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Desde el punto de vista educativo, las
próximas elecciones del 14-M presentan unas singulares
características que es necesario valorar. Por supuesto que habrá que
examinar y comparar los distintos programas que nos ofrece cada
organización política. Quienes defiendan una enseñanza pública de calidad:
democrática, participativa, integradora, científica, laica,
compensadora de desigualdades, dotada de medios suficientes, no
sometida a las leyes del mercado...; quienes aboguen por una
paulatina rescisión de los conciertos educativos donde la oferta
pública sea suficiente para atender las necesidades de
escolarización... tendrán nuestro apoyo.
Pero además de este análisis de
programas de cara al futuro, es conveniente también echar una mirada
hacia atrás.
Durante estos cuatro últimos años, el
mundo de la educación ha sufrido durísimos reveses, tanto por lo que
se refiere al sistema educativo en su configuración normativa como
por lo que atañe al contexto social, que tanta incidencia tiene en
la formación de las personas sobre todo las de menor edad. Los
objetivos y valores educativos de más honda significación, como son
la gestión democrática, la participación, la igualdad de
oportunidades, la cohesión social, el sentido crítico, la libertad
de conciencia y de pensamiento, el pluralismo ideológico, la
laicidad de la enseñanza y de la sociedad, la valoración y defensa
de los servicios públicos, la educación para la paz, el
reconocimiento de los errores, la actitud de escucha y diálogo, la
búsqueda de la verdad, el respeto a la diferencia, el trato
respetuoso..., estos objetivos y valores han sido, a nuestro juicio,
menospreciados, tergiversados y manipulados reiteradamente por leyes
y actuaciones del Gobierno actual. Es cierto que, también, algunas
organizaciones políticas han contribuido, en
parte, a esta situación, pero no con la gravedad e intensidad con
que lo ha hecho el partido gobernante.
De las negativas consecuencias que
para la educación supone la LOCE hemos hablado ya en muchas
ocasiones. El incremento de los conciertos y una mayor segregación
escolar ahondarán aún más las desigualdades sociales y el deterioro
de la escuela pública. El tratamiento de la religión, en sus dos
vertientes, atenta contra el libre pensamiento y la libertad de
conciencia. Incluir las enseñanzas confesionales en el currículo
escolar y equipararlas con todas las demás materias es una gravísima
ofensa a la racionalidad y a la ciencia.
La educación para la paz, uno de los
más importantes fines de la educación, ha sido despreciada y
maltratada por un Gobierno que ha impulsado una guerra de ocupación
contra el pueblo iraquí, con miles de víctimas. Las mentiras y las
manipulaciones han sido, y siguen siendo, constantes.
Esperemos que, tras las elecciones
del 14-M, el nuevo Gobierno que salga de las urnas dé marcha atrás a
estos atentados contra la escuela pública e intente actuar de forma
más acorde con los principios y valores educativos. |