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Objetemos a Samaniego |
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Lunes 23 de febrero de
2009 |
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Ha habido que esperar a que nos diéramos
de bruces con una crisis para que un inesperado Leopoldo Abadía, crítico
con lo críptico de los sabios economistas, resultara muy creíble cuando
habla de las «bobadas grandísimas» que han hecho y que nos toca pagar.
Vivimos tiempos raros. Como que, después de 30 años, nos adviertan de
que no se han de confundir las convicciones de los padres con los
valores compartidos, ya que la democracia puede ser un atropello
conflictivo más allá de lo que haya dicho el Tribunal Supremo.
La persistente obcecación martirial, desconcertante al producirse en
democracia -por lo que queremos suponer que estos objetores se habrán
movido siempre con similar diligencia y vigilancia concienzuda, a la
procura de su más estricta puridad-, es de interés para ver cómo
funcionan en la vida real -ahora y no en época de Nerón, antes de
abandonar las catacumbas- esos cruces neurálgicos entre moral, política
y educación; con o sin religión por medio.
El problema de judicializar determinadas cosas es que la afición se
desboca y ya no se contenta con nada, ni de la vida ni de la muerte. Se
vive en permanente apocalipsis, a la espera de salvar de la decadencia
moral y política -unos pocos- a este mundo pecador, por las buenas o por
las malas. Bien mirado, esto es una mina: asignaturas, temas, autores...
Hay mucho que limpiar: se puede seguir objetando ad infinitum, pues el
de la enseñanza es un mundo muy propicio para la heterodoxia y la
herejía y, por tanto, con mucho currículo que «depurar», como todavía no
hace mucho decían los censores de los libros que ardían bien o, algo
antes, el Decreto Antimodernista y, un poco más atrás, la Inquisición.
Como por algún lado hay que empezar, propongo probar con Samaniego.
Últimamente no aparece tanto en los libros de texto, pero desde finales
del XVIII en que vivió, hasta hace poco, ha sido uno de los autores más
conocidos de nuestro parnaso literario. Siempre tuvo una abundante
referencia, además, en los libros escolares, sobre todo, en los de los
centros religiosos. En él aprendimos el valor moralizador de las fábulas
y, sin saberlo, lo próximos que podían ser Esopo o La Fontaine. Lean
ustedes sus cuentos y poesías -no fáciles de encontrar- y verán que este
escritor era bastante voltairiano y no poco libertino, lo que ya da que
desconfiar de las consignas morales que sibilinamente ha tratado de
inculcar, y de las que nuestros vástagos deben estar prevenidos.
Sugiero, pues, que objetemos sus Fábulas, muchas de las cuales, en este
preciso momento crítico, han de ser consideradas, como mínimo, «bobadas
grandísimas», pues nos inculcan exempla de conducta moralmente opuestos
a lo que vemos a diario. Lean, si no, las numeradas como 2 y 3 en el
Libro I, tituladas respectivamente: «La cigarra y la hormiga» y «El
muchacho y la Fortuna», absolutamente contradictorias con la educación
ciudadana que nos infunden las más recientes noticias de prensa y sus
protagonistas modélicos. (Seguiremos). |
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Manuel Menor Currás
http://www.lavozdegalicia.es/opinion/2009/02/23/0003_7548140.htm |
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Educar para formar ciudadanos libres y responsables |
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Artículo formato pdf |
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Una enorme confusión se ha generado, una
vez más, en nuestra sociedad. En esta ocasión, en torno a la asignatura
de la LOE «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» (éste es
el nombre completo, que debe tenerse en cuenta por cuanto decimos más
adelante). Confusión injustificable y, por tanto, lamentable y no exenta
probablemente de algún propósito poco honesto, que vamos a intentar
desvelar.
En primer lugar debe quedar claro que la implantación de esta
asignatura, como ha dicho Amnistía Internacional, «es sólo un primer
paso hacia el cumplimiento de los compromisos adquiridos por el Estado
Español con las Naciones Unidas y el Consejo de Europa»; compromisos
firmados tanto por el anterior presidente del Gobierno, José María Aznar,
como por el actual, José Luis Rodríguez Zapatero. Esta materia se
imparte, desde hace años, en catorce países europeos, formando parte de
las diversas recomendaciones que, desde 1995, vienen haciendo las
Naciones Unidas y el Consejo de Europa sobre educación en derechos
humanos, y que nuestro país había desoído totalmente hasta este momento
(hecho denunciado en repetidas ocasiones por la citada ONG de derechos
humanos, Amnistía Internacional).
El objetivo de esta «Educación para la ciudadanía y los derechos
humanos» no es otro que el de crear, en el aula, una cultura de derechos
humanos, en un clima de respeto y convivencia entre todas las ideologías
y todas las personas, de forma que favorezcan los valores y los
principios de dignidad, igualdad, justicia, etc., contenidos en los
grandes Documentos Internacionales de Derechos Humanos, como son la
Declaración Universal de 1948 y los Pactos Internacionales de 1966, así
como la propia Constitución Española.
Dicho esto, es obvio la pregunta ¿quién se puede oponer a que se imparta
una asignatura con estos contenidos?, así como esta otra ¿no es -esta
educación- lo que más necesitan, en estos momentos, los centros
escolares españoles, de los que se ha adueñado, en los últimos tiempos,
un clima de violencia y acoso entre los propios alumnos y entre éstos y
los profesores? Entonces, ¿de dónde proceden esas voces discordantes con
esta asignatura en principio tan necesaria y obligada? Sólo pueden
proceder de los poderes inmovilistas, aquellos que se niegan a perder
sus privilegios en el campo de la educación, como son los sectores del
catolicismo más conservador, y de aquellos que se han dejado arrastrar
por esos poderes.
En efecto, hace unos meses oí decir a un arzobispo: «Impartir la
asignatura de Educación para la Ciudadanía es impartir el mal». No
merece, a mi juicio, comentario alguno, sólo el olvido. Pero más
recientemente un líder político, aspirante a la presidencia del
gobierno, osó decir: «Y no tanta educación para la ciudadanía, que no
sirve para nada». Esta afirmación me parece, si cabe, aún más grave por
la persona de la que procede. Es desaprensivo y descabellado hablar con
esa ligereza y esa irresponsabilidad desde puestos de tanta
responsabilidad. Estas afirmaciones demuestran un desprecio y una
negativa al derecho de los ciudadanos a recibir una educación para ser
libres y responsables, y poder crear, así, un ambiente de respeto y
convivencia para todos, tan necesario en estos momentos.
Si unimos a estas declaraciones, la actitud de aquellas personas que
hablan de ejercer la objeción de conciencia ante la «Educación para la
ciudadanía y los derechos humanos», como si nos obligaran a hacer el
servicio militar o abrazar una religión que no deseamos, tenemos que
concluir que nuestra sociedad no goza de buena salud mental. Por otra
parte, los que se oponen a esta asignatura arguyen que, a través de
ella, el Estado pretende imponer una moral obligatoria para todos. Esto
se cae por su propio peso, si se conoce que los gobiernos españoles de
uno y otro signo no habían tenido ningún interés en que se impartiera
esta materia, y que la razón última de su imposición actual procede,
como hemos afirmado antes, de las recomendaciones de las N.U. y del
Consejo de Europa, y que su única y conc reta finalidad es precisamente
lo contrario de la imposición de una moral obligatoria para todos, como
es, formar ciudadanos libres y responsables, en un clima de respeto y
convivencia entre todos. Si esta asignatura no consigue este objetivo,
ha fracasado.
Y para ello, para que no fracase, quizás sea obligatorio hacerse las
siguientes preguntas: ¿Quién ha de impartirla? ¿Con qué preparación y en
qué condiciones? Preguntas necesarias e imprescindibles, en estos
momentos, y que, al parecer, no importan ni a los poderes religiosos ni
a los políticos de diferentes partidos. Aquí está el meollo de la
cuestión, que podría desvelar la confusión a la que aludíamos al
principio y que demuestra esta cruda realidad: Por un lado, los sectores
inmovilistas católicos y los políticos de la oposición, temiendo perder
sus privilegios en educación, que no son pocos, achacan al actual
gobierno que, mediante esta asignatura, pretende adoctrinar a los
ciudadanos. Por otro lado, el actual gobierno no muestra,
paradójicamente, suficiente interés por esta asignatura, debido a que
poco o nada ha hecho para que se imparta en las condiciones que
claramente ha puesto de manifiesto el Consejo de Europa y las Naciones
Unidas, como son: «Dotar al personal docente y a las autoridades
escolares (mediante cursos de capacitación previos y simultáneos a la
prestación de servicios), de los conocimientos, la comprensión, las
técnicas y la competencia necesarios para facilitar el aprendizaje y la
práctica de los derechos humanos en las escuelas» (del «Programa Mundial
para la educación en derechos humanos», 2005-2007, de las N.U.). Claro,
esto a las comunidades gobernadas por el Partido Popular no les ha
importado tampoco mucho, al menos hasta ahor a y por lo que yo conozco.
