una de las peculiaridades de las guerras modernas es que
mueren más civiles que militares, lo que prueba sin duda
nuestro grado de civilización. ¿Qué quedará de ese fragmento
de planeta, castigado por la Geografía, por la Historia y,
sobre todo por sus habitantes? El doctor Thebussem, mejor
dicho el escritor que ocultaba su nombre bajo ese
pseudónimo, dijo que la colección más difícil que puede
emprender cualquier paciente maniático, es la de mendrugos
de ciudades sitiadas. No queda ninguno. El cerco sólo
permite que viva el hambre, que también tiene los días
contados. El asedio va a seguir mientras en los despachos se
discute si se trata de una «respuesta desproporcionada» o de
un justo castigo a los tercos lanzamientos de proyectiles de
los fanáticos de Hamas. Salvar al sargento Shalit puede
acarrear la muerte de miles de personas y los difuntos
tienen todos la misma nacionalidad: eran seres humanos que
pasaron una temporada en este planeta belicoso, dividido en
parcelas muy desiguales. Un lugar lleno de dioses, de
banderas y de armas.
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Opinión.- Almudena Grandes. |
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Es lícito preguntarse por qué
el Gobierno israelí no ha intentado agotar las vías
negociadoras
La violencia es simple, pero no proporcionará seguridad a
ese país |
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La ministra de Exteriores de
Israel dijo, horas antes de la invasión, que en Gaza no
había crisis humanitaria y por tanto no era necesaria una
tregua humanitaria.
Hasta si su gobierno no fuera responsable ya de quinientos
cadáveres, y de la indeterminada cifra de víctimas que se
proyecta en el horizonte, sus palabras serían escalofríantes.
En Gaza se hacinan, como en un campo de concentración, un
millón y medio de personas cuya subsistencia depende de la
voluntad de sus carceleros. Israel consintió que Hamás se
presentara a las elecciones de 2006 para decretar, tras su
victoria, un bloqueo económico tan brutal que, aplicado casi
a cualquier otro lugar, constituiría en sí mismo toda una
crisis humanitaría.
Cabría preguntarse qué es un ser humano para la señora Livni,
porque no se trata de conceptos como seguridad, bienestar o
garantías. Antes de que el ejército israelí arrasara Gaza
por la fuerza, sus habitantes no tenían comida, ni agua ni
luz eléctrica, ni medicinas ni combustibles, a veces durante
horas, a veces durante días enteros. Cabría responderse por
tanto, y ciñéndose escrupulosamente a sus palabras, que para
la señora Livni, los palestinos no son seres humanos. Que
una ministra de Israel, representante de un estado surgido
del horror que estremeció al mundo al constatar que el
pueblo judío había sido tratado como no humano por el III
Reich, diga cosas así, es tan desolador que se comenta solo.
¿Y los demás? El problema es Hamás, dicen. ¿Y cuándo no
existía Hamás? Entonces, el problema era Arafat. ¿Y de dónde
salió Arafat? La violencia no sólo engendra violencia en
Oriente Próximo, pero sólo allí se priva a las víctimas
hasta del pobre consuelo de la palabra "desproporción".
Cabría pensar que la culpa es de los propios palestinos, de
esa terca insistencia suya en seguir siendo, pese a todo,
seres humanos.
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Tribuna.- Emilio Menéndez del
Valle es embajador de España y eurodiputado socialista. |
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Es lícito preguntarse por qué
el Gobierno israelí no ha intentado agotar las vías
negociadoras
La violencia es simple, pero no proporcionará seguridad a
ese país |
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La violencia es simple, pero
no proporcionará seguridad a Israel. La fuerza militar
bruta, desproporcionada, generadora de odio, frustración,
humillación, acabará por colocar a Israel -y a buena parte
de la comunidad internacional- en situación de máxima
inseguridad.
Edward Said -el más prestigioso intelectual palestino-
escribió en 2002 que "la seguridad israelí es un animal de
fábula, una especie de unicornio. Se la persigue sin
alcanzarla jamás, pero constituye el objetivo eterno de
cualquier acción futura".
De ética y de sentido común y político conviene hablar. ¿Qué
persigue Israel con acciones que arrasan una ciudad,
masacran a civiles y a policías encargados de mantener la
seguridad (aunque no sea la del unicornio) y, de paso,
liquidan a dirigentes y militantes de Hamás? ¿Por qué se
arriesga a un recrudecimiento de la ira que, probablemente,
impulsará a palestinos -incluidos el millón largo de
"ciudadanos" de ese origen que viven dentro de
Israel-,poblaciones árabes e islámicas y desde luego a Al
Qaeda, a tomarse la justicia por su mano, esto es, a atentar
contra intereses judíos y occidentales? Antes de proseguir,
manifiesto que condeno que Hamás (un movimiento en cuya
creación colaboró el Gobierno israelí con la intención de
que dificultara los crecientes éxitos de la OLP de Arafat)
lance cohetes artesanales contra las poblaciones limítrofes
de Israel. Sin embargo, la muerte y destrucción sembradas en
Gaza en estos días son infinitamente superiores a los daños
causados en años por dichos proyectiles.
La respuesta del Goliat judío, en palabras de Gideon Levy,
antiguo asesor de Simon Peres, "excede toda proporción y
traspasa todas las líneas de lo humano, de la ética, del
derecho internacional y de la sabiduría". Es lícito
preguntarse por qué el Gobierno israelí, que monopoliza la
fuerza, no ha intentado agotar las vías negociadoras y
diplomáticas antes de desencadenar lo contemplado en todas
las televisiones. Sólo si hubiera fracasado ese camino, la
opinión pública habría entendido una iniciativa militar
gradual, proporcional, contra Hamás.
Livni, ministra de Exteriores y candidata electoral por
Kadima, afirmaba el 27 de diciembre que "Israel no atenderá
llamadas a la tregua con Hamás porque es un grupo
terrorista". ¿Acaso el Gobierno de Tel Aviv no desea el
proceso de paz? Los hechos son tozudos. Ehud Olmert, sucesor
de Ariel Sharon, ha proseguido, con otras formas, la misma
política que su antecesor: implacable extensión de las
colonias judías en los territorios ocupados (contra las
resoluciones de Naciones Unidas, la Hoja de Ruta del famoso
Cuarteto y contra el plan de Bush lanzado en Annapolis hace
un año), ampliación del muro de la vergüenza que confisca
más territorio en Cisjordania, y oposi-ción a la devolución
de Jerusalén Este. Se diría que Israel no quiere Estado
palestino alguno, viable o no.
Los sucesores de Sharon han continuado, por un lado, su
peculiar "vía diplomática", esto es, no sentarse a una
genuina mesa negociadora, exigir condiciones previas
imposibles y no manifestar voluntad política alguna. Y por
otro, con la matanza ocasionada en Gaza, se han adherido a
la descarnada filosofía que Sharon expresó ante el
Parlamento el 4-3-02: "Los palestinos deben sufrir mucho más
hasta que sepan que no obtendrán nada mediante el
terrorismo. Si no sienten que han sido vencidos, no podremos
regresar a la mesa de negociaciones".
"No obtendrán nada mediante el terrorismo". ¿Y qué hemos
obtenido por otras vías? se preguntarán muchos palestinos,
ahítos de comulgar con ruedas de molino, hartos de no
divisar -porque no se les ofrece- ningún genuino horizonte
político. Bien se encargó de remacharlo Dov Weisglass,
hombre de confianza de Sharon y negociador con la
Administración de Bush: "El significado de lo que hemos
acordado con los americanos es la congelación del proceso
político. Y cuando se congela ese proceso, se impide el
establecimiento de un Estado palestino y la discusión sobre
los refugiados, las fronteras y Jerusalén. Todo el paquete
conocido como Estado palestino ha sido eliminado de nuestra
agenda indefinidamente". (Entrevistado por Haaretz,
8-10-04).
¿Qué cestos se pueden fabricar con tales mimbres? Nada
indica que el acuerdo Weisglass haya sido cancelado por la
improductiva conferencia de Annapolis y todo señala que la
devastada Gaza de estos días es una nueva, cruel y terrible
operación de la marca Sharon: "Los palestinos deben sufrir
mucho más".
Si la estrategia Sharon/Weisglass constituye la columna
vertebral de la política del Estado judío, la lógica lleva a
establecer que no persigue el fin de la ocupación ni la
devolución de los territorios conquistados, sino que -como
editorializaba EL PAÍS el 29 de diciembre- "quiere paz más
territorios", cuando, como preconizan las resoluciones de
Naciones Unidas (que Israel ignora), únicamente puede haber
paz si se devuelven los territorios a sus legítimos dueños.
De ser así, Goliat quedaría atrapado en una peligrosa e
inconsecuente paradoja. La confirmación de la ocupación y la
negativa a un Estado palestino implicarían, por una parte,
la continuidad ad infinitum de la condición de ocupante y,
por otra, el elevado crecimiento demográfico palestino
acabaría amenazando el exclusivo carácter judío -tan querido
por muchos- del Estado de Israel. Cierto es que hasta la
fecha Tel Aviv ha despreciado e ignorado, como tantas otras
cosas, el estatuto de ocupante contemplado por el derecho
internacional, lo que ha hecho -como resalta el jurista
israelí David Kretzmer- que lleve viviendo en una burbuja
jurídica durante cuatro décadas de ocupación.
Porque, de un lado, el Gobierno de los territorios ha estado
basado en la fuerza y en los poderes de un comandante
militar. Y, de otro, las autoridades ignoraban las
restricciones que la Convención de Ginebra impone, en
especial la prohibición de trasladar parte de la población
ocupante (400.000 colonos al día de hoy) a los territorios
ocupados, así como la ilegalidad que supone la confiscación
de propiedad privada y la obligación de mantener la pública
en calidad de fideicomiso.
Que la línea Sharon/Weisglass fracase y el sentido común y
político se imponga algún día depende en gran medida de la
estrategia que adopte el nuevo presidente Obama. Un
historiador judío, Avi Shlaim, clasifica a los presidentes
norteamericanos en dos escuelas: la del "Israel, primero" y
la que denomina escuela equilibrada. Dice que la mayoría han
pertenecido a la primera, constituyendo Carter y Bush padre
dos notables excepciones y siendo Bush hijo el más
pro-israelí. Refiriéndose a Oriente Próximo, Shlaim sostiene
que, de cara a un acuerdo viable, "un presidente
norteamericano ha de ser equilibrado y no sólo lograr
seguridad para Israel, sino también justicia para los
palestinos". En esto consiste el reto de Obama. Esperemos
que prestigie la escuela equilibrada.
