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Los niños pasan más horas frente al
televisor que en la escuela. Es la conclusión, fría y contundente,
que revela el libro blanco sobre la educación en el entorno
audiovisual elaborado por el Consell de l'Audiovisual de Catalunya (CAC).
Ante esta evidencia cabe hacerse dos preguntas: ¿qué tiene esto de
extraño? y, luego, ¿qué tiene de malo?
En primer lugar, no deberíamos ser
ingenuos y poner cara de sorpresa ante esta noticia que ha acaparado
muchas páginas de periódicos y muchos minutos de tertulias
televisivas y radiofónicas en los últimos días. Los niños ven muchas
horas la televisión, pero los adultos aún la ven más. Según los
datos del año 2003, el consumo televisivo en Catalunya y España es
similar y está fijado en tres horas y media al día por persona.
Pero esto es el promedio. Para ser más
precisos y para dar una idea bien gráfica podemos afirmar que uno de
cada cuatro catalanes dedica más horas a ver la televisión que el
tiempo establecido para la jornada laboral. Uno de cada cuatro
catalanes pasa más de siete horas al día frente al televisor. Siete
horas al día los siete días de la semana. ¿Qué fuerza moral, si es
que quieren hacerlo, tienen estas personas para pedir a sus hijos
que cambien su comportamiento?
Una vez visto que no debemos
extrañarnos de que los niños vean demasiada televisión, hay que
cuestionarse la conveniencia o no de condenarlo. De entrada, parece
que todo el mundo da por sentado que ver mucha televisión es algo
intrínsecamente malo.
La verdad es que estamos ante un
dilema moral difícil de resolver porque, como todo lo referente a la
televisión, presenta una dualidad que pone en conflicto los valores
que defendemos en público frente a nuestro comportamiento más
íntimo. A menudo lo que decimos en público tiene poco que ver con lo
que hacemos en privado.
Hace pocos días hemos tenido otro
ejemplo de ello, el Consell de l'Audiovisual de Catalunya elaboró un
informe cualitativo sobre la programación televisiva en el que el
público encuestado se declaraba consumidor de programas culturales,
informativos y documentales, y en cambio rechazaba la telebasura y
los programas del corazón. Una opinión que nada tiene que ver con
los resultados que cada día están arrojando los audímetros que miden
la audiencia real de este medio de comunicación.
En público, todo el mundo coincidirá
con que es un escándalo terrible e intolerable que los niños estén
más tiempo frente a la tele que en la escuela. Mientras, en privado,
muchos se encogerán de hombros y seguirán actuando exactamente del
mismo modo que han actuado hasta ahora sin cambiar lo más mínimo,
porque el consumo de televisión es un asunto que entra en el terreno
de la intimidad más estricta y sólo hay que justificarse ante la
propia conciencia.
Sin embargo, la reacción pública y
mediática que ha generado el informe del Consell de l'Audiovisual de
Catalunya nos ofrece una extraordinaria oportunidad de afrontar el
problema real que la noticia plantea: la responsabilidad de la
educación.
En el mundo actual, muchos padres
tienen poco tiempo para estar con sus hijos, muchos maestros se ven
solos y con pocas complicidades ante la labor pedagógica y, en lo
referente a los profesionales de la televisión, lo cierto es que no
acabamos de ser plenamente conscientes de nuestra responsabilidad
educadora.
Porque de esto se trata, de buscar
responsabilidades más que de definir culpabilidades. No tenemos que
pasarnos de mano en mano la patata caliente de la educación de
nuestros hijos, en una cadena en la que los padres culpen a los
maestros, los maestros a la televisión, y ésta la devuelva a los
padres. El informe del CAC es un toque de atención para todos, todos
debemos sentirnos implicados y responsabilizados y tenemos que saber
exigir a cada cual lo que realmente le toca hacer. |