¡Pobres e ingenuos ciudadanos que esperan de los políticos actuales que
faciliten -sin la suficiente presión social- una educación en materia de
derechos humanos! Los edificios siempre se han construido comenzando por
los cimientos; hoy, estos cimientos se llaman «conciencia y presión
responsable de los ciudadanos». |
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Artículo formato pdf
Julio Ferreras
Diario de León.
Miércoles 23 de enero de 2008
http://www.diariodeleon.es/se_opinion/noticia.jsp?CAT=108&TEXTO=6504438 |
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Ciudadanía y educación: mucho ruido y pocas nueces |
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LA TRIBUNA DE 'LA VERDAD' |
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Decía Aristóteles que las cosas evidentes
no se discuten. Pero curiosamente, para algunas personas, la relación
entre ciudadanía y educación no parece ser evidente. Trataremos de
introducir algo de serenidad en este ruido mediático que se ha
suscitado, y que en esta Región lleva visos de seguir aumentando en los
próximos meses.
El animal humano es el animal más débil de la naturaleza y sólo el
cuidado de los otros lo convierten en lo que es. Ya los griegos
comprendieron que la adquisición de la humanidad por el recién nacido se
encuentra necesariamente vinculada a su participación en una determinada
comunidad política. La pregunta a la que debemos responder es la
siguiente: dentro de esa comunidad ¿dónde reside la autoridad educativa?
La labor educativa ¿debería corresponder al Estado, a las familias, o a
los educadores profesionales? Cada uno de estos modelos atribuye la
autoridad educativa a uno solo de estos tres agentes: al Estado, a las
familias o a los profesionales de la enseñanza. Ahora bien, si la
educación debe servir para preservar y reproducir de manera consciente
una sociedad democrática, entonces la autoridad educativa debe ser
compartida por estos tres agentes sociales. Puesto que la democracia
(que, como decía Churchill, es el menos malo de los sistemas políticos)
consiste precisamente en la distribución social del poder y no en su
concentración despótica, la distribución de la autoridad educativa es lo
que la sostiene. Se trata, pues, de reproducir conscientemente una
sociedad que sea a la vez lo más plural y lo más incluyente posible.
Vivimos en un mundo globalizado, en unas sociedades cuya complejidad es
cada vez mayor, con plurales formas de vida, y en las que nuestras
chicas y chicos se encuentran inmersos. Por tanto, tenemos que
proporcionarles herramientas para que, conociendo las diversas formas de
vida, puedan elegir, de forma reflexiva y autónoma, la que les parezca
más virtuosa. Ahora bien, enseñarles a conocer y respetar las diversas
formas de vida no significa caer en el relativismo del todo vale. En
primer lugar, porque la convivencia democrática exige el respeto a una
reglas comunes que todos hemos de cumplir; y, en segundo lugar, porque
no todas las formas de vida son igualmente valiosas y compatibles con
esas reglas compartidas. Algunas personas son incapaces de hacer esta
distinción entre el pluralismo moral y el relativismo que excluye toda
norma común y todo criterio de juicio, porque para ellas sólo cabe la
moral absoluta (que es la suya, por supuesto) o el caos.
Como sabe cualquier profesora o profesor de Filosofía, la educación
ética no consiste en adoctrinar, a la manera de las religiones, sino en
formar personas conscientes, libres y autónomas, capaces de pensar,
decidir y actuar por sí mismas. Ahora bien, nuestra juventud ha de saber
que la posibilidad de elección de una vida buena debe limitarse a
aquellas opciones que sean compatibles con las virtudes cívicas y con el
mantenimiento de la convivencia democrática.
Últimamente, algunas familias y asociaciones católicas de padres y
madres afirman que la educación de su prole es responsabilidad sólo
suya. Estos padres y madres hablan de sus criaturas como si fueron meros
objetos de su propiedad, de los que pueden disponer y a los que pueden
manejar a su antojo. Olvidan que las criaturas también tienen derechos,
y entre ellos el derecho a ser bien educadas (art. 27.2 de la
Constitución), a ser formadas como personas autónomas, y ese derecho ha
de ser amparado por el Estado y garantizado por la escuela. La buena
educación no incluye sólo la libertad de los padres y madres para elegir
la educación que quieren para sus hijos, sino también su obligación de
compartir esa educación con los otros agentes sociales: las demás
familias, la escuela, el Estado, los medios de comunicación, etc. Si
tanto la jerarquía de la iglesia católica como ciertos sectores afines
(la Concapa y los llamados profesionales por la ética) aceptan que hay
un mínimo común ético que todos debemos compartir (eso es al menos lo
que dicen), en una sociedad democrática ese mínimo común denominador
debe ser acordado, garantizado y establecido por el Estado (y para eso
están precisamente los parlamentos y las leyes).
El Estado liberal moderno se constituyó gracias a su separación de la
iglesia, convirtiéndose en protector de los derechos individuales, la
justicia social y el pluralismo moral. Su función no es colaborar con el
mal, como han afirmado ciertos obispos. El Estado, como dice Victoria
Camps, debe ocuparse de la justicia. En filosofía moral, se distingue
muy bien entre la justicia, que es lo común a todos, lo que desde la
política hay que promover y enseñar, y el bien, que es lo que
corresponde elegir libremente a cada cual, y que puede ser diferente
para unos y para otros. Y la convivencia democrática exige que ambos
órdenes se distingan y se complementen, sin pretender confundirse el uno
con el otro.
Una educación democrática debe fomentar en nuestros niños y niñas la
capacidad de conocer, comprender y valorar concepciones plurales de
vida, en el marco de una sociedad justa y solidaria. Es preciso
enseñarles, y esto algunos padres católicos parecen no entenderlo, que
la pluralidad es el fundamento político de la convivencia democrática.
Este aprendizaje se adquiere enfrentándose a muchos dilemas en el debate
colectivo, la confrontación dialéctica y la deliberación ética, a la que
no hay que tener miedo y a la que hay que dedicarle tiempo. Este es y ha
sido el sentido de la asignatura de Ética en la educación secundaria, y
esta es también la pretensión de la Educación para la Ciudadanía. Y todo
lo demás es mucho ruido y pocas nueces. |
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Alicia Poza Sebastián
forma parte del Secretariado del Sindicato de Trabajadores de la
Enseñanza de la Región de Murcia (STERM).http://www.laverdad.es/murcia/prensa/20071029/opinion/ciudadania-educacion-mucho-ruido-20071029.html |
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Educación, ¿para qué? |
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Posiblemente educación sea una palabra de esas que se cargan de nuevos
sentidos cada diez o quince años según la variación que experimenten las
distintas escalas de valores, desde las que una sociedad establece
formas de conducta marcadas por la aceptación o la repulsa de la
actividad individual o colectiva. Esa labilidad semántica de la
definición hace que las discusiones sean interminables y siempre
acaloradas, porque todas las fuerzas sociales se sienten autorizadas a
imponer sus propias creencias de grupo y definir la educación, no tanto
a conveniencia (que también, y es esa una tendencia eterna del poder)
como según criterios de ideología o extrapolaciones tanto de
experiencias personales y familiares como de la propia escuela de la que
siempre se guarda un recuerdo aureolado por el tiempo que todo lo
embellece.
Las definiciones pues, varían según el que las realiza, individuo o
grupo, pero todas llevan una carga de certezas e intuiciones cegadoras,
que confrontadas, hacen imposible un acuerdo de mínimos en esa ya larga
y estéril discusión de principios. En esta situación, los vaivenes de
las actividades consideradas educativas son tan variados, tan sensatos o
insensatos, tan imaginativos o chatos como los grupos o individuos que
las proponen o las rechazan. Cuando el siempre discreto y profundo
Sánchez Ferlosio propone una distinción más y muy atinada, asegurando
que la educación siempre es pública, solamente está llamando la atención
sobre el programa de actividades o asignaturas consideradas
fundamentales en el proceso educativo. Pero la educación no es
propiamente pública. Se trata de una actividad recóndita, de movimientos
interiores imperceptibles, en la que los puntos de referencia vitales
van perfilándose y definiéndose y los valores que van a condicionar
conductas y maneras de acción privada o pública, van cimentándose y
fortaleciéndose. En ese movimiento secreto, personalísimo parece que
intervienen tres factores de cuya eficacia y armonía puede que dependa
la buena educación. En torno a la Educación repitamos, pues, algunas
obviedades, que la repetición es una buena técnica de la enseñanza y los
Mediterráneos conviene descubrirlos muchas veces.
