STEs Castilla y LeónOpinión
 

Educación democrática y vida cotidiana


06-12-2004

Opinión

Santiago Sánchez Torrado

En los últimos tiempos hemos podido leer en los periódicos que el Gobierno se propone reforzar la educación de los valores democráticos en la escuela, lo que sin duda es una buena noticia, una promesa que ojalá se concrete y se aplique con la mayor generosidad y racionalidad posibles.

La situación que tenemos a este respecto no es buena ni fácil, lo que aumenta el valor y la importancia de dicha iniciativa y la hace más oportuna. Una y otra vez hemos de salir al paso de los tópicos con los que frecuentemente se reviste a nuestra "sociedad democrática": la manida retórica sobre el hecho de la participación (mientras que nuestro tejido asociativo y participativo es preocupantemente débil), las comprobadas insuficiencias de la democracia formal y representativa que tenemos (cuando la participación democrática delegada se reduce a emitir un voto cada cierto tiempo), etc.

Además, los hechos que ocurren en nuestra sociedad se expresan con lenguajes diversos, lo que hace más endeble la consistencia y la veracidad del clima democrático: en primer lugar, el lenguaje directo de la calle que nos brindan los medios de comunicación (especialmente la televisión), que nos aporta un realismo muy positivo, pero también un creciente peligro de resignación y trivialización. Con ocasión de los recientes atentados terroristas de carácter "menor" en nuestros lugares costeros, resultaba llamativo oír la opinión de algún ciudadano quitando casi toda importancia a tales hechos y convirtiéndolos en una anécdota "que no nos va a asustar".

Después, el lenguaje de los políticos, siempre a remolque de los hechos con notable vaguedad retórica y carácter generalista, sin aportar ninguna respuesta concreta ni análisis minimamente incisivo para la solución de los problemas. Y por encima de todo, el lenguaje brutal de los hechos importantes y graves (referentes sobre todo al terrorismo y al ámbito de la emigración, así como las tragedias domésticas cotidianas de los malos tratos, la situación de las prisiones, etc.), que son tercos y reiterados, y que nos sumen en el desconcierto, la desesperanza y la impotencia.

En este áspero panorama se sitúa la necesidad de la tarea educativa en el ámbito de los valores democráticos, y ello tanto en el campo de la educación formal y reglada -articulando con coherencia didáctica los objetivos, contenidos, metodología y actividades de dicha tarea- como en el terreno de la educación no formal. Su núcleo temático principal consiste en la formación de una conciencia cívica basada en el respeto activo y fundamentado a los valores de la democracia (no ya como sistema social y político, sino también como forma de vida, como actitud personal y existencial), y su perfil y estructura es de naturaleza integral y abarcadora de toda la persona.

Por ello, un primer nivel del que debe ocuparse la educación democrática es el mundo emocional y afectivo de nuestros educandos, cultivando con asiduidad sistemática los sentimientos positivos, la empatía profunda con la realidad, la confianza en la vida y en las personas, el respeto y la aceptación de las diferencias, el entusiasmo por las cosas y tareas y la autoestima hacia uno mismo. Todo ello constituye el subsuelo imprescindible de una formación cívica responsable y coherente, de una adecuada educación para la ciudadanía.

Otro nivel no menos importante que debe abarcar la educación democrática es el campo del pensamiento racional y del análisis crítico. Los ciudadanos que queremos formar son aquellos que poseen un criterio para la acción basado en un conocimiento informado y crítico de la realidad. Un tipo de conocimiento que no se limita a la descripción y el análisis de los hechos, que incluso va más allá de su explicación e interpretación. El saber del ciudadano es aquel que le permite cuestionar la realidad, establecer valoraciones y plantear alternativas; un saber como bagaje para la participación, que le capacite para elaborar soluciones, asumir compromisos y que le oriente para las distintas opciones posibles que pueda tomar. Así lo afirma -entre otros autores- Araceli Vilarrasa en un artículo titulado 'Comprender para actuar, actuar para comprender', publicado en la revista Aula de Innovación Educativa, número 125.

La educación en valores democráticos ha de incluir también la apertura a la solidaridad, partiendo del mundo afectivo personal y ensanchándolo en redes concretas de mayor a menor cercanía y de envergadura y amplitud crecientes (familia, grupo de amigos, clase, centro escolar, barrio, asociaciones de menor a mayor radio, incluyendo la cooperación solidaria con el tercer y cuarto mundos...), siempre en la perspectiva de una participación real y concreta, aunque sea limitada, y procurando traducir a la vida cotidiana la "ética del cuidado", la dedicación a los demás, de tantas y tan sugerentes aplicaciones. El "enganche" de la actitud solidaria con el mundo personal y afectivo del educando/a protege a dicha actitud de un posible abstractismo que la esteriliza o disminuye.

Y acompañando a los niveles anteriores, es importante asimismo cuidar la disciplina de la voluntad -inserta también en las exigencias más íntimas y arraigadas de la persona de nuestros alumnos/as-, la virtud de la tenacidad y del esfuerzo (sin exagerarlas unilateralmente ni equivocando su verdadero sentido), la formación de los "hábitos del corazón", que son, en definitiva, los más determinantes.

Todo lo dicho hasta aquí nos hace ver -como también se dice en el artículo antes citado- que la educación en los valores democráticos no consiste sólo en añadir una nueva asignatura o algunas actividades a la vida del centro, sino que supone una profunda transformación cultural que afecta a toda la estructura del sistema educativo y a la misma concepción de las ciencias que se enseñan, a las prioridades en las materias básicas, al modo de enseñar y de aprender, a las relaciones sociales que se establecen en la escuela, así como entre la escuela y el entorno.

Educar para los valores democráticos en la vida cotidiana es, sobre todo, educar en la participación, vinculándola a la formación de una opinión basada en argumentos y reflexionando sobre dicha participación. Participar es, asimismo, dialogar, ser escuchados y consultados, contribuir a la toma de decisiones, también y especialmente en el difícil campo de la resolución de conflictos. Todo ello realizado en la reflexión desde la práctica y dirigido a ella.

Por todo lo expuesto, nos parece no sólo muy aceptable, sino estrictamente necesaria, la iniciativa oficial de incrementar y reforzar la educación de los valores democráticos en la escuela -que requiere también la colaboración de la familia y de la sociedad en su conjunto- y merece una rigurosa y cálida acogida.

Santiago Sánchez Torrado es escritor y educador
Coordinador del Programa de Educación en Valores de la Comunidad de Madrid.

 

 
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