En el siglo X antes de Cristo, el gran rey Salomón, hijo del
rey David, contribuyó a una de las primeras formulaciones de
una paz internacional que la Biblia recoge: "Yavé dictará
sus leyes a numerosos pueblos, que de sus espadas harán
rejas de arado y de sus lanzas, hoces. No alzarán la espada
gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra".
(Isaías, 2-4). A pesar de la loa y la fanfarria con que se
le obsequia en Israel, no parece que hasta ahora Salomón
haya gozado de excesivo predicamento a este respecto.
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Editorial.- El País.-
04-01-2009 |
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Israel entra en Gaza desoyendo
las peticiones internacionales de tregua |
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Después de ocho días de
intensos bombardeos desde el aire, los blindados del
Ejército israelí penetraron anoche en la franja de Gaza. De
nada han servido los llamamientos internacionales en favor
de una tregua, y ahora la suerte está echada por decisión
del Gobierno de Olmert.
Está echada, sin duda, para los palestinos, que han padecido
y pueden seguir padeciendo un escalofriante número de
víctimas civiles, sin que la comunidad internacional haya
hecho otra cosa que conformarse con las someras
explicaciones de la ministra de Asuntos Exteriores, y
candidata electoral de Kadima, Tzipi Livni, hora tras hora
desmentidas por las acciones del Ejército israelí. En contra
de lo que ha explicado la ministra a lo largo de los últimos
días, la situación de la población de Gaza es desesperada,
con grave carencia de medicinas y alimentos para atender a
los dos millares de heridos contabilizados antes de la
invasión terrestre. Desde el momento en que Israel ocupe la
franja, la obligación inexcusable que contrae es garantizar
la llegada de esos suministros.
Pero la suerte está también echada para Israel. Al igual que
ocurrió en Líbano en el verano de 2006, la estrategia que ha
seguido le obliga a obtener en Gaza una victoria absoluta,
una victoria definitiva. El problema reside en que nadie ha
logrado jamás ese género de victoria sin renunciar a su
puesto entre las naciones civilizadas. Basta comprobar la
disparidad de fuerzas en combate para saber cuál será el
desenlace militar de un conflicto que sólo puede recibir el
nombre de guerra de manera aproximada. Pero si ese
previsible desenlace se obtiene al precio de una masacre
entre la población civil palestina, entonces el Israel que
salga de este conflicto no será el mismo que entró en él. Y
cabe la posibilidad, además, de que su victoria no sea
absoluta, no sea definitiva, y en ese caso será Hamás quien
haya ganado la guerra tan sólo porque no la ha perdido como
Israel necesitaba que la perdiese. Lo mismo que le ocurrió
en Líbano con Hezbolá.
La explosiva escena regional se verá afectada por esta
represalia militar, cuya desproporción queda patente en la
muerte y la destrucción que está provocando. Cualquier
aproximación que intente Israel a los restos de la Autoridad
Palestina en Cisjordania será como un abrazo de oso para
Abbas y una nueva baza para Hamás. Las posibilidades de
avanzar en el arreglo negociado con Siria, facilitado por
Turquía, permanecerán bloqueadas durante mucho tiempo. Y el
mecanismo infernal que atenaza a la mayor parte de los
regímenes árabes se habrá puesto de nuevo en marcha: su
propia estabilidad interior dependerá de cuánto endurezcan
el tono y de cómo modulen su respuesta contra Israel.
Al final, los responsables de esta acción militar
desproporcionada tendrán que preguntarse si ha valido la
pena. Israel habrá vuelto a demostrar que es el más fuerte
al inmenso coste de quedar más solo y más inseguro.
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Carta al Señor Cónsul. desde Gaza
....NOSOTROS
LOS ESPANOLES ATRAPADOS EN GAZA TENEMOS LOS MISMOS
DERECHOS DE SALIR DE AQUI SOMOS TAN HUMANOS como los
israelies. Esta guerra que ellos han empezado es su
guerra no la NUESTRA.
ESPANA, NO NOS ABANDONEN. Un cordial saludo desde
Gaza. Maria Velasco |
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JAVIER
ESPINOSA desde Beirut.-3 de enero de 2009. |
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El pánico de Nizar, un niño español
atrapado en Gaza |
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El
presente texto debería estar firmado por María Velasco,
una sevillana residente en Jan Yunis (Gaza), que el día
30 remitió esta carta al consulado español en Jerusalén. Una
misiva tan dramática como explícita, que resume sin
exagerar la tragedia que se está registrando en la franja
palestina.
Casada
con un palestino,
Velasco se instaló en Gaza en 1996. Madre de tres hijos,
uno de ellos, Maruán Velasco, llegó a ser
uno de los portavoces de la policía controlada por Hamas,
hasta que abandonó la franja el pasado mes de noviembre. Su
madre y sus dos hermanos, Nizar (2 años) y
Halima (23) están intentando
escapar del mismo territorio desde hace semanas.
A continuación se
reproducen varios extractos del escrito.
Ver noticia completa
* Foto
Nizar, el niño español atrapado en Gaza. (Foto: M. V.)
Ver:
http://www.elmundo.es/elmundo/blogs/orienteproximo/index.html
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La
incursión terrestre ha comenzado en Gaza justo
cuando caía la noche. Contemplamos impávidos, cómo el
Ejército Israelí entra en Gaza como Pedro por su casa.
La muerte en directo, desde tierra, mar y aire. Sinfonía
de destrucción bajo el beneplácito de la política
internacional.
Políticos de sillón estiran sus piernas y contemplan las
imágenes mientras acarician la cabeza de sus hijos.
Ellos están seguros. La Presidencia de la UE
ha informado en un comunicado que considera que la
operación terrestre del Ejército israelí en la Franja de
Gaza es "defensiva, no ofensiva".
Niños, niñas, ancianos, mujeres y hombres, aquellos que
no han podido ser evacuados por no ser extranjeros, y
algunos que son incluso españoles y se han tenido que
quedar en Gaza, son seres humanos de segunda.
Este es el nuevo diálogo por la Paz del siglo
XXI. Aquí está la política internacional,
aderezada por un escandaloso fracaso humanitario
global.
El ruido de este fracaso llega a todas las partes del
mundo, no hace falta cambiar de canal de la televisión
para no oírlas, son más estridentes que las
bombas que ahora están tirando en la Franja de Gaza.
La licencia de actuación, la impunidad de Israel frente
al mundo está normalizada, estandarizada.
La sangre vertida cada día de esta infame
guerra mancha cada artículo de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos. Y efectivamente, dentro de unos
años alguien se atreva a decir, como en otro
tiempo se dijo en Europa, que no sabíamos.
"Nuestras vidas empiezan a terminar el día
que silenciamos las cosas que importan" Martin Luther
King
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Nos da igual.
Que Israel masacre la franja de Gaza suena a noticia
repetida. No llama la atención. Ni siquiera los ocho niños
de ayer envueltos en las banderas de Palestina para su
entierro. Más de lo mismo. Es lo que llevan haciendo toda la
vida. Que haya guerra en Oriente Medio es como que haya
pescado en las plazas o que nos encienda el coche por las
mañanas. El planteamiento es tan horrible como cierto. Nos
pilla lejos. Solo unos pocos locos, divinos cooperantes, se
van hasta allí y ayudan. Al resto, qué más no da que ya
hayan muerto 420 palestinos y solo cuatro judíos.
Algunos piden una tregua. Tregua de qué, pero si ya en la
Biblia se mataban. La costumbre es un dardo envenenado. Los
clásicos decían que había que enseñarles a los niños a no
repetirse. Que, cuando algo se repite mil veces, dejamos de
pensar: ciegos del hastío. Misiles de Israel contra Gaza es
como borrasca sobre Galicia. Cohetes caseros palestinos como
provocación y respuesta sobre el sur de Israel es tan normal
como que la Liga vuelve hoy tras el parón de Navidad.
Sabemos que Hamás no es una pandilla de niños cantores de
Viena. Pero los soldados de Israel tampoco son los niños de
San Ildefonso. Bombardean un campo de concentración y
levantan un muro en el siglo XXI, cuando en el 89 habíamos
celebrado que por fin tirábamos otro. Estos días en Gaza
matan los misiles de los aviones y el desprendimiento de
rutina del mundo.
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Miles de páginas se han escrito a lo largo de la historia
para tratar de hacer luz sobre uno de los fenómenos sociales
más frecuentes: la guerra. Ahí están, por ejemplo, las obras
de Maimónides, Santo Tomás de Aquino, Vitoria, Suárez, Hugo
Grocio y, más recientemente, Michael Walzer. Sesudos
argumentos se han vertido para razonar que no todas las
contiendas eran iguales, que hay algunas que son justas y
otras que no lo son. Normalmente, cada una de las partes
involucradas en un conflicto considera que la suya es la
posición correcta, no sé por qué será? La violencia tiene
mucho que ver con la idea de justicia; y lo que nos
encontramos, a pesar de los esfuerzos realizados para tratar
de definir la justicia, es que hay demasiadas concepciones
de ella y, sobre todo, muy pocas ganas de ser justo (porque,
curiosamente, el egoísmo presente en el ser humano parece
mucho más potente que el apetito por la justicia). Hoy el
mundo no es menos violento que en los tiempos prehistóricos,
del Imperio romano o de la Segunda Guerra Mundial. Las
nuevas guerras son un reflejo de las antiguas, cosa que
siempre ha ocurrido, por otra parte.
Cuando parecía que la humanidad ya tenía un horizonte
bastante negro para el 2009 con la recesión económica y con
los conflictos armados de Irak, Afganistán y el Congo, por
citar algunas de las amapolas que tiñen de rojo el escenario
mundial, el Gobierno de Israel decidió lanzar en pleno
período navideño una brutal y desproporcionada ofensiva
armada contra los palestinos en Gaza. Yo sé muy poco de este
terrible conflicto entre judíos y palestinos; solo sé que no
se matan mosquitos a cañonazos y que esa decisión israelí
consiguió amargarme los turrones y quitarme las ganas de
escribir, hasta hoy: porque creo que aquellos que soñamos la
visión del león que reposa junto al cordero debemos alzar,
una vez más, nuestra voz para proclamar que la única opción
moral es la guerra sin armas. Dentro de pocos días, Obama
tomará posesión como presidente de Estados Unidos,
tradicional aliado de Israel. Ojalá que pueda imponer algo
de cordura a su socio, si es que antes no se ha
desencadenado ya un conflicto armado de alto nivel con la
intervención de terceros países. La violencia solo engendra
violencia, eso está claro. Aunque existen en el mundo, por
desgracia, demasiados iluminados fundamentalistas y
etnocentristas (incluidos los miembros de ETA y adláteres).