En primer lugar está la atmósfera familiar de los valores vigentes.
Entiéndese, claro, «atmósfera» como ambiente en el que los de valores
sociales y familiares constituyen el aire en que el niño respira y que
necesariamente irá configurando su alma entendida como
inteligencia/sensibilidad y tendencias. De la densidad de esa atmósfera
dependerá la certeza y seguridad ética del muchacho, si este aprende a
respirar en ella. Se dice, valores y no útiles. Cuando se confunden, lo
que se puede producir en la educación del muchacho es desastroso. Quiero
decir que cuando en la familia se entiende como «valor esencial» de la
vida, el útil «dinero y consumo» por ejemplo, los desastres que se
producen en la conciencia del educando son generalmente irreversibles. Y
no es infrecuente que el necio confunda valor y precio como diría
Machado. Y es bíblica la pesimista observación de que el número de los
necios es infinito.
En segundo lugar está la instrucción, que se consigue tanto en la
escuela como en el hogar (no olvidemos que muchos de los conocimientos
adquiridos en la casa son una especie de propedéutica que facilita la
adquisición y consolidación de los que se imparten en la escuela). Este
es el factor más público del proceso. El conocimiento tanto intelectual
como estético es un elemento importante en la escultura de la
personalidad; el que crea y afianza el sentido crítico; sin él, sin el
sentido crítico, los «conocimientos» se convierten en herramientas, o
bien dejan el espacio a «conocimientos e ideas-fuerza» social o política
o grupalmente dirigidas a otros fines. No es vana la observación de que
las simplezas de tipo nacionalista y su zafio reduccionismo, su
estrechez de horizontes y la elementalidad de sus «ideas» prendan
fácilmente en los jóvenes menos dotados o marcados por el fracaso
escolar, convirtiéndolos en carne de cañón (y de horca) que facilita su
manejo como fuerza bruta, por políticos éticamente poco escrupulosos, en
un trágico teatrillo de bubulú.
Es aquí donde surgen las discrepancias que, sobre educación, tienen los
grupos políticos; discrepancias que versan generalmente sobre contenidos
de asignaturas, modelo de profesores, organización de los centros o
idearios que los caractericen. Cada grupo tiene, en este terreno los
modelos de alumno y profesor que creen que convienen a sus apetencias de
poder o su voluntad de permanencia en el mismo. Las diferencias son
siempre sobre Instrucción y no sobre Educación. En tercer lugar, hay un
elemento que en el orden lógico es el primero y que podría resumirse en
la palabra adiestramiento: creación de conductas y hábitos. Este aspecto
público del proceso es donde se manifiesta la eficacia de los otros dos
y la presión social ejercida sobre el educando y su ambiente familiar y
escolar. Los comportamientos definen al educando y permiten evaluar el
secreto proceso de aceptación o rechazo de valores y contenidos
intelectuales o estéticos, así como aquellos modelos que se le proponen
en la familia en la escuela o en la calle y los medios de comunicación.
¿El poder se alarma por la conducta de los muchachos? Inmediatamente
busca en la educación la causa y cree ingenuamente que con una
asignatura, un poquito de instrucción, todo podrá resolverse. ¿De qué
sirve una asignatura como Educación para la Ciudadanía por muy bien que
estuviera diseñada, cuando los medios de comunicación de masas del poder
político machacan en un sentido contrario? El título mismo de la
asignatura lleva una contradicción grave. No nos educamos «para» ningún
otro fin que para la libertad y la dignidad personales. La educación es
un valor en sí misma si empuja al individuo a su mejor yo. La educación
es meta y camino y si se le señalan fines ajenos a su propia esencia se
marra de forma escandalosa. Y aún peor, cuando se pone al servicio de
cualquier poder porque entonces la educación sí que es pública pero como
una mujer que se ve empujada a la prostitución. Cuando el poder
interviene para alcanzar otros fines en la educación y la define (para
la ciudadanía, para la cultura vasca o catalana, para las virtudes
cívicas o para votar «con responsabilidad» al poder que está o aspira a
estar instalado) entonces la educación se ve desamparada y la escuela se
vuelve prostíbulo en el que el poder es el chulo que explota lo más
sagrado del individuo. Y esto es válido tanto para las escuelas
católicas, como estatales, como para las madrasas islámicas, para la
educación pública, privada y mediopensionista.
¿Es que negamos que pueda haber una asignatura como urbanidad? De
ninguna manera. Determinadas formas de conducta social que mejoran la
convivencia y ponen freno a la natural fiereza del niño pueden y deben
ser impartidas en la escuela, adiestrando al niño para el roce diario
del ciudadano. Lo que ha provocado la reacción de tantos, quizá sea esa
preposición «para» que parece señalar a la educación fines distintos
susceptibles de ser ideológicamente manipulados por el poder. Lo
gracioso es que la gran manipuladora de la educación en ese terreno, la
Iglesia, que sabe también las tendencias de nuestra izquierda histórica,
se lleva las manos a la cabeza reclamando libertad de elección. ¡Ella!
Llamar la atención sobre derechos y deberes del ciudadano, sobre
conductas que mejoran la relación personal con el medio, proponer los
límites aceptables que tiene la propia libertad cuando aparece la
libertad ajena, respetar al hombre que nos encontramos en el barrio, en
la vecindad, en la casa o en la escuela, etcétera, todos esos fines son
sencillamente destrezas que el alumno puede y debe desarrollar para
hacer un medio más vivible, donde desarrollarse más plenamente; pero
todo eso está implícito en el resto del currículo. ¿Qué falla en él para
se piense que ese tipo asignaturas sea necesario? Esa es la cuestión que
nadie quiere proponerse de manera radical. |
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VENANCIO IGLESIAS
MARTÍN
Diario de León. Lunes 3 de septiembre de 2007 |
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¡Qué cruz, señor! |
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Hace ya muchos años, José María
Cabodevilla, desaparecido amigo, sacerdote ejemplar y excelente
escritor, publicó un libro dedicado a los señores obispos. (Nadie me
podrá explicar con razones solventes por qué no hay señoras obispas,
aunque algunos y algunas dirán que ni falta que hacen la explicación y
las obispas). El libro se titula `Carta abierta a un señor obispo´
y termina con estas palabras: "En medio de tus agobiantes y
trascendentales tareas, encontrarás la paz del alma y podrás dormir sin
sobresaltos, podrás dormir de un tirón, si tienes ese sentido de la
objetividad, si eres modesto, si aceptas tu puesto en el inmenso y
maravilloso retablo: elefantes, hierofantes, minutantes y otros
reptantes, parroquidermos, sotanosaurios, curácnidos, diaconodrilos,
vicariópteros, canongiarios, pulpitodontes, mitrápodos, lamelibáculos, y
obispopótamos".
Sabio consejo que no suelen seguir los destinatarios del mismo. Porque a
los señores obispos les gusta ponerse solemnes y dramatizar. Ser
apocalípticos. Veamos. Resulta que ahora están empeñados en que los
católicos ejerciten la objeción de conciencia ante la asignatura
Educación para la ciudadanía. Una asignatura que ya tienen, como
obligatoria, 14 países europeos y que es fruto de una sabia y oportuna
sugerencia de la Unión. El argumento fundamental que utilizan es que el
Estado no puede inmiscuirse en la educación de los alumnos, ya que los
padres y madres tienen la responsabilidad única de la educación. El
Estado no, pero la Iglesia sí. La contradicción en la que entran no
puede ser más clamorosa. Si nadie debe decirles a los hijos cómo han de
comportarse, los obispos tampoco. Pero claro, ellos son el bien y el
Estado es el mal.
O mejor dicho, el gobierno socialista es el mal. Y ¿cómo puede salir el
bien del mal? Tienen su gracia los señores obispos. Y no me refiero a la
gracia divina, precisamente. Dicen que la ministra "amenaza" a los
objetores (qué mala, qué cruel, dicen) cuando lo que hace es exigir el
cumplimiento de la ley: los alumnos no obtendrán la titulación sin
completar el currículum. Lógico. Sensato. Justo. Porque se trata de una
asignatura imprescindible impuesta a través de una ley sancionada por
los representantes del pueblo. Puede que una ley no sea justa pero
hombre, no precisamente ésta que pretende ayudarnos a vivir en
democracia.
Curiosamente la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza acepta
(no sé si de buen grado) la asignatura, aunque tiene que añadir la
coletitlla de que la impartirá conforme a su ideario. Y es que el `ideario´
es consustancial a los centros religiosos. Monseñor Antonio Cañizares ha
dicho al respecto que "la LOE es un mal" y que colaborar con la LOE es
colaborar con el mal. Y se queda tan ancho.
