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Durante estos
últimos años, el mundo de la educación ha sufrido durísimos reveses,
tanto por lo que se refiere al sistema educativo en su configuración
normativa como por lo que atañe al contexto social, que tanta
incidencia tiene en la formación de las personas, sobre todo las de
menor edad. Los objetivos y valores educativos de más honda
significación, como son la práctica democrática y participativa,
la igualdad de oportunidades, la cohesión social, el sentido
crítico, la libertad de conciencia y de pensamiento, el pluralismo
ideológico, la laicidad de la enseñanza y de la sociedad, la
valoración y defensa de los servicios públicos, la educación para la
paz, el reconocimiento de los errores, la actitud de escucha y
dialogo, la libertad de expresión, la transparencia informativa, la
racionalidad, el respeto a la diferencia..., estos objetivos y
valores han sido, a mi juicio, menospreciados,
tergiversados y manipulados reiteradamente por leyes y
actuaciones del Gobierno del PP.
La LOCE (Ley
Orgánica de Calidad de la Educación) es, tal vez, el más claro
ejemplo de lo dicho en el párrafo anterior. La educación no
está concebida en esta Ley como un derecho primordial de la
ciudadanía -de toda la ciudadanía, con especial atención a los más
desfavorecidos- sino como un valor de mercado, sometido a las
leyes del mercado. La competitividad, el autoritarismo, la
jerarquización, la segregación, el adoctrinamiento, la
domesticación, el individualismo, la expulsión temprana del sistema
de quienes necesitan una mayor atención, el culto a la excelencia,
el incremento de la tendencia privatizadora... son características
esenciales de la LOCE. La imposición de la religión, en sus dos
vertientes, atenta contra el libre pensamiento y la libertad de
conciencia. Incluir las enseñanzas confesionales en el currículo
escolar y equipararlas, a todos los efectos, con el resto de
materias es una inadmisible vuelta al nacionalcatolicismo. La
enseñanza religiosa de carácter confesional pertenece a otros
ámbitos.
Los valores
educativos no sólo se transmiten a través de la familia y la
escuela. También el contexto social, político y cultural contribuye,
y de forma muy importante como se sabe, a crear y fomentar valores y
contravalores. Las actuaciones de las autoridades gubernativas son
uno de los principales elementos que intervienen en la modelación de
esta gran escuela que es la sociedad. Pues bien, desde este punto de
vista, el Gobierno del PP nos ha ido mostrando, a mi juicio, durante
estos últimos años, una serie de prácticas que contravienen los
valores que oficialmente todos decimos defender. La manipulación
informativa, las mentiras y calumnias, la arrogancia, el desprecio
de otras formas de pensar, la marginación del Parlamento, la
transgresión de la legislación internacional, el militarismo, la
defensa de conceptos tan perversos como el de la guerra preventiva,
el servilismo ante los poderosos y la prepotencia ante los
débiles... han sido frecuentes en muchas de las actuaciones del
actual Gobierno.
Pongamos por
caso la guerra de Iraq y extraigamos las lecciones éticas que de
ella se derivan. Y no es un caso menor, aislado, ya pasado. Ha
tenido y está teniendo una enorme importancia en la conformación de
valores y pautas de comportamiento; además, por supuesto, de haber
provocado y seguir provocando destrucción, dolor y miles de muertes.
La sórdida manipulación en torno a conceptos tales como el
Terrorismo y la Sacrosanta Unidad de la Patria es otro de los
ejemplos que se pueden citar. El Prestige, el Decretazo...
Y, por si todo
esto fuera poco, nos dicen que ¡van a más!
León, 2 de marzo
de 2004.- |