|
A
estas alturas de la “película” de Iraq, casi todos sabemos
—aunque algunos no tengan el coraje de confesarlo— que alguien nos
llevó a esa guerra injusta e ilegal disparando mentiras de grueso
calibre sobre la opinión mundial. Mentiras “preventivas” o sea: con
permiso para matar por si acaso. Mentiras, por tanto, asesinas.
Mentiras pertinaces: ‘miente que algo queda”. Mentiras tan perfectas
y persistentes que pretenden ser inobjetables todavía hoy. Mentiras
que, a pesar de ser más bien propias de la ficción literaria, se han
extendido como un virus maligno a demasiados medios de comunicación
y a la política local, nacional e internacional. Y ahí se han
instalado, sin vacuna eficaz a la vista. Muchas fuentes de
información están envenenadas. "Pruébelas
antes de tragarlas", nos advertía
"El Roto" en una des
sus espléndidas viñetas.
Mentir se diría que
ya no es un vicio, sino una manera elegante” de llenar el gran vacío
de verdades: o sea, un método. Primero se elabora la mentira por una
necesidad: el petróleo de Iraq, acabar con el terrorismo, salir del
rincón de la historia...; después, se la pule y repite hasta la
saciedad y hasta el autoconvencimiento; y finalmente -y esto es lo
más atroz- se termina por pensar que esa mentira es verdad y una
buena noticia para todos: un nuevo orden
mundial, la paz en Medio Oriente, las playas esplendorosas de
Galicia... Alguien tendrá que
responder ante la historia del macabro atropello a la verdad en Iraq.
|

Bajo el síndrome de Pinocho |
Este
país es ciertamente un icono paradigmático de la mentira, (también
en tiempos del gran sátrapa derrocado), pero no es el único ni lo
más grave a la vista. ¿O no es más letal aún la gran mentira de la
tan cacareada cantinela de que “el mundo va bien”? Sólo dos
reflexiones a este propósito. Una, ¿cómo se puede decir tal cosa de
un planeta que despilfarra en dicha guerra, y en el zafarrancho imprevisto
de la posguerra, literalmente cientos de miles de millones de
dólares, suficientes según los expertos para erradicar el hambre del
mundo y lograr el objetivo de sanidad y educación para todos? Y dos,
¿cómo se puede afirmar tal falacia de un
mundo que al mismo tiempo cuenta con decenas de otros conflictos
armados, donde los muertos se cuentan por millones y no por
unidades, sistemáticamente olvidados, y hasta apoyados por
occidente, sin que nadie parpadee ni se nos congele el corazón? ¿No
estamos ante una descarada, obscena e insoportable doble moral?
Felizmente, las
calles del mundo más que ríos son ya mares amplios de gente
convencida de que otro mundo es posible; de que esta situación “no
es un hecho inevitable, no es una fatalidad, no es un destino, sino
una injusticia”, como nos recuerda Gustavo Gutiérrez en su
entrevista en exclusiva a esta revista (pgs.24- 29); de que el
actual (des) orden debe dar paso a un cambio
estructural, a un cambio de sistema. Por tanto, no basta con
maquillar la situación actual; se pide un cambio radical que llegue
al corazón, a la raíz del sistema, a las causas de las causas.
Por fortuna, va
creciendo el convencimiento general de que un mundo más seguro tiene
que ser un mundo justo y en paz donde se compartan los grandes
bienes: la tierra, la salud, la educación, la igualdad de
oportunidades, de derechos, de responsabilidades. El obispo Pedro
Casaldáliga, recién jubilado, lo dice mejor: “Ese otro mundo sólo
podrá existir en el clima de una cierta igualdad fraterna que
comporta el sol y el pan, el aire y la técnica, la vida. Es una
lucha simultáneamente espiritual, política, económica, cultural,
religiosa.”
Atención por tanto
a las coartadas; y el que avisa no es traidor: si es verdad que
ningún ideal ni situación de injusticia puede servir de coartada al
terrorismo, menos aún puede la lucha contra el mismo olvidarse de
eliminar el terrorismo original: el hambre, la miseria, la
exclusión, la marginación... De lo contrario, seguiremos
retroalimentando la espiral terrorista actual. Pero eso es una
utopía, dirán algunos lectores. Exactamente eso: la utopía del Reino
de Dios, la utopía a la que nos invita Jesús de Nazaret: “Un Reino
de paz, de justicia, de libertad, de amor Claro que este “reino”,
este otro mundo posible, no nos va a caer del cielo. Al contrario,
Jesús nos lo propone como tarea común; nos invita a soñarlo juntos,
a configurarlo entre todos como proyecto, como esperanza; a vivirlo
con pasión en el día a día: “todas las manos, todas las voces,
todas” (P. Casaldáliga). Y el mundo “olería” a hermandad progresiva
y a moral sin dobleces.
|