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Aún reconociendo la heteróclita procedencia de los
habitantes del actual Estado de Israel, y con ello las
grandes diferencias culturales, étnicas, educativas y
económicas que existen entre ellos, no se puede negar que,
en su conjunto, la sociedad israelí es una sociedad culta y
desarrollada.
La diáspora judía inicial que en la segunda mitad de la
década de los años 40 desembarcó en el territorio,
apropiándoselo y estableciéndose en él, contenía sujetos de
gran calidad y formación, y en años sucesivos, en los de la
consolidación del Estado a sangre y fuego -”el aparato
«militar» del mismo se había curtido en el ejercicio del
terrorismo contra Inglaterra-”, fueron llegando oleadas de
científicos, escritores, arquitectos, músicos, ingenieros,
pintores y médicos que habían brillado en los países de
procedencia y llevaban esa luz de cultura al nuevo Estado de
Israel.
Pero, siendo esto así, siendo Israel un país culto, ¿cómo se
explica su ferocidad, la crueldad extrema con sus enemigos,
sus actos despiadados? Sólo se me ocurre que pueda sucederle
lo mismo, aunque por otros motivos, que a la Alemania de las
dos guerras mundiales, de las atrocidades nunca vistas, de
la destrucción sistemática y de los campos de exterminio:
siendo aquella Alemania una nación refinada y cultísima, le
falta absolutamente, en cambio, la cultura de la compasión.
Que ciudadanos probos e instruidos justifiquen el bombardeo
de hospitales infantiles, la tortura como práctica legal con
los detenidos, el tormento a la población civil o la
voladura de las casas, en bastantes ocasiones con personas
dentro, de los familiares de sospechosos palestinos, sólo
puede entenderse como una anestesia profunda, abismal, de la
sensibilidad, como una carencia total de la cultura de la
compasión, que es la del sentimiento, la de la empatía y, en
fin, la de la humanidad.
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Tribuna.- Luz
Gómez García es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de
la Universidad Autónoma de Madrid. |
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La soledad de Gaza |
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Cuando para acceder a Gaza por el paso de Erez, el
visitante autorizado se ve obligado a introducirse en las
diabólicas máquinas israelíes inquisidoras del cuerpo
humano, unas máquinas no vistas antes en ningún otro sitio,
que le zarandean y escudriñan sus entrañas, comprende que se
dispone a entrar en uno de los lugares más solitarios del
planeta. Atravesados puertas y corredores, un inquietante
kilómetro, largo, a pie, de tierra de nadie, de cascotes y
escombros, hace que el extranjero mude la impresión de la
artificiosa frontera física en la certeza psicológica de
hallarse ante un nuevo capítulo, uno de los más insólitos,
de las aberraciones de la historia reciente.
Un muro de hormigón armado, de nueve metros de alto, separa
la franja de Gaza de Israel. Es un muro hermano del de
Cisjordania, aunque primogénito, pero que no ha tenido la
misma repercusión jurídica y mediática. Un muro que encierra
la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado del
mundo. Gaza, que ha sido descrita en ocasiones como una gran
prisión al aire libre, está condenada a la soledad de todas
las prisiones.
Esta dramática realidad responde a una
deliberada y planificada política israelí. Nada es casual en
Gaza. Detrás de lo que ven los ojos hay una firme voluntad
israelí de acoso militar, institucional y jurídico. ¿Qué fue
antes: Hamás o la gallina? La gallina. Veamos por qué.
En octubre de 2004, el Parlamento de Israel aprobó "el plan
de desconexión de Gaza", que en agosto del año siguiente
llevó a cabo unilateralmente. Pretendía poner fin a un
problema demográfico insoslayable para la empresa israelí de
colonización del territorio: la imposibilidad militar y
económica de sostener a una población de 9.000 colonos en un
enclave con un millón y medio de palestinos. Faltaban
todavía varios meses para el triunfo de Hamás en las
elecciones legislativas palestinas de enero de 2006, pero el
pronóstico era meridiano y allanaba el camino a la
estigmatización colectiva. Cuando en junio de 2007 los
islamistas dieron un golpe de mano en Gaza y truncaron el
Gobierno de ficticia unidad nacional de la Autoridad
Nacional Palestina, la comunidad internacional se aprestó a
endurecer su actitud hacia Hamás como organización
terrorista. Poco importa que su triunfo en las urnas hubiera
contado con la escrupulosa supervisión de observadores
internacionales, incluidos algunos diputados españoles. La
condena hallaba refrendo y con ella se consumaba la
desconexión. Gaza quedaba aislada del mundo: del Israel
ocupante, de la madre Palestina y del socorro y la
benevolencia internacionales.
El paso siguiente por parte
de Israel fue la declaración de Gaza como "entidad hostil"
el 19 de septiembre de 2007, que le ha servido para
desentenderse interna-cionalmente de las obligaciones
que, como potencia ocupante, tiene. La población sufre con
ello la paradoja jurídica de estar a la vez bajo ocupación y
bajo bloqueo. Las operaciones militares israelíes, que el
Gobierno de Israel tan pronto llama de castigo como
ofensivas, se han sucedido desde entonces, trufadas de
treguas que en absoluto han aliviado el imparable deterioro
de la situación de la población. El bloqueo al tránsito de
personas y bienes de primera necesidad por tierra, mar y
aire, castiga en primera instancia al 62% de la población,
que depende directamente del reparto de alimentos y de los
servicios básicos a cargo de la UNRWA, la Agencia de
Naciones Unidas para los Refugiados palestinos. La
Organización Internacional del Trabajo, en su memoria de
2007, habla de una "economía de estado de sitio", y en la de
2008 constata que el aislamiento casi total de Gaza la ha
llevado al borde de la crisis humanitaria. El resultado es
lo que Issam Younis, de Al Mezan Center for Human Rights,
denomina la "subdesarrollización de Gaza": descalabro
de los índices de empleo y del PIB, descomposición del
sector público, desaparición de la economía productiva,
regresión en los derechos de los trabajadores,
debilitamiento institucional y deterioro del tejido social.
La mera supervivencia se impone a otras prioridades
individuales y colectivas a costa de logros históricos de la
sociedad palestina, como el pluralismo, la participación de
las mujeres en la vida pública, la vitalidad de la cultura
de base o los elevados índices de educación universitaria.
A Hamás le dieron su triunfo electoral la parálisis política
y el derrumbe económico que culminaron en la Segunda
Intifada (2000-2005). Pero sus réditos en Gaza los alimenta
a diario la política israelí, con la aquiescencia de Estados
Unidos y la estolidez de la Unión Europea, involucrada en
inmensas inversiones económicas en los Territorios Ocupados
pero sin compromiso político equiparable. Este múltiple
concurso ha convertido a Hamás en el protagonista de la
historia actual de Palestina. Y lo ha hecho hasta el punto
de que la principal crítica de algunos líderes históricos de
la OLP a su triunfo haya sido su afán por reescribir la
historia de la resistencia palestina, como si ésta hubiera
empezado en 1987, cuando coincidiendo con la Primera
Intifada se fundó Hamás. Porque los partidos y actores no
islamistas minimizan la importancia de la religiosización
del espacio público, mientras crece su temor a que, una vez
más, los hechos consumados adquieran naturaleza jurídica y
Gaza se vea amputada del devenir de los Territorios
Ocupados, que en el discurso israelí han quedado reducidos a
la demediada Cisjordania.
La interiorización del
aislamiento y la rutinización del bloqueo no hacen
sino asentar la frustración entre los gazauíes. El
clientelismo, conocido popularmente en Palestina como
"cultura de la jaima", se alimenta de este ambiente falto de
expectativas y experiencias nuevas. Las iniciativas
ciudadanas peligran (son modélicos los Comités de Salud
Mental, pioneros en el tratamiento de la violencia de género
y que han desarrollado una categoría propia de
empoderamiento civil) y flaquea la actuación de las ONGs y
las agencias de ayuda humanitaria, que se sienten impelidas
a tomar partido entre los actores políticos, con el
consiguiente deterioro de su actividad y de la imagen
general de la cooperación.
Pese a todo, la sociedad de Gaza ha desarrollado fórmulas de
relación con el exterior, procederes abiertos y
descentralizados que se sirven de las redes de intercambio
que propicia la globalización tecnológica. Sorprende en Gaza
la vitalista actividad de organizaciones independientes en
materia de derechos humanos, salud o cultura, con modélicos
sistemas de toma de decisiones colegiada, elaboración de un
discurso crítico y autocrítico, financiación y sustentos
locales y colaboración en red con otros centros palestinos e
internacionales. Estos gazauíes, una mayoría, insisten en la
importancia simbólica y psicológica de romper el
aislamiento, en el valor de los gestos e intercambios que
desde Europa abren una grieta en el cerco. Son iniciativas
que no deben morir, porque garantizan, entre otras cosas, un
futuro lejos de Hamás, si es esto lo que Europa desea.
Gaza materializa el proyecto israelí para Palestina: dividir
y fragmentar el territorio, dividir y fragmentar a su
población, y crear nuevos guetos identitarios que propicien
la disolución de la unidad histórica, social, cultural y
política de Palestina. La estrategia es vieja y conocida,
pues proviene de la Nakba misma. Según el historiador
israelí Amnon Raz-Krakotzkin, dos son sus armas principales:
negar toda responsabilidad histórica e inculpar a las
víctimas de su suerte.