Resulta que lo que pretende la asignatura es enseñar a vivir en
democracia, a convivir con los demás. ¿No están de acuerdo con este
planteamiento los señores obispos? Comparar esta asignatura con la
Formación del Espíritu Nacional es una solemne torpeza. Porque aquella
era una asignatura nacida en y para la dictadura y ésta es una
asignatura de y para la democracia. Claro que con aquella asignatura sí
estaban de acuerdo los señores obispos y a nadie pidieron que ejerciera
su derecho a la objeción de conciencia. ¿Estaban de acuerdo con los
planteamientos de aquella asignatura, estaban de acuerdo con su
implantación en el currículum? ¡Qué calladitos estaban! ¡Y con qué
fervor la aplaudían!
Según esa tesis, los obispos deberían pedir que se ejerciese el derecho
a la objeción en la asignatura de Filosofía. O en la de Historia. ¿Cómo
van a oír hablar los niños de Marx o de Hegel? ¿Cómo van a escuchar la
doctrina de Lutero? Sólo los padres y las madres tienen el derecho de
elegir la educación que quieren dar a sus hijos. Qué celo el de los
señores obispos. No sé si estarán tan decididos a defender el mismo
derecho de los padres o madres comunistas, ateos, agnósticos o
librepensadores. Claro que eso ya es harina de otro costal. Esas ovejas
están fuera del redil. Están descarriadas.
Dicen que la asignatura Educación para la ciudadanía es indoctrinación.
Creo que aquí se puede aplicar el conocido refrán: "cree el ladrón que
todos son de su condición". Lo que ellos propugnan en las clases de
religión en las escuelas no es indoctrinación, es formación, es
educación. Estoy totalmente de acuerdo en que hay que distinguir entre
educación e indoctrinación. Pero la diferencia no depende del contenido
de la información que se transmite sino de la libertad que se deja a
quien la recibe.
¡Cómo son! Claro que cuando se considera que unos son buenos y otros
malos, que unos tienen la verdad y otros el error, que unos están ahí
para orientar y otros para ser orientados,. que unos son los pastores y
los demás son las ovejas... se puede colegir claramente quién tiene
razón y quién no, quién tiene que hablar y quién debe callar, quién ha
de mandar y quién ha de obedecer.
Si los obispos hubieran cursado y aprobado una asignatura como la que se
propone entenderían ahora que hay que respetar el pensamiento de todos,
que no todos los que piensan algo distinto a nosotros están equivocados
y que hay muchas opciones respetables a la hora de definir qué es
matrimonio y homosexualidad y nacionalismo y...
El deber de la escuela es enseñar a pensar y también el de enseñar a
convivir. Y eso no depende de qué partido se halla en el gobierno. Claro
que debe explicarse a los niños qué es la familia (no necesariamente la
familia cristiana, sino la familia), claro que debe explicárseles lo que
es la sexualidad (la que dice la ciencia. no el Vaticano), lo que es la
homosexualidad... Resulta que cuando alguien explica estas cosas a los
niños indoctrina, pero cuando la Iglesia explica que... entonces educa y
salva.
Como profesor, tengo el deber de explicar mi materia y el deber de
formar en unos valores que cimentan la convivencia democrática. No a
inculcarles mis ideas, pero sí a proponerles unos valores que se pueden
consensuar en una sociedad democrática. Si un alumno falta al respeto a
otro, ¿debo callarme porque sólo los padres pueden intervenir en la
educación de
los hijos? ¿Si un alumno golpea a otro, debo dejarle que siga haciéndolo
porque sólo los padres y las madres tienen el sacrosanto derecho de
educar a us hijos e hijas? No me hagan reír, por favor.
¿Por qué tenemos que escuchar la opinión de los obispos sobre todo lo
que sucede en el país? ¿Qué nos importa a muchos lo que piensan? ¿Por
qué no se limitan a predicar en sus iglesias o a enseñar en sus
catequesis? ¿Por qué no se oye la opinión de las demás religiones? El
que haya una mayoría de católicos no justifica el desprecio de la
minorías. ¿Por qué los señores obispos no se ocupan de esas minorías
cuando son mayoría y por qué utilizan el derecho de las minorías cuando
ellos lo son? ¡Qué cruz, Señor! |
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Miguel A. Santos
Guerra.
Diario La Opinión de Málaga. Sábado 30 de junio |
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CIUDADANÍA Y EDUCACIÓN.- |
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EL pasado mes de abril
se aprobó en el Parlamento la Ley Orgánica de Educación (LOE), que
introduce una serie de novedades en las asignaturas obligatorias para el
alumnado. La primera de estas materias, llamada Educación para
Ciudadanía y los Derechos Humanos, se impartirá en uno de los dos
últimos cursos de Primaria y en uno de los tres primeros de ESO. La
segunda, llamada Educación Ético-cívica, se impartirá en el último curso
de ESO. Además, se prevé la sustitución de la actual materia de
Filosofía de primero de Bachillerato por otra llamada Filosofía y
Ciudadanía.
Esta es una de las novedades de la LOE. Pero es una de las que está
siendo noticia gracias a la furibunda campaña emprendida por sectores de
la derecha política y eclesiástica contra la implantación de la
asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. Esta
campaña carece de rigor y de fundamentos, y sólo pretende seguir
confundiendo a una opinión pública aturdida ante los derroteros por los
que discurre el debate político y educativo en el ámbito estatal.
Ya cuando se llevó a cabo el debate en torno a la nueva ley educativa,
esos mismos sectores consiguieron hacer creer a buena parte de la
población que la LOE, lejos de ser la ley timorata y favorecedora de la
privatización de la enseñanza que en realidad es, era un compendio de
radicalismo que iba a impedir la libertad en la educación.
SUATEA denunció en aquel momento que esta nueva norma permitía los
conciertos educativos en tramos no obligatorios, entre otras medidas
inusitadas en nuestro ordenamiento educativo. La consecuencia de su
entrada en vigor es que se ha concertado por completo en todo el país la
Educación Infantil y en varias comunidades autónomas se están
generalizando los conciertos en Bachillerato. Si la LOE no lo
permitiera, este transvase de fondos públicos hacia negocios privados no
se estaría produciendo. En Asturies hemos visto cómo se están
concertando de decenas de unidades privadas en Educación Infantil.
Pero parece que a la derecha educativa no le basta con haber conseguido
buena parte de sus objetivos, entre ellos, que se mantengan en vigor los
acuerdos preconstitucionales con el un Estado extranjero, el del
Vaticano, los cuales implican el mantenimiento de la asignatura de
Religión, con lo que se destinan a estos fines 175 horas de clase tanto
para quienes la cursan como para quienes no.
Por ello no sorprende que ahora y en esa misma línea se lancen consignas
descabelladas en relación con el currículo de Educación para la
Ciudadanía o con la posibilidad de que las familias ejerzan la objeción
ante la misma, lo que sería, a todas luces, una ilegalidad flagrante,
imposible además de llevar a cabo. Incluso hemos visto a adolescentes
declarando que no iban a asistir a clase de esa materia.
Está claro que el Ministerio de Educación y las consejerías
correspondientes deben actuar con firmeza ante actitudes como ésas.
Aunque buena parte del profesorado no vio clara en su momento la
necesidad de incorporar esta asignatura al currículo, entre otras cosas,
por la continuidad de nuestra apuesta por el modelo transversal, y
porque consideramos que en todas las materias se deben trabajar valores
universales basados en la libertad y la tolerancia, hay que señalar que
el programa que finalmente se impartirá no contiene ningún elemento
nocivo o que atente contra la libertad y creencias de nadie, ya que está
basado en los principios democráticos y de convivencia, de respeto mutuo
y promoción de los derechos fundamentales que hoy son reconocidos en
todos los países de nuestro entorno, y que están plasmados en la
Constitución española y en la Declaración Universal de Derechos Humanos
Igualmente, parece claro de que esta materia debe ser asignada al
profesorado de especialidades como Filosofía y/o Ciencias Sociales,
entre otras; es un insulto al sentido común plantear que los docentes
responsables de estas áreas van a emprender una labor de
adoctrinamiento, como si no supieran ejercer su labor o formaran parte
de alguna confabulación. No cabe decir lo mismo de la catequización en
las aulas que, impuesta a ultranza por la jerarquía eclesiástica, impide
que ese tiempo que en realidad pertenece a la esfera privada se dedique
a otras áreas básicas del currículo.
