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Cuentan que el sábado, al saberse
la muerte de Manolo Vázquez Montalbán, la
ministra de Cultura, Pilar del Castillo, llamó
al señor Aznar: "Presidente, si los periodistas
me preguntan por el fallecido, ¿qué les digo?". Y el
inquirido, muy en su papel de presidente del Gobierno,
contestó: "Procura salir del paso".
Hay otra versión entre los
enterados. Aseguran que la respuesta fue otra: "Di lo
que se te ocurra, pero sin comprometerte, Pilar". Así
se explica la respuesta insulsa y desangelada de la
ministra, que muchos periódicos han considerado que no
valía la pena publicar: "Nos ha dejado una persona que
ha tenido una voz continua en nuestra historia más
reciente".
De sus tiempos de rojerío, algo
ha de saber de Manolo la ministra. Ella ha
cambiado y él ha seguido siendo el de siempre, como ha
venido demostrando semana tras semana en El País. En
el trance de tener que dar una opinión sobre un
intelectual de la izquierda, creyó que no le quedaba
más recurso que mostrar displicencia. El señor Aznar
no le habría perdonado que le loara como escritor y
periodista, por más que añadiera el obligado
latiguillo de "a pesar de las ideas que nos
separaban". Y menos ahora, cuando se ha sabido que
pronto aparecerá un libro cáustico, obra de la
acreditada factoría MVM,
con el título de La aznaridad.
Qué papeles tan tristes ha de
hacer la derecha. Muere una figura elogiada por la
ciudadanía y un carnet con las letras de PP obliga a
mirar a otro lado. El sectarismo no lo desmiente el
trato dado a Rafael Alberti, que era comunista,
al que a última hora se llenó de honores, hasta el
punto de que fue visitado en su casa por Aznar.
El pobre ya no ejercía de rojo y quizá no se enteró de
quién era aquel señor del bigote. Es la diferencia. |