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Opinión.- DANIEL BARENBOIM |
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Carta abierta del director
de orquesta hispanoargentino Daniel Barenboim ante los
bombardeos de Israel en Gaza |
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Sólo tengo tres deseos para el
próximo año. El primero de ellos es que el Gobierno israelí
se dé cuenta de una vez por todas de que el conflicto en
Oriente Próximo no puede ser resuelto por la vía militar. El
segundo es para que Hamás tenga presente que sus intereses
no se imponen con la violencia, y que Israel está aquí para
quedarse. El tercero es para que el mundo reconozca que este
conflicto no tiene parangón en la Historia. Es complejo y
delicado; es un conflicto humano entre dos personas
profundamente convencidas de su derecho a vivir en el mismo
y minúsculo pedazo de tierra. Es por esto que ninguna
diplomacia o acción militar puede resolver este conflicto.
Los hechos de los días pasados me preocupan en exceso por
muchos motivos humanos y políticos. Es evidente que Israel
tiene el derecho a defenderse, que no puede y no debe
tolerar los continuos ataques con misil en contra de sus
ciudadanos, pero el incesante y brutal bombardeo del
Ejército israelí en Gaza me ha despertado algunas
interrogantes.
La primera pregunta es ¿tiene derecho el Gobierno israelí a
culpar a todos los palestinos por las acciones de Hamás?
¿Debe ser culpable toda la población de Gaza por los pecados
de un grupo terrorista? Nosotros los judíos, debemos saber y
sentir más agudamente que otras poblaciones lo inaceptable e
inhumano del asesinato de civiles inocentes. El Ejército
israelí ha argumentado pobremente que la franja de Gaza está
tan superpoblada que es imposible evitar la muerte de
civiles durante los ataques.
Nuevas preguntas
La debilidad del argumento me lleva a formular nuevas
preguntas: ¿Si la muerte de civiles es inevitable, cuál es
el propósito del bombardeo? ¿Cuál es -si la hay- la lógica
de la violencia y qué espera lograr Israel a través de ella?
Si el objetivo de la ofensiva es destruir a Hamás, la
pregunta más importante es si esto es una meta alcanzable.
Si no, los bombardeos no son sólo crueles, bárbaros y
reprensibles, sino también absurdos.
Si, por otro lado, es realmente posible destruir a Hamás con
operaciones militares, ¿cómo imagina Israel la reacción en
Gaza después de ello? Un millón y medio de residentes de la
Franja no se arrodillarán reverencialmente ante el poderío
del Ejército israelí. No debemos olvidar que antes de que
los palestinos eligieran a Hamás, Israel los apoyaba en una
táctica para debilitar a Arafat. La historia reciente de
Israel me lleva a creer que si Hamás es bombardeado hasta su
desaparición, otro grupo ocupará su sitio, una formación más
radical, más violenta y más llena de odio hacia Israel.
Israel no puede permitirse una derrota militar por miedo a
desaparecer del mapa, pero la Historia ha probado que toda
victoria militar ha debilitado políticamente a Israel por la
aparición de grupos radicales. No subestimo la dificultad de
las decisiones que debe de tomar el Gobierno israelí a
diario, ni subestimo la importancia de la seguridad de
Israel. No obstante, me aferro a mi convicción de que el
único plan viable para la seguridad de Israel es ganarse la
aceptación de todos sus vecinos. Deseo que en 2009 regrese
la inteligencia siempre atribuida a los judíos. Deseo el
regreso de la sabiduría del rey Salomón para que aquellos
que toman decisiones en Israel la usen para entender que los
palestinos e israelíes tienen los mismos derechos humanos.
La violencia palestina atormenta a Israel y no sirve a la
causa; la venganza militar de Israel es inhumana, inmoral y
no garantiza la seguridad. Como he dicho anteriormente, los
destinos de dos personas cuyos destinos están relacionados
inextricablemente, lo que les obliga a vivir lado a lado.
Son ellos los que deciden si quieren hacer de esto una
bendición o una maldición.
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Gaza and the New Year
I
have just three wishes for the coming year. The
first is for the Israeli government to realize once
and for all that the Middle Eastern conflict cannot
be solved by military means. The second is for Hamas
to realize that its interests are not served by
violence, and that Israel is here to stay; and the
third is for the world to acknowledge the fact that
this conflict is unlike any other in history. It is
uniquely intricate and sensitive; it is a human
conflict between two peoples who are both deeply
convinced of their right to live on the same very
small piece of land. This is why neither diplomacy
nor military action can resolve this conflict.
The developments of the past few days are extremely
worrisome to me for several reasons of both humane
and political natures. While it is self-evident that
Israel has the right to defend itself, that it
cannot and should not tolerate continuing missile
attacks on its citizens, the Israeli army’s
relentless and brutal bombardment of Gaza has raised
a few important questions in my mind.
The first question is whether the Israeli
government has the right to make all Palestinians
culpable for the actions of Hamas. Is the entire
population of Gaza to be held responsible for the
sins of a terrorist organization? We, the Jewish
people, should know and feel even more acutely than
other populations that the murder of innocent
civilians is inhumane and unacceptable. The Israeli
military has very weakly argued that the Gaza strip
is so overpopulated that it is impossible to avoid
civilian deaths during their operations.
The weakness of this argument leads me to my next
set of questions: if civilian deaths are
unavoidable, what is the purpose of the bombardment?
What, if any, is the logic behind the violence, and
what does Israel hope to achieve through it? If the
aim of the operation is to destroy Hamas, then the
most important question to ask is whether this is an
attainable goal. If not, then the whole attack is
not only cruel, barbaric, and reprehensible, it is
also senseless.
If
on the other hand it really is possible to destroy
Hamas through military operations, how does Israel
envision the reaction in Gaza once this has been
accomplished? One and a half million Gaza residents
will not suddenly go down on their knees in
reverence of the power of the Israeli army. We must
not forget that before Hamas was elected by the
Palestinians, it was encouraged by Israel as a
tactic to weaken Arafat. Israel’s recent history
leads me to believe that if Hamas is bombarded out
of existence, another group will most certainly take
its place, a group that would be more radical, more
violent, and more full of hatred toward Israel than
Hamas.
Israel cannot afford a military defeat for fear of
disappearing from the map, yet history has proven
that every military victory has always left Israel
in a weaker political position than before because
of the emergence of radical groups. I do not
underestimate the difficulty of the decisions the
Israeli government must make every day, nor do I
underestimate the importance of Israel’s security.
Nevertheless, I stand behind my conviction that the
only truly viable plan for long-term security in
Israel is to gain the acceptance of all of our
neighbors. I wish for a return in the year 2009 of
the famous intelligence always ascribed to the Jews.
I wish for a return of King Solomon’s wisdom to the
decision-makers in Israel that they might use it to
understand that Palestinians and Israelis have equal
human rights.
Palestinian violence torments Israelis and does not
serve the Palestinian cause; Israeli military
retaliation is inhuman, immoral, and does not
guarantee Israel’s security. As I have said before,
the destinies of the two peoples are inextricably
linked, obliging them to live side by side. They
have to decide whether they want to make of this a
blessing or a curse.
Daniel Barenboim, December 31, 2008 |
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Opinión.- Mercedes Lezcano |
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Ayer aterricé en Madrid, venía
de Cisjordania, en un viaje organizado por la Plataforma de
Mujeres Artistas. Siento mi corazón como si una mano lo
estrujara y mi cabeza es un torbellino de emociones y de
rabia que apenas puedo contener. Gaza está siendo masacrada,
de forma indiscriminada. Siento impotencia y dolor al ver
cómo se distorsiona la realidad. Decir que el detonante han
sido los cohetes lanzados por Hamás es una hipocresía más de
la imagen que se da del conflicto.
Gaza lleva muchos años siendo un campo de concentración
asediado por tierra, mar y aire, por Israel. Y los ataques
de Hamás un grito de desesperación ante tanta humillación y
tanto doble rasero por parte de la Comunidad Internacional.
Hubo unas elecciones democráticas y libres que ganó Hamás
por goleada. Pero parece ser que los resultados electorales
sólo se aceptan si el que las gana es de nuestro agrado.
¿Esta es la democracia que Occidente quiere exportar? ¿Por
qué se habla de Hamás como un grupo terrorista? ¿Acaso no
nos gusta por ser musulmán?
Israel es un Estado confesional, y está invadiendo
territorios que no son suyos, está violando,
sistemáticamente, los Derechos Humanos; está comportándose
como un Estado terrorista, ¿por qué tenemos acuerdos
preferenciales con él? ¿Por qué le permitimos a Israel la
ocupación?
Este año se celebra el 60º aniversario de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. ¡Cuánta hipocresía! Cada
año se recuerda el horror del Holocausto judío cometido por
los nazis durante la Segunda Guerra mundial, pero no hacemos
nada por el genocidio que Israel está cometiendo con el
pueblo palestino. ¿Cuántos años más vamos a esperar para
denunciarlo y llorarlo? ¿Por qué las Naciones Unidas no
manda fuerzas de interposición para acabar con esa
situación? ¿Por qué se les paró los pies a los serbios y no
se hace lo mismo con Israel?
Israel firma acuerdos que no cumple, no acata las
resoluciones de la ONU, y sigue con la ocupación. En estos
días los medios de comunicación hablan de Gaza, pero
diariamente se está deteniendo, hiriendo y matando por toda
Cisjordania.
Estamos sembrando odio, y siento vergüenza como ciudadana
del mundo por lo que estamos permitiendo. Las mujeres y
hombres palestinos nos agradecían que fuéramos a visitarlos
y conociéramos su realidad para que la denunciáramos.
También hablamos con asociaciones de mujeres israelíes que
nos pedían ayuda para que desenmascaremos a su Gobierno
porque desean construir un país decente, acabar con la
ocupación y convivir junto a sus vecinos palestinos.
Quiero acabar poniendo un poco de belleza en esta reflexión,
con un poema del poeta palestino fallecido hace unos meses
Mahmud Darwix:
"Al asesino: si hubieras visto el rostro de la víctima te lo
habrías pensado, te habrías acordado de tu madre en la
cámara de gas, te habrías liberado de la razón del fusil y
habrías cambiado de idea: ¡así se recobra la identidad!".
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Opinión |
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En Gaza han caído treinta
misiles simultáneamente contra edificios palestinos. Hay
cientos de muertes, a ojo de buen sepulturero. Se dice que
ha sido ésta la jornada más sangrienta desde la Guerra de
los Seis Días, pero es curioso que coincida con los días que
la Cristiandad destina a celebrar el nacimiento de Jesús de
Nazaret. Muchas muertes en las fechas en las que suenan
villancicos festejando que «venida es, venida al mundo la
Vida». Los historiadores más neutrales dan por fracasado el
sublime experimento de intentar que todos los hombres fueran
hermanos. Veinte siglos no lo han conseguido.
