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¡Maldita sea!, que decimos aquí. ¡Ya está bien! Que la
Administración trate mal a sus empleados públicos; que
sea discriminatoria, injusta y desagradecida con ellos
es ilógico, pero como realidad socialmente asumida, ya
no extraña a nadie. Lo que es incomprensible e
inaceptable es que las centrales sindicales que
“representan” mayoritariamente a los funcionarios, se
alíen con la Administración y, a espaldas de sus
representados, firmen vergonzantes acuerdos, a cambio
de inconfesables prebendas. Y, encima, luego van y lo
cuentan como si de un éxito inaudito se tratara. ¡Qué
barata le sale la “paz social” al Gobierno y qué
sustanciosos beneficios se llevan estas
organizaciones a cambio! Esa es la verdad que está
detrás de tales pactos. A los “sindicatos
sectoriales”, como despectivamente nos llaman, no nos
dejan arrimarnos a las mesas “negociadoras”. Nos
queda, al menos, la honra de no firmar nada indigno ni
al margen de la voluntad del sector al que
representamos.
Y
así llevamos años y años compensando el déficit
estatal del gobierno de turno, a costa de la pérdida
continuada del poder adquisitivo de los empleados
públicos, que desde 1993 hasta hoy se eleva ya al
14,29 %. Sucesivas congelaciones y pírricas
subidas salariales, con “bufandas” incluidas, han sido
la constante de estos diez últimos años. Se nos pide
esfuerzo, resignación y austeridad en todas las
épocas, en las de las vacas gordas y cuando están
flacas. Nuestra situación es de crisis permanente, con
el cinturón bien apretado, sean tiempos de crecimiento
económico o de recesión.
En un país de precariedad
laboral y contratos basura, entre la Administración y
esos sindicatos cómplices, han convertido demagógica e
interesadamente a los funcionarios en la “cabeza de
turco” de una sociedad descontenta, que carga contra
ellos su malestar, antipatía y recelos por haber
cometido el “pecado” de tener un modesto sueldo fijo,
pagando así los platos rotos de su incompetencia. ¡Eso
sí que es desviar los palos! Como en el cuento, ¡ahí
me las den todas!.
Así
que, preparémonos para otro 2% de subida, más un
plus de “hasta un 0,7% en otros conceptos”, que no
se incluyen en la nómina mensual, mientras la
inflación acabará en torno al 3%. Estamos
“equilibrados”. O sea, a cero. Eso, cero grados: “ni
frío ni calor”, como dice el chiste. Pero la cosa no
tiene ninguna gracia, porque a esa temperatura el frío
penetra en los huesos, se hiela el agua y nuestros
sueldos…, ¡ay!, nuestros sueldos, esos están
perpetuamente congelados, como los hielos polares.
Alfonso Díez
Miembro
del Secretariado de STEs de Castilla y León
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