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Hasta
el lenguaje amoroso está lleno de expresiones posesivas y
claudicantes: “te quiero”, “eres mí@, “soy tuy@, “eres mi dueñ@,
“soy esclav@ de tu amor”, “me has conquistado”, “no soy nada sin
ti”, “te pertenezco”, “me perteneces”, etc. Como si en las
relaciones sentimentales o de pareja, inevitablemente, un@ de los
dos haya de ganar o perder, reafirmándose o diluyéndose –hacerse
invisible- en el/la otr@, según toque.
Lo malo
viene después, cuando esa simbología sentimental, que conforma todo
el ritual del amor, y, sin duda, puede ser la expresión de los más
sublimes y sinceros sentimientos, se reduce a un ridículo
estereotipo -y cómico si no fuera por las trágicas consecuencias que
acarrea-, a una desigual relación de poder-sumisión, en la que,
generalmente, el hombre desempeña el papel de dominador y la mujer
el de dominada, aunque luego se afirme con machista complacencia que
son ellas las que verdaderamente mandan y eligen. ¿Eligen
también a sus maltratadores? ¿Mandan sobre ellos? ¿Dónde están las
causas del “terrorismo doméstico” que, sólo en España, mata a muchas
decenas -casi un centenar- de mujeres cada año, ante la impotencia o
la tolerancia de la sociedad?
La escuela,
como la familia y demás agentes socializadores, puede hacer mucho en
la educación afectivo-emocional de los niños y de las niñas, de los
jóvenes. De ahí la necesidad de una educación conjunta, de una
escuela plenamente coeducadora. Es obligación suya
analizar y explicar en clase la realidad de los acontecimientos, de
los continuos casos de discriminación sexual o de género, de la dura
batalla que cada día libran millones de mujeres por demostrar su
valía, por ser respetadas, por alcanzar la dignidad que les
corresponde como personas, por escapar del horror y por denunciar
las vejaciones físicas y psicológicas a las que están sometidas, sin
la ayuda ni la comprensión necesarias de los jueces, de los
políticos, de las instituciones, de su entorno más próximo; en
suma, de la sociedad.
Ayudar a
conocer lo que ocurre y a pensar sobre ello, armándose de buenas
razones con las que formar una sólida opinión que critique, denuncie
y combata, por ejemplo, los prejuicios, el lenguaje y los mensajes
interesadamente sexistas de la cultura dominante, que, desde los
medios de comunicación, dirigen el pensamiento de los ciudadanos y
ciudadanas, estimulando sus obsesiones y necesidades primarias,
hurgando en sus sueños y frustraciones, mediante informaciones,
programas, películas e imágenes publicitarias que muestran y
fomentan los estereotipos culturales más burdos, así como unos
valores basados en la consecución del dinero fácil, en el ansia de
poseer mediante el consumo desaforado y en la búsqueda insaciable
del placer, utilizando para ello a las mujeres –también a los
hombres- como meros objetos de erótica persuasión con los que se
reclama e incentiva la satisfacción del poder de poseerlos o de
tenerlos al alcance de la mano. En suma, el escaparate de ilusorios
paraísos, donde perderse y escapar del descontento de una vida
insatisfecha, sin la alternativa de otros valores más edificantes.
Detrás o
debajo de la violencia de género, de los maltratos en la intimidad
del hogar, de la incomprensión de muchos hombres hacia la igualdad,
la libertad y la autonomía e independencia de las mujeres, de la
ciega brutalidad de los maltratadores, que no es sino la patética
manifestación de su inseguridad y cobardía, de quien necesita de una
víctima para sentirse superior, abusando de su fuerza o posición
–pura esclavitud-, a menudo está, digo, la machacona reproducción
de esos tópicos y roles culturales del machismo más primitivo
(fuerza física, poder, mando, posesión, dominación, agresividad,
iniciativa, competitividad, éxito, reconocimiento social,… de los
hombres, frente a la tópica atribución de actividades de escasa o
inferior relevancia, secundarias, dependientes y subordinadas al
hombre; o, bien, dedicadas exclusivamente a las tareas domésticas,
cuando no tristes protagonistas de la “prensa rosa”, de las
mujeres) que se alimenta y mantiene en base a un conservadurismo
estúpido y vulgar, justificado por anacrónicas y convencionales
costumbres o creencias religiosas, contrarias a la igualdad de las
personas, sin discriminación alguna. Pero, sobre todo, está también
el miedo de esos hombres a enfrentarse consigo mismos y a su propia
pequeñez; a perder su identidad y los apoyos de una mala
educación profundamente interiorizada a lo largo de siglos y
generaciones. ¡Cuánto queda por cambiar!
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