Ante todo esto, cabe recordar, una vez más, lo erróneo de la estrategia
del Gobierno y de algunas organizaciones sindicales que decidieron que
las reivindicaciones y necesidades de la escuela pública pasaran a un
segundo término, ante la supuesta necesidad de un pacto educativo que
-como SUATEA señaló desde un principio- era imposible, a no ser que
fuera un pacto en defensa de la escuela pública. Ahora, habiéndose
incorporado a la LOE numerosas e importantes demandas de la derecha
educativa, contemplamos, una vez más, cómo esos sectores torpedean e
intentan desbaratar el normal desarrollo de una ley a la que tanto han
contribuido y que tanto les beneficia |
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http://www.elcomerciodigital.com/prensa/20070617/opinionarticulos/ciudadania-educacion_20070617.html
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BEATRIZ QUIRÓS
MADARIAGA
MIEMBRO DEL CONSEJO ESCOLAR DEL ESTADO Y DEL SECRETARIADO DE ASTURIAS SW
SUATEA
El Comercio. 17/06/07 |
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Educación para la Ciudadanía |
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La asignatura
Educación para la Ciudadanía pretende evitar que los actuales efectos
negativos de una secular ausencia de cultura democrática en España se
sigan perpetuando. La crispación como estrategia en la lucha por el
poder es un tipo de violencia heredada de un siglo y medio de guerras
civiles y hunde sus raíces en ocho siglos de guerras de religión contra
musulmanes y judíos patrios, turcos y protestantes europeos, con todo el
fanatismo, intolerancia y afán exterminador que acarrearon y que han
marcado el inconsciente colectivo de un gran sector del país. Nuestro
régimen anterior fue una larga dictadura represora, nacida de una guerra
de exterminio de los demócratas, que educó a dos generaciones en un
"espíritu nacional" sectario y dogmático, basado en los más rancios
tópicos antiliberales y antidemocráticos y plagado de mentiras
históricas. Tan mala educación era, a su vez, fruto de esa vieja
mentalidad intolerante y de una supina ignorancia de la verdadera
historia española, convertida en una perenne lucha entre el bien (las
derechas) y el mal (las izquierdas).
Con esos antecedentes no extraña el bajísimo nivel de cultura política
tras 30 años de democracia formal y el desconocimiento de su origen
histórico. Abundan los ejemplos diarios: los índices de participación
electoral; los no sabe, no contesta de las encuestas; la inopia de
periodistas jóvenes en materias juridicopolíticas; los ni idea ante
preguntas de historia en los concursos televisivos; el lenguaje
insultante y soez de los blogs de la derecha; los pateos y broncas de
ciertos parlamentarios bien conocidos. Los valores constitucionales de
respeto a la libertad, al consenso y al pluralismo no son vividos por
muchas personas. Según una encuesta oficial, el 40% no cree que la
democracia sea el menos malo de los sistemas políticos. Es verdad que
estos valores se aprenden mejor si los practican los políticos
profesionales y los promueven los medios de comunicación. Pero la
conducta de ambos no ha sido nada ejemplar (sobre todo por la derecha
eterna) y el periodismo ha fallado por lo general en su misión
educadora, movido ante todo por lo conflictivo, morboso y frívolo, que
es lo que produce mayor venta entre un público superficial e ignaro.
La nueva asignatura no puede sustituir por ahora esa educación básica
cuyos maestros han de ser los políticos y los periodistas, pero pone las
bases de un futuro comportamiento cívico, democrático, patriótico de
verdad, informado, responsable y participativo. Promueve el respeto y la
ampliación de todos los derechos humanos y de toda minoría social;
presenta el diálogo como única solución de los conflictos, la igualdad
de géneros, la solidaridad sin fronteras, la paz en la justicia; combate
la xenofobia y el racismo; describe objetivamente y ensalza la
pluralidad política sin autoritarismos, así como la nacional, cultural y
lingüística de los españoles; la laicidad del Estado y el valor de la
religión, las reglas éticas entre partidos, el análisis científico de
las ideologías y los deberes ecológicos; todo ello sin sectarismo ni
dogmas doctrinales impuestos a los alumnos. Por eso es pura calumnia
interesada alegar, como alega la jerarquía eclesiástica, que se trata de
un totalitarismo moral contrario a la fe cristiana, al que incita a
rebelarse por objeción de conciencia. Quien no dudó en bendecir el
nacionalcatolicismo del catón franquista obligatorio protesta ahora por
que se forme a la juventud en la tolerancia respetuosa. Si tal catón
volviera, nada objetarían los partidarios de la antigua intolerancia. El
propio presidente de la Conferencia Episcopal acaba de reconocer: "toda
intervención directa de la Iglesia (en el campo del ordenamiento
político y social) constituiría una injerencia indebida". Su ataque a la
nueva asignatura es un ejemplo de predicar y no dar trigo, pues se
justifica, entre otras sinrazones, por un supuesto atentado a la moral
católica en el caso de la homosexualidad. Ahora bien, la condena de la
homofobia es puro respeto cívico a la no discriminación. Respetar no es
recomendar ni promover. Lo verdaderamente cristiano es esa ética de la
pluralidad convivente en la igualdad, no la de condenar
inquisitorialmente todo aquello que no coincide con ciertas opiniones,
harto discutibles y sin fundamento, sobre la naturaleza humana.
La crispación política promovida por cierto partido cuenta
conscientemente con el pobre nivel de cultura democrática y con la
ignorancia de muchos ciudadanos. Sin esas carencias ancestrales su
estrategia fracasaría, como fracasa en zonas del país (Cataluña entre
ellas) con mayor educación cívica. Nuestra democracia peligra y el
fantasma del caudillaje mesiánico sobre un pueblo agresivo pero servil,
irracional e inculto, vuelve a rondarnos como si volviéramos atrás
varios siglos o tan sólo 30 años. Mientras cobra sus frutos futuros la
nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, al haber formado a los
más jóvenes en los ideales por los que siempre lucharon los demócratas
de esta desventurada patria, hagamos todos lo posible por educar a
nuestros conciudadanos con la palabra y, sobre todo, con el ejemplo.
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http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Educacion/Ciudadania/elpepuespcat/20070502elpcat_8/Tes
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J. A. González
Casanova.- Catedrático de Derecho Constitucional de la UB.
El País 02/05/07 |
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La educación para la ciudadanía |
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Se ha puesto de moda.
Se habla en los medios profesionales. Existe una nueva materia para
enseñar a los alumnos de secundaría. Se pretende que todos ellos tengan
clases específicas para que aprendan a ser buenos ciudadanos, que sepan
se tolerantes con los demás, que sean civilizados, que nos sean
egoístas, que sean solidarios, que se integren con todos, que no forman
pandillas de delincuentes o predelincuentes, que sean ordenados, que
tengan disciplina, que obedezcan a sus padres, que sean respetuosos con
los profesores, que acaten la autoridad, que sepan respetar las normas
de tráficos, que sepan tratar a los del sexo opuesto, que los niños no
maltraten a las niñas, que las niñas no maltraten a los niños, que no se
maltraten mutuamente.
La educación para la ciudadanía puede lograr que los adolescentes sean
más disciplinados o, al contrario, puede propugnar que tengan relaciones
sexuales a cualquier edad, sin consecuencias para ellos y para sus
padres, que lo hagan con quien o como quieran, pero que no se note
demasiado. Quizás se pretende que la educación para la ciudadanía logre
que los jóvenes sean más civilizados, de la misma forma que la Ley de
violencia doméstica ha logrado descender el número de maltratadotes.
Como siempre, el problema va a estar en quien y como se va a impartir
esa asignatura. Quien será el profesional encargado de la educación para
la ciudadanía. La cuestión está en saber quien será el que consiga que
los alumnos se porten como ciudadanos ejemplares y escuchen a sus
profesores o profesoras enseñarles los conceptos fundamentales de la
ciudadanía. En tiempos de mi abuela, a principios del siglo pasado,
había clases de «urbanidad», de buen comportamiento. A mediados de siglo
ya no existían esas materias impartidas formalmente.
Quizás la educación para la ciudadanía sea también la «urbanidad» de
ahora. A lo mejor esta materia es similar a la de «Espíritu nacional»
del Movimiento. Sea lo que sea, el interrogante que se plantea es si
existen profesionales preparados para impartir clases de educación para
la ciudadanía. Es saber si será necesario crear un cuerpo específico de
docentes para esta asignatura. Será necesario saber si un profesor poco
ciudadano, que también los hay, va a dar clases de ciudadanía. Habrá que
saber si todos los profesionales se van a quitar de en medio para que al
elaborar el plan docente no les caiga a ellos es materia.