Vemos fotografías con niños muertos. Los corresponsales de
guerra se han jugado el pellejo viajero para satisfacer
rápidamente nuestra curiosidad, que a pesar de todo lo que
se diga, es saciable. Hemos visto ya muchas imágenes de
niños muertos y algunos -”yo por ejemplo-” los hemos visto
matar en otra guerra más íntima, que no somos capaces de
olvidar. Por cada ataúd pequeño podía haberse fabricado un
pupitre. La matanza de Israel deja desierta para el futuro
un aula palestina.
El bombardeo de Gaza responde a los ataques de Hamas. Una
mala escuela la de la venganza. Mala y larga, porque ese
libro tiene muchos capítulos aunque su único argumento sea
el desamor. En las naciones que viven en paz no mueren los
alumnos. Se limitan a acosar o agredir a los profesores,
para irse entrenando para cuando cumplan la mayoría de edad.
Lo cierto es que el sueño kantiano de la paz perpetua está
lejos. Quizá llevan razón los que creen que los pacifistas
somos como ovejas que creemos que el lobo es vegetariano. O
que está desganado.
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Opinión.- Javier Ortiz |
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Todos somos cómplices de Israel |
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Israel no es una gran
potencia; es tan sólo una potencia por delegación. Si no
recibiera la constante ayuda financiera, militar y política
de EEUU, no tendría base suficiente en la que sustentar su
arrogancia. Pero el caso es que la recibe.
Gracias al respaldo de Washington, el Estado sionista cuenta
con un armamento que jamás habría podido producir por sus
propios medios. Gracias a ese mismo respaldo, puede
despreciar las leyes internacionales, empezando por la
Convención de Ginebra, y las muchas resoluciones de las
Naciones Unidas que le instan a dejar de actuar como lo
hace: la capacidad de veto que tiene el Gobierno
norteamericano en el Consejo de Seguridad de la ONU protege
todas sus agresiones. Gracias al chorro de millones de
dólares que le llega de Estados Unidos año tras año, puede
también sostener una economía que por sí misma sería
insostenible.
Pero resultaría muy cómodo responsabilizar de todo el
desastre a Washington y al poderoso lobby judío
estadounidense. La Unión Europea tiene también buena parte
de culpa en la criminal arrogancia con la que el Gobierno de
Israel se permite actuaciones como la horrorosa que está
perpetrando ahora mismo en Gaza. ¿Qué hace la UE ante eso?
“Deplora”, “muestra su honda preocupación”, “reclama”… O
sea, nada. Europa tiene formidables mecanismos para obligar
a Israel a entrar en razón. Sin el comercio que tiene con la
UE, el Estado sionista se vería en enormes dificultades
económicas. ¡Sanciónenlo de una vez y déjense de cháchara
huera!
Los dirigentes europeos, incluidos los españoles, se fingen
muy apenados a la vista de la masacre y a continuación se
cruzan de brazos. Y nosotros, todos nosotros, les dejamos
que obren así.
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Editorial.- El País |
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El fin de la tregua entre
Hamás e Israel vuelve a exponer la franja palestina a la
inanición |
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Aunque resulte sorprendente
incluso para el lector atento, hasta el 19 de diciembre
pasado y desde hacía seis meses, reinaba una tregua en Gaza
entre el movimiento terrorista palestino de Hamás e Israel,
a la que el primero puso fin a su expiración, ese mismo día.
La sorpresa habría sido comprensible porque jamás se había
interrumpido el fuego de cohetería artesanal desde la
franja, en la que gobierna Hamás, sobre localidades
israelíes limítrofes, ni mucho menos habían cesado las
represalias del Estado sionista, con grave derramamiento de
sangre entre palestinos no combatientes.
El fin de la tregua ha sido, por añadidura, la ocasión para
que los dos grandes candidatos a formar Gobierno en Israel,
la ministra de Exteriores de Kadima, Tzipi Livni, y el líder
del ultraderechista Likud, Benjamín Netanyahu, se
pronunciaran, con similar contundencia, sobre la necesidad
de destruir el movimiento integrista, de inmediato, o tras
las elecciones del próximo 10 de febrero. Y ha tenido que
ser el primer ministro saliente, Ehud Olmert, también de
Kadima, el que ha hecho un llamamiento a la contención, para
preservar las posibilidades de que se reanuden las
negociaciones de paz, sobre todo, si su formación gana las
elecciones, pero también porque, dimitido a todos los
efectos aunque siga atendiendo a los asuntos del día, y
acosado por una larga serie de escándalos financieros,
encuentra hoy los acentos de paz que reprimía sin aparente
problema cuando se hallaba en el poder.
Y mientras Israel amenaza con una muerte próxima a la franja
mediterránea, ésta, sin tanta dilación, ya muere lentamente
asfixiada día a día por el implacable cerco económico y
político de su enemigo; tanto que Hamás, que domina
enteramente el territorio desde diciembre de 2007, cuando
sus hombres derrotaron a las milicias de la AP de Mahmud
Abbas, se vio obligada a declarar el domingo una tregua de
24 horas, para que pudiera pasar un convoy egipcio con
toneladas de harina y arroz para una población de más de
millón y medio de palestinos, a los que vuelve a faltarles
de todo.
Urge que Israel permita el avituallamiento de inmediato,
pero tanto o más es prioritario que se prorrogue la tregua,
a lo que Hamás ya se ha declarado favorable si Jerusalén
levanta el asedio que mantiene desde hace año y medio sobre
la franja. Según fuentes de la ONU, un 75% de la población
padece una situación de hambre extrema. Por ello, el
Gobierno israelí, sea el que fuere el que salga de las
urnas, debería ser capaz, aunque no tratara directamente con
Hamás si esto se considera hoy todavía inviable, de explorar
las posibilidades de una verdadera tregua, de carácter
indefinido.
Con una pacificación efectiva, sin cohetes ni expediciones
punitivas del Ejército israelí, habría que ver entonces qué
posibilidades habría de auténticas negociaciones de paz.
Pero hoy conformémonos con que pase el convoy por Navidad.
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Editorial.- Norte de Castilla |
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La ruptura por Hamas de la
tregua en Gaza y la brutal represalia lanzada por Israel
obligan a fijar de nuevo como objetivo prioritario en
Oriente Medio el fin de las hostilidades que amenazan con
desencadenar un enfrentamiento bélico que incendiaría la
región. Remitirse en estos críticos momentos al
restablecimiento de las condiciones para un proceso de paz
que ha quedado arruinado constituye una pretensión tan
bienintencionada como baldía, dado el creciente agravamiento
de la situación y la determinación del Gobierno israelí de
proseguir en tierra con una ofensiva para la que va a
movilizar a 6.500 reservistas. La continuidad del asedio
militar sobre la hacinada población de la Franja, que podría
desbordar en su huida las fronteras con Egipto, dejaron en
evidencia el medido acuerdo del Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas por el que exige tanto a Hamas como a Israel
el «cese inmediato» de la violencia y que faciliten la
entrada en Gaza de ayuda humanitaria. La asistencia a la
población civil se ha convertido en una exigencia
irrenunciable ante la constatación de que las autoridades
hebreas no van a ceder en la operación de castigo contra
Hamas.
La comunidad internacional se enfrenta a un conflicto de
impredecibles consecuencias, especialmente si la intención
última de Israel es aniquilar el poder de los
fundamentalistas en su área de influencia. Un objetivo que
abocaría a la guerra, porque si algo ha demostrado el
enfrentamiento entre Hamas y el Estado hebreo desde que el
primero se alzó con el triunfo en las elecciones
legislativas y se hizo fuerte en Gaza es que ni la presión
militar, ni la depauperación de las condiciones de vida en
la Franja minan el control del movimiento terrorista sobre
la misma. La reducción del conflicto a Israel y Hamas
obstaculiza los intentos para avanzar en la reconciliación
de las facciones árabes, al tiempo que diluye la relevancia
como contrapeso de la Autoridad Palestina, cuyo líder,
Mahmud Abbas, acusó ayer a los extremistas de provocar la
crisis al negarse a prorrogar el alto el fuego. Los
llamamientos internacionales a una tregua que Israel ya ha
descartado quedarán reducidos a apelaciones retóricas sin
una reacción concertada que fuerce la vuelta a la
diplomacia. La interinidad del Gobierno de EE. UU. no ayuda,
como bien saben los protagonistas del conflicto, a procurar
esa respuesta.
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Editorial.- El País |
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La comunidad internacional
es impotente para imponer la paz en Oriente Próximo |
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Casi trescientos palestinos
muertos; docenas de edificios presuntamente vinculados al
movimiento terrorista Hamás, reducidos a escombros; el
puerto y, según Israel, túneles secretos que sirven para el
contrabando de armas entre Egipto y Gaza, pulverizados por
la aviación como represalia por el lanzamiento de cohetes
-de casi nula efectividad- sobre territorio israelí, es lo
que ha cosechado la que ya es la operación más luctuosa
desde la guerra de 1967, y que amenaza con proseguir con
raids terrestres sobre la franja.
¿Qué hace y qué puede hacer la comunidad internacional ante
la locura suicida de Hamás y la respuesta que parte de la
opinión, y con ella España, considera desproporcionada del
Estado sionista?
Lo que hace ya lo sabemos. Condenar la violencia de ambas
partes, en unos casos, cargando el acento contra el agresor
de mayor capacidad mortal, Israel, y en otros, buscando una
remota equivalencia entre los actos de ambos contendientes.
Y hoy ya resuena todo ello con el eco de la inutilidad más
absoluta. El Consejo de Seguridad, por su parte, se
preocupa, exhorta al fin de la violencia, y en ocasiones
condena, pero sin ignorar que de buenas intenciones está
empedrado el infierno.
Sólo una acción directa de la comunidad internacional tiene
posibilidades de influir en los actores de este espeso e
incesante drama. El mundo árabe, primero, debería presionar
a Hamás, cegando recursos, aislando a sus dirigentes, para
que dejaran la violencia. Y los Estados Unidos de Barack
Obama, a tres semanas de su inauguración presidencial, y la
UE, en lugar de contemplar los toros desde la barrera y, en
el caso de Washington, asentir a todo lo que haga Israel,
podrían restringir el comercio normal -político y económico-
entre potencias democráticas en sus tratos con el Estado
judío, hasta que muestre una seria voluntad negociadora.
