STEs Castilla y León Opinión  Comunicados

Educación y democracia


16-09-2005

Tribuna

Antonio Cabrera García


Al comienzo de un nuevo curso escolar y político quiero desde esta tribuna animar a todos los educadores. A los que más se resisten al desaliento. A los que hacemos de la profesión docente una dedicación militante, un trabajo combativo y tenaz. Cómo no, también a los padres que sufren el silencio y el desaliento de sus hijos. Y, en fin, igualmente a los políticos que no ambicionan acumulación de poder ni luchan irracionalmente por conservarlo, sino que se sirven de él para construir una sociedad mejor.

La democracia es una forma de vida. Probablemente esta idea, tan cierta y sugerente, no ha arraigado todavía con suficiente fuerza entre nosotros. Aunque no lo digan, muchos ciudadanos de a pie siguen pensando que el derecho y el deber de votar «llenan» su compromiso de participación política para contribuir a la buena marcha del país.

Los índices de abstención y apatía en todos los aspectos de la vida asociativa son ciertamente preocupantes. Esta creencia mas o menos difusa en esa especie de tributo mini o y virtual para «cumplir» con la democracia impregna nuestros hábitos de comportamiento e incide también en el terreno educativo. Pero la democracia no es eso, es otra cosa. Es, ante todo, un sistema de valores que exige un constante replanteamiento, una reeducación de carácter político y moral.

Aranguren ha insistido en la vertiente ética permanente de la democracia, lo que conlleva un cambio estructural y cultural. Un pueblo desmoralizado e inculto es un pueblo desprovisto de todo poder. Los ejemplos habituales de practica política que hoy conocemos no convencen suficientemente ese trabajo de transformación de la sociedad que a todos nos alcanza de alguna manera, al menos pasivamente y acaso también como contribución activa.

Además, el hecho político es suficientemente complejo como para exigir un discernimiento y un análisis muy riguroso que la mayoría de la gente no puede o no quiere acometer.

Pero lo cierto es que penetrar en la democracia y su contenido como hecho político englobante abre ante nosotros un horizonte humanista de grandes posibilidades. Se trata pues de trazar y de actualizar los perfiles de la democracia, no desdeñando de entrada su elemento utópico, su capacidad de explorar caminos nuevos que devuelvan a la política misma un rostro más humano y convincente.

La democracia incluye una radical confianza en el hombre y sus valores. Los sistemas políticos autoritarios en los que cristaliza una determinada manera de entender la vida y la sociedad son pesimistas y conducen al nihilismo: por eso precisan tanto de los métodos coactivos y de la represión. No creen en el hombre en su potencialidad para regenerarse y construir el mundo presente y futuro que le rodea. La democracia, por el contrario, se afianza en el sentido de la dignidad personal y de la dignidad colectiva. Esa igualdad debe traducirse en participación real y efectiva, que alcance a todos los derechos y deberes articulados desde la base. La democracia auténtica es exactamente lo contrario del individualismo; posee un dinamismo comunitario que la renueva desde dentro y la proyecta hacia logros cada vez mayores y mejores. Hay que insistir mucho en que la igualdad es tanto el punto de partida como el punto de llegada de la democracia. Los derechos socioeconómicos del pueblo siguen siendo los más desamparados: el paro, las deficiencias sanitarias, el coste desmesurado de la vivienda y tantos otros problemas de este calibre nos lo recuerdan cada día. Es importante la libertad de expresión, pero es absolutamente inadmisible la situación de jubilación vergonzosa en la que quedan muchos pensionistas. Es necesario participar y discutir pero lo es más tener un salario digno; y podríamos seguir con otros muchos ejemplos reales. Democracia e igualdad son indisociables y el percatarse de ello hasta la raíz tiene una enorme importancia y también una gran repercusión en el campo educativo. Acaso nos estamos acostumbrando todos demasiado educadores y educandos a un clima democrático confortable, entre ideologizado y aséptico, limitado y ajeno a la penuria real en la que vive mucha gente, una democracia aburguesada llena de estereotipos y referencias gastadas que no parten de la convicción de igualdad ni conduce a ella.

La democracia es, además, un asunto a la vez frágil y extremadamente complejo. La complejidad radica en que son muchos los mecanismos que hay que poner en pie, muchas las actitudes que es preciso corregir y enderezar. Constantemente rebrota el componente ético de la democracia, junto a su estructura política y administrativa.

De esta democracia compleja y frágil depende nada menos que la consolidación y el ejercicio del pluralismo hecho de racionalidad y tolerancia, de actitudes verdaderamente dialogantes. La convocatoria para realizar día a día la democracia nos alcanza a todos los ciudadanos, es una apremiante llamada de singular dificultad belleza, de apasionante dinamismo.

No es preciso esforzarse mucho para descubrir la mutua implicación que existe entre educación y democracia. Su afinidad y convergencia son claras y profundas: educar es, sobre todo, formar hombres que viven en sociedad, que se constituyen como sujetos activos y participativos de su historia. Consolidar una sociedad democrática requiere, antes de nada, alentar unos hábitos de convivencia y de respeto, unos comportamientos basados en el interés por las cuestiones públicas y colectivas que a todos afectan.

En el terreno estrictamente colectivo, esta implicación se concreta en tres aspectos fundamentales: la democratización de los contenidos de la enseñanza, la pedagogía de la democracia como formación de actitudes y la participación de todos los elementos que integran el sistema educativo. Resulta incuestionable que el ejercicio de la democracia exige, por parte del ciudadano, la adquisición de unos determinados saberes a cerca de la res pública de los elementos necesarios para poder enjuiciar los hechos políticos, económicos, sindicales, etcétera, y tomar actitudes consecuentes ante ellos. Toda nuestra Constitución, y muy en especial su artículo 27 es el marco de referencia de lo que decimos. La Constitución reconoce el derecho de todos los ciudadanos de este país a la educación tratando de articular la igualdad y la libertad.

El tipo de educación que, en conjunto, la Constitución consagra es una educación para la libertad y la convivencia. Ella misma es norma de conducta y de concordia civil, de convivencia plural en el marco de un Estado moderno.

Termino con las palabras de Martin Luther King: «Aprendamos a vivir juntos como hermanos pues, si no, moriremos todos juntos como idiotas».

Antonio Cabrera García

STEs Castilla y León Opinión  Comunicados