Por último, se puede plantear la cuestión de si la educación para la
ciudadanía es una asignatura, o es todo el ciclo de estudios. La
educación para la ciudadanía tendrá que ser vivida a lo largo de todas
las clases de todos los cursos, de todos los recreos, de todos los
rincones, de todas las relaciones entre alumnos, de todos los juegos, de
todas las horas de estudios. Tendrá que empezar por restaurar la
autoridad moral de profesor. Tendrá que empezar por las familias para
que respalden la educación impartida por los profesores y por los
centros. En fin, que una sola asignatura no va a ser suficiente para
solucionar la inmensidad de problemas creados por nuestras leyes
educativas. |
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http://www.diariodeleon.es/se_opinion/noticia.jsp?CAT=108&TEXTO=5373148
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EL VENTANAL : ARTURO
MANEIRO
Diario de León 15/12/06 |
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Educación y ciudadanía |
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Que la educación ha de
contemplar, como una de sus metas, la formación de ciudadanos es una
afirmación obvia. El proceso educativo ha de contribuir no sólo a
desarrollar las capacidades lingüísticas o matemáticas de los niños o de
los jóvenes, sino también a que el educando adquiera el comportamiento
propio de un buen ciudadano, que en eso consiste la ciudadanía. En todas
las materias del currículo se transmiten, además de contenidos y
procedimientos, actitudes, orientadas éstas a despertar y consolidar una
sensibilidad ciudadana y una conciencia cívica.
En principio, no habría nada que objetar a la creación de una asignatura
llamada Educación para la ciudadanía. En la práctica, el asunto se
presenta como una cuestión más complicada de lo que pudiera parecer a
simple vista. Educación para la ciudadanía es poco más que un título,
una denominación formal, cuyo contenido es susceptible de enfoques
diversos. ¿Quién define lo que es un buen ciudadano? ¿El Estado? ¿El
partido que goce en cada momento de mayoría? ¿Qué tendría que pensar el
buen ciudadano sobre el aborto, o sobre el matrimonio, o sobre el valor
y el papel social de la religión? Se trata de algunos interrogantes que
nos hacen sospechar que la definición de un programa para la materia no
resultaría una empresa sencilla.
Hay quien sostiene que la educación es tarea del Estado. Rousseau no lo
dudaba y, para escribir tranquilamente sus reflexiones pedagógicas,
entregó a sus cinco hijos a los Enfants trouvés. Ya el Estado velaría
por ellos. Pero no todos piensan así. Ni siquiera la Constitución
española parece que lo haga, pues proclama, por ejemplo, que «los
poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que
sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con
sus propias convicciones» (27, 3). Es decir, añadimos nosotros, que el
derecho y el deber de educar a sus hijos corresponde, primaria e
inalienablemente, a los padres. Y sólo subsidiariamente al Estado.
Vincular, como se ha hecho, la defensa de la Educación para la
ciudadanía con un alegato a favor de una peculiar visión de la laicismo
no contribuye, precisamente, a disipar sospechas. Todos queremos educar
buenos ciudadanos. Pero muchos nos negaríamos a que un Estado que se
erigiese en fuente última del bien y del mal adoctrinase las conciencias
de nuestros jóvenes. |
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http://www.lavozdegalicia.es/se_opinion/noticia.jsp?CAT=130&TEXTO=5372239
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TRIBUNA:
GUILLERMO JUAN MORADO
La Voz de Galicia.- 15/12/2006 |
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Mis niños Perdidos | |
La llegada del otoño
abre el curso escolar. Dicen que también se abre el curso político.
Supongo que hasta el curso de los ríos iniciará una nueva etapa. Mis
pequeños de tres y siete años sueñan con ir al cole para aprender y
jugar con sus amigos. Sus padres han decidido que la escuela es lugar
para educar y no para adoctrinar, así optan por la enseñanza alternativa
a la religión. Es fácil de entender: cuando los catequistas entren en
sus aulas, mis hijos tendrán que marcharse a vagar por el colegio de la
mano de sus tutores. Sin ocupación, sin lugar, solitos, como los
primeros cristianos. Habrá que preguntarse: ¿regulan los centros la
enseñanza alternativa a la religión? ¿Cómo? ¿Se informa a los padres
adecuadamente de esta posibilidad? ¿Incomodan los alumnos que no optan
por esta asignatura? ¿Los profesores tutores de estos niños quedan a
disposición del centro para otras labores más prioritarias,
sustituciones, reuniones, etcétera. | |
http://www.elpais.es/articulo/elpporopi/20061019elpepiopi_11/Tes/ni%F1os/perdidos
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María del Carmen
Martínez Matute - Utrera, Sevilla
EL PAÍS.--
19-10-2006 |
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Alternativas a la religión |
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El Gobierno ha regulado
los contenidos mínimos que deben estudiar los alumnos de primaria de
toda España, entre los que se encuentra la polémica cuestión de la
religión y su alternativa para quienes no quieran cursar la materia
confesional. El real decreto, en fase de borrador, señala sólo que los
que no estudien religión deben recibir la debida "atención educativa",
aunque el Gobierno ha explicado que esto implica que los colegios podrán
decidir si quieren o no impartir alguna alternativa, lo que supone una
novedad. Si un centro opta por no ofrecerla, podría colocar la
asignatura al principio o al final del día y los alumnos que no cursen
religión podrían ausentarse esa hora.
El Ministerio de Educación lleva meses negociando este asunto con la
Conferencia Episcopal. El Gobierno baraja ofrecer esas dos opciones
(actividades complementarias diversas o nada) para quienes no quieran
cursar religión. Que los padres tengan libertad para no elegir ninguna
de las dos parece muy razonable en un Estado aconfesional, para que los
derechos de unos no supongan una obligación para otros. Del texto del
real decreto se puede deducir que existe la opción de no cursar como
alternativa esta "atención educativa" que se entiende como voluntaria
para los padres. Pero no se afirma de forma expresa, lo que permite
concluir que la propuesta peca de falta de claridad en un asunto que
precisamente constituye el meollo de unas de las principales reyertas
educativas de las últimas décadas.
El problema de fondo es saber en manos de quién se deja la regulación de
la alternativa. La pretensión de ceder la decisión a los colegios o a
las comunidades autónomas es muy discutible. Aunque la política
educativa de esta legislatura se caracteriza por dejar la máxima
autonomía a los centros en todas las cuestiones, precisamente en este
tema no resulta lo más adecuado.
Dado que esta polémica ha aparecido a partir de los acuerdos suscritos
entre la Santa Sede y el Estado español, sería aconsejable que fuese el
Gobierno quien adoptara una posición clara sobre la alternativa y que
fuera establecida del mismo modo para toda España. Esto evitaría tanto
que la alternativa se regule de un modo distinto según el partido
político que gobierne en cada autonomía, como que los alumnos que no
quieran cursar religión sean tratados de modo desigual si se cambian de
colegio. |
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http://www.elpais.es/articulo/elpporopi/20061014elpepiopi_3/Tes/Alternativas/religi%F3n
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El País.- María del
Carmen Martínez Matute - Utrera, Sevilla |
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Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos |
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Una de las preguntas que de modo reiterado se está haciendo una gran parte del profesorado de infantil, primaria y secundaria de toda España en el último año es por qué ahora se habla tanto de educación para la ciudadanía en la reforma del sistema educativo que se va implantar con la nueva ley educativa, la LOE; los profesores de todas las etapas educativas están a la expectativa de esta nueva área de conocimientos que tanto debate político y mediático ha originado en torno suyo a lo largo de los dos últimos años. ¿Es que se trata de una materia totalmente nueva? ¿De dónde deriva su importancia educativa? ¿Por qué se ha originado un debate tan enconado sobre esta nueva área o materia de conocimientos?
Para responder adecuadamente a éstas y a otras cuestiones relacionadas con la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, es conveniente repasar un poco la historia de la educación en nuestro país en los últimos años. Es preciso resituar el sentido de la educación cívica y ética en la filosofía de la educación que se introdujo en España con la LOGSE; me refiero al concepto de educación explicitado en la LOGSE y referido a los valores y a las actitudes que, según aquella ley, debían impregnar de modo transversal todo el sistema educativo.
Aquella idea de transversalidad no era ni es una manía de los Gobiernos socialistas ni una deformación profesional de un grupo de psicopedagogos, sino que deriva de la mejor tradición educativa y moral de nuestro país: la de la Institución Libre de Enseñanza (1876). Su fundador, Francisco Giner de los Ríos, Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Madrid, tuvo siempre una idea de la educación vinculada a la ciudadanía, a los valores morales y a la regeneración cultural, política y moral de los ciudadanos españoles. Su filosofía de la educación, basada en los ideales de una ética laica, de valores como la libertad, la igualdad y la justicia sigue siendo el elemento inspirador más importante de esta novedad educativa denominada Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos.