Bush padre negó a Israel el aval de un fuerte crédito e
Israel se avino a participar en la conferencia de Madrid en
1991.
Pero lo cierto es que sólo las partes pueden llegar a un
acuerdo de paz pasablemente justo. Israel, por ejemplo,
puede responder con algo más que un comentario de pasada, y
encima como de quien no sabía nada del asunto, a la oferta
del mundo árabe formulada en la cumbre de Beirut de 2002 y
reiterada recientemente, por la que todos los miembros de la
Liga Árabe reconocerían sin limitaciones a Israel a cambio
de la retirada de todos los territorios conquistados en
aquella guerra que duró seis días. Y el mundo árabe debe
garantizar la viabilidad de la oferta haciéndosela tragar a
todos los terrorismos que se alcen contra ella, así como
invitar a los países que mayor confianza le inspiren a
Israel, Estados Unidos, quizá Holanda, a mandar fuerzas de
vigilancia, control e interposición entre dos entidades
políticas, Palestina e Israel, con las fronteras de 1967.
Pero nadie espera que eso ocurra. Israel quiere paz más
territorios, y Hamás, con o sin paz, la revancha.
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Opinión.- Shlomo Ben-Ami,
antiguo ministro de Exteriores de Israel |
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Aunque Israel esté
dispuesto a arrostrar las condenas por la muerte de civiles
palestinos, no está claro cómo puede triunfar en un
conflicto como el actual. ¿Es realista pensar en derrocar a
Hamás? |
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Con todos los cohetes
que se lanzan a diario contra las ciudades israelíes desde
la franja de Gaza, más la rivalidad entre los políticos
israelíes para ver quién ofrece la respuesta más dura a las
bravatas de Hamás y dado que la capacidad del Gobierno
egipcio para mediar en un nuevo alto el fuego más sólido que
el anterior se ha visto gravemente perjudicada por sus
propias tensiones con los islamistas de Gaza, una operación
militar masiva de Israel era sólo una cuestión de tiempo.
La falta de cauces políticos es lo que ha convertido este
conflicto en tal tragedia humana y ha hecho que la acción
militar sea el único lenguaje de comunicación entre las dos
partes. Hamás e Israel se obstinan en negarse mutuamente, la
comunidad internacional ha boicoteado a Hamás por su
negativa a incorporarse al proceso de paz encabezado por el
Cuarteto, y la Unión Europea ha seguido los pasos de la
obcecada política de Estados Unidos de permitir que se
desmorone el acuerdo de La Meca. Dicho acuerdo ofrecía la
oportunidad, por endeble que fuera, de que un movimiento
palestino unido pudiera alcanzar un acuerdo negociado con
Israel. Ahora, para Israel, se trata de decidir si invadir
Gaza u optar por una táctica diferente. Pero Hamás tampoco
está libre de contradicciones. Tanto Israel como Hamás están
atrapados en un dilema aparentemente irresoluble.
Hamás, como autoridad, debe ser juzgado por su capacidad de
proporcionar seguridad y un gobierno decente a la población
de Gaza, pero, como movimiento, es incapaz de traicionar su
empeño implacable de combatir al ocupante israelí hasta la
muerte. Al fin y al cabo, no ganó las elecciones para lograr
la paz con Israel ni mejorar las relaciones con Estados
Unidos. Por muy prometedoras que resulten algunas señales
esporádicas de que se aproxima al campo del realismo
político, entre sus prioridades inmediatas no está el
traicionar su propia raison d'etre mostrando su apoyo al
proceso de Annápolis de los estadounidenses.
La ofensiva de cohetes Kassam de Hamás, que ha convertido
todo el Neguev occidental en rehén de los caprichos de los
escuadrones islamistas, no es un intento de arrastrar a
Israel a una costosa invasión que podría sacudir su régimen,
sino una medida destinada a establecer un equilibrio de
amenazas basado en mantener vivas las llamas de un conflicto
de baja intensidad aunque se acuerde una nueva tregua.
Un Hamás cada vez más arrogante y extremadamente bien armado
confiaba en que se acordara dicha tregua sólo a cambio de
nuevas concesiones de Israel y Egipto: la apertura de los
pasos de Gaza, entre ellos el paso de Rafah, controlado por
los egipcios (inflexibles en su postura de que debe
permanecer cerrado), la liberación de presos de Hamás en
Egipto, la suspensión de las operaciones de Israel contra
activistas de Hamás en Cisjordania y el derecho a responder
a cualquier supuesta violación del alto el fuego por parte
de Israel.
Sin embargo, la actitud de Hamás ha demostrado ser un
peligroso ejercicio de política suicida, porque un conflicto
de baja intensidad puede degenerar fácilmente en una
auténtica llamarada si, como ha ocurrido ahora, la
contención exhibida hasta el momento por los israelíes se
vuelve políticamente insostenible. A diferencia del ataque
de Israel contra Hezbolá en el verano de 2006, la operación
actual no es una reacción impulsiva desencadenada por un
inesperado casus belli; es una decisión que pretende cambiar
la ecuación estratégica entre Israel y el régimen de Hamás
en Gaza.
Hamás también ha estado jugando con fuego en el frente
egipcio. Mostró su rechazo con su altanera interrupción del
proceso de reconciliación con la OLP de Mahmud Abbas
encabezado por Egipto y al comprometerse a desbaratar la
iniciativa egipcia y saudí para ampliar el mandato
presidencial de Abbas hasta 2010. Hamás ha dejado claro que,
cuando termine oficialmente la presidencia de Abbas, el 9 de
enero, preferiría nombrar en su lugar al presidente del
Parlamento palestino, un miembro del movimiento que se
encuentra en una prisión israelí.
El radicalismo de Hamás no carece de propósito político. Lo
que está llevando a cabo es un intento de enterrar
definitivamente lo poco que queda de la solución de los dos
Estados. Los pobres resultados del proceso de Oslo hasta
ahora son, para Hamás, nada más que la confirmación de su
opinión de siempre, que Oslo estaba condenado al fracaso y
que Israel y Estados Unidos nunca tuvieron intención de
respetar los requisitos mínimos del nacionalismo palestino.
Hamás nunca ha sido indiferente a los cálculos políticos
cotidianos, pero tampoco se limita exclusivamente a ellos.
Es un movimiento fundamentalmente religioso que opina que el
futuro pertenece al islam y que se ve, en el futuro,
envuelto en una lucha armada a largo plazo por la liberación
de toda Palestina.
Tampoco fue completamente irracional el ejercicio de
política suicida, porque el legado del intento frustrado de
Israel de destruir Hezbolá en 2006 es que el aparato militar
israelí se ha dedicado, por primera vez en la historia del
país, a propugnar la contención y oponerse a las acciones
más duras propuestas en las reuniones del consejo de
ministros. El ejército no quería esta guerra; estaba
resignado a que era inevitable. La resistencia de Israel a
lanzar un ataque masivo contra el régimen de Hamás en Gaza
nace de un análisis detallado de los límites de lo que se
puede lograr por la fuerza, hasta el punto de que el
ministro Barak estaba dispuesto a pagar un alto precio
político, en plena temporada de elecciones, al aceptar una
nueva tregua incluso aunque Hamás la violase de forma
intermitente.
Un ataque militar contra una franja de tierra tan pequeña y
tan densamente poblada, en la que Hamás ha utilizado de
forma sistemática a los civiles como escudos humanos, no
tiene más remedio que someter al ejército israelí a
acusaciones de crímenes de guerra. Por muy justificada que
esté la actuación de Israel, y por mucho que la comunidad
internacional critique el régimen represivo y oscurantista
de Hamás en Gaza, tardaremos poco en ver que la cobertura de
las bajas civiles en los medios de comunicación pone a
Israel, y no Hamás, en la picota de la opinión
internacional. Israel preferiría evitar a toda costa una
invasión masiva, aunque sólo sea porque la reocupación de
Gaza significaría tener que volver a asumir la
responsabilidad exclusiva del millón y medio de palestinos
que hoy viven bajo control de Hamás.
Pero, aunque Israel esté dispuesto a absorber el precio de
las duras condenas internacionales, no está nada claro qué
significa verdaderamente un triunfo en una guerra así. ¿Es
una opción realista pensar en derrocar el régimen de Hamás?
Tal vez caiga el Gobierno de Ismail Hanyieh, pero Hamás
seguiría siendo un poderoso producto natural de Palestina
que agruparía a su alrededor a la población. E, incluso bajo
una nueva ocupación israelí, el ocupante podría sufrir la
humillación suprema si se siguen lanzando misiles Kassam
mientras las divisiones acorazadas israelíes se despliegan
en la franja.
Y, por último, después de que se haya asestado un golpe
mortal a lo que quedaba del proceso de paz y los cementerios
de Israel y una Gaza devastada vuelvan a llenarse de
víctimas, Israel querría salir de esa trampa y volver a
negociar otro alto el fuego... con el mismo Hamás.
Shlomo Ben-Ami,
antiguo ministro de Exteriores de Israel, es en la
actualidad vicepresidente del Centro Internacional de Toledo
para la Paz. Su último libro es Scars of War, Wounds of
Peace: The Israeli-Arab Tragedy. Traducción de María
Luisa Rodríguez Tapia. © Project Syndicate, 2008.
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Opinión.- JOSÉ MARÍA RIDAO |
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El aplastante poderío
israelí no consigue traducirse en mayor seguridad, al
contrario; acciones de represalia como la de Gaza minan la
única seguridad posible, la de un Israel en paz y reconocido
por sus vecinos. |
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Israel no es más fuerte
después del ataque masivo contra Gaza, como tampoco lo fue
después de la incursión contra Hezbolá en 2006. Ni entonces
ni ahora era su fuerza, la mayor de toda la región y una de
las más poderosas del mundo, lo que estaba en juego; era
otra cosa: la cada vez más irresoluble contradicción por la
que toda la fuerza de Israel, todo su aplastante poderío, ha
dejado de traducirse en seguridad. Los tres centenares de
muertos palestinos que provocaron los ataques desde el 27 de
diciembre, día de Sabath, no han hecho más que acentuar esa
contradicción, y ahora Israel tendrá que hacer frente a las
consecuencias. No en el terreno de la fuerza, en el que
siempre saldrá ganando en el futuro previsible, sino en el
terreno de la seguridad, que es el que está minando con
acciones como ésta. Porque, como bien saben los más
veteranos estrategas del conflicto, la seguridad de Israel
no consiste sólo en impedir que los milicianos de Hamás u
otra organización lancen misiles contra su territorio, sino
también en mantener viva la esperanza de que sea alguna vez
un Estado en paz con sus vecinos. Es esa esperanza la que ha
recibido un nuevo golpe, que puede ser mortal en función de
cómo actúe el próximo Gobierno de Tel Aviv y de cómo
reaccionen otras potencias regionales, con Irán a la cabeza.
Lejos del escenario de la tragedia, no tardará en
desencadenarse la controversia acerca de quién empezó este
nuevo arrebato de locura, alentada por quienes la
contemplamos, desde el sosiego de un escritorio y una página
en blanco, o desde el ponderado susurro de las cancillerías.
Los partidarios de un contendiente señalarán acusadoramente
al contrario, y los de éste no se privarán de hacer el gesto
opuesto, sólo para regresar sin fin al punto de partida
mientras crece la cosecha de cadáveres. Pero una
controversia así es exactamente la que nadie que desee la
paz, que se resista a justificar un espectáculo de muerte
como un mal merecido, debería alentar. Israel y Palestina no
son un aséptico laboratorio donde se ponen a prueba nuestras
preferencias intelectuales o nuestros juegos políticos, sino
un territorio anegado de sangre que clama desde hace más de
medio siglo por la reafirmación de nuestros principios y por
la adopción de políticas que no los ignoren ni los
contradigan, reduciéndonos a cínicos proveedores de
excepciones o de excusas.
Hace días trascendió la noticia de que el Gobierno israelí
había emprendido una ofensiva diplomática dirigida a recabar
apoyos internacionales para el ataque que ha llevado a cabo.
Como Estado soberano que es, Israel estaba en condiciones de
tomar a solas la decisión. Y es de esperar que, en efecto,
haya sido a solas como la ha tomado, sin una luz verde
expresa ni tampoco una indiferencia garantizada por los
Gobiernos con los que haya entrado en conversaciones. La
legítima defensa no ampara los actos de represalia, que es
lo que Israel ha perpetrado en Gaza. No sólo con este
ataque, el más mortífero en varias décadas, sino también con
el bloqueo al que ha sometido a la población civil palestina
durante interminables meses de colapso económico y hambruna,
levantado por razones tácticas en vísperas de la incursión.
La persistencia del bloqueo es la prueba de que la
desconexión de Gaza, según la expresión acuñada por Sharon,
no era lo mismo que el final de la ocupación, que dura desde
1967 aunque haya cambiado la manera de gestionarla. Si lo
que Israel pretendía con el embargo era mermar el respaldo a
Hamás, lo que ha conseguido es, por el contrario, proyectar
sobre el futuro una sombra que tarde o temprano le pasará
factura y nos la pasará a todos: ha entregado una causa
justa a una organización de ideología totalitaria. Y la
represalia del Sabath no ha hecho más que corroborar esa
entrega, no ha hecho más que confirmar el argumento de fondo
que invoca Hamás: Israel no busca su seguridad desde la
justicia y, por tanto, ha convertido su seguridad y la
justicia en objetivos incompatibles. El resto del mundo,
sigue diciendo Hamás, tendrá ahora que elegir.
Los expertos han repetido durante años que no habría paz en
Oriente Próximo mientras no se alcanzase un arreglo en el
conflicto entre palestinos e israelíes. La invasión de Irak
y la carrera nuclear que ha desencadenado, y que es el nuevo
escenario donde se jugarán la paz y la seguridad mundiales,
han convertido esa opinión en una frase vacía. Por
desgracia, la región alcanzará la paz o se sumirá en el
conflicto con independencia de la suerte que corran los
palestinos. Los actuales dirigentes israelíes parecen
suponer que esta coyuntura les concede carta blanca para
actuar en los territorios, particularmente en Gaza, y de ahí
que las primeras escaramuzas electorales entre Tzipi Livni y
Benjamín Netanyahu, los candidatos con más posibilidades en
febrero, se hayan limitado a rivalizar en dureza, por no
decir en brutalidad. Ni ellos ni Ehud Barak, superviviente
de un Partido Laborista irrelevante, han sido capaces de
intuir las posibilidades que una situación como la actual
ofrecía para un Israel comprometido con la paz. Un acuerdo
con los palestinos hubiera privado de un campo de
operaciones a Irán, que sigue asentando su liderazgo en la
explotación a su favor de los numerosos focos de tensión
regionales. Tal vez sea una estrategia demasiado sutil para
una clase política que, como la israelí de estos días, no
rechaza convertir en simple baza electoral el envío de
cazabombarderos contra una población exhausta.
Por descontado, la pregunta más relevante sigue siendo la de
siempre: cómo salir de aquí, cómo detener esta nueva
escalada en la que, violando el mismo principio que obliga
al respeto de los civiles, Israel ha provocado en apenas
unas horas más de doscientos muertos y de ochocientos
heridos, y Hamás, por su parte, cinco víctimas, una de ellas
mortal. Pero nadie ignora a estas alturas lo que exige la
solución. Nadie ignora que no la habrá mientras persista la
ocupación ni mientras la legalidad internacional, desde las
Resoluciones de Naciones Unidas a las Convenciones de
Ginebra, no sea respetada por todos los contendientes, sea
cual sea su potencia de fuego. Nadie ignora que será
inviable mientras Israel y la comunidad internacional sigan
ahondando con sus políticas la segunda partición de
Palestina, que ha dejado Cisjordania en manos de Fatah y
Gaza en las de Hamás. Nadie ignora que se retrasará tanto
como los actores internacionales del conflicto que
permanecen entre bambalinas, enredados en sus cálculos
geoestratégicos, no tuerzan definitivamente el gesto ante
quienes ocupan el primer plano del terrorífico escenario.
Entonces, ¿para qué repetirlo? Cada vez que ha fracasado uno
de los innumerables planes de paz, Israel se ha aproximado
un paso más a la disyuntiva radical que, hasta la Guerra de
los Seis Días, sus gobernantes trataron de mantener a
distancia. ¿Cómo cuenta compatibilizar su ambición por los
territorios que ocupó y su rechazo hacia los palestinos que
los habitan? Cualquier arreglo hubiera detenido la cuenta
atrás hacia la sima que encarna este interrogante, de la que
Israel sólo podrá salir, bien renunciando a ser un Estado
honorable que concede el mismo valor a cualquier vida
humana, incluidas las de sus enemigos, bien aceptando que el
núcleo de su utopía, la construcción de un Estado sólo para
judíos en una tierra previamente habitada, se ha revelado
inviable.
No se trata de un dilema nuevo, sino de un dilema que, tras
permanecer varias décadas ignorado, está emergiendo de
manera imparable a la superficie. De la Guerra de los Seis
Días, tras la que Israel ocupó Cisjordania y Gaza, se
conocen sobre todo los nombres de los generales que
propiciaron la victoria. Paradójicamente, el del primer
ministro laborista que decidió y dirigió las operaciones
cayó en un relativo olvido. Pero fue él, precisamente él,
Levi Eskhol, quien trató de atemperar el entusiasmo de un
eufórico Ariel Sharon diciendo "esta victoria militar no
arregla nada, los árabes seguirán estando ahí". Y ahí siguen
estando cuarenta y un años después, con más frustración y
más muertos, a la espera de que Israel decida, no sobre su
suerte colectiva, sino sobre el tipo de Estado que quiere
ser. Eskhol parecía tener clara la respuesta cuando, nada
más iniciarse la guerra, anotó: "Aunque conquistemos la
Ciudad Vieja y Cisjordania, al final tendremos que
abandonarlas". Tal vez por eso sean pocos quienes, dentro y
fuera de Israel, todavía lo recuerdan.
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Entrevista.- Barenboim |
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"La ola de
violencia desatada en Gaza es inaceptable" |
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El director de orquesta
pide una "inteligencia mayor" a Israel para evitar responder
a los misiles enemigos "matando gente" |
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El músico
argentino-israelí-español Daniel Barenboim calificó hoy en
Viena de "inaceptable" la actual ola de violencia desatada
entre Israel y Palestina, y dijo esperar de Israel una
"inteligencia mayor" para dar una respuesta a los misiles
enemigos que no sea sólo la de "mandar tirar bombas y matar
gente". El prestigioso pianista y director de orquesta hizo
esas declaraones al margen de una rueda de prensa sobre el
Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena que
dirigirá por primera vez el próximo 1 de enero, y donde
insistió en su punto de vista de que el conflicto entre
Israel y Palestina no tiene una solución militar.
Para Barenboim resulta trágico el hecho de que no se
reconozca la verdadera naturaleza del conflicto, pues como
consecuencia de ese hecho las soluciones que se buscan son
comparables al intento de "curar un pie enfermo con un
tratamiento para el oído". El maestro dice estar
convencido de que no se trata de un conflicto político, sino
esencialmente humano, de "dos pueblos que están
profundamente convencidos de tener el derecho de vivir en
ese pequeño trozo de tierra", y sólo después de reconocer
esa naturaleza del conflicto, y "de comprender la lógica de
la posición del otro", será posible superarlo.
"O sea, es una decisión de principios: aceptas que no hay
solución militar, o no. Porque si sigues pensando que
puede haber una solución militar, eso ya trae otras
consecuencias", precisó Barenboim en declaraciones. "Estoy
profundamente convencido que el destino del pueblo israelí y
del pueblo palestino están inextricablemente unidos. O sea
que no puede haber una solución que sea buena para uno y
mala para el otro. Y eso significa que no puede haber una
solución militar, y que tampoco se puede tratar este
conflicto tratando de negociar un compromiso diplomático",
insistió.
"Humanamente inaceptable"
En su opinión, primero hay que definir el problema "como es
(..) Y luego ya se decidirá cómo se organiza". "Pero se está
hablando ahora de la organización. Es como ir a comprar
cuchillos y tenedores para poder comer bien, y no tener
comida. No sirve para nada. Y eso lo demuestra la violencia
de ahora", dijo el músico. "Naturalmente que Israel no puede
aceptar que se tiren misiles hacia Israel desde Palestina,
pero este baño de sangre que se está viendo es absolutamente
inaceptable, es humanamente inaceptable", sentenció el
maestro, de 66 años. "No digo que haya que aceptar lo que
los otros digan, pero no acepto el argumento de que tenemos
que defender esto y entonces vamos a hacer lo que sea
necesario. O sea, espero de los líderes de Israel una
inteligencia mayor y más sutil que simplemente mandar tirar
bombas y matar a gente", concluyó.