Su idea de la tolerancia positiva, de la neutralidad del Estado ante las religiones y su aprecio por todas las tradiciones morales y religiosas siguen siendo lo que ya fue en la vida y obra de los institucionistas, el mejor antídoto contra el fanatismo, la xenofobia, la intolerancia y la violencia que amenaza a las democracias modernas.
Sin embargo, la educación para la cuidadanía no es solamente una cuestión que interese a las autoridades educativas españolas. En los sistemas educativos europeos, bajo distintas denominaciones y modelos, existe desde hace años un tipo de área y materia que aborda los mismos temas que nuestra nueva área de conocimientos. En unos países como Bélgica, Suecia, Italia y Alemania esta materia es transversal (cross curricular, en inglés); y en otros, como Francia e Inglaterra, es una materia específica en la secundaria; pero en todos esos países es un tema al que las autoridades educativas prestan mucho interés. Por ello, a lo largo de 2005, se ha celebrado en toda Europa, impulsado por el Consejo de Europa, el Año Europeo de la Ciudadanía, y durante ese año se han realizado en muchos países encuentros, seminarios y actividades en los que se ha tratado sobre la educación del ciudadano europeo.
Europa, como continente y, sobre todo, la Unión Europea, se enfrentan a una serie de problemas comunes como la cohesión social, la inmigración, el pluralismo religioso y moral, etcétera, ante los cuales necesita apoyarse en el sistema educativo para crear una conciencia cívica democrática que colabore en la prevención de posibles conflictos en el seno de sus sociedades. No se trata de un asunto menor, sino que se está poniendo en juego la identidad política, jurídica y ética de los sistemas democráticos europeos. Baste recordar el problema del rechazo en algunos países de la Constitución europea que está paralizando los avances sociales y políticos de toda La Unión.
La cohesión social, la participación en la vida democrática del centro escolar, la educación en el respeto a la diversidad sexual, cultural, moral y religiosa de todos los alumnos y alumnas son elementos que exigen una educación cívica, sea de modo transversal o sea de modo específico por medio de un currículo propio. Ésos son los retos teóricos y prácticos a los que se enfrenta la educación para la ciudadanía en España y en toda Europa; por eso, tienen razón quienes señalan que los valores cívicos y las conductas democráticas no se deben aprender solamente como una teoría, sino que son ante todo una práctica, un saber hacer, un saber vivir; pero también tienen buenas razones los que afirman que es muy conveniente que exista un profesorado especialista que reflexione específicamente sobre estos temas y que informe y forme adecuadamente a los niños y adolescentes en el plano teórico sobre los fundamentos de la democracia y del civismo.
Para actuar democráticamente es muy oportuno conocer los elementos teóricos, históricos y sociales que han contribuido a la construcción de la democracia en España y en el mundo; porque la conducta democrática no es espontánea e irreflexiva, no es una actitud innata en el individuo, sino que los valores y normas democráticas necesitan un aprendizaje en el ámbito familiar y escolar para que el ejercicio de la ciudadanía sea consciente y maduro.
El modelo de la transversalidad no ha dado todos los frutos que de él se esperaban, debido a diversas causas. El fracaso ha sido más evidente en los institutos de secundaria en los que la tradición de un profesorado especialista no ha sabido o no ha podido adaptarse fácilmente a las nuevas exigencias de la educación actual. La LOE ha optado por un modelo mixto de educación para la ciudadanía que recoja lo mejor de las experiencias de transversalidad que se han producido en los últimos años, pero que también profundice en los institutos de secundaria en la reflexión sobre los fundamentos de la educación ético-cívica y de la democracia y que potencie la participación de todos en la vida escolar. La educación ético-cívica no es solamente una cuestión teórica, sino que tiene una dimensión práctica muy importante. Si se consigue que el profesorado comprenda bien la propuesta del ministerio y se forme adecuadamente para impartir la nueva materia, el sistema educativo español y la calidad democrática de nuestra sociedad mejorarán considerablemente. |
TRIBUNA: AULA LIBRE Luis María Cifuentes Pérez Catedrático de Filosofía y miembro de la Fundación CIVES y la Liga Española por la Educación y la Cultura Popular. EL PAÍS - 18-09-2006 |
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Educación ciudadana |
Leo con placer y auténtica sorpresa, por su crudeza, claridad y acierto, el artículo de opinión del catedrático Francisco J. Laporta "La ironía de la educación ciudadana" en EL PAÍS del 16 de agosto. Es cierto todo lo que dice: los puros intereses materiales y de poder de la derecha y del clero en lo que se refiere a la educación; la generalizada tendencia a aparcar los niños desde muy pequeños en los colegios o institutos; la delegación descarada de la educación de nuestros hijos en la escuela y en los profesores; la inexistencia de la familia tradicional por el mero hecho de llevar la vida que llevamos; o los malos ejemplos que de forma permanente damos los adultos a los niños (sálvese quien pueda) conduciendo, opinando, haciendo deporte, relacionándonos con nuestras parejas, saliendo en televisión o siendo insolidarios en cualquiera de los ámbitos más importantes de la vida.
Nos están engañando con el estilo de vida que llevamos. Nos ofrecen todos los bienes materiales inimaginables pero no nos dicen el alto precio que hemos de pagar por tenerlos. Cada vez somos más competitivos, tenemos más habilidades sociales, somos más ambiciosos, estamos más preparados y buscamos más denodadamente el éxito social sin escatimar en medios. Pero entremedias nos perdemos la maravillosa infancia (o menos maravillosa adolescencia) de nuestros hijos; nos separamos en lo mejor de nuestra vida; admitimos sin rechistar abusos laborales o depreciación de nuestros derechos de ciudadanos porque nuestras prioridades nos lo impiden o porque no tenemos tiempo para defendernos; y escapamos de mil maneras, siempre que podemos, de una realidad llena de cosas y vacía de contenidos. | José Luís Fernández Iglesias - Madrid EL PAÍS - Opinión - 20-08-2006 | |
 | La ironía de la educación ciudadana | TRIBUNA | Francisco J. Laporta |
Acabo de dar un curso a profesores de enseñanza primaria sobre esa nueva materia denominada educación para la ciudadanía. En el desbarajuste de gritos y concentraciones que han acompañado a la discusión de la nueva ley de educación, a nadie se le ha ocurrido decir a los responsables de su enseñanza en qué iba a consistir aquello. Las peleas políticas y las manifestaciones callejeras, como cualquiera pudo sospechar desde el principio, no versaban en realidad sobre cómo se educaba a los chicos, sino sobre cómo se repartía el dinero y el poder. Dejar estas concupiscencias a un lado nos permitirá por ello entrar en el fondo de la cuestión un poco más despejados.
Contra lo que se viene afirmando, la educación para la ciudadanía no es un invento circunstancial de un partido que tiene el oculto designio de indoctrinar a nuestros hijos, sino una materia que se ha impuesto en casi todos los países europeos. El proceso en Inglaterra ha sido un modelo: acuerdo entre partidos, comité de especialistas presidido por Bernard Crick y un informe soberbio que fue presentado al speaker de los Comunes en septiembre de 1998. Empieza así: "Advertimos unánimemente a la Secretaría de Estado de que la enseñanza de la ciudadanía y la democracia, construida en un sentido amplio que definiremos, es algo tan importante para las escuelas y la vida de la nación que tiene que haber una exigencia legislativa a los colegios para que aseguren que forma parte de la capacitación de todos los alumnos". Al mismo tiempo, la Unión Europea desarrolló el proyecto Educación para la ciudadanía democrática, que acabó por expresarse en el llamado Informe Euridice. En él se dice: "En los últimos años, el fomento de la cohesión social y de una mayor participación activa de los ciudadanos en la vida política y social se ha convertido en un tema clave en todos los países europeos. Se ve a la educación para la ciudadanía como un medio de hacer frente a los desafíos del siglo XXI". Sólo la ignorancia o la mala fe, por tanto, pueden sustentar las insidias que destila nuestra castiza derecha educativa. Pero lo más dañino de esa actitud es que crea una atmósfera polucionada en la que se hace difícil introducir críticas serias y preocupaciones genuinas.
El proceso que hemos seguido en España para incorporar la materia al currículo educativo ha sido justamente el contrario del inglés: desacuerdo vociferante entre partidos, arbitrismo e improvisación por parte de colegas aislados y ausencia casi absoluta de documentación. Para tratar de paliar un poco la falta de probidad de los unos y la falta de fundamento de los otros convendrá ponerse a hablar de la cuestión. Hay ya alguna gente trabajando entre nosotros. Quisiera unir mi voz a ellos para transmitir una perplejidad que me ha suscitado mi experiencia.