Por otro lado, en la rueda de prensa recordó que fue
precisamente de su convicción de que israelíes y palestinos
pueden desarrollar una convivencia fructífera que en 1999
nació su proyecto de crear la orquesta del Diván, integrada
hoy por músicos jóvenes israelíes, árabes de distintas
nacionalidades y españoles. Dado que no se trata de un
proyecto político, Barenboim dijo confiar en que la orquesta
no sufra presiones políticas en su próxima gira, durante la
cual actuará en Qatar, Moscú, Viena y Milán, mientras que en
2010 planea ir a México, Cuba, Chile, Argentina y Brasil.
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Opinión.-IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO |
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Gaza y las elecciones israelíes |
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La tregua mantenida durante
los últimos seis meses entre Israel y Hamas no ha podido
romperse de una manera más abrupta. Las fuerzas aéreas
israelíes han lanzado un ataque fulminante contra varios
edificios oficiales en la franja de Gaza acabando con la
vida de más de 300 personas, en lo que se considera tan sólo
el primer paso de una operación destinada a desalojar del
poder a Hamas. Esta acción militar ha producido el episodio
más violento vivido en la franja desde que fuera ocupada
hace ya más de cuatro décadas.
Aunque las autoridades israelíes han tratado de justificar
el ataque describiéndolo como una respuesta legítima a los
recientes lanzamientos de misiles contra las poblaciones
cercanas a la frontera (más de 200 en una sola semana), las
razones parecen ser distintas.
Debe tenerse en cuenta que estos misiles de fabricación
casera apenas tienen un radio de acción de veinte kilómetros
y difícilmente pueden considerarse una amenaza vital para la
existencia del Estado hebreo (de hecho, no habían provocado
una sola víctima).
La ofensiva militar pone fin a la relativa calma vivida en
los últimos meses y abre la puerta a una escalada bélica de
impredecibles consecuencias, ya que los dirigentes
islamistas palestinos han llamado a una nueva intifada
contra la ocupación israelí.
La decisión del ministro de Defensa, el laborista Ehud Barak,
de lanzar un mortífero ataque contra las posiciones de Hamas
en Gaza guarda una estrecha relación con la celebración de
las elecciones legislativas israelíes el próximo 10 de
febrero.
Según diversas encuestas, el líder del Likud, Benjamín
Netanyahu, tiene todas las papeletas para convertirse en el
próximo primer ministro. En las últimas semanas, Netanyahu
ha venido calentando el ambiente al recriminar a Kadima y al
Partido Laborista el mantenimiento de una línea de contacto
con Hamas a través de Egipto.
El líder populista había prometido que, de imponerse en las
urnas, lanzaría una campaña militar para poner fin al
control islamista de la franja de Gaza y acabar de una vez
por todas con Hamas.Para no quedarse atrás en las encuestas,
Tzipi Livni, la ministra de Asuntos Exteriores y candidata
de Kadima, también se mostró a favor de una ofensiva en Gaza.
Livni es partidaria de una paz parcial con los palestinos
siempre que estos acepten los planteamientos maximalistas
israelíes, lo que le ha convertido en frecuente blanco de
ataque de los sectores extremistas que reclaman el completo
control judío de la Tierra de Israel, situada entre el
Mediterráneo y el Jordán. Al quedar atrapado entre el fuego
cruzado de Netanyahu y Livni, Ehud Barak, líder del Partido
Laborista, dio luz verde a la intervención.
Las encuestas electorales predicen una auténtica debacle de
los laboristas que, de confirmarse, cosecharían el peor
resultado electoral de toda su historia convirtiéndose en la
quinta fuerza política israelí.
Ante esta difícil coyuntura, Barak, un político sin carisma
que es cuestionado por doquier -el influyente escritor
israelí Amos Oz ha manifestado recientemente que "el Partido
Laborista ya ha cumplido su misión histórica"-, parece poner
a su servicio la supremacía militar para mejorar sus
expectativas de voto y tratar de convertirse en una fuerza
bisagra en el futuro Gobierno, dado que ni el Likud, ni
Kadima lograrán el respaldo necesario para gobernar en
solitario. Al golpear con dureza a Hamas, Barak, el militar
más laureado en la historia israelí, pretende presentarse
como el más halcón de los halcones y, al mismo tiempo, hacer
olvidar sus ofertas de paz a los palestinos en Camp David y
a los sirios en Shepherdstown en 2000.
La maniobra de Barak no carece de riesgos, puesto que podría
volverse en su contra. Algo parecido le ocurrió a Simón
Peres en 1996, cuando provocó la masacre de Qana, una ciudad
del sur libanés, sin que le reportara el respaldo electoral
deseado, ni le permitiera superar a su rival, Netanyahu.
Difícilmente los sectores ultranacionalistas y
ultraortodoxos apostarán el 10 de febrero por la fórmula
laborista y tampoco parece que la ofensiva le pueda dar
votos entre los sectores progresistas, cada vez más
inclinados hacia el izquierdista Meretz, que podría
resucitar de sus cenizas como consecuencia de la deriva
laborista.
Si en las décadas de los setenta y ochenta, los diferentes
Gobiernos israelíes, independientemente de su signo,
tacharon a la OLP de organización terrorista para evitar
negociar la devolución de los Territorios Ocupados, en la
actualidad los dirigentes sionistas hacen lo propio
negándose a reconocer a Hamas.
Lo sorprendente es que los países occidentales, incluida
España, respaldan este posicionamiento y no aceptan a Hamas
como interlocutor válido mientras no renuncie a la violencia
y muestre su apoyo al nefasto Proceso de Oslo, que ha
convertido el territorio palestino en guetos aislados.
La incógnita es por qué Washington y Bruselas aceptan un
Gobierno libanés en el que toma parte activa Hezbolá, pero
rechazan un Gobierno palestino con la presencia de Hamas.
Curiosamente, ni Estados Unidos, ni la UE exigen a Israel
que cumpla el derecho internacional y respete los derechos
humanos de los palestinos, poniendo fin a su ocupación e
interrumpiendo su política de castigos colectivos.
Es más: la Unión Europea da un trato de favor a Israel que,
a pesar de su reiterado afán colonizador, es premiado con la
intensificación de las relaciones.
De hecho, el Acuerdo de Asociación que entró en vigor en
2000 fue reforzado por el Plan de Acción de 2004; a
comienzos de este mismo año se frenó, gracias a la
movilización de la sociedad civil europea, un nuevo intento
del Parlamento Europeo de mejorar dichas relaciones
bilaterales. Al castigar al ocupado y premiar al ocupante,
la comunidad internacional está lanzando un mensaje erróneo
que fortalece a los sectores extremistas y debilita a
quienes defienden un compromiso con los palestinos.
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Opinión.- Andrés Aberasturi |
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Pasa el tiempo y la posible
paz entre Israel y Palestina nunca termina de acercarse.
Desde "la guerra de los 6 días" hasta hoy el conflicto no ha
hecho más que recrudecerse, enturbiarse y ha sido sin duda
el detonante, aunque no el único responsable, del nuevo
terrorismo internacional. Y lo peor es que no hay visos de
posibles soluciones; al contrario: la nueva escalada de
Israel tras las provocaciones de Hamas, pone al mundo árabe
-y al resto- en una delicada situación.
Ya se ha visto que la ONU es absolutamente incapaz de
hacerse oír por el gobierno israelí que ha hecho caso omiso
de decenas de mandatos del organismo internacional bajo el
paraguas siempre protector de los EEUU. Y el problema se
agrava aun más con la situación de los integristas
interiores; cuando algún dirigente israelí ha tratado de
establecer cauces de diálogo con Palestina, ha terminado por
abandonar el Gobierno o, lo que es peor, directamente
asesinado por los suyos. Y en Palestina otro tanto: el grupo
Hamas se ha convertido -o siempre ha sido- un grupo
terrorista cuya único objetivo es la derrota, absolutamente
imposible, de Israel. Hamas no tiene más aliados que los
extremistas y ni la autoridad palestina ha sido capaz de
controlar sus actuaciones, pero está respaldado por un
pueblo desesperado que le da incluso el poder legal en unas
elecciones.
¿Y qué hacer desde la UE? Pues contemplar la situación y
repetir tópicos que no dejan de ser verdad para repartir las
culpas y no quedar mal con nadie: respuesta desproporcionada
de Israel a las provocaciones de Hamas. Y es cierto. Pero
habrá que reconocer que las provocaciones de Israel llegaron
antes y antes que antes y así lleva toreando la legalidad
internacional ni se sabe cuántos años. Pero el pasado ya no
existe y no parece fácil recuperarse de los errores de
entonces.
Ahora estamos asistiendo a algo que puede ser aun peor que
la famosa "guerra de los 6 días" y alguien debería plantar
cara al problema. "Lo peor está por llegar", ha advertido el
vicejefe del Estado Mayor israelí, Dan Harel. "Apenas
estamos en los inicios de la lucha. Esto no se puede
resolver con un solo golpe. Lo peor aún no ha ocurrido. Está
por llegar y tenemos que prepararnos ante ello". Y cuando
aun no ha llegado lo peor, ya van 300 muertos y miles de
heridos. ¿Qué va a hacer la UE? ¿Qué se espera que diga o
haga el ya casi presidente Obama? ¿En qué situación queda
Egipto que tanto ha hecho por una paz que nunca llega? ¿Cuál
va a ser la respuesta no ya del Gobierno iraní -que ya ha
dicho lo esperado- sino de los extremistas que de alguna
forma inspira o controla?
Cada día estoy más convencido de que la paz empieza nunca en
Oriente Medio. Demasiados intereses en un zona caliente para
el mundo. El conflicto ha trascendido todas las fronteras y
ya es global o ha servido como coartada para ello. Sólo una
coherencia que no existe en los países árabes limítrofes, en
la ONU, en la UE y en los EEUU frenarían lo que aun no ha
sucedido pero esta a punto de suceder: retroceder una vez
más a un tiempo que no ha llegado a superarse nunca y que
nuevas muerte tiñas de odio rojo a una nueva generación.
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