De acuerdo con algunos de los más autorizados especialistas, la educación para la ciudadanía sólo será útil si cumple estas dos condiciones: en primer lugar, no ha de transformarse en una asignatura más con meros contenidos informativos que los chicos tengan que aprender pasivamente para ser evaluados en ella, pues ello sólo incrementaría el currículo sin alterar necesariamente sus hábitos y actitudes. En segundo lugar, debe concentrarse adecuadamente en un cuerpo de conceptos y valores que, por así decirlo, sean el cimiento en el que se sustenta. La noción de ciudadanía es una constelación muy compleja de valores, derechos, virtudes, instituciones y procedimientos que descansan en unos pilares básicos. Estos principios son los que hay que vivir cotidianamente en el colegio para que el proceso educativo logre hacer mejores ciudadanos. Ello quiere decir que hemos de crear en los chicos hábitos y actitudes que hagan vivos, por así decirlo, esos valores que sirven de fundamento a la ciudadanía. Sólo después aparecerá como algo natural el buen ciudadano. Cómo se crean esos hábitos y cuáles sean esos valores subyacentes a la condición de ciudadano son incógnitas no menores sobre las que mucho me temo que no nos hemos parado a pensar. Hemos hecho lo de siempre: se las hemos endosado a maestros y profesores. Un lastre más que hemos soltado sobre ellos siguiendo la práctica al uso de eludir nuestras responsabilidades.
En efecto, a profesores y a centros de educación les estamos pidiendo ya con una insistencia que hace presagiar lo peor que se ocupen de nuestros hijos antes, extendiendo la etapa infantil has-ta los límites mismos de la lactancia, y que se ocupen de ellos siempre, también en los periodos vacacionales, en los que necesitamos que se mantengan abiertos los centros para depositar, aparcar o almacenar allí a los niños del barrio. Lo de que vengan a comer a casa es, por supuesto, inimaginable. Al paso que vamos, la familia esa de que tanto habla de oídas nuestro clero reaccionario va a convivir con sus hijos los festivos y veinte días de vacaciones. El resto será el mero dormir bajo el mismo techo. Durante la vigilia les atenderá el maestro, al que ahora, además, encargamos la tarea nueva de la educación ciudadana. ¿Cómo se las compondrá para ello? Pues difícilmente. Las condiciones en que desarrolla heroicamente su labor no invitan precisamente al optimismo. De ahí mi preocupación.
Al contrario que aquellos que se han figurado que los niños serán buenos ciudadanos si se saben la Constitución, las listas de derechos humanos y el procedimiento electoral, yo organicé mi curso sobre la base de eso que he llamado pilares previos. Estoy convencido de que tienen razón quienes dicen que los ciudadanos mejores son aquellos que han desarrollado el hábito de actuar de acuerdo con virtudes básicas. Consecuente con ello, convoqué a algunos colegas especialmente dotados para explicar en qué consisten, entre otras, las siguientes cosas: actuar en libertad, respetar las reglas, razonar y negociar, ser responsable, reconocer la autoridad, practicar la tolerancia y valorar el medio ambiente.
Entiendo que el buen ciudadano es aquel que sabe hacer uso de su libertad, se conduce de acuerdo con las reglas vigentes, ha excluido la solución violenta de los conflictos, es capaz de argumentar y pactar los desacuerdos, asume las consecuencias de sus acciones, valora y acepta la autoridad aunque esté siempre vigilante de sus decisiones, puede ponerse en el lugar de quien no tiene sus mismas convicciones y cuida el medio tanto como se preocupa por la relación con los demás. Esas cosas -repito- son condición necesaria para pensar siquiera en ser un buen ciudadano.
Cuál no sería mi sorpresa cuando los profesores de primaria me dijeron que muchas de esas cosas las ensayaban todos los días con los niños, pero que había una mala noticia: servía para muy poco. ¿Por qué? La respuesta puede intuirse: les enseñan a respetar las reglas la misma mañana que su padre o su madre se han saltado algunas de ellas debido a las prisas y van a llevarlos al centro hablando por el móvil mientras conducen. Tratan de inculcarles el respeto por la autoridad al mismo tiempo que los profesores son desautorizados con el más mínimo pretexto, sin ser infrecuente que los mismos padres los increpen y denigren públicamente. Les exigen perentoriamente que renuncien a la violencia mientras respiran una agresividad latente en medios de comunicación y experiencias cotidianas. Les hacen practicar la argumentación y la negociación de desacuerdos para que aparezca en los telediarios de máxima audiencia una tropa de diputados vocingleros descalificándose entre sí e impidiendo hablar a los demás mientras surge como una suerte de héroe la figura deplorable de Martínez Pujalte. Les enseñan algunas buenas maneras y reglas de mínimo decoro para que su espejo vivo sean los futbolistas, unos sujetos semianalfabetos que, dejando a un lado su probada habilidad con el balón, tienen el hábito de escupir compulsivamente y tocarse en público los genitales. Pretenden inculcarles tolerancia mientras en su casa misma se ultraja al extranjero o al inmigrante. Les transmiten la idea de respeto y dignidad de la persona mientras abundan los espacios de televisión en que la gente se degrada a sí misma y degrada a los demás. Les recuerdan la igualdad de género mientras su madre friega y su padre mira la televisión. Y les advierten de que cuiden el medio y usen las papeleras, para que a la salida venga siempre alguien a por ellos con un bocadillo cuyo envoltorio irá directamente al suelo.
Todo esto me contaban los profesores como parte de sus experiencias cotidianas. Y su desconsolada conclusión era que la nueva materia de educación ciudadana debería en efecto ser obligatoria y evaluable, pero sobre todo para las familias, los personajes públicos, los medios de comunicación, el Congreso de los Diputados y el plató de televisión. La ironía es que la escuela se puede contemplar así como un oasis educativo en un desierto de falta de educación, un posible refugio de ilustración en medio de una ventolera de incultura, una isla hipotética donde se podrían desarrollar buenas prácticas ciudadanas en un mar de apatía política, falta de respeto a la autoridad y crispación cotidiana. Y son precisamente los maestros y profesores los encargados de defender todos los días ese pequeño bastión de ilustración y civismo en el que depositamos cada vez más responsabilidades. A ver si un día de estos a alguno se le ocurre convocar una manifestación en favor de ellos. Verán en ella pocos sindicalistas, menos políticos y ningún obispo, pero será una verdadera manifestación por la mejora de la educación. Esa que encargamos a los demás y estropeamos después nosotros. | Francisco J. Laporta Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. | |
 | La polémica de la transmisión de valores |
La "causa profunda" del malestar mostrado por la Conferencia Episcopal y por las patronales católicas ante la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos radica en que, "por primera vez en la historia de España, el Estado asume la transmisión de valores, una tarea que hasta ahora correspondía casi en exclusiva a la Iglesia Católica", asegura Victorino Mayoral, presidente de la Fundación CIVES. Ésta es una de las entidades consultadas por el Ministerio de Educación y que la pasada semana organizó en Madrid el primer Congreso Europeo para la Ciudadanía.
Para Mayoral, el origen del conflicto que probablemente se avecina estriba en que "ellos ven que se les ha acabado el monopolio" de la transmisión de valores desde un punto de vista "confesional católico". Por eso, Mayoral entiende que la nueva asignatura es una auténtica revolución educativa, "la mejor aportación de la LOE", que determinará los principios comunes de convivencia y dará como resultado "mejores ciudadanos en el futuro. Mejores españoles".
Lo contrario opina el cardenal primado de Toledo, Antonio Cañizares, quien recientemente advertía de que "el problema está en la concepción educativa que hay detrás de la LOE". El prelado insta a los padres a que "no permitan que sus hijos sean educados por otros".
Isabel Bazo, presidenta de la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE), cree en esta línea que la moral "es algo que no se debe evaluar en el colegio". "¿Cómo se examina en septiembre un niño suspendido en junio por no compartir los valores morales del profesor de Educación para la Ciudadanía?", se pregunta. Mayoral sale al paso de esta reflexión recordando que "resulta cínico que cuestionen precisamente esto quienes se han pasado la vida evaluando la moral del catecismo".
Ante semejante disparidad de criterio, Alejandro Tiana, secretario general de Educación, sabe que una de las claves está en "formar muy bien a los profesores y detallar los contenidos" para que, en la práctica, no se traicione "el espíritu" de la asignatura, que es la convivencia pacífica en el respeto a los demás.
Eugenio Nasarre, ponente del PP en la Comisión de Educación, vaticinó una confrontación a cara de perro durante el debate parlamentario. "El Estado no puede extralimitarse ni imponer su modelo de moral social. Habrá un gran malestar y una nueva división en la escuela", aseguró este responsable. | J. P. - Madrid EL PAÍS - Sociedad - 14-07-2006 |
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